Archivos Mensuales: mayo 2017

Ingresamos al túnel para conocer el Museo del Ferrocarril de Gaiman.

Lo que más llama la atención cuando uno llega a Gaiman es la boca de ingreso a un túnel, ubicado a metros de la oficina de turismo del pueblo. Se trata ni más ni menos de una estructura construida para uso del ferrocarril que llegó hasta aquellos pagos con la intención de fomentar la exportación de trigo, que hasta ese momento se realizaba por mar a través del Puerto Rawson, el cual ya presentaba importantes limitaciones ya que sólo era accesible para barcos de poco calado.

El túnel hoy se ha convertido en el Museo del Ferrocarril Central del Chubut y es uno de los atractivos del lugar. El acceso que está cercano a la oficina de turismo hace tanto de entrada como salida, ya que si bien el túnel se recorre en su totalidad, el otro extremo está cerrado con una reja.

El museo es extremadamente simple. Lo más interesante será recorrer el túnel por el que alguna vez pasó el ferrocarril, y cada tantos metros hay láminas iluminadas que van contando la historia del mismo. Algunas de las láminas (que además sirven para iluminar el camino en la oscuridad del túnel) tienen audio, el cual se acciona presionando el botón del idioma en el que se quiere escuchar, y así uno puede ampliar un poco más la información.

De esta forma uno se entera que el primer tramo del ferrocarril fue el de Puerto Madryn hasta Trelew, el cual luego se decidió extender hasta Gaiman, para lo cual se construyó la estación (actual Museo Regional) y el galpón a su lado. Sin embargo hasta ese momento el túnel no existía. Recién cuando se decidió llevar el tren hasta el Valle Superior se estudió que las vías atravesaran Gaiman rodeando las lomas, pero esta idea no fue aceptada por lo pobladores porque afectaría el tránsito y la estética del pueblo. Es por eso que finalmente se avanzó con la construcción de los casi 300 metros de túnel inaugurados en 1914.

En octubre de 1961 el gobierno decidió clausurar el ferrocarril, luego de que ante la competencia de los camiones y colectivos se tornara deficitario. Desde entonces quedó el túnel, que hoy sirve como método para trasladarse hacia el pasado. La única objeción es que, al no haber nada expuesto más que las láminas, el museo termina teniendo sabor a poco. Ojalá puedan trasladar hasta allí algo de material ferroviario de la época para hacerlo más atractivo. Igualmente, si te gustan la historia y los trenes, el túnel del Central de Chubut es una muy buena opción para cuando andes por Gaiman.

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Visitamos el Museo Histórico Regional de Gaiman.

Gaiman es un pueblo patagónico famoso por conservar la ceremonia del té galés, siendo sus tradicionales casas de té el principal atractivo. Pero una vez que uno está allí seguramente quiera hacer algo más. Una opción para quienes gusten de la historia será visitar el Museo Histórico Regional enclavado en la vieja estación de tren.

El lugar depende de la Asociación de Educación y Cultura Galesa Camwy y su encargado es muy amistoso y atento. Un cartel en la propia entrada llama la atención: “Aquí hablamos galés”, pero cuando yo entré en lugar de eso me lo encontré dándole explicaciones a una pareja de británicos en inglés. Así que, en principio el idioma no será un impedimento para los extranjeros que quieran visitarlo.

El museo se centra principalmente en lo que fue la colonización galesa de zona de Chubut, de la llegada de los colonos y su vida por estas tierras. Se encuentran allí artículos llegados a bordo del “Mimosa”, armas y hasta muebles que pertenecieron a los primeros colonos, incluyendo dos magníficos pianos.

Pero lo que más me llamó la atención fue una sala que el encargado en principio me comentó que en general la mantenía cerrada. No se por qué motivo, ni por qué estaba abierta en ese momento, pero allí hay varios mapas y uno de ellos muestra la división del primer loteado de la zona de Gaiman y alrededores, con los nombres de las familias a las que había sido asignada cada parcela. Allí el encargado pasó un buen rato mostrándome detalles y explicándome el significado de varios vocablos galeses que hoy se utilizan para dar nombre a pueblos y ciudades, como por ejemplo Trelew que quiere decir “Pueblo de Lewis” siendo “tre” pueblo, y “lew” una abreviación de Lewis.

Ya en confianza el encargado me hizo salir al patio trasero, donde guardan algunos trastos de la época en que en el edificio funcionaba la estación de tren, pero tal como él me dijo, es muy poco lo que queda de aquello.

El costo de la entrada al museo es de apenas $20. Para los interesados en la historia del lugar, y de los orígenes de la provincia de Chubut, será una buena alternativa.

Una breve parada en Heavy, el pueblo “pesado” de la Provincia de Buenos Aires.

Es sábado y brilla el sol. Suficientes motivos para agarrar la cámara, preparar la mochila con vianda y mate y subirte al auto para salir a la ruta rumbo a alguno de los pueblitos en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires. El destino elegido ese día es otro, pero el cartel en la RN 7 llama la atención e invita a desviarse un rato y recorrer los cuatro kilómetros de camino de tierra que separan el asfalto del caserío alejado.

Llegamos a Heavy, un pueblo de apenas un puñado de casas, una escuela y lo que queda de lo que algún día fue un club social, todo rodeado por campo. Por allí pasaba el Ferrocarril Urquiza que hasta el cierre del ramal en 1998 paraba en la estación levantada en las tierras donadas por Patrick Heavy, un irlandés que recibió del estado unas 2000 hectáreas para explotar y así se convirtió en fundador del pueblo que hasta hoy lleva su nombre.

Recorrer las pocas calles de Heavy genera una sensación extraña. Casi no hay señales de vida en el pueblo, a no ser por los ciclistas que evidentemente no son del lugar, o por la música que se escucha desde el fondo de la casa de cuya parrilla se ve salir humo, señal que están preparando el asado. Pero sólo eso. Sin un alma más a la vista, Heavy parece un pueblo fantasma y uno tiene la sensación de que desde atrás de las cortinas lo están observando.

El pueblo tiene toda una historia, íntimamente ligada a la familia cuyo apellido le da nombre. Una vez que el tren dejó de pasar, la familia Heavy recuperó las tierras que su ancestro había donado, y con ello se hicieron de la estación. Según una nota de Página 12, en 2005 vivía allí recluido Leandro Heavy, un estudiante de comercio exterior que dejó la carrera para hacerse cargo del lugar y convertir la estación en su propia casa.

Según cuenta el propio Leandro en la nota, su idea es convertir la estación en una especie de atracción turística. Hoy a él no lo encontramos, pero a la estación (escondida si uno no va prestando atención) se accede a través de una tranquera cerrada donde los anuncios indican que se puede pasar a sacar fotos, pero debe mantenerse el portón cerrado. No sabemos a ciencia cierta si el vecino controla que esto se cumpla al pie de la letra, pero a juzgar por los binoculares que lleva en la mano puede que sí.

También dice que quiere organizar allí un festival de rock heavy con los volúmenes al mango, pero después de una vuelta por el por demás tranquilo pueblo, eso parece más una mera ilusión, o más bien un invento total. Quizá en las épocas en que el Club Defensores de Heavy funcionaba organizando bailes, pero hoy en día no hay lugar para semejante evento en el pueblo.

Luego de la sesión fotográfica nos trepamos al auto y volvemos lentamente a la ruta. Dejamos atrás un pueblo con nombre “pesado” y atmósfera enrarecida, aunque no se la puede calificar de ningún modo como hostil. Una linda experiencia, como cada vez que la ruta ofrece un desvío y uno se aventura en lo desconocido.

Nos embarcamos para descubrir toninas en Rawson.

Por suerte en Rawson no todo es playa, porque sino yo en breve me aburriría. Una buena opción para tener algo de aventura es contratar la excursión de avistaje de toninas, que sale alrededor de las 9 de la mañana desde Puerto Rawson, en el extremo sur del balneario.

Habrá que llegar al lugar una media hora antes porque allí te equipan con chaleco salvavidas y te dan alguna que otra indicación antes de abordar. La excursión se realiza en la lancha que se ve en la foto de portada con capacidad para 57 personas, aunque el día que fui yo eramos menos de la mitad.

El paseo consiste básicamente en embarcarse y salir navegando por el Río Chubut hasta su desembocadura en el Océano Atlántico, en el cual la lancha se interna en busca de las tan preciadas toninas. En el interín se ve una lobería además de cualquier cantidad de aves, y el guía va explicando todo constantemente.

Los delfines patagónicos (o toninas como se los conoce en Argentina) son animales que se desplazan muy rápido en el agua. Son muy curiosos y sociables, tanto es así que suelen ellos mismos acercarse a la embarcación y hasta “jugar con ella”, nadando a la par yendo de un costado al otro, adelantándose para luego esperarla, o bien perseguiéndola desde atrás. Es por ese movimiento constante y casi frenético que sacarles una foto es tarea realmente difícil. Así lo decía apenas zarpamos el fotógrafo profesional que es parte del equipo de la excursión, y que te recomienda dejar la cámara de lado para disfrutar la experiencia de observar las toninas y tratar de interactuar con ellas. De las fotos se encargará él y luego te las cobrará, obviamente. Al principio parece un chamullo para venderte la foto, pero pronto te das cuenta que algo de razón tiene. Esta es la única foto que pude tomar yo, y es apenas potable.

A bordo la gente se desespera y corre de un costado a otro de la lancha siguiendo a las toninas, que si bien suelen no estar solas, tampoco se presentan en grupos grandes. Si estás preocupado por sacar la foto lo más probable es que en ese frenesí te pierdas de lo mejor, sino del todo. En mi caso, opté por quedarme apostado en uno de los lados, cámara lista en mano, para gatillar en cuanto las viera pasar por allí. Necesitaba el registro propio para ilustrar el blog. Sin embargo, la mejor decisión fue filmar:

Como se ve tanto en la foto como en la filmación, lo que no fue buena decisión es tener la cámara tan expuesta, ya que una ola repentina la empapó con agua salada de mar, algo nada aconsejable para estos aparatitos.

Claro que como uno sale a buscarlas a mar abierto, en plena naturaleza, nadie garantiza que puedas ver toninas. En general, como son tan sociables y juguetonas, siempre se acercan cuando ven la embarcación, pero bien puede pasar que alguna de las salidas sea infructuosa.

Y salir a mar abierto no es sólo un tema por la posibilidad de que el avistaje sea un fracaso. El punto está en que es mar abierto. Uno enseguida nota la diferencia entre río y mar; y no sólo porque la escollera marca el ingreso a la desembocadura, sino porque el color del agua cambia completamente.

Cuando uno sale al mar el viento pega en serio, y si está picado como el día que me tocó a mi la navegación es toda una aventura. Uno ve el horizonte allá lejos, hasta que de pronto el agua enfrente comienza a levantarse y a transformarse en una montaña de líquido azul que no sólo corta la vista, sino que se acerca rápidamente. La lancha la trepa, llega a la cresta y se inclina hacia adelante para volver a bajarla. Y allí adelante está la próxima. Luego de un rato de esas olas uno agradece haberse levantado con lo justo y no haber tenido tiempo de desayunar.

El regreso se hace del mismo modo que la salida, volviendo a entrar al Río Chubut sobre cuya margen está el puerto desde el que se zarpa. Allí las cosas vuelven a estar tranquilas, y pasamos entre los lobos marinos que ni se inmutan por nuestra presencia.

En nuestro caso tuvimos el privilegio además de ver una maniobra poco común, supongo, en el puerto. Un barco pesquero se había quedado sin motor, y un compañero lo ayudaba, remolcándolo “codo a codo”, tratando de lograr hacerlo llegar al lugar donde debía ser amarrado.

La excursión para avistar toninas es un imperdible de Rawson. La navegación está supeditada a las condiciones meteorológicas, por lo que es importante averiguar antes y reservar el turno. En mi caso lo hice con la empresa Estación Marítima a un costo de $850 en febrero de 2017, y fue una experiencia recomendable, aunque nos tuvimos que volver a puerto un poco antes de lo previsto ya que varios de los pasajeros se sentían mareados, quién suscribe estas líneas incluido!

Espero que a vos te toque un día de agua calma y puedas disfrutarlo al máximo!

Probamos el tradicional té galés en Gaiman.

Estando de vacaciones en Rawson una de las visitas típicas es la de viajar hasta la localidad vecina de Gaiman. Si bien su nombre es tehuelche y quiere decir “punta de piedra”, Gaiman es un pueblo galés enclavado en plena patagonia argentina, es el primer municipio de Chubut y el segundo de los centros urbanos de la provincia. Y cuando uno pasa por allí hay una sola cosa que no puede dejar de hacer: tomar el té.

Gaiman fue fundado por los primeros colonos galeses, aquellos que llegaron hasta estas regiones a bordo del Mimosa. Con ellos trajeron su cultura y tradiciones, entre las cuales se encontraba por supuesto la del té, costumbre que hoy en día se conserva con las recetas originales en las tradicionales casas de té que hacen famosa a esta localidad.

Siempre cabe la posibilidad de ir directo a la case de té que visitó Lady Di en su pasada por Argentina, allá en 1995, pero a recomendación de una amiga de Rawson me decidí por buscar alguna casa de té con arraigadas raíces galesas. Así terminé en Ty Gwyn.

Lo que te sirven es un servicio “interminable”, mucho más considerando que yo estaba sólo. Igualmente lo único que no variaba era la tetera llena de la bebida típica, porque en cuanto a la comida en caso de ser dos, se duplicaba la ración. El menú incluye la tradicional torta galesa, además de varias porciones de otro tipos, como ser tarta de frutilla, de limón, y dulce de leche. Además hay sandwichitos y diferentes tipos de panes para untar con manteca o mermeladas.

Tanto es lo que te sirven que al retirarte, casi la mitad te la vas a llevar en un paquetito para terminar de degustar en casa. Eso sí, en el precio te cobran todo lo que te dan y más, porque el servicio de té sale nada más y nada menos que $280 por persona (precios de febrero 2017). En todas las casas el servicio es similar, y el precio, el mismo, así que no hay mucha comparación que hacer. En todo caso, si no querés gastar semejante pequeña fortuna en un té, por más bien servido que esté, siempre tenés la opción de tomarte una cervecita fría a la orilla del río. Es sólo cuestión de elegir.