Archivos Mensuales: febrero 2020

A bordo del HMS Belfast: El buque museo de Londres.

Amarrado a orillas del río Támesis, a escasos metros del Tower Bridge, una embarcación llama la atención de todo visitante que esté paseando por Londres. Se trata del HMS Belfast, un poderoso destructor que, desde que fue botado en 1938, cumplió servicio en la marina real. Y sí, no es una réplica ni mucho menos, se trata de un buque de guerra real, que peleó batallas de verdad.

De hecho es muy reconocido por su participación en la Segunda Guerra Mundial y en el Guerra de Corea. Particularmente sobre la primera podemos decir que tuvo un lugar en, quizá, la batalla más trascendental de la humanidad hasta el momento: la Batalla de Normandía cuyo primer día es conocido como Día D y marcó una bisagra en la historia mundial al imprimir el giro que los aliados necesitaban para finalmente derrotar a la Alemania nazi.

Con tan impresionante currículum, el HMS Belfast hoy en día es parte del Imperial War Museum, y tiene la particularidad de poderse recorrer casi en su totalidad. Es una muy interesante visita, tanto para grandes como para chicos, en la cual uno no solo se entera de los pormenores de la vida a bordo, sino que en cierto sentido, recorriendo los distintos pasadizos y habitáculos, hasta casi que se tiene la sensación de estar viviéndola en carne propia.

Claro que la visita tiene sus restricciones. Se trata de un barco real, y por tanto la movilidad para aquellos que no estamos acostumbrados, puede resultar un tanto difícil. Son numerosas las escalerillas que hay que subir y bajar (a veces uno no sabe cómo ponerse, si de frente o de espaldas), y en algunas ocasiones el espacio para moverse es extremadamente angosto. Así que es sabido, no es un museo apto para todo el mundo.

Pero quienes estén en condiciones de recorrerlo de seguro lo disfrutarán. Junto con la entrada (que conviene comprarla por internet porque es más barata que sacarla en el lugar) uno puede hacerse de una audioguía, una herramienta pràcticamente indispensable para saber dónde estamos parados. Afortunadamente, la audioguía está disponible en varios idiomas, entre ellos el español.

A medida que se va avanzando por el barco uno se va enterando de los detalles de la vida abordo, hechos históricos en los que participó el buque, como así de detalles técnicos con respecto a su navegación y equipamiento.

Estos detalles incluyen curiosidades interesante, como el hecho de que siempre hubiera a bordo un gato, para luchar contra las ratas; o como la vieja costumbre inglesa de entregar a cada hombre una ración diaria de ron “para levantar el espíritu”, que los marineros se tomaran ese sorbo “en honor a la Reina” y que en plena Guerra de Corea la tripulación del HMS Belfast haya consumido un total de 32000 litros de esta bebida alcohólica.

Pero no, no se ilusionen y corran a enrolarse en la Royal Navy: esta práctica se abolió en los años ’70 por el riesgo que implicaba el consumo de ron en hombres que debían manipular maquinaria pesada (llamativamente no hacen mención de tener que controlar el lanzamiento de torpedos, ni nada por el estilo).

En cuanto a la navegación, algo imponente es entrar en la sala del timón. Y digo imponente por el nivel de encierro: se trata de un pequeño cuarto al que no ingresa la luz del sol. Desde allí el timonel maniobra absolutamente a ciegas para evitar que el buque choque con algún obstáculo y llegue a destino.

Claro, lo hace siguiendo las órdenes impartidas por el capitán desde el puente. Definitivamente, eran órdenes que debían obedecerse al pie de la letra y de inmediato. Cualquier demora (o interpretación equivocada) podría terminar en tragedia.

Otra curiosidad es la del dentista abordo, que además actuaba como anestesista cuando había que operar a algún marinero, cosa que siempre se trataba de evitar porque hacerle embarcado, con el vaivén del océano, no solo hace más difícil el trabajo del cirujano, sino que lo convierte en realmente peligroso. Pero en ocasiones no podían esperar a tierra firme y la evacuación del enfermo en un helicóptero no era posible y, entonces, antes que dejarlo morir se asumía el riesgo de tomar el bisturí.

Párrafo aparte se merece la sala de municiones, seguramente la parte más emocionante de toda la visita porque, tratándose de un buque de guerra podríamos decir que es como su corazón, y además por supuesto es siempre el lugar más inaccesible al que se pueda aspirar. Y sí, en el HMS Belfast uno puede meterse allí y caminar entre réplicas de bombas (es decir, espero que fueran réplicas). Uno casi se siente un marinero de verdad, porque llegar hasta ahí es bajar y bajar por escalerillas y escotillas cada vez más angostas hasta desembocar en un cuarto donde el espacio para moverse es casi nulo.

Y por supuesto, un paseo por la cubierta es un obligado. Desde allí se aprecia el gran poder de fuego que tenía el HMS Belfast.

El buque permanece abierto al público todos los dìas entre las 10 y las 17 hs. Al momento de visitarlo, mi recomendación es ir con las entradas compradas por internet (link al sitio) y con tiempo. Si uno quiere profundizar más en cada detalle del barco tiene la posibilidad de hacerlo, y es muy probable que algunas de las salas te llamen la atención como para hacerlo, pero hay que considerar que entonces la visita se alarga.

 

 

 

Para recorrerlo en su totalidad habrá que disponer de no menos de dos horas, y en realidad mi recomendación es calcular tres. Pero por supuesto, es cuestión de gustos e intereses.

Purmamarca: El pueblo del Cerro de los Siete Colores

Hace unos 15 años atrás, un buen día de verano me desperté en una habitación más que austera donde apenas había un par de colchones tirados en el suelo y salí al patio. Imponente, sobre la medianera de adobe, se levantaba el famoso Cerro de los Siete Colores, que a esas horas de la mañana luce espléndido con sus diferentes tonos iluminados por el sol. Fue en ese instante en que supe que volvería a Purmamarca.

Y lo hice. De hecho, más de una vez.

 

A unos 2320 metros sobre el nivel del mar, aproximadamente, Purmamarca en uno de los pueblos más pintorescos que se puedan conocer en la Quebrada de Humahuaca. Asentado fuera de la columna vertebral que forma la Ruta Nacional 9, para llegar hasta él hay que desviarse por la RN52 hacia la cordillera, hacia el Paso de Jama que une nuestro país con Chile por aquellas latitudes.

Pasarse de largo y seguir por la ruta es un paseo fabuloso que nos llevará a atravesar la fascinante Cuesta de Lipán, a través de la cual podremos manejar literalmente por encima de las nubes. Y si el día no está nublado tené lista la cámara de fotos porque las vistas son impresionantes. Parada obligada será la del Mirador de la Cuesta, antes de seguir conduciendo con cuidado hasta llegar a otro atractivo turístico de la zona: las Salinas Grandes.

Pero todo el que llegue hasta este lugar deberá hacer un alto y entrar en la apasible Purmamarca, donde recomiendo incluso pasar aunque sea un noche para disfrutar de la paz que solo este pueblo al pie del cerro puede darte.

 

En su pequeño centro destacan la plaza, donde la feria de los artesanos es cada año más grande y colorida aunque, hay que decirlo, en general no se encuentran artesanías propiamente dichas, sino que son más bien las artesanías industriales con que uno se cruza sin cesar por todo el norte. Eso sí, recorriendo y con paciencia pueden encontrarse buenos precios, no solo en los puestos de la plaza sino en los locales de alrededor.

Frente a la plaza está la Iglesia Santa Rosa de Lima, Monumento Histórico Nacional  que data del año 1648 con sus paredes de adobe y sus techos de cardón, y al lado de la cual se encuentra el algarrobo histórico, un enorme ejemplar que cuenta con unos 700 años de vida y bajo cuya sombra se dice que descansaron las tropas de Belgrano cuando defendían la independencia de nuestra patria. Hacia el otro extremo de la plaza está el cabildo, que nunca fue tal, sino que recibió su nombre por la arquitectura con los característicos arcos.

Pero claro, el principal atractivo de Purmamarca es la montaña que lo hizo famoso. Se la puede ver flanqueando el pueblo hacia el oeste, y es fácilmente identificable por el colorido de sus laderas determinado por los diferentes sedimientos que la componen. Una foto típica de Purmamarca es la que nos podemos tomar en la calle que nace en la plaza y se dirige hacia el cerro, con la colorida pared de roca detrás.

Si se está con ganas de caminar se puede hacer el Paseo de los Colorados a pie, un camino de tierra que rodea al Cerro de los Siete Colores y permite unas buenas vistas del pueblo y de los alrededores. Comienza en las afueras, detrás del cementerio, y finaliza casi en el centro, donde una casa particular permite la entrada a los turistas para subirse a lo que se ha dado en llamar “el mirador del pueblo”. Ahora el ingreso es arancelado, pero recuerdo cuando subimos al anochecer sin pagar nada, para oir los sonidos del pueblo que se preparaba para dormir, en otra de las memorias que me quedaron de ese alucinante viaje de hace años atrás.

Hoy en día Purmamarca ya cuenta con infraestructura para el turismo y no hace falta alquilar una pieza en la casa de algún vecino para que te permita tirar un colchón. Pero aún así sigue teniendo ese aire tranquilo a pueblo bien norteño que a veces se hace difícil de encontrar en otros lugares similares pero que se han vuelto mucho más turísticos y, en definitiva, han mutado en otra cosa. Se trata de un lugar para disfrutar.