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Entramos en la «Casa de Oro»: La Capilla del Rosario, en Puebla, México.

No es por desmerecerlo ni mucho menos, pero la realidad es que cuando uno ingresa al Templo de Santo Domingo en pleno centro de Puebla no le presta mayor atención al mismo, sino que lo primero que se hace es buscar el brillo del oro con la mirada.

Es que dentro de esta iglesia se aloja la famosa Capilla del Rosario, célebre por contener tanto oro en su interior que se la conoce también como «la Casa de Oro» y fue considerada incluso como la «octava maravilla del mundo». Pero si bien se ven algunos retazos del metal precioso en la nave principal de la iglesia, eso tiene gusto a poco después de tanta propaganda que se le hizo. Por eso hay que tener bien presente que esa no es la capilla en sí.

Para encontrar la Capilla del Rosario habrá que avanzar hacia el altar por el ala izquierda de la iglesia hasta ubicar el acceso. Allí las sensaciones cambian, absolutamente. En especial el más afectado es el sentido de la vista, embriagado por el resplandor dorado del sol reflejándose en el dorado furioso de las paredes que en un punto casi enceguece.

Ahora sí, la capilla de oro es lo impresionante que prometían. Y ni te cuento si levantás la vista hacia la cúpula.

Allí mismo tuvimos oportunidad de sentarnos en los bancos de madera a escuchar una explicación sobre lo que representa y cómo se construyó esta verdadera obra de arte, todo a cambio de una propina a voluntad, pero con un grado de detalle tal que será difícil retener tanta información.

La construcción de la Capilla del Rosario se dio entre los años 1650 y 1690 y fue llevada adelante por los dominicios, siendo la primera dedicada a la Virgen del Rosario en Nueva España, motivo por el cual decidieron que debía ser algo espectacular. Y vaya que lo lograron!

La capilla en sí tiene forma de cruz, y el objetivo religioso era que los nativos aprendieran a rezar el rosario, motivo por el cual sobre las paredes hay una hilera de azulejos con cabezas de ángeles, que recorren toda la capilla de punta a punta, pasando incluso por detrás del altar para dar toda la vuelta. Cada ángel representa a las cuentas del rosario en las que se reza el Avemaría. De esta forma los nativos aprendían a rezar el rosario, caminando a través de la capilla.

Los enormes cuadros, enmarcados en oro y dispuestos sobre la línea de azulejos de talavera poblana, están organizados en grupos para representar los misterios gozosos, los misterios dolorosos y los misterios gloriosos de la virgen. Entre las pinturas relativas a los gozos de la virgen se encuentran las obras de José Rodríguez Carnero.

Un dato increíble es que la ornamentación de la capilla se construyó a base de harina, huevo y agua, mezcla que luego fue recubierta con oro de 24 kilates. La verdad es que hoy en día uno ve semejante obra y no piensa que pueda estar basada en algo tan simple y ordinario, pero el resultado es impresionante, y se ha mantenido intacto durante largos años.

La cúpula es una verdadera maravilla, recubierta en cada rincón con oro, el sol que ingresa por las dos hileras de ventanas que la rodean crea un resplandor que parece encenderla. Allí se representa a la Gracia Divina con una hoja de palma en una mano y una rama de laurel en la otra; y los Dones del Espíritu Santo (entendimiento, fortaleza, piedad, ciencia, consejo, sabiduría y temor de Dios).

Detrás del altar se alza imponente la imagen de la Virgen del Rosario, flanqueada por doce columnas corintias fabricadas en mármol que representan a los apóstoles.

Definitivamente, la Capilla del Rosario es la más impresionante que yo haya conocido hasta ahora. Con seguridad, una de las más imponentes del mundo. Si bien como ya hemos dicho Puebla está llena de iglesias, la de Santo Domingo con su casa de oro es un claro imperdible de la ciudad.

Si te interesa conocer otros templos asombrosos de Puebla te invito a pasar por el post de la iglesia indígena mexicana. Y si querés hacer un tour por la ciudad, podés leer este otro post.

Y para seguir conociendo México, pasate los lunes y jueves por Ahicito Nomás para descubrir los nuevos posts.

Visitamos la Mina Prehispánica del Hotel Posada de la Misión, en Taxco.

Uno de los imperdibles cuando uno viaja a Taxco, salvo que se sufra de claustrofobia o algún otro impedimento físico, será conocer alguna de las minas que antiguamente funcionaban extrayendo metales preciosos, y que hoy se pueden visitar. En nuestro caso, pasamos por una muy particular, ya que se encuentra dentro del hotel Posada de la Misión.

Resulta que al pasar al bar del establecimiento los huéspedes solían golpearse la cabeza, por lo que los dueños decidieron llevar adelante una remodelación y bajar el suelo de aquella área. En medio de la obra, y por pura casualidad, se descubrió el tesoro escondido en el subsuelo del hotel: una auténtica mina prehispánica.

En la recepción del hotel nos atendieron muy cordialmente, nos cobraron la entrada que en el verano 2018 era de MXN 150 por persona, habiéndonos explicado previamente en qué consistía la visita. Luego de esperar unos minutos a que se hiciera el horario, pasamos a una sala donde nos equiparon con casco y chalecos fluor, y ahora sí ya estábamos listos para bajar al centro de la tierra.

Ingresamos al pequeño malacate, una especie de ascensor de obra que en las minas se utiliza para transportar tanto al personal como materiales, y descendimos 8 metros para adentrarnos en una serie de pasadizos angostos y escaleras que se perdían tierra adentro. Enseguida se siente la diferencia de temperatura, que se hace más cálida y húmeda a medida que ingresamos en el interior de la Tierra.

Esta mina fue descubierta originalmente por los indígenas del lugar, quienes la explotaron mucho antes de la llegada de los españoles. Así bajaban hasta estas cavernas, extraían las piedras, las molían y las decantaban con agua para separar la roca del metal precioso al que finalmente fundían en vasijas de barro. De esta forma obtenían las piezas con las que luego comprarían sus víveres por medio del trueque.

Nuestro guía nos explica que para ser considerada rentable, una mina debe tener 0,5 gramos de metal por tonelada de piedra. En la mina preshispánica la proporción es de 3 gramos por cada tonelada, e incluso hay tramos en los que se obtienen 18 por cada una. Es decir, que la mina es extremadamente rica, pero afortunadamente no se explota comercialmente.

Al ir bajando, el primer metal que se distingue en las paredes el el cuarzo, que al tacto debe ser frío. Luego se ven las vetas de plata, con la característica de que al frotar la mano por ellas y olerlas, se nota inconfundible el aroma del metal. Por último están las vetas de oro, que son las negras que pueden verse en la foto.

Una característica particular es que en estas profundidades hay también un banco de semillas, al que se llega recorriendo un pequeño y angosto pasadizo que obliga a avanzar lentamente en cuclillas, y que se ve a la distancia por el intenso color verde que irradia. Allí se conservan en ambiente natural distintas especies, que junto con las que se encuentran en otros 5 bancos de semillas distribuidos en México, se estima que servirán para reforestar el planeta cuando sea necesario.

Y algo que llama realmente la atención es la estructura de una amplia sala dispuesta allí abajo, en la que se distingue con facilidad un desnivel que no es ni más ni menos que un escenario.

La Mina Prehispánica no solo pretende conservar este lugar y mostrar cómo se trabajaba en la antigüedad para obtener los metales preciosos, sino que tiene una segunda veta cultural, mucho más actual. Así se han organizado espectáculos artísticos, como ser el Concierto de Oro y Plata de Es Purio Quarteto, quienes tocaron su jazz en este particular escenario en el interior de la Tierra. ¿Cómo suena? Escuchalo vos mismo:

Actualmente siguen los trabajos de exploración por parte de los arqueólogos, ya que a la llegada de los españoles los indígenas enterraron la mina, cerrando los accesos, para evitar que estos la descubrieran y la saquearan. Incluso se estaba trabajando en lo que se cree sería una tumba.

Llega el final del recorrido y lentamente volvemos a subir a la superficie, remontando el camino que hicimos para bajar. Visitar la mina, descubrir su interior y conocer su historia y cómo se la trabajaba en una época donde no existían las maquinarias que tenemos a disposición hoy en día, es toda una aventura. Nada mejor entonces que finalizarla degustando un clásico cóctel minero, la tradicional bebida a base de mezcal que está incluida en el precio de la excursión.

Un paseo muy recomendable. Si pasás por Taxco, no podés perdértelo!