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Nos damos un lujo: Almuerzo en el Clubhouse de Estancia Cafayate.

Alejándose un poco de Cafayate, tomando la Ruta Nacional 40 por detrás de la ciudad, a unos pocos kilómetros uno llega al acceso de la Estancia Cafayate, una especie de country de campo de más de 500 hectáreas, cuidadosamente diseñado por el arquitecto Jack Zehren y en donde se conjugan golf, gastronomía, caballos y viñedos, en medio del imponente paisaje montañoso que ofrecen los Valles Calchaquíes.

El complejo cuenta con unos 360 lotes donde, a medida que uno avanza con el auto, pueden verse amplias propiedades rodeadas de viñedos. El tema de las plantaciones no es únicamente estético, aunque por supuesto le da un toque no visto en otras propiedades. Muy por el contrario, cada dueño recibe efectivamente 60 botellas de vino al año, producido en estas mismas tierras por la bodega El Porvenir.

El toque gastronómico está dado por el Clubhouse restaurant, donde se sirven platos internacionales y también de comida regional: trucha, llama asada, conejo y pastas caseras están entre las ofertas disponibles. No es algo popular, así que es probable que no muchos lo sepan, pero al restaurante se puede ir sin necesidad de ser propietario o de estar alojándose en el complejo; simplemente uno se anuncia en la guardia de ingreso y listo. Por suerte a nosotros nos dió el dato Cristian del Hotel Portal del Santo (a cuyo post accedés en el link), y menos mal que tomamos la recomendación!

El ambiente del Clubhouse es muy tranquilo. De arquitectura exquisita, con paredes de piedra y cubrimientos de madera tallada a mano, el restaurante aparenta ser de alta categoría, pero aún así los comensales visten de forma relajada y cómoda. En medio del campo, rodeados por las montañas cafayatenses y el campo de golf se escucha además mucho acento e idioma extranjero.

La comida es un diez. A la panera la catalogamos como “de categoría”, tanto en la presentación que puede verse en la foto, como en calidad. El dip también se lleva lo suyo, ya que estaba exquisito. Y qué les puedo contar del ojo de bife con papas papines y salsa criolla que elegí para almorzar…

Exquisito es poco!

Mientras uno almuerza, afuera hay vista a la galería, y un poco más alla, a la extensa cancha de golf que parece terminar allí donde se levanta imponente la montaña. Una laguna, desde la que nace un pequeño arroyo, completan la escena para disfrutar de una riquísima comida, con una excelente atención, y en la paz más absoluta. Después de comer, si no se levantó el característico viento de la zona, se podrá salir a caminar y tomar fotos en este ambiente tan espectacular.

Además de todo esto, el complejo cuenta también con un centro ecuestre que incluye establos, palenques y una cancha de polo. Además está el Grace Cafayate, un hotel del lujo con 52 habitaciones, la mayoría de las cuales están distribuidas por fuera del edificio principal, convirtiéndose en villas independientes.

Estancia Cafayate ofrece también pases diarios que incluyen cabalgatas, partidos de golf, spa, asado y degustación de vinos. Es sólo cuestión de elegir el que más te guste. Y hablando de vinos, el Clubhouse restaurante ofrece una selección de vinos de la región, pero además es el único lugar donde se podrán probar el Malbec o Torrontés que se produce allí mismo, en sus viñedos propios.

Después de todo lo que les conté, pareciera que comer aquí debe ser imposible para el promedio de la gente, sin embargo no es así. Por supuesto que no sale lo mismo que una grande de muzzarella, pero hay que destacar que el precio es lógico y hasta accesible si consideramos el lugar, la calidad de los productos y la cordial atención que estamos recibiendo. No hablo del paisaje que te rodea porque eso sí es impagable.

Y por supuesto, también podés optar por el plato del día!

Una excelente experiencia gastronómica, plenamente recomendable para quienes visiten Cafayate.

La antigua casa de Indalecio Gómez, autor de la Ley Saenz Peña, convertida en el Centro Interpretativo de Molinos.

Mientras recorríamos el casco urbano del hermoso pueblo de Molinos, en la provincia de Salta, nos topamos con uno de esos típicos carteles de la región que te dan información sobre el lugar y las actividades que se pueden realizar. Realmente, hasta ese momento no tenía la menor idea sobre Molinos, su historia ni qué había para hacer, así que en cuanto vi marcada en un punto del plano una “Casa Histórica” no lo dude ni un segundo y sin perder tiempo memoricé el trayecto (nada difícil incluso para mi; apenas un par de cuadras) y hacia allí nos dirigimos.

Se trataba ni más ni menos que de la casa donde vivió el diputado por Salta Indalecio Gómez, y el lugar donde murió asesinado su padre, ante la mirada del entonces niño de 12 años que era. Indalecio se levanta como una figura política no sólo de su provincia natal Salta, sino a nivel nacional, y de hecho se convirtió en una personalidad sumamente importante para la Argentina al transformarse en protagonista de los debates del Congreso y principal defensor y artífice de la Ley Saenz Peña de voto universal, secreto y obligatorio (aunque claro, la universalidad en esa época era únicamente masculina).

Amigo de Roque Saenz Peña, cuando éste llega a la Presidencia de la Nación nombra a Indalecio como ministro del interior, puesto en el cual colabora con la redacción de la ley que pondría fin a la larga tradición de voto cantado y fraudes electorales en nuestro país, y desde el cual la defiende fervientemente ante diputados y senadores, propios y ajenos, hasta conseguir su aprobación y promulgación en el año 1912. Sin embargo no fue sólo este el rol que tuvo en el Poder Ejecutivo, ya que anteriormente el Presidente Quintana lo había enviado a Alemania, Austria, Hungría y Rusia como Ministro Plenipotenciario.

Hoy en día la construcción de arquitectura colonial alberga el Centro de Interpretación de Molinos y cuenta con cinco salas muy bien logradas donde el visitante tiene un acercamiento con diferentes aspectos de la zona de los Valles Calchaquíes, como ser su fauna, flora e historia. Para abrirla al público la casa fue restaurada, y si bien ninguna de las piezas que se exhiben es original, todas han sido replicadas con rigor científico. Ejemplo de esto es la representación de los enterratorios donde los calchaquíes ofrecían a sus muertos mudas de ropa y calzado junto con otros objetos que creían les servirían en su nueva existencia, más allá de este mundo.

La vieja casa histórica cuenta también con un aspecto interactivo, especialmente en la sala dedicada a los primeros habitantes del valle, donde al hacer girar los cubos incrustados en la pared el visitante va descubriendo diferentes especies animales y vegetales de la región; y en una línea del tiempo histórica donde uno va descubriendo los hechos suceso a suceso.

Por supuesto que tiene una parte dedicada exclusivamente a su antiguo morador y su obra, pero también destaca diferentes detalles interesantes de la vida de la zona y del pueblo en sí, como ser la Ceremonia de los Alfereces, que siendo de antiquísimo origen español (tan lejano en el tiempo que está casi totalmente desaparecida del mundo), aún hoy en día se festeja en este lejano lugar de nuestro país. Así es como los pobladores más distinguidos de Molinos salen a las calles para desfilar batiendo banderas al ras del suelo, tal como hacían los conquistadores en nombre del rey, sólo que ahora se lo hace en nombre de Dios.

También se habla de la historia de Molinos, en la Sala 3 dedicada a los sucesos que se dieron entre la fundación del pueblo y el nacimiento de Indalecio Gómez. Las tres Guerras Calchaquíes también tienen su espacio en el centro de interpretación, y la última es la más curiosa de todas, ya que fue librada por un inca falso. El andaluz Pedro Bohorquez fingió ser monarca inca en 1656 y realizó promesas cruzadas: por un lado se comprometió con los calchaquíes a expulsar a los españoles de su territorio; y por el otro con estos últimos a lograr la rendición aborigen. Nada bueno podía salir de una cosa así: ante las dificultades de la primer batalla el falso inca huyó del lugar, pero finalmente fue capturado y ejecutado.

Haber encontrado un lugar con tanta historia, convertido en un museo muy bien puesto y cuidado, en un pueblo por demás hermoso que parece paralizado en el tiempo, fue tan grato como sorprendente. Personalmente, disfruté al máximo de esta visita, porque lo que tuvo de sorpresiva lo tuvo también de interesante. Un lugar más que recomendado, que merece ser visitado, y que amerita pasar aunque sea una noche en Molinos.

 

Almuerzo en los Valles Calchaquíes: Paramos en Angastaco.

Seguíamos avanzando hacia el norte por la mítica Ruta Nacional 40 para cubrir el tramo entre Cafayate y Molinos, donde haríamos noche antes de seguir viaje hacia Cachi, y en un momento nos agarró el mediodía y con él, empezamos a tener hambre. Era hora hacer un alto en el próximo pueblo y buscar algo para almorzar.

Así conocimos, aunque sea por unas horas, la tranquila localidad de Angastaco, un lugar donde bajo el rayo del sol se respira una tranquilidad bucólica, y que a pesar de ser muy pequeño cuenta con un difícil entramado de calles que giran, van y vienen de forma totalmente irregular, siguiendo los caprichos del terreno.

Lo primero que llama la atención es la enorme Hostería homónima, una hermosa edificación a la que se ve muy cómoda y bien cuidada, y que hasta cuenta con piscina que, en ese momento por ser invierno, no tenía una gota de agua. Pero eso lo hace pensar a uno que este pueblo en medio de los Valles Calchaquíes bien puede ser un destino turístico a visitar por algunos días, y la verdad que eso no llama la atención si consideramos los imponentes escenarios naturales que hay alrededor. Mismo sin salirse siquiera de la ruta, uno encuentra la impresionante Quebrada de las Flechas, donde las rocas de las montañas parecen cortar el aire con filo propio.

E investigando un poco descubrimos que a pocos kilómetros de allí se encuentra también una formación llamada Los Colorados, que es un anfiteatro natural que me hubiera gustado poder visitar, y está también el Ventisquero, cuyo acceso encontramos sobre la RN 40 pero no ingresamos porque veníamos algo justos de tiempo. Por los carteles de advertencia se trata de un sendero que debe tener unas vistas hermosas del paisaje salteño, pero que seguramente sea de cornisa, así que el que se anime que vaya con cuidado. ¡Y por supuesto que pase por el blog y deje su comentario!

Allí almorzamos unas ricas empanadas salteñas, en un muy simple pero también lindo y limpio restaurante, mientras mirábamos gol tras gol un partido del mundial 2018. Para nuestra sorpresa, en el cajero automático de ese pequeño pueblo (que hasta museo de arqueología tiene) pudimos retirar efectivo; algo que incluso en Salta capital se veía complicado por las largas colas que había que hacer.

Pero lo que por ningún motivo podíamos dejar de visitar era la iglesia, frente a la plaza. Resulta que Angastaco tiene dos iglesias, y esta es la nueva, construida en los años ’70 sobre una explanada a la que se accede por una vistosa escalinata que le da un toque de distinción. Se dice que desde lo alto, la iglesia protege al pueblo. La vieja iglesia, en cambio, data de 1945 y se levantó con adobe, con techo de caña y pisos de ladrillo. Lamentablemente no la pudimos conocer, ya que está ubicada alejada, hacia adentro del pueblo, y por falta de tiempo no nos aventuramos a tanto.

Pero quienes estén por la zona o planeen un viaje por estos pagos, ya saben. Lejos del bullicio de las ciudades, Angastaco puede llegar a ser un muy buen lugar para hacer noche recorriendo la Ruta 40, y de paso, conocer un poco más de su historia y alrededores.

Una noche en el Rancho de Manolo: Alojamiento en Molinos.

Cuando organizamos cómo realizar el circuito de los Valles Calchaquíes en la provincia de Salta decidimos hacer noche en un punto intermedio entre Cafayate y Cachi, las dos localidades más famosas del recorrido. La intención era hacer el paseo lo más relajadamente posible, disfrutarlo al máximo y conocer pueblos y lugares nuevos. Así es como decidimos pasar una noche en el pueblo de Molinos, que pronto tendrá su post en el blog y en el que recomiendo ampliamente que se alojen si buscan tranquilidad y aire colonial mezclado con historia.

Y en Molinos encontramos el Rancho de Manolo, un modesto pero muy acogedor alojamiento ubicado en el extremo del pueblo, casi ahí donde termina. Si el pueblo en sí es extremadamente tranquilo, la paz en aquél rincón es absoluta.

Sin ningún lujo, la habitación es amplia y bien fresca gracias a sus techos altos. Tanto que, en invierno como fuimos nosotros, es necesario que Manolo pase y encienda la estufa a la tardecita, cuestión que el ambiente se caliente para pasar la noche. La cama es amplia y cómoda, y en una de las mesas de luz hay dos frazadas extras, por si la calefacción no da abasto.

El baño es pequeño, pero aunque ajustado cuenta con el espacio suficiente. La ducha funcionó de forma excelente y el agua caliente sale enseguida. Lo único un tanto raro es la disposición del bidet, que por evidentes cuestiones de falta de espacio queda dentro del área de la ducha.

Además de alojamiento, el Rancho de Manolo es también restaurante. Tuvimos oportunidad de probar los sandwiches de lomito y milanesa, y podemos decir que son excelentes y se venden a muy buen precio. Allí mismo, en los salones del restaurante se sirve el desayuno, en el horario en que uno le pida a Manolo. No son muchas las opciones en cuanto a variedad pero la calidad está más que bien. Se puede elegir entre café o té a los que se le puede agregar leche, y para comer hay pan y facturas con manteca y mermelada. El detalle: acompañan un vacito de jugo de naranja y soda.

El punto en contra del lugar tiene que ver con la escasez de mobiliario ya que no tiene placard ni cajoneras donde guardar la ropa, con lo cual habrá que mantenerla en las mismas valijas, o bien utilizar el generoso perchero a la entrada. Por otro lado los que quieran ver TV se la pierden o tendrán que ir al salón restaurante, ya que en los cuartos no hay.

Todas incomodidades que quedan más que olvidadas por la amabilidad de Manolo y la calidad con que te atienden. Además, el wifi es excelente, incluso de subida, así que no vas a tener problema alguno en compartir tus fotos en las redes sociales ni para comunicarte con tu familia. Y por último, la puerta trasera del alojamiento da a un pequeño parque que se puede utilizar como cochera.

Nada mal para pasar una noche y conocer este alucinante pueblo, que en mi opinión, es una parada tan olvidada como obligada. De todo eso, ya hablaremos más adelante.

Trekking a las Cascadas del Río Colorado, en Cafayate.

La actividad más atractiva de la ciudad de Cafayate para los aventureros y los amantes de la naturaleza es, sin lugar a dudas, la caminata por las siete cascadas del Río Colorado. Claro que conocerlas en su totalidad será por demás difícil, en general se llega hasta la segunda o tercer cascada únicamente.

Antes de aventurarse en esta excursión hay que tener en cuenta que es un trekking con alguna dificultad, y además la complejidad aumenta a medida que el recorrido avanza y las cascadas van quedando atrás. El lanzarse en su búsqueda implica cruzar el curso del río varias veces, ida y vuelta, pasar por recovecos y pasadizos estrechos y resbalosos en las rocas, y hasta caminar por la cornisa con la montaña de un lado y el precipicio del otro. No es una excursión apta para niños, ni ancianos, ni personas con alguna dificultad física. Personas con vértigo, abstenerse.

Más allá de estas advertencias, tampoco es necesario ser un profesional o tener un estado físico de atleta, al menos para llegar hasta las primeras caídas de agua. Pero sepan sí que habrá tramos difíciles y peligrosos. Eso sí, si están en condiciones de sortear estos obstáculos, las vistas (y si van en verano, el chapuzón bajo el agua helada) bien valen la pena.

Para comenzar a caminar hacia las cascadas habrá que salirse de los límites de la ciudad y llegarse hasta el paraje conocido como “Divisadero”, desde donde se puede tener una linda vista panorámica de Cafayate. Allí será necesario contratar a alguno de los guías de turismo campesino, que conocen bien la zona, porque hacerlo por cuenta propia no es para nada recomendable. El precio de la excursión no es fijo: depende de la época del año, el tamaño del grupo (en general ponen un precio por persona) y, sobre todo, hasta dónde realmente se llegue, ya que en cualquier momento uno puede decidir que hasta ahí llego y pegarse la media vuelta. Recomendación: intentar llegar a la segunda cascada, si se está en buena condición física, intentar la tercera.

Los guías son lugareños (incluso en algunos casos son niños) que no sólo conocen el camino por llevar a pastar a las cabras (varias de las cuales nos cruzamos nosotros en el camino), sino que además te pueden contar sobre la cultura, la historia y la forma de vida del lugar. Así nos enteramos, por ejemplo, que aquí se da el cruce de dos ríos, uno de los cuales está seco ya que se desvió para el riego de los viñedos cercanos. De hecho, nos cuenta cómo los antiguos dueños de estas tierras fueron engañados, por no tener la cultura suficiente para darse cuenta de lo que valían esas hectáreas, las cuales les fueron compradas por muy poco dinero y hoy son fundamentales para la industria vitivinícola y por lo tanto valen varias veces más que el precio pagado.

En casi todo el recorrido se va siguiendo el curso del río, lo cual suena lógico si lo que uno busca son justamente cascadas, pero a pesar de que el agua es potable nosotros no la podemos tomar. Eso se debe a la gran cantidad de minerales que contiene, lo que provocaría que nos caiga mal. Así que ya saben, lleven consigo agua mineral para la caminata.

No importa la época del año que vayas, las recomendaciones en cuanto al equipo a llevar son las mismas: gorro y protector solar, anteojos oscuros, ropa cómoda incluyendo de ser posible calzado de trekking (si es impermeable mejor) aunque no es excluyente, pero sí asegurate de que sean unas buenas zapatillas que no resbalen. Al hombro mochila con agua, algo de comer (nunca viene mal y hacer un picnic en la olla de una de las cascadas será un recuerdo memorable) y por supuesto, cámara de fotos.

Hasta dónde quieras llegar queda enteramente por tu cuenta. Lo importante es que lo disfrutes, porque el paisaje y la naturaleza de aquél lugar lo ameritan. Yo que vos, no lo dejaría de intentar!