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Purmamarca: El pueblo del Cerro de los Siete Colores

Hace unos 15 años atrás, un buen día de verano me desperté en una habitación más que austera donde apenas había un par de colchones tirados en el suelo y salí al patio. Imponente, sobre la medianera de adobe, se levantaba el famoso Cerro de los Siete Colores, que a esas horas de la mañana luce espléndido con sus diferentes tonos iluminados por el sol. Fue en ese instante en que supe que volvería a Purmamarca.

Y lo hice. De hecho, más de una vez.

 

A unos 2320 metros sobre el nivel del mar, aproximadamente, Purmamarca en uno de los pueblos más pintorescos que se puedan conocer en la Quebrada de Humahuaca. Asentado fuera de la columna vertebral que forma la Ruta Nacional 9, para llegar hasta él hay que desviarse por la RN52 hacia la cordillera, hacia el Paso de Jama que une nuestro país con Chile por aquellas latitudes.

Pasarse de largo y seguir por la ruta es un paseo fabuloso que nos llevará a atravesar la fascinante Cuesta de Lipán, a través de la cual podremos manejar literalmente por encima de las nubes. Y si el día no está nublado tené lista la cámara de fotos porque las vistas son impresionantes. Parada obligada será la del Mirador de la Cuesta, antes de seguir conduciendo con cuidado hasta llegar a otro atractivo turístico de la zona: las Salinas Grandes.

Pero todo el que llegue hasta este lugar deberá hacer un alto y entrar en la apasible Purmamarca, donde recomiendo incluso pasar aunque sea un noche para disfrutar de la paz que solo este pueblo al pie del cerro puede darte.

 

En su pequeño centro destacan la plaza, donde la feria de los artesanos es cada año más grande y colorida aunque, hay que decirlo, en general no se encuentran artesanías propiamente dichas, sino que son más bien las artesanías industriales con que uno se cruza sin cesar por todo el norte. Eso sí, recorriendo y con paciencia pueden encontrarse buenos precios, no solo en los puestos de la plaza sino en los locales de alrededor.

Frente a la plaza está la Iglesia Santa Rosa de Lima, Monumento Histórico Nacional  que data del año 1648 con sus paredes de adobe y sus techos de cardón, y al lado de la cual se encuentra el algarrobo histórico, un enorme ejemplar que cuenta con unos 700 años de vida y bajo cuya sombra se dice que descansaron las tropas de Belgrano cuando defendían la independencia de nuestra patria. Hacia el otro extremo de la plaza está el cabildo, que nunca fue tal, sino que recibió su nombre por la arquitectura con los característicos arcos.

Pero claro, el principal atractivo de Purmamarca es la montaña que lo hizo famoso. Se la puede ver flanqueando el pueblo hacia el oeste, y es fácilmente identificable por el colorido de sus laderas determinado por los diferentes sedimientos que la componen. Una foto típica de Purmamarca es la que nos podemos tomar en la calle que nace en la plaza y se dirige hacia el cerro, con la colorida pared de roca detrás.

Si se está con ganas de caminar se puede hacer el Paseo de los Colorados a pie, un camino de tierra que rodea al Cerro de los Siete Colores y permite unas buenas vistas del pueblo y de los alrededores. Comienza en las afueras, detrás del cementerio, y finaliza casi en el centro, donde una casa particular permite la entrada a los turistas para subirse a lo que se ha dado en llamar “el mirador del pueblo”. Ahora el ingreso es arancelado, pero recuerdo cuando subimos al anochecer sin pagar nada, para oir los sonidos del pueblo que se preparaba para dormir, en otra de las memorias que me quedaron de ese alucinante viaje de hace años atrás.

Hoy en día Purmamarca ya cuenta con infraestructura para el turismo y no hace falta alquilar una pieza en la casa de algún vecino para que te permita tirar un colchón. Pero aún así sigue teniendo ese aire tranquilo a pueblo bien norteño que a veces se hace difícil de encontrar en otros lugares similares pero que se han vuelto mucho más turísticos y, en definitiva, han mutado en otra cosa. Se trata de un lugar para disfrutar.

Alojamiento en Maimará: El hotel Posta del Sol.

Organizando el viaje por el norte resulta ser que en la Quebrada de Humahuaca hay buena cantidad de opciones para alojarse, pero en nuestro caso pretendíamos llegar el fin de semana largo por el feriado del 9 de julio, así que al hacer las búsquedas nos encontramos con que los precios eran irrisoriamente altos y las alternativas se habían acotado considerablemente.

Así es cómo ampliamos el rango de la búsqueda y salíendome de las localidades tradicionales recordé la tranquila y hermosa Maimará que había conocido en un viaje anterior, y así dí con el Hotel Posta del Sol a través de la página de Al Mundo.

En honor a la verdad debo decir que el primer impacto cuando llegamos no fue para nada positivo, sino todo lo contrario. Luego de casi 8 horas de ruta desde la localidad de Cachi en Salta, nos encontramos con que en el hotel no estaban enterados de nuestra reserva. Es más, de hecho estaba cerrado al público ya que festejaban un cumpleaños familiar y el dueño había invitado a toda la parentela a pasar un fin de semana para el recuerdo.

Luego de mucho ir y venir y bastantes nervios de mi parte pensando dónde iba a encontrar un lugar dónde pasar la noche en un fin de semana tan agitado, finalmente lograron desocupar una habitación y nos la asignaron. Eso sí, de dormir y descansar del viaje ni hablar, porque en el patio del hotel se llevaba a cabo el evento a pura música. El bajo de los bafles golpeándome en el estómago sí que quedó para el recuerdo, hasta que al fin no di más y cai rendido al sueño a pesar del alboroto general.

Contada la anéctoda de la desinteligencia (que nunca supe si fue de la agencia online o del hotel), podemos comenzar a contar sobre las instalaciones en sí, que son rústicas pero aceptables. La habitación que nos tocó era amplia pero escueta, con muy pocas comodidades. Apenas una cajonera para guardar la ropa y un perchero sin ningún resguardo como se ve en la foto. En cuanto a los electrónicos, hay un sólo toma corriente con lo cual le dimos buen uso a la zapatilla que siempre llevo cuando salgo de viaje, y la calefacción era a base del radiador eléctrico, que por la noche alcanzaba con lo justo.

La cama era pequeña, lo cual contrasta con lo amplio de la habitación por donde podés moverte sin inconvenientes. Al pie de la misma hay un banquito que nosotros aprovechamos para evitar que las mochilas terminaran en el suelo. La habitación no cuenta con televisión pero sí con wifi.

Lo que sí es destacable es el baño, en particular la ducha. Agua bien caliente, tanto que tenes que mezclarla obligadamente, y buena salida en una bañadera amplia que te permite maniobrar con comodidad.

A la entrada del hotel está el comedor donde se sirve un correcto desayuno, que incluye termos con café y leche que el staff repone constantemente, facturas y tostadas con varias opciones para untar. En el invierno, el salón se calefacciona con el hogar a leña, lo que le da un toque distintivo. Contiguo al comedor está el living donde se puede disfrutar de un poco de televisión, aunque con los paisajes que tenés alrededor con solo salir a la puerta, eso queda relegado prácticamente en exclusividad para los locales.

En cuanto a la limpieza, otro detalle importante, el Posta del Sol es correcto, y en esta apreciación hay que tener en cuenta que el hotel en sí estaba cerrado así que el staff no estaba prestando servicios a full. Y otro punto a destacar es la amabilidad del personal, que incluso mientras corrian con los preparativos de la fiesta se hacían el tiempo para atendernos muy amablemente.

En resumen, me vendría muy bien una segunda visita menos accidentada como para hacer una revisión más certera, pero luego del primer mal trago la percepción sobre el alojamiento fue mejorando. Si te decidís a visitarlo, mi recomendación es que, luego de haber hecho la reserva online, le pegues un llamado de teléfono al hotel en sí para asegurar que la recibieron y está todo en orden.