Archivos Mensuales: noviembre 2018

El Museo Presidente José Evaristo Uriburu, en Salta.

Popularmente conocido como “La Casa de Uriburu”, el viejo edificio de adobe que alguna vez perteneciera al Presidente de la Nación José Evaristo Uriburu fue declarada Monumento Histórico Nacional y alberga un museo en el que se puede apreciar cómo se vivía en la Salta de antaño.

Se trata de una típica casa salteña tipo chorizo, donde las habitaciones se suceden unas a otras a lo largo de un patio que corre en su lateral. El museo cuenta con un total de seis salas y muestra muebles y artefactos de uso cotidiano en diferentes épocas. El paso del tiempo, de sala en sala, se hace patente con el cambio de mobiliario, especialmente cuando comienzan a aparecer piezas importadas desde metrópolis diferentes a España (principalmente Francia), marcando el punto donde se abre el comercio. Antes de ese momento, ese tipo de muebles sólo se podían obtener a través del contrabando.

Destacan además las alacenas empotradas en la pared (factibles de ser construidas debido a la enorme profundidad que tenían las paredes de aquella época). En esos enormes huecos se instalaban estantes que eran protegidos por puertas de madera que se mantenían cerradas con llave. Allí se guardaban cosas importantes y caras, como ser las frutas que en aquella época llegaban hasta Salta desde Catamarca.

Otra casa que llama mucho la atención es el antiguo altar con imágenes religiosas que normalmente había en toda casa de la época. Según la costumbre de aquellos tiempos, allí patrones y criados se juntaban a rezar, convirtiéndose en un punto de encuentro entre ambos estratos sociales. Allí mismo, un deposito de agua bendita a cuyo contenido se podía acceder abriendo una pequeña canilla.

El el patio trasero una de las habitaciones recrea una cocina de la época, que aunque mucho más pequeña que una cocina real, sirve para darse una idea de cómo era la vida allá por el 1800. La puerta está flanqueda por un antiguo mortero de algarrobo y un aparato que se usaba para filtrar el agua que sacaban del aljibe, ya que de por sí no era potable, por lo que había que hacerla pasar por esta piedra para, luego de horas quizá, lograr obtener un vaso con líquido apto para el consumo.

Uriburu fue Presidente de la Nación entre 1895 y 1898 y compró esta casa en 1810. Fue su familia quién la donó al Estado en 1947 y finalmente en el 55 fue convertida en museo. Se la puede visitar pagando un bono de apenas $10 (precio de julio 2018) e incluye visita guiada y hasta conocer la biblioteca donde se destacan libros de historia salteña, mapas antiguos e incluso manuscritos del Siglo XVIII. Ubicada en Caseros 147, muy cerca de la plaza principal, se recorre rápidamente y bien vale una visita.

Las paradisíacas playas de Tulum, en la Rivera Maya, México.

Es un hecho, cuando uno piensa en México, y puntualmente en la Rivera Maya, automáticamente piensa en playas de ensueño. Por mi parte yo no soy un hombre de playa, para nada, y mi principal motivación para viajar hasta estas latitudes era conocer las ruinas de la cultura maya, motivo por el cual visitamos Tulum y Cobá (a ambos posts accedés haciendo click en el link correspondiente), pero debo reconocer que las playas mexicanas también captaron finalmente mi atención.

Como ya les conté anteriormente, nuestra base en la Rivera Maya fue Playa del Carmen, y sinceramente debo decir que allí la playa no me gustó demasiado. El agua es azul cristalino y más bien tibia, es cierto; pero la menos Mamitas es una playa angosta donde los hoteles y bares ocupan gran parte de la superficie con sus mesas y reposeras, y el espacio público que queda es realmente pequeño y se llena de gente, casi al punto de estar uno encima de otro. Salvando las distancias, la concentración de gente me hizo recordar las playas céntricas de Mar del Plata en el pico de la temporada veraniega. Claramente no es lo que había ido a buscar.

Pero durante la excursión a las ruinas arqueológicas tuvimos oportunidad de pasar algunas horas en las playas de Tulum y ahí la cosa cambio. Lejos de la industrialización que caracteriza a Playa del Carmen y (supongo ya que no conozco) también a Cancun, en las cercanías a las ruinas arqueológicas las playas se mantienen más bien vírgenes.

De hecho cuando visitas las Ruinas de Tulum, desde las mismas se puede acceder a la playa que esta directamente abajo de las mismas, así que más que recomendable ir en short de baño a la excursión.

Y viniendo por la ruta que llega hasta las ruinas, la cual esta rodeada permanentemente por selva, a algunos cientos de metros antes de llegar a la zona arqueológica (es poca distancia, de hecho nosotros la hicimos caminando) hay un acceso que se adentra por la jungla hacia el mar, y sale a la Playa Pescadores.

En el momento en que fuimos nosotros estaba desierta y era exactamente lo que quería de una playa del caribe: arena blanca, agua azul y calentita, prácticamente nada de gente y casi ninguna infraestructura (apenas una red de voley y unas reposeras junto a un barcito donde comprar algo, pero con caminar algunos metros por la arena, ni siquiera eso). Paz total.

Detalle a tener en cuenta: enseguida se nos acercó un muchacho para ofrecernos una navegación en bote y admirar las ruinas desde el agua; e intentando convencernos nos contó una leyenda sobre el templo del Dios del Viento que luego, según descubrimos, resultó ser totalmente falsa. Así que ya saben, si quieren pasar un rato navegando en bote está bien, pero ojo con este tipo de ofertas de procedencia dudosa, porque es probable que sea simplemente tirar dinero a la basura.

Para agendarlo entonces, cuando preparen la mochila para ir a Tulum, hay que agregar traje de baño, ojotas, gorra  y anteojos de sol, porque no se pueden ir de allí sin pasar aunque sea un rato en esas playas.

Viajando de CDMX a Querétaro en el Omnibus de Primera Plus.

Para viajar hasta Santiago de Querétaro volar no era una alternativa viable. La única opción desde la CDMX era el vuelo de Aeroméxico que salía realmente una fortuna, así que decidimos buscar servicios por vía terrestre. Así dimos con Primera Plus y nos trasladamos  hasta la Terminal Central del Norte para tomar el micro correspondiente.

A pesar de no estar abordando un avión, la Central del Norte hace recordar a un aeropuerto. Está muy bien organizada y señalizada, como para que uno pueda moverse con facilidad dentro de la misma, y a su vez está dividida en salas de espera, cada una de las cuales además tiene asignada una determinada cantidad de dársenas.

La empresa Primera Plus tiene allí una sala de espera exclusiva, equipada con toma corrientes para poder cargar celulares o enchufar una laptop. Allí mismo está también la zona de recepción de equipaje, ya que a diferencia de cómo estamos acostumbrados en Argentina, aquí las valijas se entregan con anterioridad a abordar.

Otra similitud con los aeropuertos tienen que ver con los controles de seguridad, aunque en este aspecto hay algunos detalles que no se entienden bien. En cada una de las puertas que dan acceso a las dársenas hay instalados detectores de metales y scanners de control por donde se pasa el equipaje de mano. Lo inentendible es que luego de pasar por allí, el equipaje sea revisado físicamente por un oficial de policía al momento de abordar el micro.

Lo mismo sucede con los pasajeros. Luego de haber pasado por los detectores de metales (en donde si sonó la alarma te cachean), justo antes de subir al micro te vuelven a cachear. En otras palabras, los controles electrónicos en los accesos carecen de sentido ya que luego al pie del micro se dan los controles físicos.

 

Ahora sí, dejando de lado la infraestructura de la terminal, podemos hablar del excelente servicio de Primera Plus. Con micros muy cómodos y equipados con un wifi a bordo que funciona aceptablemente bien, cada uno de los asientos cuenta con su pantalla individual con entretenimiento a bordo que incluye una selección de películas, música, libros y juegos. Al subir, en cada asiento uno encuentra sus auriculares.

El pasaje incluye un refrigerio, así que antes de subir al micro uno puede elegir la bebida con la que acompañará “la bolsita feliz”. Agua mineral, jugos  y gaseosas son las opciones disponibles.

La bolsita contiene un sandwich con jalapeño (agarrate con el picante) y una barrita de cereales. Suficiente para pasar las horas que nos esperan arriba del micro.

De esta forma se viaja por tierra en México, una alternativa para aquellos destinos cercanos a CDMX, ya que en un país tan grande si uno se aleja mucho la mejor forma de transportarse será por avión. Pero sinceramente, al menos en nuestra experiencia, el nivel del servicio por bus es muy bueno, así que será una alternativa a considerar cuando estés por allá.

Reporte del Vuelo 4M7820: De Ezeiza a Miami con Latam Argentina.

Quiso el destino que por motivos laborales tuviera que viajar a Miami, así que allí me embarqué en el Boeing 767 con el que Latam Argentina realiza el vuelo directo entre la capital argentina y la ciudad preferida de los argentinos (al menos hasta hace poco) para hacer las compras.

El 4M 7820 despega a las 21:30 hs. y cuando llegué a Ezeiza, tres horas antes, no había prácticamente nadie. No tardé nada en despachar el equipaje, y enseguida me fui al puesto de aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes (llevaba también la laptop pero con la nueva regulación que permite traer una sin declarar ni abonar aranceles, y como no tenía pensado comprar nada de ese estilo, no hizo falta declarar la que  me llevaba).

Luego de una demora considerable ya que en aduana sí que había gente, pasé los controles de seguridad donde me hicieron sacar el cinto, pero no las zapatillas ni poner aparte la laptop que llevaba en la mochila. La novedad del viaje llegó al momento de hacer migraciones, donde una importante cantidad de gente hacía cola para pasar por los puestos, mientras que a un costado se veían solitarias las máquinas automáticas de autoservicio. Consulté a un funcionario de Migraciones y me indicó que andaban, así que me acerqué y scanie mi pasaporte en el primer lector. Luego de una pequeña demora la compuerta se abrió dejándome pasar. Al hacerlo, uno queda encerrado en una especie de exclusa. El segundo paso será escanear la huella digital, a cuyo resultado positivo la segunda compuerta se abre y permite el acceso a la zona de los gates. Rápido, simple y práctico: ya estaba formalmente fuera del país.

Realmente hacía rato que no viajaba al exterior y tengo que decir que, a diferencia de lo que fueron las inversiones en el área de la terminal de cargas, las inversiones que se hicieron en la zona de preembarque dieron sus frutos: ahora el espacio es amplio, luce super renovado y bien iluminado, e incluye asientos en excelentes condiciones, sillones y hasta unas mesas altas que funcionan como centros de trabajo, con toma corrientes para que puedas cargar tus baterías. Eso sí, los tomas USB que probé no funcionaban, así que tuve que buscar el cargador y utilizar el toma normal.

Incluso hay un área de recreación para los niños, en la que destaca por supuesto, el avión.

Cuando uno vuela a Estados Unidos debe considerar que hay controles adicionales, por lo que es conveniente llegar con anticipación al aeropuerto. De hecho los controles comienzan ya antes de entregar el equipaje, donde personal de seguridad te somete a un muy breve cuestionario con respecto al equipaje que estás llevando. Ya en la zona restringida del aeropuerto, antes de abordar en el gate, la gente de seguridad revisa además todo el equipaje de mano, por lo que el embarque demora bastante más de lo habitual. En mi caso, me llamó la atención que no me pidieran ver la laptop, pero en general la inspección es bastante exhaustiva.

Ya abordo del Boeing me encontré con un vuelo que iba full. Mi asiento era el 15D, pasillo izquierdo de la hilera central, y a mi lado viajaba una pareja con su bebé. Pensé que realmente iba a ser una tortura, pero nada más lejos de la realidad: el niño se comportó como un rey, comió y durmió todo el viaje, mejor que muchos adultos.

Aunque sigue sin convencerme el menú gourmet de Latam, los canelones que elegí para la cena estaban bastante aceptables. Para el desayuno, en cambio, elegí el sandwich de jamón y queso que me dejó con gusto a poco. Y entre ambas comidas algo que me sorprendió: una segunda pasada luego de la cena para ofrecer bebidas, entre las cuales hasta había whisky.

El mayor problema del vuelo tuvo que ver (supongo) con el hecho de que los B767 que opera Latam Argentina son bastante viejos. Cada asiento tiene pantalla individual en la cabecera, y si bien es táctil, su lentitud puede resultar algo exasperante. La opción es el control remoto ubicado en el apoyabrazos, pero que en mi caso, no funcionaba. Esto me dejaba además sin poder prender la luz de lectura (y por lo tanto me fue imposible leer nada) como así también sin poder llamar a la azafata, ya que ambas funciones se accionan desde ese aparatito.

El vuelo fue sereno y aterrizamos puntuales en el Aeropuerto Internacional de Miami, donde debido a la ubicación privilegiada de mi asiento (tener en cuenta la hilera 15) estuve entre los primeros en descender del avión y llegar a migraciones. Tipicamente argentino, el que iba adelante mio se mandó de una a la ventanilla de control, y el reto que se ligó fue digno de filmación, aunque claro, en esa zona las cámaras están prohibidas. Pero en el piso la linea blanca indica claramente “Espere aquí a ser llamado”, y bien que la policía se lo hizo notar (y perder el turno).

Y allí estaba yo, frente al oficial de migraciones y su tan temido cuestionario de admisión, que para mi sorpresa constó solamente de dos preguntas: cuántos días me quedaba y dónde. Sello, firma, “have a nice day” y ya estaba adentro de los Estados Unidos de América. Retiré la valija que llegó entre las primeras gracias a la marca de “Equipaje Prioritario” y pasé frente a los funcionarios de aduana sin que me consultaran ni revisaran nada más.

Por el ascensor subí al 2° piso de la terminal, donde está el área de “partidas” y por donde pasan los shuttles de los hoteles, que tienen recorridos y horarios fijos. Un punto a tener en cuenta: al momento de reservar el hotel en Miami, conviene chequear si ofrece el traslado gratis desde el aeropuerto. Es un servicio rápido y confiable, además de económico ya que sólo cuesta la propina que uno le quiera dejar al conductor. Y así sí, ya estaba en viaje hacia mi alojamiento, pero eso será cuestión de otro post.

Un momento de relax: el Salón Vip del Aeropuerto Internacional de Tucumán.

El viaje de un solo día a Tucumán es muy cansador: te levantás a la madrugada para abordar el vuelo de ida y el de regreso despega recién pasadas las 20 horas, con lo cual bien amerita que quien pueda y llegue con el tiempo suficiente, pase por la sala VIP para relajarse un poco.

El Benjamín Matienzo cuenta con una sala Aeropuertos Vip Club ubicada en la zona de embarque, que aunque pequeña, logra ser muy confortable. La tarjeta Priority Pass (que algunos bancos brindan de forma gratuita como parte de sus paquetes de productos) permite el acceso al vip, incluso con un acompañante sin abonar cargo alguno. A diferencia con lo que pasa en otros aeropuertos como el de Ezeiza, donde los horarios habilitados por Priority Pass son irrisorios y no le sirven casi a ningún viajero, en el Aeropuerto Internacional de Tucumán se puede ingresar de 7 a 22:30 y permanecer un máximo de 3 horas.

Para acceder hay que anunciarse por un teléfono ubicado sobre la pared que divide la zona de mostradores de check in con la zona de embarque. De esta forma personal del Vip se acercará hasta el acceso a las puertas de embarque, donde se chequearán los boarding pass, los DNI, y la tarjeta Priority Pass en sí. Con esto en orden, nos acompañarán a realizar los controles de seguridad, y luego nos indicarán cómo llegar a la sala Vip en sí.

La sala es pequeña, pero esos sillones valen oro luego de un día arduo de mucho trabajo y poco sueño. El vip está climatizado, obviamente, y al entrar te entregan la clave del wifi para que puedas navegar tranquilo sin usar datos. Un detalle: hay algún que otro toma, donde de hecho yo aproveché a cargar mi celular, pero en sí no parecieran estar pensados para la comodidad del pasajero que necesita, por ejemplo, trabajar con su laptop, ya son pocos y están distribuidos contra las paredes, en ocasiones lejos de los sillones.

La parte de servicio gastronómico parece pequeña, pero está bien atendida. Para comer tenés disponibles alfajorcitos, medialunas, galletitas, maní y snacks; mientras que para tomar podes prepararte café con la máquina, o abrir la heladera donde hay gaseosas, cervezas, aguas, chocolatada y también yogurth.

Al personal se le puede pedir copas de vino de los que se ven en el mostrador que hay para elegir, y también sandwichitos de miga, aunque estos no están a la vista, así que dato importantísimo para tener en cuenta cuando vayan.

Para pasar el tiempo hay revistas y una televisión, y por supuesto está la pantalla con la información de los vuelos, aunque cuando fuimos nosotros eramos muy pocos y la misma chica que estaba a cargo del vip nos avisaba cuándo teníamos que embarcar. Para los #avgeeks o enfermitos de los aviones como yo, el ventanal con vista a la plataforma es glorioso, y por supuesto sirve para darte cuanta cuando llega el avión que tenés que abordar, como el BFO de Latam.

Una vez que se hace la hora, el personal del Vip te avisa y te acompaña hasta el gate en la sala de embarque. De hecho hay acceso a la plataforma directo, así que en realidad se sale por ahí y se vuelve a entrar a la terminal, por la puerta por donde minutos después, luego de haber hecho el control del boarding en el gate, saldremos para finalmente abordar el vuelo.

Es una muy buena opción para estar algo más cómodo mientras se espera el vuelo (ni hablar si este se atrasa) y para tener una visión hermosa de la plataforma. La contra: aparentemente está solamente disponible para vuelos de cabotaje. Quizá algún lector pueda confirmar o corregir esta información. De ser así, considerando que Tucumán recibe vuelos regionales y que quizá esto se vaya ampliando cada vez más por la política aerocomercial del gobierno, sería bueno ver la forma de poder brindar este servicio diferencial a pasajeros que vayan a embarcar en vuelos internacionales.