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El Parque Nativo de Potrero de los Funes.

Ubicado en la orilla del Embalse Potrero de los Funes, el Parque Nativo cuenta con unas 7 hectáreas de terreno al aire libre ideales para que el visitante pueda disfrutar de un día de sol en familia o con amigos, rodeado del marco de belleza natural que esta ciudad puntana tiene para ofrecer.

El verde de la vegetación queda cortado únicamente por las sierras detrás y el agua del embalse delante. Dentro de los límites del parque se encuentra el mirador de Potrero de los Funes, desde donde se puede obtener una vista panorámica del lugar, incluido el hotel internacional ubicado justo cruzando el lago artificial.

Son varias las actividades que se pueden hacer en parque. Para ir con chicos es ideal: espacio amplio para que corran sin peligro y hasta un área de juegos donde van a poder pasar el tiempo. Los más grandes pueden alquilar botes para salir a pasear por el lago. Y por supuesto, donde hay agua, hay pescadores, que también podrán encontrar algún hueco para llegarse hasta la orilla y tirar la caña.

Y obviamente, si hay argentinos hay asado, y por lo tanto el Parque Nativo no podía no tener parrillas donde prepararlo. Los quinchos, individuales y distribuidos por varios lugares, se ven muy lindos y cómodos para alojar una familia tipo de 4 personas.

Y la particularidad (en mi estricta opinión personal, un detalle que está absolutamente demás porque desentona con el hermoso entorno natural): a metros del lago, un marco rosa gigante con el logo de la oficina de turismo de la provincia, que pretende darle un toque distintivo a la foto del recuerdo, tal vez para que con los años no te quepa duda de en dónde la tomaste.

Más allá de eso, el parque está muy cuidado y limpio. Para acceder a él habrá que cruzar la Av. del Circuito, lo cual puede hacerse por el acceso al hotel internacional (y luego retomar por el camino que avanza entre el embalse y el circuito), o cruzar por debajo de la pista de carreras por un angosto túnel ubicado unas cuadras más adelante.

San Antonio de los Cobres

Allí donde las rutas nacionales 40 y 51 se fusionan y se hacen una, a 3774 m.s.n.m. que lo convierten en uno de los poblados más altos de la Argentina, y atravesado a lo largo por el río homónimo, San Antonio de los Cobres es el pequeño pueblo del noroeste argentino mundialmente conocido gracias al Tren de las Nubes que para en su estación (la cual desde hace un tiempo funciona como punto de partida del tramo ferroviario de la excursión).

Hasta aquí deberá llegar todo aquel que pretenda subirse al tren y recorrer las vías hasta una de las más impresionantes maravillas de la ingeniería humana: el Viaducto La Polvorilla. Sin embargo, del tren y el viaducto hablaremos en otro post, y hoy nos concentraremos en este puñado de casas bajas de adobe ubicado en la puna.

Su nombre es una combinación de San Antonio, el santo protector de las mulas y el patrono de los arrieros; y del metal que predomina en las explotaciones mineras de la zona: el cobre. A pesar de estar rodeado de montañas ricas en este mineral, y de tener un pasado de desarrollo económico basado en la construcción de la vía ferroviaria que comunicaba Salta con el vecino país de Chile, basta con dar una vuelta por el centro del pueblo para darse cuenta que de eso poco queda, y que hoy San Antonio es una localidad estancada y empobrecida.

A pesar de ser la estación más importante de la actual excursión del Tren a las Nubes, lo que le da una relevancia turística especial, incluso con proyección internacional, San Antonio parece no poder empoderarse de esa situación y aprovecharla en beneficio propio. Sigue siendo un pueblo de paso, donde los turistas apenas almuerzan comidas regionales (principalmente a base de llama) o compran algún tejido o artesanía. Aunque eso no es suficiente para activar el desarrollo económico del lugar, bien vale la pena tomarse un momento para caminar las calles, interactuar con los pobladores y darse una idea de cómo es la vida en este rincón del país.

Dueño de una historia bastante agitada, San Antonio supo tener sus idas y vueltas territoriales, habiendo sido tomada esta región por Bolivia hacia 1816, a quién luego se la quitó a su vez Chile. Solo con el laudo arbitral de 1899 esta zona del país volvió a tener soberanía argentina, y si bien durante todos esos largos años donde se sucedieron las guerras la localidad fue lugar de paso de ejércitos de uno y otro bando, nada de todo eso se pudo descubrir durante el corto tiempo que tuvimos para conocer el lugar.

Lo que sí es una pieza histórica es la parroquia San Antonio de Padua, ubicada sobre la Ruta 40 sobre una plaza en la que se juntan los artesanos para ofrecer sus recuerdos a los turistas. Si bien la iglesia fue objeto de restauraciones, su construcción de piedra a la vista data de principios del siglo XX, época en la que el pueblo era lugar de paso constante.

Si bien la excursión que lo hace famoso no lo permite, el pueblo cuenta con un par de alojamientos para aquellos que quieran pasar la noche. Para los amantes del trekking, una actividad interesante podría ser la de subir a los cerros de alrededor, desde donde se pueden obtener vistas aéreas de la población. Desde aquí se puede ir en vehículo también hasta el Viaducto La Polvorilla (y ver su extraordinaria estructura desde abajo), o tomar hacia el norte para visitar las Salinas Grandes primero, y llegar hasta Purmamarca después, luego de conducir por la hermosa Cuesta de Lipán.

La llegada del tren sin dudas cambia la dinámica del pueblo, y no sólo para los comedores y los artesanos que buscan atraer a los turistas, sino incluso para los niños que se amontonan para ofrecer cantar una coplita o sacarse una foto a cambio de unas monedas, en un tipo de turismo que sinceramente no me interesa. Seguramente valdrá la pena entonces conocer San Antonio de los Cobres sin tren de por medio, para contemplarlo autóctono, sin desvirtuaciones, e incluso, más digno.