Archivos Mensuales: septiembre 2020

El Grand Hotel Praha: Alojamiento frente al reloj medieval.

Ubicado en pleno centro histórico de la ciudad, justo frente al Ayuntamiento, el Gran Hotel Praha de 4 estrellas es por momentos difícil de encontrar debido a la enorme cantidad de gente que se aglomera en ese lugar a todas horas del día, y por el hecho de que no tiene una fachada que resalte, sino que queda escondido entre las mesas y el ir y venir de los mozos y comensales en los locales gastronómicos de su planta baja, muchos de los cuales están asociados al él.

Sin embargo, el esfuerzo de encontrarlo en plena plaza de la Ciudad Vieja valdrá la pena, ya que se trata de un alojamiento excepcional. La ubicación, frente al histórico reloj astronómico de Praga (link al post), del que se tiene una vista casi exclusiva desde el salón comedor donde se toma el desayuno, es inmejorable.

El salón comedor está decorado con gran cantidad de diferentes relojes. Pero el más importante se ve por la ventana.

El hotel consta de dos edificios que no se comunican entre sí. El principal es donde está la recepción y el Café Mozart en cuyo salón se desayuna, además de algunas habitaciones. Y el segundo edificio, cuya entrada está a unos metros del primero, es en el que están la mayor cantidad de habitaciones y, punto importante, las más tranquilas.

El personal del hotel es sumamente amable y servicial. Frente al mostrador de la recepción se encuentra el conserje, siempre dispuesto a darte consejos sobre qué visitar en la ciudad. Además, una tarjeta que te entregan al momento del check in te da descuentos para varios de los restaurantes de la zona, aunque en nuestro caso luego de chequear las opciones, rankings y comentarios en internet, terminamos optando por conocer otros lugares diferentes.

Hay varios tipos de habitaciones disponibles, por supuesto cada una con su precio. En nuestro caso habíamos reservado una de las habitaciones históricas, que se caracterizan por los muebles de época, techos de madera y pinturas originales. Estas se encuentran en el segundo edificio, la parte más tranquila del hotel, lo que es muy bueno a la hora de descansar, pero que también obligará a recorrer una gran cantidad de pasillos, y subir y bajar escaleras y más escalerillas hasta dar con la puerta correcta. A la hora de salir a la calle, no se te ocurra olvidarte nada en la habitación, porque te aseguro que no vas a querer volver!

El cuarto es grande (en realidad, enorme). Se accede primero a un pequeño living que hace de ambiente comunicador entre el baño y el dormitorio, ambos separados entre sí. Los muebles y la decoración parecen remontarte siglos atrás, y la cama en particular es tan grande como el cuarto, y parece un cajón. El colchón, si bien está bien, no es el mejor en el que he dormido, y lo más llamativo son las colchas que, en una cama matrimonial, son igualmente individuales.

Espacio de guardado no te va faltar porque en vez de un armario, el cuarto cuenta con dos. Incluso las cajas fuertes eran dos, de diferentes tamaños. Hacia un costado una mesa con dos sillas y al fondo un modular con la TV. También cuenta con frigobar, disimulado dentro de un mueble de estética antigua para no perder la compostura, y cuyos precios están al mismo nivel que los que podés conseguir en un restaurante.

La limpieza fue excelente durante toda la estadía, y el baño, al igual que la habitación, es amplio y hasta cuenta con bidet. Para salir de la ducha hay batas y pantuflas, todo debidamente provisto en bolsitas de plástico.

El desayuno es muy variado, y cuenta con una parte caliente, con salchichas, huevos, tocino y hasta verduras asadas. También tienen una buena variedad de panificados, pero algunos me resultaron un tanto raros, con sabores a los que no estoy acostumbrado, como uno que probé con enormes granos de sal incrustados. Mejor hacerse unas tostadas, aunque hay que armarse de paciencia porque la tostadora se toma su tiempo. Lo más destacado, en mi opinión, eran los fiambres que eran realmente exquisitos, y los yogures naturales con cereales y frutos secos.

El Grand Hotel Praha es una excelente opción para alojarse en la capital checa. Como servicios adicionales dispone de traslados desde y hacia el aeropuerto, y para quienes lleguen en su vehículo propio tiene también garage subterráneo, aunque ambos son arancelados. Lo que sí es totalmente gratis, es ingresar a su página web para ver la cámara web on line que apunta a la plaza y el reloj y transmite en vivo las 24 horas del día. Cosa que podés apreciar de este link de acá, como aperitivo al viaje para verlo personalmente.

El Museo del Cablecarril, en Chilecito.

Apenas uno llega a la ciudad de Chilecito una enorme estructura metálica montada en sólidas columnas que avanzan rectas hacia la montaña es lo primero que llama la atención. Imposible pasar por esta localidad riojana y no notar los vestigios del impresionante cablecarril, del cual ya hablamos un poco es este otro post al que accedés desde acá.

La exposición tiene una parte interior, y otra en el exterior del museo. Incluso el acceso es parte de la muestra.

Hoy en día semejante obra de ingeniería no funciona más como brazo ejecutor de las actividades mineras de la zona, pero es parte importante de su historia y por tanto, un atractivo turístico que no podía prescindir de su propio museo.

Hoy rudimentarios, los medios de comunicación utilizados eran de avanzada para la época.

El Museo del Cablecarril está ubicado en la Estación 1, esa estructura gigante que se ve elevada hacia la derecha de la Ruta 40 cuando uno ingresa a la ciudad. Al costado de la estación, casi escondido por las frondosas parras de que hace gala, el museo guarda testimonios de lo que fue tanto la construcción del cablecarril como su funcionamiento.

Los materiales y herramientas se transportaron a lomo de mula, y cuando comenzaron a funcionar, en las vagonetas.

La visita es guiada y para el verano del 2020 costaba $60 por persona. Eso te da derecho a recorrer las diferentes salas acompañado de un guía, cosa recomendable para poder entender bien qué es lo que se está viendo.

Imagen del cablecarril en funcionamiento con las vagonetas suspendidas sobre el abismo.

La primer sala muestra por ejemplo cómo eran las comunicaciones de la época, entre ellas los teléfonos portátiles con sus respectivas baterías, que se utilizaban en las diferentes estaciones a lo largo del recorrido. También resulta interesante ver los registros de la época, en mi caso particularmente los referentes a la carga que iban descendiendo con las vagonetas todos los días.

Tanto los registros de personal como los de carga son parte de la exposición que se exhibe en el museo.

El guía también explicará el funcionamiento del cablecarril y la función de las diferentes tipo de estaciones, ya que no todas eran iguales. Un punto interesante es la sala donde se exhibe el motor que servía para hacer funcionar todo ese impresionante mecanismo.

No todas las estaciones estaban equipadas con motores.

Y el entender que se ensambló todo a base de remaches. No se utilizaban tuercas, sino que los enormes tornillos eran introducidos en las vigas al rojo vivo y luego se los enfriaba precipitadamente, cuestión que quedaran firmemente soldados.

Gráfico que muestra el avance del cablecarril a través de la ladera de la montaña, desde Chilecito hasta La Mejicana.

Las fotos, en particular la secuencia que muestran en el exterior del museo contando cómo fue el paso a paso de la construcción, no tienen desperdicio. La recorrida finalizará en la última sala donde hay un par de álbumes de fotos para hojear. Y el paseo luego sigue, ya que si llegaste hasta Chilecito, al menos tenés que ir a visitar la Estación 2. Pero eso, será cuestión de otro post.