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De Cachi a Salta por la Recta del Tin Tin y la Cuesta del Obispo: Transitamos la Ruta 33

Con sus impresionantes paisajes que mezclan jungla húmeda con roca lisa y limpia rodeada por enormes cardos, el Noroeste Argentino es un destino que se disfruta a pleno. Y cuando hablo de plenitud me refiero a que no solo sus pueblos y ciudades son impresionantes, sino que incluso viajar entre uno y otro resulta absolutamente placentero para los ojos del visitante.

Una muestra cabal de esto que les digo es por supuesto la mítica Ruta 40, que amplía estas sensaciones que yo describo del NOA al resto del país, atravesándolo como una columna vertebral a la vera de la Cordillera de los Andes. Pero también lo es la Ruta Provincial 33 que une las localidades salteñas de Payogasta y El Carril, y que es el camino obligado para volver a la capital provincial desde Cachi.

Se trata de un camino de algo más de 100 km que atraviesa paisajes emblemáticos donde el protagonista principal es el Parque Nacional Los Cardones. Ubicado en el departamento de Cachi cuenta con una superficie de 64117 hectáreas en las que abundan estos simpáticos y espinosos ejemplares que, a lo lejos, bien pueden confundirse con un hombre extendiendo sus brazos.

Hay zonas del parque donde los cardones se concentran más que en otras, por lo que habrá que ir atento para estacionar el auto y bajarse a hacer algunas fotos, para lo cual los miradores marcados son las mejores opciones, tanto a nivel de vistas como de seguridad vial.

Si bien la entrada al parque está ubicada en la zona de Piedra del Molino, quién solamente quiera sacar una buena foto ni siquiera necesitará ingresar al mismo. La Ruta 33 lo atraviesa en gran parte y, en particular el tramo conocido como la Recta del Tin Tin obliga a un alto para admirarla con atención. Son casi 20 kilómetros en increíble e interminable línea recta.

Lo más impresionante de esta parte de la ruta es que fue construida por los Incas antes de la llegada de los españoles, a unos 3000 metros de altura y con una perfección asombrosa si se tienen en cuenta los medios técnicos con que se valían en aquellas remotas épocas.

Siguiendo la ruta con dirección a la ciudad de Salta, si bien la recta termina lo que se mantiene es la elevación del terreno, que va superando los 3000 metros hasta llegar al punto más alto, Piedra del Molino (que nombramos recién), donde se contabilizan 3457 m.s.n.m.

A medida que vamos llegando a este punto la ruta se va haciendo cada vez más montañosa, hasta convertirse en un camino de cornisa con numerosas curvas y contracurvas en la zona conocida como Cuesta del Obispo. Por suerte en la actualidad la ruta está totalmente asfaltada y cuenta con ancho suficiente para el paso de dos vehículos a la vez (uno de cada mano), por lo que transitarla resulta muy divertido, pero por supuesto se requiere tener mucha precaución.

El paisaje invita a contemplar y las incesantes curvas cerradas obligan a tener todo el foco en el camino, convirtiéndose en una combinación algo peligrosa. Las pendientes en subida y bajada le agregan adrenalina a la aventura. Importantísimo manejar con tranquilidad y cuidado, no sacar la vista de la ruta, usar la caja de cambios para desacelerar y así evitar recalentar los frenos y estacionar únicamente en lugares donde sea seguro hacerlo.

La Cuesta del Obispo es fácilmente identificable, no solo por estar bien señalizada, sino porque en una de las curvas más pronunciadas se levanta una pequeña capilla con una cruz y frente a ella la vista del valle es espectacular. No olviden frenar en ese mirador con la cámara de fotos y por supuesto un abrigo, porque ahí arriba se pone bien fresca la cosa.

Desde allí hasta bajar al nivel del Río de Escoipe son unos 25 kilómetros de curvas y contracurvas, yendo hacia Salta capital, en descenso. A mi personalmente manejar en caminos de montaña me fascina, es algo que disfruto mucho, pero se perfectamente que no a todo el mundo le ocurre así. Igualmente la RP 33 está en perfectas condiciones y muy bien señalizada, así que la recomiendo absolutamente a todo el mundo. No es difícil de transitar, pero sí hay que llevar el auto con precaución y a velocidades moderadas todo el tiempo.

El último tramo del recorrido ya es más llano y sin tantas curvas furiosas. En un momento la roca viva y el paisaje desértico le da paso a la jungla y el auto se adentra en ella siguiendo una ruta rodeada por tupida vegetación que crea una sombra reparadora y, en verano, un refugio contra el calor.

Finalmente se empalma con la Ruta 68 hacia el norte, con dirección a Salta, pasando ya por zonas cada vez más pobladas a medida que nos acercamos a la capital. Allí vuelven los semáforos, los transeúntes, los lomos de burros y cunetas, y el difrute de conducir casi que desaparece, pero claro está, nadie ni nada nos puede borrar de la retina los paisajes por los que pasamos.

Así que ya sabés, animate, no te lo pierdas!

Almuerzo en los Valles Calchaquíes: Paramos en Angastaco.

Seguíamos avanzando hacia el norte por la mítica Ruta Nacional 40 para cubrir el tramo entre Cafayate y Molinos, donde haríamos noche antes de seguir viaje hacia Cachi, y en un momento nos agarró el mediodía y con él, empezamos a tener hambre. Era hora hacer un alto en el próximo pueblo y buscar algo para almorzar.

Así conocimos, aunque sea por unas horas, la tranquila localidad de Angastaco, un lugar donde bajo el rayo del sol se respira una tranquilidad bucólica, y que a pesar de ser muy pequeño cuenta con un difícil entramado de calles que giran, van y vienen de forma totalmente irregular, siguiendo los caprichos del terreno.

Lo primero que llama la atención es la enorme Hostería homónima, una hermosa edificación a la que se ve muy cómoda y bien cuidada, y que hasta cuenta con piscina que, en ese momento por ser invierno, no tenía una gota de agua. Pero eso lo hace pensar a uno que este pueblo en medio de los Valles Calchaquíes bien puede ser un destino turístico a visitar por algunos días, y la verdad que eso no llama la atención si consideramos los imponentes escenarios naturales que hay alrededor. Mismo sin salirse siquiera de la ruta, uno encuentra la impresionante Quebrada de las Flechas, donde las rocas de las montañas parecen cortar el aire con filo propio.

E investigando un poco descubrimos que a pocos kilómetros de allí se encuentra también una formación llamada Los Colorados, que es un anfiteatro natural que me hubiera gustado poder visitar, y está también el Ventisquero, cuyo acceso encontramos sobre la RN 40 pero no ingresamos porque veníamos algo justos de tiempo. Por los carteles de advertencia se trata de un sendero que debe tener unas vistas hermosas del paisaje salteño, pero que seguramente sea de cornisa, así que el que se anime que vaya con cuidado. ¡Y por supuesto que pase por el blog y deje su comentario!

Allí almorzamos unas ricas empanadas salteñas, en un muy simple pero también lindo y limpio restaurante, mientras mirábamos gol tras gol un partido del mundial 2018. Para nuestra sorpresa, en el cajero automático de ese pequeño pueblo (que hasta museo de arqueología tiene) pudimos retirar efectivo; algo que incluso en Salta capital se veía complicado por las largas colas que había que hacer.

Pero lo que por ningún motivo podíamos dejar de visitar era la iglesia, frente a la plaza. Resulta que Angastaco tiene dos iglesias, y esta es la nueva, construida en los años ’70 sobre una explanada a la que se accede por una vistosa escalinata que le da un toque de distinción. Se dice que desde lo alto, la iglesia protege al pueblo. La vieja iglesia, en cambio, data de 1945 y se levantó con adobe, con techo de caña y pisos de ladrillo. Lamentablemente no la pudimos conocer, ya que está ubicada alejada, hacia adentro del pueblo, y por falta de tiempo no nos aventuramos a tanto.

Pero quienes estén por la zona o planeen un viaje por estos pagos, ya saben. Lejos del bullicio de las ciudades, Angastaco puede llegar a ser un muy buen lugar para hacer noche recorriendo la Ruta 40, y de paso, conocer un poco más de su historia y alrededores.