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Acá provincia, allá capital: Los Mojones Divisorios de la General Paz.

Mi primer “encuentro” con la historia de cómo la Ciudad de Buenos Aires se convirtió en capital de la República Argentina se dio hace varios años atrás, cuando visité el pueblo de Olivera, cuyo post es uno de los más visitados en la historia de este blog. Allí conté cómo se libró la batalla que definió que La Plata terminara siendo la capital provincial, mientras que Buenos Aires se convertía en ciudad autónoma y asiento de las autoridades nacionales.

Sin embargo en ese momento y a varias decenas de kilómetros de mi casa, no era consciente de que ese “encuentro” se podría haber dado un día cualquiera, mucho más cerca de lo que pensaba, aunque en definitiva con total lógica.

Y es que sin ir más lejos en la colectora de la Avenida General Paz que desde siempre divide la Capital Federal de la Provincia, del lado de esta última cualquiera que camine distraídamente puede tropezarse con un bloque de metal de unos 80 cm de alto que es, ni más ni menos, que un pedazo de historia.

Aunque parezca mentira Buenos Aires no fue siempre la ciudad que uno piensa y vive hoy en día. Lejos de eso, allá en sus comienzos fueron muchos los idas y vueltas (y batallas con tiros y bayonetas), hasta que finalmente la Ley 2089 de 1887 estableció que los antiguos partidos bonaerenses de San José de Flores y Belgrano pasaban a ser parte integrante de la ciudad capital. Por otro lado, la Provincia de Buenos Aires cedía aquellos territorios, pero como contrapartida el Estado Nacional debía construir una avenida de 100 metros de ancho a lo largo de todo el límite de la flamante capital, todo a su cargo.

El primer paso para poner manos a la obra con semejante proyecto, en una época en que esta zona era todo campo, era marcar físicamente el límite entre ambos distritos, y de esta forma establecer en la práctica el trazado de la futura avenida. Para ello se instalaron los mojones, estos bloques de metal con los que uno aún puede toparse cuando camina por la colectora del lado de provincia. En los quiebres de la traza se colocaron “mojones esquineros”, identificados con letras del abecedario de la A hasta la E; mientras que a lo largo de la traza y a intervalos de 1 kilómetro entre sí se pusieron otros, numerados del 1 al 23.

Es importante destacar que, contrariamente a lo que muchos creen, y a lo que se dice habitualmente, la General Paz no es el límite entre provincia y capital, sino que forma parte totalmente de esta última. El límite real es el extremo externo de la avenida, y exactamente está dado por la línea imaginaria que atraviesa el centro de cada mojón. De esta forma sus caras contrapuestas tienen las leyendas “Capital Federal” o “Provincia de Buenos Aires” según corresponda, mientras que las otras dos caras indican la letra o número del mojón, y el año de instalación (1923) y el número de PF (o punto fijo establecido por el Instituto Geográfico Militar).

Según pudimos investigar, en la actualidad solamente quedan diez de estas extraordinarias piezas de historia urbana, y como no podía ser de otra forma, un sábado salimos con el auto a buscarlas y fotografiarlas.

La numeración comienza del lado del Río de la Plata y el primer sobreviviente es el Mojón # 6, ubicado algunos metros antes de la Av. Constituyentes, sobre el paredón cercano a Tecnópolis.

El mojón # 9 se ubica cerca de la esquina Juan Garay, y es uno de los dos que presentan la particularidad de estar empotrados en la pared. La implicancia de esto es tan simple como graciosa: el vecino que reside en aquella casa duerme en la Provincia de Buenos Aires, pero apenas atraviesa el umbral de la puerta ingresó a territorio porteño. A quién le paga los impuestos, no tengo idea!

Un kilómetro más allá está el mojón # 10, que también se encuentra incrustado en una pared. Pintado del color rojizo de la pared, y adornado con una especie de bonete para hacerlo parte del conjunto, puede llegar a pasar desapercibido para quién no esté atento.

El número 11, sin agregados ni pintadas ni roturas, está hermoso. Cito en la esquina de la calla Nicolás Avellaneda parece sobresalir del suelo y apoyarse en una base propia que le da una pintoresca inclinación.

El siguiente mojón tiene la particularidad de ser el único esquinero que sobrevivió al tiempo y sigue en pie. Se trata del “C” y los que lleguen hasta la General Paz por Rotarismo Argentino pueden tropezarse con él en la esquina.

Al mojón que sigue sí que es imposible pasárselo de largo sin advertirlo. Es el número 13 y ubicado en la esquina de Pedro Antonio de Ceballos, entre camiones de basura estacionados por todos los costados, está pintado de un amarillo furioso.

Llegar hasta el mojón # 15 será una tarea ardua. Recomiendo ampliamente no hacerlo en hora pico ni día de semana, pues está pasando Liniers, lo que implicará tener que subir a la General Paz, bajar al cruzar las vías del Sarmiento y dar un rulo para volver a retomar por colectora, esquivando autos y colectivos. Pero una vez superado el tránsito intenso, se lo encontrará prolijamente apostado frente a una gomería, vestido de negro y resaltando sus inscripciones en blanco inmaculado.

La próxima parada será 4 kilómetros más allá, llegando a la esquina de la calle Irigoyen en Villa Insuperable, que a pesar de su nombre al menos ahí contra la capital federal no es tan tenebrosa como suena. Eso sí, esta vez habrá que cruzar la calle, porque curiosamente el mojón # 19 está instalado sobre el pasto del lado de enfrente en lugar de ubicarse sobre la línea de edificación como sus hermanos antecesores.

Quizá sea por esto que el número 20 tenga vergüenza al estar también del lado “equivocado” de la colectora y entonces apenas asome su parte superior, manteniendo el resto de su estructura enterrado en el terreno.

Y por fin llegamos al mojón # 22, último del recorrido, cito entre las calles Martiniano Chilavert y Martín Ugarte, pasando ya el empalme con la Autopista Ricchieri, y que está junto a una parada de colectivos por lo que seguro más de uno lo ha usado de asiento mientras esperaba, quizá sin saber por qué estaba ahí ese pedazo de metal.

Este recorrido nos llevó un día a transitar la General Paz de un modo totalmente diferente, con ojos bien abiertos para encontrar cada uno de los objetivos que nos habíamos puesto. Y también nos hizo pensar en la cantidad de veces que pasamos a metros de estos monolitos, abstraídos por la vorágine del día a día, y sin saber que están allí. Mucho menos qué significan.

Y cuántas veces vamos así por la vida, verdad? Cegados incluso a lo que tenemos adelante de las narices, preocupados por otras prioridades que quién sabe qué tan importantes sean.

Lo que sí importa ahora que tomamos consciencia de estos monumentos históricos y lo que representan, es preservarlos para sigan siendo manifestaciones tangibles de nuestra historia, y por qué no, de nuestra actualidad.

Un Monumento a los Héroes de Malvinas y sus historias: Desembarco y Madrynazo.

Enorme, y con un sol que parecía brillar de forma especial, finalmente el pabellón celeste y blanco estaba en lo más alto del mástil. Atrás habían quedado la tormenta en medio del Atlántico Sur que los  había mantenido en vilo durante todo el día anterior, y la arenga del contraalmirante Carlos Büsser aquella madrugada antes de desembarcar. Hasta el sonido de los tiros durante los primeros combates ya se percibía lejano. Ahora todo estaba en calma y sólo quedaba el viento patagónico que soplaba fuerte para hacer flamear la bandera nacional frente a la casa del gobernador Hunt, quién había rendido la plaza ante el comandante de Operación Rosario hacia las 10 de la mañana. Era el 2 de abril de 1982 y las Islas Malvinas, después de casi 150 años de usurpación extranjera, estaban nuevamente bajo soberanía nacional luego de una operación militar impecable que las recuperó sin siquiera una baja británica. Aunque el capitán Pedro Giachino había perdido la vida convirtiéndose en el primer héroe de guerra, Argentina estaba de fiesta.

Transcurrieron los días y las semanas. Pasaron poco más de dos meses, y con ellos la guerra que nos mostró su rostro duro lleno de muerte y dolor. Fue en la noche del 14 de junio en que el general Mario Menéndez se rindió ante las tropas inglesas y decretó de esa forma el fin de una guerra sin sentido. Ayer leí con cierta emoción las palabras de Sir Michael Rose, quien fuera el general encargado de negociar los términos de la rendición con Menéndez, y en una entrevista indicó que la rendición argentina tenía que ser con honor porque nuestros soldados habían peleado con valentía en defensa de su patria. Eso pasó allá, en las islas; pero cuando los chicos llegaron de regreso al continente pareció quedar en el olvido.

La vuelta de los soldados argentinos al país se realizó a bordo de varios buques ingleses (entre ellos el más importante era el trasatlántico Camberra) y en el mítico rompehielos nacional Almirante Irizar. Pero lejos de recibirlos con honor la administración militar que en ese momento nos gobernaba de facto decidió esconderlos como si fueran una vergüenza. Llegaron a Puerto Madryn, primer ciudad argentina que tocaron luego de luchar en las islas, y desembarcaron en el muelle a metros de donde hoy se encuentra el Monumento a los Caídos en la Guerra de Malvinas.

Encontré ese monumento casi de casualidad, caminando desde el extremo de la ciudad hacia el muelle por la costanera, porque así tendría una mejor vista del mar. Y no pude evitar no sólo frenarme a fotografiarlo, sino quedarme un buen rato allí leyendo cada cartel, cada inscripción. En un lugar en el que se respira historia, que pareciera estar aún viva, a pesar de no leerse en ningún libro de texto del secundario.

En junio de 1982, lejos de permanecer ajeno, el pueblo de Puerto Madryn salió a la calle a recibir a los héroes, e incluso desbordó los controles militares y logró en muchos casos tomar contacto con los soldados recién llegados. Luego serían distribuidos en los cuarteles y escondidos hasta que volvieran a tener un peso normal  y así evitar mostrar las condiciones deplorables en las que habían estado luchando; pero el pueblo de Madryn los vio llegar. En Madryn se sabe la verdad.

Dos años después, Madryn recordaría en carne viva este momento. Fue en 1984 cuando se dio el Madrynazo, otro evento histórico especialmente omitido por los profesionales de la educación durante años. Tuve que viajar hasta allí para enterarme que, luego de las maniobras realizadas durante el operativo UNITAS, la flota estadounidense recibió la autorización del gobierno nacional para atracar en el muelle de Puerto Madryn y reabastecerse. Fueron los trabajadores portuarios de la ciudad quienes rompieron el secreto y la noticia convulsionó la ciudad. Los norteamericanos, luego de haber ayudado a los ingleses durante la Guerra de Malvinas, pretendían cargar combustible en el territorio nacional. El pueblo no lo iba a permitir, al menos no en Madryn. Luego de que fracasaran las gestiones para anular la autorización formalmente la muchedumbre se autoconvocó y avanzó sobre el puerto sobrepasando los efectivos de Prefectura que lo custodiaban, y echó a la flota extranjera que advirtiendo el incontenible desborde popular soltó amarras y volvió al mar. Luego los buques se reabastecerían en aguas abiertas con ayuda argentina, pero ningún marinero estadounidense fue capaz de poner pie sobre el muelle que había recibido a los héroes de Malvinas.

Hoy se cumplen 35 años de aquél 2 de abril en que las Malvinas tuvieron otra vez bandera argentina. Treinta y cinco años del comienzo de una guerra sin sentido, en la que los 649 nombres inscriptos en las placas de este monumento se suman a los 255 muertos del lado británico para, todos juntos, hacerle el juego a la junta militar y al gobierno de Margaret Thatcher, ambos buscando desesperadamente consolidar poder en sus respectivos países. Una guerra que tiró a la basura los avances diplomáticos para la recuperación de nuestras Malvinas, y que las volvió a foja cero donde prácticamente se mantienen hasta el día de hoy.

“No olvidar” reza el mural en Puerto Madryn, y es un mensaje atinado. No olvidar la historia, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. No olvidar los errores del pasado, para pensar el futuro de forma más inteligente. Ojalá los argentinos lo logremos. Nos lo debemos.