Archivos Mensuales: agosto 2019

De Cachi a Salta por la Recta del Tin Tin y la Cuesta del Obispo: Transitamos la Ruta 33

Con sus impresionantes paisajes que mezclan jungla húmeda con roca lisa y limpia rodeada por enormes cardos, el Noroeste Argentino es un destino que se disfruta a pleno. Y cuando hablo de plenitud me refiero a que no solo sus pueblos y ciudades son impresionantes, sino que incluso viajar entre uno y otro resulta absolutamente placentero para los ojos del visitante.

Una muestra cabal de esto que les digo es por supuesto la mítica Ruta 40, que amplía estas sensaciones que yo describo del NOA al resto del país, atravesándolo como una columna vertebral a la vera de la Cordillera de los Andes. Pero también lo es la Ruta Provincial 33 que une las localidades salteñas de Payogasta y El Carril, y que es el camino obligado para volver a la capital provincial desde Cachi.

Se trata de un camino de algo más de 100 km que atraviesa paisajes emblemáticos donde el protagonista principal es el Parque Nacional Los Cardones. Ubicado en el departamento de Cachi cuenta con una superficie de 64117 hectáreas en las que abundan estos simpáticos y espinosos ejemplares que, a lo lejos, bien pueden confundirse con un hombre extendiendo sus brazos.

Hay zonas del parque donde los cardones se concentran más que en otras, por lo que habrá que ir atento para estacionar el auto y bajarse a hacer algunas fotos, para lo cual los miradores marcados son las mejores opciones, tanto a nivel de vistas como de seguridad vial.

Si bien la entrada al parque está ubicada en la zona de Piedra del Molino, quién solamente quiera sacar una buena foto ni siquiera necesitará ingresar al mismo. La Ruta 33 lo atraviesa en gran parte y, en particular el tramo conocido como la Recta del Tin Tin obliga a un alto para admirarla con atención. Son casi 20 kilómetros en increíble e interminable línea recta.

Lo más impresionante de esta parte de la ruta es que fue construida por los Incas antes de la llegada de los españoles, a unos 3000 metros de altura y con una perfección asombrosa si se tienen en cuenta los medios técnicos con que se valían en aquellas remotas épocas.

Siguiendo la ruta con dirección a la ciudad de Salta, si bien la recta termina lo que se mantiene es la elevación del terreno, que va superando los 3000 metros hasta llegar al punto más alto, Piedra del Molino (que nombramos recién), donde se contabilizan 3457 m.s.n.m.

A medida que vamos llegando a este punto la ruta se va haciendo cada vez más montañosa, hasta convertirse en un camino de cornisa con numerosas curvas y contracurvas en la zona conocida como Cuesta del Obispo. Por suerte en la actualidad la ruta está totalmente asfaltada y cuenta con ancho suficiente para el paso de dos vehículos a la vez (uno de cada mano), por lo que transitarla resulta muy divertido, pero por supuesto se requiere tener mucha precaución.

El paisaje invita a contemplar y las incesantes curvas cerradas obligan a tener todo el foco en el camino, convirtiéndose en una combinación algo peligrosa. Las pendientes en subida y bajada le agregan adrenalina a la aventura. Importantísimo manejar con tranquilidad y cuidado, no sacar la vista de la ruta, usar la caja de cambios para desacelerar y así evitar recalentar los frenos y estacionar únicamente en lugares donde sea seguro hacerlo.

La Cuesta del Obispo es fácilmente identificable, no solo por estar bien señalizada, sino porque en una de las curvas más pronunciadas se levanta una pequeña capilla con una cruz y frente a ella la vista del valle es espectacular. No olviden frenar en ese mirador con la cámara de fotos y por supuesto un abrigo, porque ahí arriba se pone bien fresca la cosa.

Desde allí hasta bajar al nivel del Río de Escoipe son unos 25 kilómetros de curvas y contracurvas, yendo hacia Salta capital, en descenso. A mi personalmente manejar en caminos de montaña me fascina, es algo que disfruto mucho, pero se perfectamente que no a todo el mundo le ocurre así. Igualmente la RP 33 está en perfectas condiciones y muy bien señalizada, así que la recomiendo absolutamente a todo el mundo. No es difícil de transitar, pero sí hay que llevar el auto con precaución y a velocidades moderadas todo el tiempo.

El último tramo del recorrido ya es más llano y sin tantas curvas furiosas. En un momento la roca viva y el paisaje desértico le da paso a la jungla y el auto se adentra en ella siguiendo una ruta rodeada por tupida vegetación que crea una sombra reparadora y, en verano, un refugio contra el calor.

Finalmente se empalma con la Ruta 68 hacia el norte, con dirección a Salta, pasando ya por zonas cada vez más pobladas a medida que nos acercamos a la capital. Allí vuelven los semáforos, los transeúntes, los lomos de burros y cunetas, y el difrute de conducir casi que desaparece, pero claro está, nadie ni nada nos puede borrar de la retina los paisajes por los que pasamos.

Así que ya sabés, animate, no te lo pierdas!

Una semana en el Hotel Prince of Wales de Niagara on the Lake, Canadá.

Durante mi estadía en la ciudad canadiense de Niagara on the Lake me alojé en el impresionante Prince of Wales, un hotel de la cadena Vintage Hotels bautizado así en honor al Duque de York que lo visitara en 1901 y luego se convirtiera en el Rey George V. Sin embargo, a pesar de que pareciera haber pasado mucho tiempo desde entonces, el edificio es más antiguo aún, y data de 1864.

Y digo que es impresionante desde varios aspectos. En principio por el tamaño ya que el Prince of Wales no es un edificio sino un conjunto de estos, uno al lado del otro, tanto que en mi caso para ir hasta la habitación desde la recepción debía salir al exterior y volver a entrar. Luego debería transitar una importante cantidad de pasillos, sorteando escaleras que suben y bajan y puertas que dividen diferentes áreas del hotel, como si más que mi cuarto estuviera buscando la salida de un laberinto. Menos mal que allí no hay minotauro porque las primeras veces resultó complejo recordar todas las vueltas que debía dar, y más de una vez dudé delante de una puerta o incluso encaré algún pasillo equivocado.

Este hotel impresiona también por la cantidad y estilo de su decoración. De aspecto antiguo y victoriano (aunque no original ya que esto se logró en la remodelación de 1997), el lugar está super cargado de cuadros y retratos que en general muestran figuras de la nobleza británica, tanto en los pasillos como en las habitaciones. En mi cuarto, frente a mi cama y mirándome directamente a los ojos, uno de los reyes ingleses (no recuerdo realmente cuál) vigiló mi descanso celosamente cada noche, al punto de ponerme nervioso.

Mi habitación era pequeña y más bien oscura, cosa rara si se piensa que tenía ventana que daba a la calle, pero la verdad que en ningún momento de día el sol entraba de lleno. Además al estar al nivel del suelo era necesario mantener las cortinas opacas cerradas para evitar que la gente que transitaba por afuera pudiera ver hacia adentro. La iluminación artificial, aunque abundante, era de baja tonalidad así que llegaba un momento en que era imperiosa la necesidad de salir al exterior.

A pesar de ser pequeña se trataba de una habitación cómoda, salvo la excepción del mueble que contenía la heladera (porque sí, al principio pensé que no había, pero la heladera estaba disimulada dentro de un mueble de aspecto antiguo) cuya puerta chocaba contra los sillones estilo Luis XV. Dentro de ese mueble se encontraba también la TV, que al estar en un rincón resulta incómoda para verla desde la cama dispuesta al centro del cuarto.

Algunas cosas para destacar del Prince of Wales son la atención y recepción en los cuartos. Cada día que uno ingresaba por la tardecita se encontraba con la música prendida en una emisora de jazz a un volumen suave que realmente ambientaba el cuarto, y con una rosa sobre la cama, acompañando una tarjeta con el pronóstico del clima para el día siguiente. Un detalle de categoría que un poco queda empañado en estadías largas, porque cada día hay una rosa nueva y no retiran la anterior, con lo cual al final de la semana tenía un manojo enorme de rosas (muchas ya marchitas) que no sabía dónde meter. Además, el primer día te reciben con un plato con naranjas.

Eso es algo que no pasa por ejemplo en el baño donde cada día reponen los jabones en pan y retiran el pan usado. El baño es realmente un punto fuerte ya que es amplio y muy cómodo, la ducha es un lujo y además las toallas van colgadas sobre un dispositivo que encendiendo una perilla se calienta, algo que seguramente los huéspedes que se alojen aquí durante el invierno canadiense agradezcan. Ademas hay batas disponibles y la limpieza es excelente.

Los puntos no tan buenos del hotel tienen que ver más que nada con el servicio del restaurante. Si bien la comida es aceptable el servicio tarda mucho (demasiado) y además no viene por partes; es decir que en una misma mesa teníamos gente comiendo y otra que 15 minutos después aún no había recibido su plato. Y eso que éramos un contingente empresarial y ya habíamos elegido el menú con anticipación por la mañana.

Para finalizar, el otro aspecto que impresiona en cuanto a este hotel es su precio. La estadía diaria cuesta CAD 350 (o sea unos USD 265 ) más impuestos y sin desayuno. Definitivamente hay que hacer bien las cuentas antes de reservar, y aún así queda como un hotel para privilegiados, o bien para cuando la que paga es la empresa.