Archivos Mensuales: julio 2019

Nos alojamos cerca de Merlo: Cabañas Brisas de los Molles, en San Luis.

Durante nuestra estadía en Merlo, San Luis, no nos alojamos en la ciudad sino que nos quedamos en el conplejo de cabañas Brisas de los Molles, a unos 12 kilómetros de la ciudad (son unos 10 minutos en auto) y a aproximadamente 2000 metros del ingreso al pueblo que les da nombre.

Se trata de unas muy lindas construcciones con ladrillo a la vista que en el exterior cuentan con un espacio para dejar el auto bajo techo, a la vez que hace de patio con parrilla. De dos ambientes, el interior de las cabañas es ideal para una pareja, donde contarán con la habitación respectiva y una cocina-comedor que hace las veces de sala de estar. En caso de que haya chicos se pueden arreglar en las dos camas marineras de la cocina-comedor, pero ya habrá que relegar el punto de la comodidad.

Mientras que la habitación es bantante justa y en lugar de armario tiene unos estantes empotrados y una barra donde colgar la ropa, la cocina es amplia y cómoda, y está bien equipada con vajilla para cuatro personas, aunque como crítica fundamental encontramos que no había repasadores, así que se nos complicó cuando quisimos sacar las fuentes calientes del horno. Además de la obvia heladera, la cabaña cuenta también con microondas y tostadora.

El baño está muy bien en cuanto al tamaño y uno puede moverse cómodamente. Está provisto únicamente de jabón de tocador para el lavabo, mientras que para la ducha habrá que salir a comprar jabón y shampoo. El detalle: para lavarte las manos no te vuelvas loco si el agua caliente no sale más; las canillas del lavabo están invertidas.

El desayuno está muy bien. Es de 8:30 a 10:30 de la mañana y para que te lo traigan hasta la cabaña la señal es abrir las cortinas de la cocina, así los dueños saben que te levantaste. La bandeja que te acercan está bastante completa e incluye facturas, café, mate cocido y té; todo en saquitos, además de azucar, edulcorante y leche en polvo.

La limpieza del lugar es muy buena, y se ve no sólo en la cabaña sino también en el resto del complejo, que está muy prolijo. Lógicamente en marzo ya no la usamos, pero hay pileta resguardada con un cerco que la encierra, y en cuanto a las comodidades internas del alojamiento hay TV satelital, equipo de audio, wifi (que no funciona del todo bien) y aire acondicionado.

Para los chicos (y los no tan chicos también) hasta hay una cancha de fútbol en muy buen estado, por supuesto todo con una vista espectacular de las sierras donde, si vas en temporada, hasta se puede llegar a divisar una pequeña cascada, quizá incluso desde la ventana de tu habitación.

En definitiva, un correcto alojamiento donde principalmente se respira tranquilidad, y donde podés hacer tu vida sin estar atado a los clásicos horarios y requisitos de un hotel. Buena opción en Los Molles.

 

Vuelo diurno a Miami y Prueba del servicio de Locker en el Duty Free de Ezeiza.

Para finales de junio pasado Latam Airlines tuvo una particularidad en sus vuelos a Miami: además del tradicional diario directo sin escalas nocturno, hubo uno similar pero diurno. Se trató del vuelo 4M7824 que partía de Ezeiza a las 8:40 de la mañana, y que al momento de escribir este post ya no está disponible.

Si bien este vuelo fue operado con el B767 de siempre y el servicio es el mismo al que Latam nos tiene acostumbrados, me decidí a escribir el reporte para contar una experiencia totalmente nueva que decidí probar en esta ocasión.

Llegué a Ezeiza con 3 horas de anticipación como acostumbro cuando vuelo a Estados Unidos, sabiendo que los controles de seguridad adicionales podrían llegar a demorar el proceso normal de embarque, así que mejor tomar los recaudos del caso. Es decir, me levanté tempranísimo y enfilé hacia el aeropuerto con pocas horas de sueño para encontrarme con un mostrador de checkin bastante solicitado. La gran acumulación de gente y consiguiente demora no tenía que ver con el habitual cuestionario de seguridad que Latam realiza para sus vuelos a Miami (que fue rápido como siempre), sino con que había un solo desk habilitado para la atención al público.

Pasados unos 15 o 20 minutos llegó más personal de la aerolínea y el tema comenzó a agilizarse. Así despaché el equipaje y luego pasé por los scanners de seguridad sin más demora, para encontrarme con la novedad de que Burger King está por abrir su sucursal en la zona de preembarque. Sin embargo una hamburguesa no tenía nada que ver con la experiencia que estaba a punto de probar por primera vez.

En esta ocasión viajaba con la intención definida de comprar alguna bebida de esas que suelen ser más baratas en el free shop que en la plaza local (aunque hoy en día no hay que dar nada por hecho y conviene revisar, comparar y confirmar). Chequeando precios aprovechando que tenía buen tiempo antes de la salida, encontré una muy buena promoción. Pero claro, no me iba a ir de viaje con las botellas a cuestas, así que opté por probar el servicio de retiro de productos al regreso.

El tema es bastante simple: vas, seleccionás lo que querés comprar y en la caja pedís el servicio de locker para retirar a la vuelta. Pagás en el momento y te piden los datos del vuelo de regreso, con los cuales te emiten un ticket que debés conservar y presentar para retirar luego. Aunque no lo usé aún, ahora también está la opción de reservar los productos on line y retirarlos luego en el aeropuerto el día del vuelo.

Algo a tener en cuenta: al regresar el retiro no se realiza en el free shop de la terminal, sino en una ventanilla que hay en un extremo de las cintas de equipaje. Allí se presenta el ticket y nos entregan los productos tal como si recién los hubiéramos comprado. Esto permite aprovechar la mayor variedad que hay en la tienda de salida, como así también cualquier promoción que esté vigente en ese momento, y que no sabemos si al regreso aún estará disponible. Y por supuesto, con la comodidad de no tener que llevarnos todo eso de paseo por el mundo.

El viaje en sí fue bastante placentero porque tuve la suerte de volar con el asiento de al lado vacío. Se trató del 27L, un clásico ya a esta altura para mi vuelo a Miami con Latam, y por la ventanilla pude registrar la nueva torre de control en construcción bajo la luz de la primera mañana, como así también la espera en cabecera de la pista 11, experiencias casi imposibles al viajar en vuelos nocturnos.

El servicio de abordo no cambia en nada salvo en el orden, obviamente. Al ser diurno, momentos luego del despegue viene el desayuno; y luego cerca ya de Miami se sirve la cena. El contenido y calidad del menú son los acostumbrados.

Y otro detalle del vuelo diurno: a destino se llega también de día, a las 17:10 según el horario del schedule. Y eso hace que se puedan tomar buenas fotos de Miami desde el aire, cosa que arribando antes de las 5 am es bastante difícil.

Afortunadamente se trató de un vuelo sereno y que se realizó tal como programado. Muy puntual el servicio. Mi miedo de llegar en ese horario era la cantidad de gente que podría encontrar haciendo migraciones, pero por suerte no fue para nada grave. Pasé primero por las máquinas automáticas, que ya son obligatorias por lo que pude ver, y luego de contestar el cuestionario, con el ticket en mano enfrenté al oficial de migraciones que no me preguntó nada adicional.

Así de fácil (y de rápido) había ingresado a Estados Unidos una vez más.

 

Una breve pasada por la ciudad de la laguna: Lobos

Ubicada a unos 100 kilómetros de distancia desde la capital federal la ciudad de Lobos se alza a la vera de la laguna que le da nombre y cuenta con una población de aproximadamente 44600 habitantes según el censo de 2010.

Hasta allí llegamos una tarde provenientes de Navarro, siguiendo las huellas del gaucho Juan Moreira, que oriundo de área navarrense había llegado hasta este lugar escapando de las autoridades. Fue en la pulpería La Estrella (ubicada en lo que hoy es el Sanatorio Lobos) donde Moreira fue rodeado por los efectivos de la Policía de Buenos Aires que lo perseguían, y en la batalla que se libró finalmente murió luego de luchar incansablemente.

Sin programa definido más que atar el último cabo de la historia de Moreira llegamos a Lobos y aprovechamos para dar una vuelta por la ciudad, cuya fecha de fundación es el 2 de junio de 1802, aunque su historia comienza mucho antes. Fue en 1779 que en las inmediaciones de la laguna se instaló el Fortín de San Pedro de Lobos, tomando supuestamente su nombre por el hecho de que en el espejo de agua vivían gran cantidad de nutrias, conocidas como “lobos de agua”. El objeto del fortín era defender la línea de fronteras frente a las avanzadas de los malones indígenas que asediaban y robaban principalemente el ganado. Con la construcción de la iglesia por parte de Juan Salgado y su esposa se da comienzo al pueblo que luego se convertiría en la ciudad que hoy conocermos.

Un lugar de descanso obligado es por supuesto la plaza principal, originalmente llamada Buenos Aires, que en conmemoración del primer centenario de la Revolución de Mayo fue rebautizada como 1810. Frente a ella encontramos un edificio que es testigo de la historia completa de Lobos: la iglesia Nuestra Señora del Carmen cuyo primer documento oficial es un acta de defunción. Si bien fue construída a principios del siglo XIX, la fisonomía actual corresponde a una restauración de 1906. En su interior, el altar mayor está completamente construido en mármol de carrara.

Si bien la visita particular que hicimos en Lobos fue la Casa Museo Natal de Perón, cuyo post podés leer haciendo click aquí, por supuesto que no podíamos irnos de la ciudad sin pasar por su estación de tren a hacer la correspondiente sesión fotográfica.

Inaugurada en 1871 la Estación Lobos pertenece a la Línea Sarmiento que, al establecer el servicio desde la estación terminal de Once, facilitó la conexión del pueblo con la gran ciudad permitiendo así no sólo el flujo ágil de pasajeros, sino también el transporte de las mercaderías producidas en Lobos. Dentro de sus instalaciones funciona la Biblioteca Popular Héroes de Malvinas.

El poco tiempo disponible y lo improvisado de nuestra escapada a Lobos no dejó espacio para seguir explorando la ciudad. Son muchas las cosas que quedaron por hacer, como caminar más tranquilamente su casco histórico, visitar la famosa laguna, y por supuesto, para los #avgeeks como yo, habrá que pasar por el aeroclub donde se realizan vuelos de bautismo. Por qué no, lo más intrépidos pueden vivir la experiencia de tirarse en paracaídas, ya que Lobos es considerada la capital nacional de esta actividad.

Lobos amerita una visita más exclusiva, incluyendo por supuesto asado con amigos. En cuanto vuelva el tiempo lindo, prometemos una segunda escapada, y muchos más posts!

Vuelta a Cachi: Hermoso pueblo colonial en los Valles Calchaquíes.

Todavía recuerdo como si fuera ayer mi primera visita al hermoso pueblo de Cachi. Habíamos salido de Cafayate y tomado la mítica Ruta 40, yo al volante del Fiat Palio. Transitamos con cuidado una ruta en bastantes malas condiciones producto del viento que formaba interminables “pianitos” y el agua. Era época de lluvias y a pesar de ir con cuidado, en dos oportunidades el auto quedó atascado en el barro y tuvo que ayudarnos un baqueano para salir de la situación.

Fue un viaje mágico en el que por momentos la ruta se convertía en un angosto camino de cornisa donde sólo entraba nuestro Palio, que iba rozando la vegetación del costado procurando mantenerse en el ripio. Y así de mágico era también el pueblo al que llegamos. Casi sin gente en sus calles adoquinadas, de veredas singularmente angostas y altas, Cachi se alzaba ante nosotros con sus casas de adobe, pintadas casi todas ellas de blanco, y con claro tinte colonial español.

Aunque dicen que al volver a un lugar que nos fascinó en el pasado esas sensaciones nunca se repiten, Cachi era un punto obligado de mi nueva recorrida por el NOA. Y debo decir que quizá llegar al mediodía del primer fin de semana de vacaciones de invierno quizá no haya sido buena idea, ya que ya ante de entrar, el quedar embotellado en el camino de ingreso al pueblo por la increíble cantidad de micros estacionados por todos lados (que por otro lado se ven totalmente desubicados en esas pequeñas calles norteñas), me desilucionó un poco.

 

Más allá del fuerte contraste entre mis recuerdos y la nueva realidad, al pie del Nevado de Cachi el pueblo sigue conservando ese encanto especial. Originado en la distrubución de encomiendas que se dio en Salta en el año 1673 y e incluido luego en lo que se conoció como “La Hacienda de Cachi”, el por qué de su nombre sigue siendo un misterio. Mientras que la palabra quechua Cachi significa “sal”, y no se encuentra mucho sentido a tal denominación, otros dialectos podrían dar una explicación más factible. Para los diaguitas, por ejemplo, “kak” significaba piedra, mientras que “chi” era silencio. Pero lo cierto es que aún hoy no hay un acuerdo al respecto.

La Plaza 9 de Julio, cerrada con una baja medianera y cuyos accesos están demarcados por pintorescos arcos, constituye el centro de la actividad del pueblo. Frente a ella se encuentra el Museo Arqueológico, una casona del 1920 muy distinguible por su recova, en cuyo interior se puede visitar la muestra que ilustra los procesos sociales de la región, desde el poblamiento de América hasta la llegada de los españoles.

Entre el museo y la plaza, y cerrando la calle en una de sus extremos, la Iglesia San José data del siglo XVIII y en épocas de la Hacienda se la destinó a la catequesis y la enseñanza de la lengua española entre los campesinos de la finca. Su característica exterior más relevante es su fachada con tres campanas, que aunque típica del siglo ya nombrado fue restaurada en 1947. El interior cuenta con una larga nave de 35 metros y llamativos techos construidos con madera de cardón.

Un punto también casi obligado es el cementerio, al que se accede cruzando el Río Las Trancas para tomar el camino que sube hacia la derecha y desemboca en esta construcción elevada desde la cual se tiene una vista panorámica de todo el pueblo. Alumbradas por el sol, sus arcos blancos se ven nítidos desde la plaza central incluso, desde donde más que un cementerio el edificio parece un hotel de lujo. Según nos comentó el secretario de turismo, una experiencia asombrosa es subir hasta aquél “último hotel” por la noche (lo cual debe hacerse con mucha precaución) para contemplar el cielo estrellado. Importante llevar abrigo porque, si bien durante el día en Cachi se puede estar en mangas de remera aunque sea pleno invierno, por la noche refresca en serio.

Y para aquellos que suban al mirador de día, si se fijan hacia el lado opuesto al pueblo verán algo que no podrán creer. Imperdible para cualquier #avgeek que se precie, Cachi cuenta con una hermosa, muy cuidada y absolutamente intrigante pista de aterrizaje. en el medio de la nada. Por supuesto que no está en uso (o al menos eso creimos nosotros) así que la gente aprovecha para ir a andar en bicicleta, acelerar la moto, o como en mi caso, estacionar el auto en la cabecera como si fuera a despegar. Pero la verdad es que llama la atención el buen estado del pavimento, al que a todas luces se le hacen trabajos de mantenimiento, para un aeródromo sin actividad. Al respecto hay comentarios de todo tipo, desde que se la utiliza para la llegada de aviones sanitarios, hasta que es una pista ilegal para uso de los traficantes.

No lejos de allí, y camino a las cabañas donde nos alojamos nosotros, se encuentra el otro gran misterio de Cachi: el Ovnipuerto. Este aeropuerto para platos voladores no estuvo siempre allí; de hecho es relativamente nuevo. Construido en 2012 con piedras blancas dispuestas en forma de estrella de 36 puntas en un círculo de 48 metros de diámetro, es obra del suizo Werner Jaisli, quién dice haber seguido las instrucciones de extraterrestres que le encomendaron la misión telepáticamente, para poder aterrizar sus naves voladoras en la Tierra. Aunque un poco raro, hoy en día el ovnipuerto es una atracción más para los turistas que lleguen hasta este pueblo salteño.

Producto del turismo Cachi ha crecido mucho en los últimos años y el acceso por la RN40 se ha mejorado notablemente, siendo fácil de transitar, especialmente en meses de invierno que es la época seca. Caminar por sus calles coloniales disfrutando del paisaje y la arquitectura de época es una sensación realmente placentera. Sentarse en sus veredas de piedra a descansar bajo el calor del sol, de seguro que también lo es. Sólo tengo una recomendación para vos: no te lo pierdas!

Vuelos de ida y vuelta a San Luis: Reportes de los AR2482 y AR1487

Mis últimas vacaciones transcurrieron en la provincia de San Luis y para llegar hasta allí hubo que madrugar de verdad. Al menos en ese momento (marzo pasado) el único vuelo que llegaba por la mañana era el AR2484 que despegaba de Aeroparque a las 5:25 am. Lo se, es un horario horrible, que prácticamente no te deja dormir, pero a la vez tiene la ventaja de llegar temprano a destino, donde al menos se podrá aprovechar algo del día hasta que el sueño finalmente nos venza.

Normalmente si tengo que despachar equipaje trato de estar en el aeropuerto con la anticipación que corresponde, para el caso de vuelos de cabotaje como este, 2 horas antes del despegue. Pero claro, las partidas de madrugada siempre trastocan un poco los horarios, y más cuando el remisero se queda dormido y te pasa a buscar casi media hora más tarde de lo pactado…

Llegamos a Aeroparque a las 4:25, que es casi el tiempo con el que suelo llegar cuando no viajo por el día, sin equipaje. En el check in de “Destinos Norte” había bastante gente, pero por suerte corría bien, y estuvimos a tiempo.

Luego de pasar por los controles de seguridad sin demora, embarcamos por la puerta 11 desde donde los clásicos colectivos nos llevaron hasta la posición remota donde nos esperaba el Embraer 190 de Austral.

La gran virtud del E-190, a mi entender, es la comodidad para el pasajero. Con sus asientos anchos y mullidos en configuración 2-2 se convierte en un avión realmente confortable, y el pasajero no se siente tan apretado como normalmente pasa en la clase turista de los fuselajes angostos. A pesar de haber elegido otro asiento, en esta ocasión nos asignaron las salidas de emergencia, así que dispusimos de algo de espacio extra para las piernas, y por supuesto recibimos la charla de la TCA con instrucciones específicas, las cuales igualmente están convenientemente pegadas en la mesa rebatible.

El viaje es corto y a esa hora de la mañana cai rendido apenas nos despegamos del piso. Cuando aterrizamos en San Luis el día aún peleaba por ganarle a la noche. El aeropuerto puntano es muy pequeño y no cuenta con mangas. Descendimos por plataforma y retiramos los equipajes en una sala muy pequeña que sólo es apta para atender un vuelo a la vez.

Dos semanas después estábamos de vuelta en LUQ para abordar el vuelo de regreso a Buenos Aires. Ahora sí llegamos con tiempo de sobra, tanto que nos encontramos que en el stand de la rentadora aún no había nadie para devolver el auto alquilado. Esto es algo bastante común en los aeropuertos del interior, donde el personal trabaja en la ciudad y viene hasta aquí únicamente cuando llegan los vuelos. Por supuesto el muchacho llegó a tiempo e hicimos los papeles de devolución sin inconvenientes.

En esta ocasión el equipo asignado era un B737, con mayor capacidad que el E-190. Era domingo, y ese era el único vuelo del día, por lo que era mandatorio poner un avión más grande para atender el total de la demanda. De hecho, a diferencia del E-190 que nos trajo, el Boeing de vuelta voló casi full de pasajeros.

Un detalle importante a mencionar salió a relucir cuando hacíamos la entrega del equipaje en los mostradores de checkin. Allí resultó que la pareja que estaba delante nuestro se encontró con la sorpresa de que su pasaje no incluía el equipaje, por lo que debían pagar con recargo allí mismo, o bien rearmar todo a fin de poder llevarlo en cabina como equipaje acompañado, para lo cual existen restricciones en cuanto a dimensión y peso de los bultos. A pesar de que ya hace un tiempo que Aerolíneas Argentinas adoptó esta modalidad a fin de adaptarse a la nueva realidad del mercado, es evidente que hay gente que aún no tomó nota. Por eso vale la pena recordarlo en este párrafo: al emitir el pasaje revisen con atención las condiciones de equipaje incluidas en la tarifa. Es probable que se deba abonar aparte y en ese caso siempre es mejor hacerlo anticipadamente por internet, tanto porque es más barato como para evitarse dolores de cabeza al momento del embarque.

Como ya dijimos anteriormente, el Aeropuerto de San Luis es muy pequeño. Eso se ve en su hall y en la diversidad de servicios que tiene para el pasajero: apenas un bar en la punta que sólo está abierto algunas horas antes de la llegada de los vuelos. Una vez pasados los controles de seguridad no hay más nada, con excepción de los baños, así que si quieren comprar algo deben tenerlo en cuenta. (También tienen que recordar que no pueden pasar por los scanners con líquidos, así que lo que compren para tomar en el bar lo tienen que consumir antes de pasar por PSA). En cuanto a comodidad, si bien es pequeña la sala de embarque cuenta con asientos para casi la totalidad de los pasajeros de un B737, así que para el movimiento que tiene el aeropuerto está muy bien.

En el vuelo de regreso no me dormí, así que en la hora y media que dura pude disfrutar del servicio de abordo que es únicamente de bebidas. Recuerden que desde hace bastante Aerolíneas eliminó el serivicio de comidas a bordo para vuelos cortos. Al llegar a Aeroparque desembarcamos por manga, lo que hizo que nos mezcláramos con los pasajeros que aguardaban para abordar su vuelos en la sala de embarque. Siguiendo la cartelería de “Reclamo de Equipajes” se llega hasta las cintas y la salida.

Asi finalizaron las vacaciones en San Luis. Hay mucho material para compartir con todos ustedes sobre Merlo y Potrero de los Funes, las dos localidades en las que hicimos base durante 15 días. Estén atentos, que ya vendrán los posts!