Archivo de la etiqueta: Navarro

Visitamos el Museo Ferroviario de Navarro.

Como ya es casi tradición para nosotros cuando visitamos un pueblo nuevo, una de las primeras cosas que buscamos en el Google Maps es su estación de tren. La ciudad de Navarro no fue la excepción, pero sí nos deparó una sorpresa que no teníamos prevista.

Perteneciente en su momento al Ferrocarril Belgrano, la estación Navarro fue construida en el 1908 y funcionó hasta su clausura en 1993, por decisión del gobierno menemista que gobernaba el país en ese momento. Hoy en día no cuenta con ningún servicio ferroviario en sí, pero aún así se la ve muy bien cuidada. Y cuando uno da la vuelta por las vías y se acerca al edificio por la Calle 34 se encuentra con que su interior aun vive.

Es allí donde funciona el Museo Ferroviario de Navarro, que puede ser visitado los fines de semana de forma totalmente gratuita. A cargo del lugar está Carlos Martino, que estará complacido de mostrarnos todas las reliquias que estas paredes guardan, plagadas de historias de rieles y locomotoras. No deberá sorprender encontrar ahí también a algún que otro vecino, amigo del encargado, que se acerca a acompañarlo con buenos mates y charla.

Beto, así le dicen, no es un encargado de museo cualquiera. Muy por el contrario, fue el creador, y por si eso fuera poco, él mismo es historia viviente del ferrocarril. Y de esta estación, de la cual supo ser Jefe de Estación durante largos años, estando en el cargo en el preciso momento del cierre. Se suponía que las autoridades ferroviarias debían presentarse para tomar posesión de todo el material, pero nunca aparecieron. Luego de mucho esperar, y sin poder ni querer dejar todo abandonado sin más, Beto comenzó a crear una verdadera colección ferroviaria con el material que allí tenía, y levantó el museo que hoy todos podemos visitar.

Por doquier se pueden ver maquetas de diferentes tipos de tren, hechas con sus propias manos. Beto es un enamorado de los ferrocarriles y se le nota en la forma de hablar y en el detalle, dedicación y emoción que pone al explicarte cada cosa, y todo esto lo deposita también en cada una de sus recreaciones, con las que ha participado de numerosos concursos con muy buenos resultados, tal como lo comprueban los diplomas expuestos en el museo.

El grado de detalle de las maquetas es impresionante, y con orgullo Beto nos muestra el interior quitando el techo de una de ellas, que representa el vagón tal como era en la realidad.

También abundan los elementos ferroviarios que en el pasado dieron vida a esta estación, entre los que se destaca el indicador de kilómetros medidos desde la estación cabecera. En el caso de Navarro, hasta la estación Buenos Aires son 97 kilómetros.

En los escritorios y mesas abarrotadas de equipos, herramientas y recuerdos, también se aprecia lo que fue la vida del ferroviario cuando estaba en plena actividad. Las gorras de “jefe” colgadas de la pared son un toque distintivo, junto con un mueble que a muchos nos retrotrae a la niñez: aquél donde se guardaban los viejos boletos de cartón, aquellos que solíamos comprar para viajar en el San Martín cuando yo era chico.

Esos recuerdos hermosos bien valen un acercamiento…

Y ahí los guarda Beto que, antes de que te vayas, tomará un par y los picará, como en los mejores días de la estación Navarro, para entregártelos como souvenir de tu visita al museo. Un excelente recuerdo para atesorar.

Y entre otras anécdotas, detalles de la vida ferroviaria y lo que se te ocurra preguntarle, de seguro Beto encontrará también el espacio para contarte sobre María Elena, la primera azafata de Ferrocarriles Argentinos. Porque no tenían alas, pero aún así los trenes en 1969 llevaban azafata.

De seguro Beto tiene mucho por contar. Es tan solo cuestión de acercarse al museo y preguntarle; el estará encantado de explicarte con su habitual cordialidad y pasión por lo que hace.

El paso por el Museo Ferroviario de Navarro ha sido muy grato para nosotros. Estoy seguro que con la hospitalidad del Jefe de Estación, también lo será para ustedes. Cuando vayan a Navarro, no se lo pierdan!

Pasando la tarde en la Laguna de Navarro.

Uno de los principales atractivos de la ciudad de Navarro (y seguramente el que más público convoca los fines de semana de sol) es la enorme laguna lindera. Con sus 200 hectáreas tiene una superficie apenas algo menor que la del pueblo en sí, y en ella se pueden practicar pesca y deportes acuáticos.

El acceso al agua es único y se realiza por el Camping Municipal, en la intersección de las calle 101 y la Ruta Nacional 40 que al convertirse en avenida dentro de la ciudad lleva el nombre de Parroquia Nuestra Señora del Carmen. La entrada no es gratuita, sino todo lo contrario, es un poco salada y se cobra por persona, con lo cual parece buena idea amortizar lo más posible el gasto haciendo el uso más extenso que se pueda de las instalaciones. Léase, no vayas a tomar mates a las 7 de la tarde para volverte a casa a las 8 porque van a ser los mates más caros de tu vida. Ahora, si vas a pasar el día, mientras no sean un grupo familiar numero la cosa cambia.

En particular hay que decir que las instalaciones están en muy buenas condiciones. Hay baños, mesas, parrillas, y hasta una especie de plaza con juegos para la recreación de los más chicos. El camping está muy buen cuidado y hay personal de seguridad que recorre los senderos en moto constantemente.

Una cuestión vistosa es el puentecito que comunica el camping “continental” con una pequeña isla. Angosto al punto de permitir el paso de una persona por vez, el puente es ideal para las fotos, ya sean selfies o sacadas por un tercero.

Pero claro, las chicas no necesitan un puente para salir bien…

Una vez dentro del camping no  hay de qué preocuparse, ya que si uno se olvidó algo para comer, si hizo mucho calor y la bebida de la heladerita no alcanzó, o si simplemente se fue desde el principio con las manos vacías, por todo el camping hay distribuidos kioskos y pequeñas despensas. Eso sí, del precio de las cosas no puedo opinar, ya que en nuestro caso teníamos mate y galletitas bien dispuestos desde hacía rato.

Incluso allí mismo se alquilan botes, por si te dan ganas de ejercitar los músculos con los remos, y por supuesto están quienes aprovechan. Otros, simplemente se tiran a nadar en el agua, aunque hay sectores con carteles de “prohibido nadar”.

Sea cual sea la actividad que elijas, o siemplemente prefieras quedarte tranquilo, tirado en el paso descansando al sol, tomando mate o jugando al truco con amigos, la orilla de la Laguna de Navarro parece un buen lugar para disfrutar de un día al aire libre.

Incluso para los porteños llegar no es tan difícil. Navarro está a poco más de 100 kilómetros de Capital Federal y llegar hasta la laguna toma aproximadamente una hora y media, andando en una ruta de muy buenas condiciones, tanto el Acceso Oeste hasta Luján, y luego la Ruta 47, esta última, de un sólo carril por mano.

Una excelente alternativa para aprovechar en verano.

El Fortín San Lorenzo de Navarro: Réplica fiel del puesto de frontera original.

Quién se acerque hoy manejando por la ruta 40 encontrará en Navarro una hermosa y cuidada ciudad donde se respiran aires muy tranquilos. Sin embargo esto nada tiene que ver con sus primeros tiempos, donde la vida en estos pagos era extremadamente agreste, y por demás agitada.

Hace 250 años atrás esta zona de la pampa bonaerense constituía la frontera, no con el exterior, sino con los asentamientos aborígenes. A consecuencia de los frencuentes malones con que los indios atacaban las poblaciones, el gobierno de Buenos Aires decidió ampliar el número de fortines que custodiaban el límite con “el desierto”. Entre tales fortines se hallaba el de Las Conchas, que luego diera origen al Fortín San Lorenzo de Navarro de la mano del pedido del comandante Juan Antonio Marín: la sequía hacía que el ganado se alejara de la zona custodiada y se dirigiera hacia la laguna para abastecerse de agua, por lo que quedaba a merced de la indiada. Así fue como, en 1767 se decidió la creación de la Guardia de San Lorenzo, a orillas de la laguna de Navarro, para poder custodiar mejor los animales.

Si bien el fuerte original estaba ubicado donde hoy se encuentra el jardín maternal de la municipalidad (lugar demarcado con un monolito), a varias cuadras de allí se levanta una réplica idéntica con el objetivo de darle una idea al visitante de cómo vivían en aquellas épocas esos 16 milicianos que dieron origen al pueblo.

Esta especie de museo fue creada con el esfuerzo de los vecinos que trabajaron duro para levantarlo, y dejarlo tal cual el original. Las dimensiones, la orientación cardinal y la distribución de las edificaciones de barro son una réplica exacta del fortín que se asentara en esta zona hace casi tres siglos atrás.

Allí pueden verse el dormitorio, el comedor y la comandancia (la más pequeña de las construcciones, ubicada entre medio de las otras dos), además del mangrullo que se distingue a lo lejos y hará las veces de “señalador guía” para aquél que no haya podido ubicar el lugar.

Dentro de los edificios pueden verse diversos implementos que permiten imaginarse un poco cómo era la rústica vida de los blandengues que custodiaban la frontera en aquellas remotas épocas. Allí dentro se cuenta también la historia de la chata cerealera “La Luz del Desierto”, que de hecho puede observarse estacionada debajo de un tinglado, en el exterior. Se trata de un carruaje de carga construido en la década de 1910, con capacidad para 11 toneladas de carga, y que trabajó en Navarro hasta el año 1965.

En el tinglado pueden observarse también otras máquinas de campo, y luego puede visitarse además la vieja estación de ferrocarril de Navarro, hoy ya en desuso, pero que formando parte del predio del Fortín San Lorenzo se ha aprovechado uno de sus cuartos para levantar la réplica de una pulpería.

La cantidad de cosas que pueden entrar en un cuarto tan pequeño puede resultar abrumadora…

La entrada a la Réplica del Fortín San Lorenzo es libre y gratuita y sólo se pide una colaboración, cuyo monto dependerá de la opinión de cada visitante. Ubicada en la esquina de las calles 121 y 22, es una excelente opción para viajar un rato al pasado cuando andes por Navarro.

Picada en Navarro: Almorzamos en el Almacén Museo La Protegida.

Llega el mediodía y no importa lo interesante que esté la visita al pueblo o ciudad de que se trate, la panza obliga a hacer un alto en el itinerario y buscar un lugar donde almorzar. Sin menospreciar al resto de la oferta gastronómica, en el caso de Navarro hay un lugar que se erige como el ideal para este bloguero y su pasión por lo antiguo y la historia.

En la esquina de las calles 30 y 19, el Almacén Museo La Protegida supo ser el emplazamiento del almacén de ramos generales del turco Emilio Mustafá, de origen sirio libenés, quién lo fundó en 1926 y que funcionó hasta su cierre en la década del ’70. El actual establecimiento gastronómico toma su nombre de la compañía de diligencias que, durante el siglo XIX unía Buenos Aires con Navarro trasladando no sólo pasajeros, sino también encomienda y correos.

En cuanto al mote de “museo”, este se debe a la enorme colección de antigüedades y artículos que conforman la decoración del lugar, tanto en el interior como en el exterior, y al hecho de que algunos cuartos que dan al patio sirven como salas donde se exhiben fotos de Navarro y distintas antigüedades.

Y bueno, si uno mira hacia arriba no debe extrañarse de encontrar un caballo tirando un carro…

Almorzar rodeado de una ambientación tan particular, y en un lugar con tanta historia, al menos para mi significa un condimento especial y ya vale la pena. Pero no puedo dejar de lado, por supuesto, el costado gastronómico, que en definitiva hoy en día es el corazón del lugar. El menú elegido fue tan simple como contundente: una tabla de fiambres para dos personas que no tiene desperdicio.

Obviamente en un lugar así, y con un museo a disposición, luego de almorzar fue momento de tomar la cámara y recorrer en detalle las paredes de La Protegida. Así dí con algo que me fascinó y estimuló mi curiosidad histórica un poco más: al lado del retrato de Dorrego una foto muestra la cruz en el punto exacto de su fusilamiento.

A partir de allí sería obligación identificar si aquél punto y la cruz aún existían, para lo cual consultamos al dueño del restaurante que muy gentilmente nos dio muy buen asesoramiento sobre Navarro y su historia.

Pero eso es cuestión de otro post.

 

La Pulpería de Juan Moreira, en Navarro.

Ubicada sobre la calle número 24, llamada ahora Av. Dr. Alfredo Sabate en honor a un reconocido historiador de Navarro, y que antiguamente fuera el Camino Real hacia Buenos Aires, se levanta con ladrillo a la vista el edificio más antiguo de la ciudad, con excepción de la iglesia. Se trata de la Pulpería de Juan Moreira, construída en 1823 a escasos metros del cementerio.

Allí nos atendió gentilmente Daniel, el dueño del lugar, oriundo de la zona sur del Gran Buenos Aires que pasa los fines de semana en Navarro, lugar de donde es su familia. Así es como un día compró el lugar y comenzó a restaurarlo con el objetivo de dejarlo tal cual como era en la época del tristemente célebre gaucho Juan Moreira. Y es que la pulpería actualmente lleva su nombre porque él vivía allí, a pocas cuadras, ya fuera en la casa de su suegro o en un hotel cercano, según fuera la ocasión, y por lo tanto solía frecuentar la vieja pulpería del Vasco Ochoa. Sin ir más lejos, Daniel nos cuenta que justo antes de cometer uno de sus crímenes a pocas cuadras del lugar, el gaucho paró en el local para tomar algo.

El lugar es pequeño pero así y todo se las arregla bien para albergar gran cantidad de cosas. En un esfuerzo por recrear el local lo más fielmente posible, Daniel descubrió la reja que separa el sector del pulpero del salón para los clientes, que había quedado empotrada dentro de una pared. También se dedicó a rastrear elementos que pertenecían a la pulpería para devolverlos a su sitio, como es el caso del “dispenser” ubicado sobre el mostrador.

Pero además Daniel es todo un coleccionista y apasionado por la historia, por lo que el lugar está repleto de antigüedades que nada tienen que ver con Juan Moreira. Entre todo aquello mi ojo clínico se posó sobre un nombre más que conocido: se trataba de una cigarrera de metal, viejo souvenir de vuelo de Lufthansa.

Y algo que no me hubiese llamado la atención si Daniel no hubiera estado ahí para explicar los detalles: colgada de una pared se encuentra una cerámica de tonalidades grises y blancas, que perteneció al increíble hotel Edén, en La Falda, Córdoba; aquél en el cual algunos creen que Adolf Hitler se ocultó luego de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, y luego de hacerle creer al mundo que se había suicidado en el bunker de Berlín.

Pero volviendo a lo local y a la ciudad de Navarro, pasamos un largo rato hablando con Daniel sobre la figura de Moreira y sus fechorías. Se trataba de un gaucho vecino del pueblo que tuvo la desgracia de enamorarse y casarse con la mujer que, a su vez, pretendía el teniente alcalde del pueblo, Juan Córdoba. Tanto que el mismo día del casamiento comenzaron sus problemas, al cobrársele una multa por haber hecho la fiesta sin autorización de las autoridades. A eso se sumó una deuda de $10.000 que un pulpero de la zona había contraído con el gaucho y que nunca le devolvió. Al denunciarlo, sin documentación que lo avalara como acreedor, Juan Moreira fue detenido durante 48 horas por el teniente alcalde, bajo el cargo de reclamar lo que no le pertenecía. Absolutamente indignado por esta injusticia, el gaucho se tomó represalia matando al pulpero de 10 puñaladas (una por cada $1000 que le debía) y a Córdoba. En esta última trifulca caerían también otros dos policías que estaban con el alcalde en ese momento, dando comienzo a la etapa del gaucho rebelde que se conoce sobre este personaje.

Claro que no podemos dejar de referirnos tampoco a la fase política de Moreira, ya que en un principio ligado al Partido Autonomista llegó a ser guardaespaldas de su líder Adolfo Alsina, para luego terminar enrolándose en el Partido Nacionalista. Eran épocas en las cuales los procesos electorales eran un tanto oscuros, y el voto se hacía a “viva voz”, por lo que los servicios de hombres como el que nos ocupa eran muy valorados por los partidos políticos a la hora de sumar votantes.

Pero no sólo de historias de gauchos se nutre la Pulpería de Juan Moreira. En el jardín, al costado del edificio, resalta una estatua. No estuvo siempre allí, sino que es originaria de Huacho, localidad peruana en la que el General San Martín desembarca luego de libertar Chile, para librar las últimas batallas por la independencia del extremo sur latinoamericano. Esta estatua estaba en la estancia que se le cedió al comandante argentino para que la utilizara como cuartel general durante la campaña libertadora en Perú. Y allí seguía en los años 60, cuando en aquella zona una reforma agraria había entregado esas tierras a los campesinos que quizá priorizando necesidades más básicas, poco inclinados estaban a valorar el arte y la historia. Así es cómo un militar argentino, de intercambio en Perú, se termina trayendo la estatua al país con el objetivo de salvarla de su inminente destrucción, y que luego de varias idas y venidas termina aquí, en los jardines de la pulpería, accesible a todos los que quieran pasar por Navarro a conocerla y enterarse de su historia.

Y eso no es todo. Porque como en todo lugar con tantos años, no podían faltar en este edificio las historias de fantasmas. Y allí está, colgada de una de las paredes, la lápida de Juan Crovetto, asesinado por el gaucho Moreira el 13 de octubre de 1905. De hecho, entre tantos objetos de colección, lo extraño no es encontrarse con esta pieza que más que a un museo pertenece a un cementerio. Lo sobrenatural es el mismo hecho de que esté allí, expuesta, en una pared en la que nadie la colgó, ya que simplemente apareció un día ahí.

Y hay más historias de fantasmas, aún más sorprendentes que la de la lápida, de esas que te erizan la piel al escucharlas. Pero esas no te las voy a contar yo. Si querés conocerlas, un fin de semana hacete unos kilómetros hasta Navarro, buscá la Pulpería al 1780 de la Av. Sabate (calle 24), y pedile a Daniel que te las cuente.