Archivos Mensuales: agosto 2018

El Museo Soumaya de Plaza Carso, en México.

Tengo que ser sincero y confesar que no soy para nada entendido en cuanto a arte se refiere; sin embargo creo que cuando uno está ante una verdadera obra maestra no necesita ser un especialista en la materia para darse cuenta. Supongo que esas grandes obras tienen un “algo” que de por sí hacen que a cualquiera le parezcan atractivas o interesantes.

Algo de eso me pasó cuando visité el Museo Soumaya de Plaza Carso, ubicado en Polanco, Ciudad de México, y considerado como uno de los museos de arte más completos del mundo. Recorriendo sus salas, no hacía falta que un guía experto en pintura o escultura te fuera explicando lo que veías; simplemente podías pararte delante de algunas piezas con la boca abierta, sin más.

Lo primero que te quita el aliento es el edificio en sí. Con una arquitectura ultra moderna y difícil de definir, esta especie de hongo metálico deforme se alza 46 metros hacia arriba y está compuesta por más de 16000 placas de aluminio hexagonales que no se apoyan en el suelo ni se tocan entre sí. Una genialidad del arquitecto mexicano Fernando Romero que fue inaugurada en 2011 con la presencia del entonces presidente Felipe Calderón y varias figuras ilustres de la cultura, y que según indica la web oficial del museo, con su forma asimétrica hace referencia a una de las colecciones más importantes que alberga en su interior: la obra de Rodín. Pero como describirlo en palabras resulta casi un imposible, les dejo una foto para que lo aprecien ustedes mismos, aunque el tren cruzando me haya impedido utilizarla como imagen de portada.

Un edificio claramente llama la atención en cualquier lugar del mundo, y en México soy de la idea de que sólo podía estar ubicado en Polanco. Para quienes se pregunten quién está detrás de tal diseño, les cuento que el museo es parte de la Fundación Carlos Slim, la institución cultural sin fines de lucro liderada por el empresario multimillonario más importante de México y uno de los 10 hombres más ricos del mundo. Su nombre el museo se lo debe a la difunta esposa de Carlos: Soumaya Domit.

Son un total de 7 exposiciones repartidas entre el vestíbulo y las seis salas, una de las cuales es temporal y va cambiando su contenido cada tanto. En el vestíbulo, imponente apenas uno entra, está La Puerta del Infierno de Rodín, junto con El Pensador del mismo autor y una réplica de La Piedad de Miguel Angel.

La primer sala es más bien de índole histórica mexicana y está dedicada a Maximiliano, Porfirio Díaz, y al dinero en sí, haciendo un recorrido por los diferentes billetes y monedas que circularon en México. La segunda sala mereció toda mi atención y asombro: se trata de la muestra “Asia en Marfil”. Les recomiendo que le dediquen tiempo a este piso, donde me apasionó el ajedrez realizado con figuras humanas, las estatuillas erigidas en los colmillos de los elefantes, y los Budas y Cristos, entre otras piezas increíbles talladas en el frío material.

Saqué cantidad de fotos, porque era mucho lo que me llamaba la atención, como ser esta escultura oriental de tinte religioso…

que al dorso de su corona exhibe una cruz esvástica!!

Las dos salas siguientes están dedicadas a la pintura. La primera contiene la muestra “Antiguos Maestros Europeos y Novohispanos” y cuenta con obras de tinte religioso; y en la segunda titulada “Del Impresionismo a la Vanguardia” se ve mucho paisaje.

Una particularidad de estas salas que me entretuvo un buen rato fue el juego interactivo basado en el cuadro “Los Proverbios Flamencos” de Pieter Brueghel. Así, frente al cuadro mismo, hay una pantalla que muestra su imagen también, y en el que van apareciendo uno a uno el texto de 22 de los proverbios representados en la obra. El juego consiste en interpretar el refrán y buscarlo en la pintura, marcándolo en la pantalla táctil. Asimismo, hay que indicar el significado correcto. Nuestro resultado: Ubicamos 20, pero sólo acertamos en la explicación de 13 de ellos.

Luego llegaría el último giro (porque cada sala es un piso del edificio, y uno los va recorriendo hacia arriba por una rampa ascendente en forma de caracol), y con él el punto cumbre del museo: Rodín.

Entremezcladas con sus obras están las de otros escultores europeos, pero claramente esta sala (bautizada Julián y Linda Slim en honor a los padres del magnate) está dedicada al genio de Rodín, y allí se exhiben varias de sus más conocidas obras como “Las Tres Sombras”, “El Pensador” “El Beso”, que es el que se ve aca abajo.

 

Se exhiben también cabezas de varios tamaños y otros fragmentos de cuerpos humanos entre los que destacan las manos. Rodín hace un pormenorizado estudio de las manos humanas, sus gestos y posibilidades, que queda patente en la muestra del Museo Soumaya. También hay esculturas que se repiten, pero en diferentes tamaños, en lo que habría sido seguramente una muestra (difícil decirles bosquejo por su perfección), que luego derivaría en una obra mucho más grande. En definitiva, se trata de una de las colecciones más importantes de este artista fuera de Francia.

Queda sin embargo pendiente la sala 5, la penúltima que nos hemos salteado para hablar de Rodín. Este espacio está reservado para las muestras itinerantes, por lo que su contenido cambia cada tanto. Si mal no recuerdo durante nuestra visita se exponían pinturas italianas, de Venecia más precisamente.

 

La entrada al museo es libre y gratuita, así que es una excelente opción para los amantes de las artes que estén visitando Ciudad de México, y no menos buena para quienes no entiendan ni medio, pero tengan ganas de dejarse sorprender por los mejores artistas de la historia. Todos los detalles actualizados que necesites, haciendo click acá para ir a la web oficial del Museo Soumaya.

¡Que lo disfrutes!

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Entramos al Monasterio Trapense de Azul.

En la ruta que une la localidad de Azul con el paraje de Pablo Acosta hay gente que, especialmente durante los fines de semana soleados, hace una parada intermedia en el Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles. Allí, detrás de una frondosa arboleda, la bella arquitectura de las construcciones de ladrillo a la vista contrastan con los diferentes tonos de verde que se aprecian en los campos de los alrededores.

Nosotros hicimos dos visitas cuando pasamos Semana Santa en Azul. La primera fue el mismo Viernes Santo, donde el hermoso parque que los monjes cuidan celosamente estaba repleto de familias y amigos que aprovecharon el sol de la tarde para pasar el día al aire libre en compañía de mates y bizcochitos. Pero en ese momento estaban dando misa, por lo que no se podía tomar fotos dentro de la iglesia, así que luego volvimos otro día, ya de regreso después de haber almorzado en El Viejo Almacén. Y ahí sí, pudimos ingresar y conocer el templo por dentro.

Aunque los monjes acababan de celebrar una de las tantas misas diarias que llevan adelante en el monasterio, delatados por los cantos gregorianos que se escuchaban en el vestíbulo, cuando entramos ya no quedaba ninguno. Lo que sí quedaba era un silencio profundo y extremadamente agradable. Imposible evitar sentarse en uno de los banco de madera, en solitario, a contemplar la iglesia o bien cerrar los ojos y, simplemente, disfrutar de ese delicioso ambiente que sin un solo sonido transmite paz. Una sensación difícil de explicar en palabras, pero muy convincente cuando estás allí, sintiéndola.

El monasterio surgió en Argentina en el año 1958, luego de que una reforma de la rama benedictina iniciada en La Trapa, Normandía, Francia, llegara hasta América Latina previo paso por Norteamérica. De allí proviene la denominación “trapense”, haciendo referencia a la ciudad de origen de esta orden.

Se trata de un monasterio de clausura, donde los monjes realizan vida contemplativa, dedicando su tiempo a la oración, tanto individual como comunitaria, retirados de la sociedad para dedicarse enteramente a Dios. Asimismo deben trabajar para mantener el edificio y para su propia subsistencia; desde hacer las reparaciones necesarias hasta preparar la comida. Para solventarse económicamente, los monjes se dedican a la agricultura y la ganadería, principalmente, además de fabricar artesanías. La vista de los campos aledaños desde el predio eclesiástico está llena de matices de verdes.

Pero allí no solo hay monjes. Si bien el paso a los visitantes está vedado más allá del parque y de la iglesia (en la que cualquiera puede presenciar las misas), contigua al edificio principal hay una casa de retiros donde uno puede hospedarse y así vivenciar lo que es la vida de los monjes y realizar su propio retiro espiritual. Todo en el más absoluto silencio, por supuesto.

Incluso se sabe que el presidente Carlos Menem estuvo alojado en el monasterio, aunque en una época donde la casa de retiros todavía no existía, y en la que seguramente su nombre no estaba tan devaluado por los hechos de corrupción que se conocieron luego de su gobierno. Pero no es el único famoso: es habitual que en estas habitaciones se reciban a diferentes personalidades que seguramente buscan encontrar algún momento de paz.

Incluso, según se dice, aquí vivió en algún momento uno de los tripulantes del Enola Gay, el imponente bombardero norteamericano B-29 que se hizo mundialmente famoso por haber lanzado la bomba nuclear sobre Hiroshima a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945. Devastado luego de haber sido responsable de la muerte de más de 80.000 personas en apenas un instante, alguno de sus once tripulantes habría elegido recluirse en uno de los monasterios de la orden para dedicar el resto de su vida a Dios, y el de Azul pareciera haber sido el destino elegido. Pero esa es una historia que seguramente quede así, como una leyenda imposible de comprobar, pero que le dará una mística especial a este lugar.

Si alguno de los lectores quiere realizar un retiro, o incluso convertirse en monje, deberán ponerse en contacto, para lo cual los datos están disponibles en la página web a la que pueden acceder haciendo click acá. Sino, simplemente pueden ir a conocerlo, como hicimos nosotros, siempre manteniendo el más profundo respeto, y en silencio. De esta forma también nos vamos nosotros, sin hacer ruido, hacia el próximo destino de Ahicito Nomás.

¡Allá te espero!

Salta desde lo alto: El Cerro San Bernardo y su teleférico.

La ciudad de Salta, capital de intendencia en la época virreinal y actual capital de la provincia homónima, es quizá la ciudad más importante del noroeste argentino. Acertadamente apodada “la linda”, tiene un casco histórico de tinte colonial en el que destacan el cabildo (en refacciones durante el período de nuestra visita) y su catedral. Pero además de caminar por el centro y visitar alguno de los tantos museos que tiene, a Salta se la puede conocer desde el aire.

Para ello habrá que acercarse hasta el Parque San Martín, donde está emplazada la estación del teleférico, a los pies del Cerro San Bernardo. Inaugurado en 1988, sus coches colgantes recorren los poco más de 1000 metros hasta la cima en aproximadamente 10 minutos y te permiten una vista de la ciudad como la de las fotos.

El día que subimos estaba muy nublado, pero por suerte no llovió y bien abrigados se pudo disfrutar igual.

Por supuesto que la principal atracción son los miradores. Hay uno tirado hacia el costado derecho, junto al kiosko / bar donde uno puede sentarse y tomar un desayuno o seguramente también un almuerzo rápido. Eso sí, bastante caro.

El mirador central es el que mejor vista tiene. Justo sobre él pasa el teleférico propiamente dicho, y cuanta con una amplia explanada ideal para subir los días de sol. Desde allí se puede observar una buena panorámica de la ciudad.

Y obviamente se puede hacer zoom, todo lo que quieras (o puedas).

Para los #avgeeks hay un dato particular: desde ese mirador, bien a lo lejos, en el horizonte, se ve una línea recta casi perfectamente alineada con el cerro. Las nubes bajas por ahí te hacen dudar, pero si alzás la cámara y le das zoom ya podés estar seguro: es una pista de aterrizaje. Estás prácticamente alineado con la cabecera 24 del Aeropuerto Internacional de Salta.

Pero el complejo cuenta con otras atracciones, como ser la feria de artesanos ubicada al final de la ruta (la otra forma de acceso a la cima), el anfiteatro que está un poco descuidado, o la cascada artificial, con su sistema de bombeo que logra transportar el agua desde el pie del cerro hasta allí arriba.

También se pensó en los chicos, y este es un punto realmente alto. Alejándose hacia el lado opuesto de los miradores se llega al acceso del Parque Infantil, que está muy bien puesto, con juegos en buen estado y hasta una cabaña en miniatura. Con el frío y la amenaza de lluvia ese día no había niños jugando (aunque los contingentes escolares que cruzamos al bajar seguro lo coparon), pero en un día lindo los chicos tendrán donde entretenerse sin problemas.

Cercano a los juegos, hay también un lugar dedicado a la actividad aeróbica, y algún que otro deportista andaba por allí ejercitando las piernas.

Llega el momento de encaramarse de nuevo en uno de los cochecitos para bajar. Aunque nunca detienen del todo su recorrido, no es difícil hacerlo, aún cuando no haya personal del teleférico para ayudarte (ni indicarte). Sólo hay que tener cierto cuidado al subir y bajar. Una vez arriba, cuando el choche pasa el límite de la zona de embarque, las puertas se cierran automáticamente, y comienza la aventura.

Quienes no quieran subirse, o bien simplemente no estén de acuerdo en pagar el monto del ticket que realmente suena un poco elevado, podrán optar por subir en auto, o incluso caminando. Eso sí, si andan por Salta, no se pierdan la panorámica aérea desde el Cerro San Bernardo, sea como sea que lleguen a su cima.

Visitamos el Museo Municipal de Hinojo.

Cuando uno llega hasta la vieja estación de tren de Hinojo inmediatamente nota lo bien mantenida que está. No es que esté en pleno funcionamiento, ya que si bien operan allí aún los trenes de carga, los de pasajeros dejaron de pasar hace ya largo años, desde 1985. Lo que sucede es que allí funciona el Museo Municipal de Hinojo, un lugar fundamental para visitar si uno quiere conocer sobre la historia de este pueblo.

Allí encontramos a Noelia, estudiante de antropología apasionada por la historia, y más si se trata de la de su lugar. Ella nos cuenta sobre cómo trabajan a pulmón para llevar adelante este proyecto que financia la municipalidad de Hinojo y que desde el viejo edificio te lleva atrás en el tiempo hasta la época en que en aquellos bancos de madera (originales, nos acota Noelia) la gente esperaba ansiosa la llegada del tren.

Y la estación resulta el punto ideal para poner un museo ya que el tren fue fundamental en la historia del pueblo. Teniendo su origen como posta y punto de descanso de viajeros y caballos que iban a Azul o Tandil, Hinojo tomó impulso con la llegada del ferrocarril en 1883. Su playa de maniobras era de las más importantes del país en aquella época, ya que hasta allí llegaban las mercaderías tanto de la actividad agrícola como de las canteras de piedra de la zona, para seguir viaje en el tren.

Se trata de una estación con mucha historia, ya que se dice que en 1933 Gardel vino al cine de la cercana Olavarría, y al regreso el tren paró en Hinojo, lugar en el que el tanguero cantó algunas piezas para los presentes. Otra personalidad ilustre que paró allí fue la mismísima Evita, cuando acompañaba a Perón en su campaña electoral y varias personas se instalaron sobre las vías para obligar a que el tren frenara. Lejos de ofuscarse por la interrupción del viaje, Evita se apeó y regaló aviones de madera para los niños del lugar.

También allí hicimos un curioso descubrimiento: de dónde viene la expresión “croto” para señalar a los linyeras. No es ni más ni menos que un derivado del apellido del gobernador bonaerense Camilo Crotto, allá por el 1919, quién dispuso que los desempleados que viajaban en tren para buscar trabajo en los campos linderos no debieran pagar pasaje. Así, la gente comenzó a referirse a ellos como “los de Crotto”, que luego se abrevió como “los crottos”, ganando vigencia hasta nuestros días.

Y por supuesto, nos enteramos también del por qué del nombre del pueblo, siendo que cuando llegó el ferrocarril el pueblo se alimentó de inmigrantes italianos, que llegaban desde su tierras trayendo las semillas que tanto aprecian. Para los italianos el hinojo es símbolo de prosperidad, y en estas tierras se propagó fácilmente impregnando el aire de su característico aroma. No hay que confundirse entonces con la lindera Colonia Hinojo, cuyos habitantes tienen raíces alemanas.

El piso de arriba no está apto para ser visitado. Allí vivía el jefe de estación y hoy en día es un ámbito reservado para el uso del personal del museo. Lo que sí se puede visitar es una sala contigua donde se exponen fotos comparativas del Hinojo del pasado con el actual, mostrando el mismo punto, casi desde el mismo ángulo, pero en dos épocas totalmente distintas. Allí mismo, sobre una mesa, descansan varios álbumes de fotos personales que fueron donadas por los habitantes del pueblo, y que dan cuenta de lo que era la vida en aquél lugar durante el siglo pasado.

Y por supuesto no podíamos dejar afuera la primer camiseta del Club Atlético Hinojo, especialmente teniendo en cuenta que el pueblo tuvo su equipo femenino, todo un avance de género para la época.

Y qué mejor forma de finalizar el post que con una historia de amor como la de Angel Bardi, uno de los primero pobladores del lugar que después de diez años volvió a Italia para buscar a su novia, casarse con ella, y traerla hasta este lugar, donde la había construído una casa exactamente igual que la que tenía en Rapallo, su pueblo europeo. La casa aún está en pie, frente a la estación, y aunque desde hace tiempo se tiene la idea de armar allí un museo, los herederos no logran ponerse de acuerdo y la casa permanece abandonada.

Las fotos exteriores de la estación se las debo. Como el tren de carga sigue operando, la municipalidad optó por cerrar el acceso al anden para evitar cualquier posibilidad de accidentes. Si bien es una lástima no poder fotografiar la estación desde afuera, por otro lado suena criterioso. Así que de esta forma nos despedimos del Museo Municipal de Hinojo. Espero que vos también puedas visitarlo!

La Casa de la Aviación: el punto spotter de Ciudad de México.

No importa el lugar del mundo donde me encuentre, los aviones serán siempre algo que se llevarán mi atención. Si tengo oportunidad, no dudaré en invertir algo de tiempo en buscar un punto con vista a la pista para lograr una toma como la gente. En CDMX esa búsqueda no es necesaria, porque contigua al Benito Juarez se encuentra la terraza de la Casa de la Aviación, donde spotters, tripulaciones y simples #avgeeks se juntan a tomar algo y disfrutar de su pasión: los aviones.

Durante nuestra estadía en la Ciudad de México nos acercamos una tarde hasta Poniente 13, en Colonia Cuchilla del Tesoro, justo donde la calle se corta por el paredón perimetral del aeropuerto, para conocer la primer casa spotter del mundo, tal como ellos mismos la definen.

En ese momento aún era conocida como La Casa de Juan Juan, tomando su nombre del de su dueño, Juan Carlos Juan, cuya familia optó por aprovechar la ubicación estratégica de su propiedad para fusionarla con su pasión por los aviones y convertirla en un proyecto comercial especialmente diseñado para entusiastas de la aviación. Así, la terraza de la propiedad se transformó en el punto spotter de México, desde el que se obtiene una vista despejada de las pistas y la plataforma del Benito Juarez.

Emplazada en un extremo del aeropuerto, La Casa de la Aviación tiene una vista privilegiada de la cabeceras 23 R y L, y al despejar u ocupar la pista los aviones taxean a metros de donde uno está alzando el teleobjetivo, por lo que es habitual que los pilotos se tomen un paréntesis para saludar a los fotógrafos.

Allí nos recibieron Betzabel y Araceli, que son unas anfitrionas de lujo y hacen que las horas que pasas contemplando el constante movimiento del aeropuerto sean realmente placenteras. Se alegraron mucho de recibir visitas desde Argentina, y nos contaron que suelen tener visitantes de otros lugares del mundo como Costa Rica, Francia e Inglaterra. A todos ellos les ofrecen una carta de comidas rápidas cuyos menúes llevan nombre de aviones, como ser el 727 que remite a un sandwich de jamón y queso acompañado por fritas y gaseosa.

Si pedís un café, sale personalizado. Y las tazas son un buen recuerdo que podés comprar para llevarte a tu casa.

Especialmente acondicionada para los spotters, la Casa de la Aviación  no sólo ofrece un punto seguro desde el cual apreciar los despegues y aterrizajes, sino que le agrega valor a la experiencia muy inteligentemente: por los altoparlantes se escucha la frecuencia de la torre de control, con lo cual uno está siempre al tanto del movimiento aeroportuario; y además cuentan con una PC con Fligthradar24 para chequear la ubicación de los aviones que están aproximando.

Nuestras anfitrionas nos contaron también que suelen recibir la visita incluso de escuelas de vuelo, cuyos profesores llevan a los alumnos para enseñarles en vivo y en directo los diferentes tipos de avión que operan en la terminal aérea; al punto que estuvieron a punto de instalar un simulador de vuelo a través de un convenio con una de ellas. El proyecto por ahora está frenado, pero sigue allí latente, y ojalá algún día se pueda hacer realidad.

También es habitual que se acerquen tripulaciones, luego de hacer el aterrizaje por alguna de las dos pistas paralelas de la terminal, así que si pasás es probable que tengas oportunidad de cambiar algunas palabras con un piloto, mientras contemplás extasiado el despegue del majestuoso B747 carguero de Cargolux.

La Casa de la Aviación abre de martes a viernes de 14 a 20 hs, y los fines de semana extiende su horario a partir de las 12 del mediodía. Pero cuando hay algún evento especial en el aeropuerto, como el arribo de un avión particular, suelen invitar en horarios fuera de schedule. Para estar al tanto de las novedades, nada mejor que seguirlos en su facebook oficial al que se puede acceder en este link.

Definitivamente, es EL lugar para disfrutar de los aviones que operan en el AICM, de forma segura y con un ambiente relajado y familiar. Si estás por CDMX y son fanático de la aviación no tenés opción, tenés que visitar La Casa de la Aviación.