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Samay Huasi: La casa de Joaquín V. Gonzalez.

En las afueras de la ciudad riojana de Chilecito, saliendo por la Ruta Provincial 12 y pasando como por detrás del Cristo del Portezuelo, se llega luego de algunos minutos hasta una finca que en su momento perteneciera al político argentino Joaquín V. González, el fundador de la Universidad Nacional de La Plata que hoy en día es dueña de la propiedad.

Visitar Samay Huasi, nombre de origen quechua con el que Joaquín V. González bautizó su finca, y que significa Casa de Descanso, será casi una tarea obligada para quien quiera conocer un poco más de la obra y vida de este prócer argentino, que ocupó cargos ejecutivos tanto a nivel provincial como nacional, además de haber sido senador por la provincia de La Rioja entre 1907 y 1923.

Como su nombre lo indica, este fue el lugar elegido por el riojano para tomar distancia de sus obligaciones públicas, reflexionar, descansar y disfrutar de la familia. Y con solo llegar a él uno lo entiende, ya que desbordada de árboles Samay Huasi es una especie de oasis reparador entre tanto calor riojano.

Hoy en día se ha transformado en un museo donde uno puede conocer un poco más sobre su antiguo dueño, especialmente en las salas donde se exponen algunos de sus artículos personales, incluyendo fotos que nos permiten bucear en lo que era su vida cotidiana y familiar, y escritos de su autoría que nos permiten asomarnos a sus ideas y convicciones.

Además el predio alberga al Museo Mis Montañas, sobre cuyo impresionante piso de pinotea se exhiben obras de artistas que se quedaban en la casa y pintaban lo que veían en los alrededores, mientras que en el subsuelo hay una muestra de ciencias naturales y arqueología que, al momento de nuestra visita en el verano de 2020, nos indicaron que estaba próxima a ser refaccionada.

Administrado hoy en día por la UNLP, Samay Huasi aprovecha las varias habitaciones que están dispuestas alrededor de la galería para albergar allí a estudiantes y docentes de la universidad. La capacidad máxima es de 60 personas.

Caminar por los frondosos jardines será una actividad relajante, tanto por la naturaleza que nos rodea, como por la tranquilidad y la posibilidad de disfrutar de la brisa a la sombra. Luego de atravesar el rosedal se llega hasta una escalinata de piedra tallada por el mismo Joaquín V. González (hay registros que lo prueban en la muestra fotográfica del museo), y sobre la misma descansa la enorme escultura que lo inmortaliza, en una actitud contemplativa que le da su nombre: El Pensador.

En aquél momento la entrada por persona era de $20, es decir super accesible. Ese valor nos permitió recorrer la finca y visitar las muestras, previa explicación del guía que nos recibió y nos contó sobre Joaquín V. González y lo que íbamos a ver en cada uno de los puntos a recorrer.

Para realizar la visita no hay más que acercarse hasta Samay Huasi en el horario de 9 a 19 horas, aunque para estar seguros lo mejor es averiguar con la gente de la oficina de turismo si esto no cambió. Desde el centro de Chilecito son casi unos 3 kilómetros, así que lo más recomendable es cubrir el trayecto en auto.

Excursión en 4×4 hasta la Mina La Mejicana.

El día de la excursión arrancó temprano (por no decir que ya había arrancado la noche anterior cuando dejamos listas las mochilas con la vianda), pues nos pasaban a buscar por nuestro alojamiento a las 8:30 hs. Sería una larga jornada donde recorreríamos unos 200 km (ida y vuelta) para retornar a Chilecito pasadas las 18 hs.

Unos minutos después de la hora pactada escuchamos el bocinazo y nos encaramamos en la 4×4 de Cacho junto con una pareja de franceses con la que compartiríamos las siguientes 10 horas de excursión. Ir 4 personas en la camioneta obviamente no es lo más cómodo del mundo (especialmente para los 3 que viajan en el asiento de atrás) pero es una buena forma de economizar y dividir el costo total de la travesía.

El camino de ripio se interna en la montaña entre enormes paredes de roca. En cada curva hay nuevos paisajes.

De Chilecito salimos con rumbo norte y a buena velocidad por la Ruta 40 para luego tomar la bifurcación que lleva a la ciudad de Famatina, donde pueden apreciarse las plantaciones de nogales que, para los que amamos las nueces, son toda una tentación. Si están en época, bien valdrá la pena pedir al guía hacer un alto en algún lugar que él pueda indicarnos, y comprar un puñado de buenas nueces recién cosechadas.

Guía, chofer y fotógrafo. Cacho no solo paró tantas veces como quisimos, también se ocupaba de las mejores tomas.

Hasta aquí es todo asfalto así que se avanza a buena velocidad. Pero saliendo de Famatina, y una vez ya pagado el ticket de ingreso a la zona minera (que normalmente no está incluido en el precio de la excursión, así que conviene consultarlo bien antes), el camino se convierte en un ripio cada vez más pedregoso y que en un momento se vuelve intransitable para un vehículo común. Es hora de cambiar a la tracción 4×4, ahora el ascenso se hará lento y estará caracterizado por vaivenes constantes a medida que la camioneta avanza por el escabroso terreno.

A paso de hombre y con mucho cuidado. En ocasiones, el camino es el propio Río Amarillo. Así avanza la 4×4.

El Río Amarillo nos acompañará durante prácticamente toda la travesía de acá en más, lo cruzaremos infinidad de veces y hasta en más de una ocasión directamente “lo transitaremos” a bordo de la 4×4. A la aventura de avanzar por un terreno tan inhóspito se agrega la belleza del entorno, donde se destaca la formación geológica El Pesebre, con sus colores rojizos, y el impresionante Cañón del Ocre, del que podés leer en este otro post.

El Cañón del Ocre es una impresionante grieta excavada durante millones de años por el Río Amarillo.

Más allá de las paradas obligadas para tomar fotos aquí y allá, es en el Cañón del Ocre donde realizamos una más extendida para disfrutar de un desayuno rodeados de plena naturaleza. Luego de calmar el hambre seguimos adelante con el último tramo de la excursión, avanzando entre los cerros y observando tanto los paisajes como la fauna autóctona. De lo que no se tienen vestigios hasta llegar a la mina, es del cablecarril.

Al comienzo, cuando el paisaje no es tan agreste todavía, la casa de un lugareño nos permite apreciar la fauna.

A medida que vamos llegando al destino comienzan a verse las antiguas excavaciones desde las que se extraía tanto plata como cobre. Luego de haber recorrido el camino caemos en la cuenta de lo que habrá sido bajar la producción a lomo de mula, y la motivación real que habrán tenido los dueños de la mina para construir una de las estructuras de ingeniería más modernas de su época. Una vez con el cablecarril en funcionamiento, el tramo a recorrer en mula era desde estos huecos que vemos en la montaña hasta la cercana Estación 9, de la cual estamos a un paso.

El Río Amarillo acompaña el camino durante todo el viaje. En ocasiones, es apenas un hilo de agua.

El material que comienza a aparecer abandonado en el terreno (en especial las vagonetas tiradas por ahí) delatan que ya estamos en el destino. Es obvio que las estructuras que se levantan un poco más allá pertenecen a la famosa última estación del cablecarril, y la camioneta de Cacho sigue un poco más allá para acercarnos al socavón, posición desde la que podemos observar las ruinas desde arriba.

La Estación 9 está emplazada a metros del ingreso a la Mina La Mejicana, a 4600 m.s.n.m.

Es el final del camino y allí pasaremos un buen rato explorando. La mina en sí está cerrada, así que adentrarse en las entrañas de la Tierra no es una opción, pero eso no importa porque ya caminar entre los fierros oxidados de la Estación 9 e imaginarse cómo sería aquél lugar en plena actividad hace que el esfuerzo de llegar valga la pena. Luego solo queda emprender el regreso por el mismo camino por el que vinimos, en el que haremos un alto prolongado en un claro al borde de un pequeño arroyo para disfrutar de los sándwiches que preparamos la noche anterior y llevamos en las mochilas.

El Pesebre. Los rojos y grises deslumbran de forma diferente, dependiendo de la hora del día y cómo les pegue el sol.

Si bien no es obligatorio hacer la travesía con un guía de turismo, hay que tener en cuenta que el terreno es complicado y (eso sí) solamente apto para 4×4. Por otro lado no hay señalización alguna, así que hay que conocer la montaña para saber con seguridad qué bifurcación tomar y no perderse. En nuestro caso, contratamos la excursión con la gente de Salir del Cráter, a cuyo facebook accedés desde acá.

Paisajes increíbles de llamativos colores que cambian en las laderas de las montañas y los valles entre medio.

Sin lugar a dudas, la travesía hasta la Mina La Mejicana es la excursión más interesante que puedas hacer en Chilecito. No importa cómo ni con quién la hagas, fundamental no olvidarse cargar la mochila con agua, galletitas y una vianda para el almuerzo. Mate y lentes de sol son recomendables. Y gorro, protector solar y abrigo (porque a 4600 m.s.n.m. la cosa se pone fresca) son fundamentales. Y por supuesto, las ganas de explorar y disfrutar!