Archivo de la categoría: Pueblos de Buenos Aires

El Fortín San Lorenzo de Navarro: Réplica fiel del puesto de frontera original.

Quién se acerque hoy manejando por la ruta 40 encontrará en Navarro una hermosa y cuidada ciudad donde se respiran aires muy tranquilos. Sin embargo esto nada tiene que ver con sus primeros tiempos, donde la vida en estos pagos era extremadamente agreste, y por demás agitada.

Hace 250 años atrás esta zona de la pampa bonaerense constituía la frontera, no con el exterior, sino con los asentamientos aborígenes. A consecuencia de los frencuentes malones con que los indios atacaban las poblaciones, el gobierno de Buenos Aires decidió ampliar el número de fortines que custodiaban el límite con “el desierto”. Entre tales fortines se hallaba el de Las Conchas, que luego diera origen al Fortín San Lorenzo de Navarro de la mano del pedido del comandante Juan Antonio Marín: la sequía hacía que el ganado se alejara de la zona custodiada y se dirigiera hacia la laguna para abastecerse de agua, por lo que quedaba a merced de la indiada. Así fue como, en 1767 se decidió la creación de la Guardia de San Lorenzo, a orillas de la laguna de Navarro, para poder custodiar mejor los animales.

Si bien el fuerte original estaba ubicado donde hoy se encuentra el jardín maternal de la municipalidad (lugar demarcado con un monolito), a varias cuadras de allí se levanta una réplica idéntica con el objetivo de darle una idea al visitante de cómo vivían en aquellas épocas esos 16 milicianos que dieron origen al pueblo.

Esta especie de museo fue creada con el esfuerzo de los vecinos que trabajaron duro para levantarlo, y dejarlo tal cual el original. Las dimensiones, la orientación cardinal y la distribución de las edificaciones de barro son una réplica exacta del fortín que se asentara en esta zona hace casi tres siglos atrás.

Allí pueden verse el dormitorio, el comedor y la comandancia (la más pequeña de las construcciones, ubicada entre medio de las otras dos), además del mangrullo que se distingue a lo lejos y hará las veces de “señalador guía” para aquél que no haya podido ubicar el lugar.

Dentro de los edificios pueden verse diversos implementos que permiten imaginarse un poco cómo era la rústica vida de los blandengues que custodiaban la frontera en aquellas remotas épocas. Allí dentro se cuenta también la historia de la chata cerealera “La Luz del Desierto”, que de hecho puede observarse estacionada debajo de un tinglado, en el exterior. Se trata de un carruaje de carga construido en la década de 1910, con capacidad para 11 toneladas de carga, y que trabajó en Navarro hasta el año 1965.

En el tinglado pueden observarse también otras máquinas de campo, y luego puede visitarse además la vieja estación de ferrocarril de Navarro, hoy ya en desuso, pero que formando parte del predio del Fortín San Lorenzo se ha aprovechado uno de sus cuartos para levantar la réplica de una pulpería.

La cantidad de cosas que pueden entrar en un cuarto tan pequeño puede resultar abrumadora…

La entrada a la Réplica del Fortín San Lorenzo es libre y gratuita y sólo se pide una colaboración, cuyo monto dependerá de la opinión de cada visitante. Ubicada en la esquina de las calles 121 y 22, es una excelente opción para viajar un rato al pasado cuando andes por Navarro.

Picada en Navarro: Almorzamos en el Almacén Museo La Protegida.

Llega el mediodía y no importa lo interesante que esté la visita al pueblo o ciudad de que se trate, la panza obliga a hacer un alto en el itinerario y buscar un lugar donde almorzar. Sin menospreciar al resto de la oferta gastronómica, en el caso de Navarro hay un lugar que se erige como el ideal para este bloguero y su pasión por lo antiguo y la historia.

En la esquina de las calles 30 y 19, el Almacén Museo La Protegida supo ser el emplazamiento del almacén de ramos generales del turco Emilio Mustafá, de origen sirio libenés, quién lo fundó en 1926 y que funcionó hasta su cierre en la década del ’70. El actual establecimiento gastronómico toma su nombre de la compañía de diligencias que, durante el siglo XIX unía Buenos Aires con Navarro trasladando no sólo pasajeros, sino también encomienda y correos.

En cuanto al mote de “museo”, este se debe a la enorme colección de antigüedades y artículos que conforman la decoración del lugar, tanto en el interior como en el exterior, y al hecho de que algunos cuartos que dan al patio sirven como salas donde se exhiben fotos de Navarro y distintas antigüedades.

Y bueno, si uno mira hacia arriba no debe extrañarse de encontrar un caballo tirando un carro…

Almorzar rodeado de una ambientación tan particular, y en un lugar con tanta historia, al menos para mi significa un condimento especial y ya vale la pena. Pero no puedo dejar de lado, por supuesto, el costado gastronómico, que en definitiva hoy en día es el corazón del lugar. El menú elegido fue tan simple como contundente: una tabla de fiambres para dos personas que no tiene desperdicio.

Obviamente en un lugar así, y con un museo a disposición, luego de almorzar fue momento de tomar la cámara y recorrer en detalle las paredes de La Protegida. Así dí con algo que me fascinó y estimuló mi curiosidad histórica un poco más: al lado del retrato de Dorrego una foto muestra la cruz en el punto exacto de su fusilamiento.

A partir de allí sería obligación identificar si aquél punto y la cruz aún existían, para lo cual consultamos al dueño del restaurante que muy gentilmente nos dio muy buen asesoramiento sobre Navarro y su historia.

Pero eso es cuestión de otro post.

 

La Pulpería de Juan Moreira, en Navarro.

Ubicada sobre la calle número 24, llamada ahora Av. Dr. Alfredo Sabate en honor a un reconocido historiador de Navarro, y que antiguamente fuera el Camino Real hacia Buenos Aires, se levanta con ladrillo a la vista el edificio más antiguo de la ciudad, con excepción de la iglesia. Se trata de la Pulpería de Juan Moreira, construída en 1823 a escasos metros del cementerio.

Allí nos atendió gentilmente Daniel, el dueño del lugar, oriundo de la zona sur del Gran Buenos Aires que pasa los fines de semana en Navarro, lugar de donde es su familia. Así es como un día compró el lugar y comenzó a restaurarlo con el objetivo de dejarlo tal cual como era en la época del tristemente célebre gaucho Juan Moreira. Y es que la pulpería actualmente lleva su nombre porque él vivía allí, a pocas cuadras, ya fuera en la casa de su suegro o en un hotel cercano, según fuera la ocasión, y por lo tanto solía frecuentar la vieja pulpería del Vasco Ochoa. Sin ir más lejos, Daniel nos cuenta que justo antes de cometer uno de sus crímenes a pocas cuadras del lugar, el gaucho paró en el local para tomar algo.

El lugar es pequeño pero así y todo se las arregla bien para albergar gran cantidad de cosas. En un esfuerzo por recrear el local lo más fielmente posible, Daniel descubrió la reja que separa el sector del pulpero del salón para los clientes, que había quedado empotrada dentro de una pared. También se dedicó a rastrear elementos que pertenecían a la pulpería para devolverlos a su sitio, como es el caso del “dispenser” ubicado sobre el mostrador.

Pero además Daniel es todo un coleccionista y apasionado por la historia, por lo que el lugar está repleto de antigüedades que nada tienen que ver con Juan Moreira. Entre todo aquello mi ojo clínico se posó sobre un nombre más que conocido: se trataba de una cigarrera de metal, viejo souvenir de vuelo de Lufthansa.

Y algo que no me hubiese llamado la atención si Daniel no hubiera estado ahí para explicar los detalles: colgada de una pared se encuentra una cerámica de tonalidades grises y blancas, que perteneció al increíble hotel Edén, en La Falda, Córdoba; aquél en el cual algunos creen que Adolf Hitler se ocultó luego de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, y luego de hacerle creer al mundo que se había suicidado en el bunker de Berlín.

Pero volviendo a lo local y a la ciudad de Navarro, pasamos un largo rato hablando con Daniel sobre la figura de Moreira y sus fechorías. Se trataba de un gaucho vecino del pueblo que tuvo la desgracia de enamorarse y casarse con la mujer que, a su vez, pretendía el teniente alcalde del pueblo, Juan Córdoba. Tanto que el mismo día del casamiento comenzaron sus problemas, al cobrársele una multa por haber hecho la fiesta sin autorización de las autoridades. A eso se sumó una deuda de $10.000 que un pulpero de la zona había contraído con el gaucho y que nunca le devolvió. Al denunciarlo, sin documentación que lo avalara como acreedor, Juan Moreira fue detenido durante 48 horas por el teniente alcalde, bajo el cargo de reclamar lo que no le pertenecía. Absolutamente indignado por esta injusticia, el gaucho se tomó represalia matando al pulpero de 10 puñaladas (una por cada $1000 que le debía) y a Córdoba. En esta última trifulca caerían también otros dos policías que estaban con el alcalde en ese momento, dando comienzo a la etapa del gaucho rebelde que se conoce sobre este personaje.

Claro que no podemos dejar de referirnos tampoco a la fase política de Moreira, ya que en un principio ligado al Partido Autonomista llegó a ser guardaespaldas de su líder Adolfo Alsina, para luego terminar enrolándose en el Partido Nacionalista. Eran épocas en las cuales los procesos electorales eran un tanto oscuros, y el voto se hacía a “viva voz”, por lo que los servicios de hombres como el que nos ocupa eran muy valorados por los partidos políticos a la hora de sumar votantes.

Pero no sólo de historias de gauchos se nutre la Pulpería de Juan Moreira. En el jardín, al costado del edificio, resalta una estatua. No estuvo siempre allí, sino que es originaria de Huacho, localidad peruana en la que el General San Martín desembarca luego de libertar Chile, para librar las últimas batallas por la independencia del extremo sur latinoamericano. Esta estatua estaba en la estancia que se le cedió al comandante argentino para que la utilizara como cuartel general durante la campaña libertadora en Perú. Y allí seguía en los años 60, cuando en aquella zona una reforma agraria había entregado esas tierras a los campesinos que quizá priorizando necesidades más básicas, poco inclinados estaban a valorar el arte y la historia. Así es cómo un militar argentino, de intercambio en Perú, se termina trayendo la estatua al país con el objetivo de salvarla de su inminente destrucción, y que luego de varias idas y venidas termina aquí, en los jardines de la pulpería, accesible a todos los que quieran pasar por Navarro a conocerla y enterarse de su historia.

Y eso no es todo. Porque como en todo lugar con tantos años, no podían faltar en este edificio las historias de fantasmas. Y allí está, colgada de una de las paredes, la lápida de Juan Crovetto, asesinado por el gaucho Moreira el 13 de octubre de 1905. De hecho, entre tantos objetos de colección, lo extraño no es encontrarse con esta pieza que más que a un museo pertenece a un cementerio. Lo sobrenatural es el mismo hecho de que esté allí, expuesta, en una pared en la que nadie la colgó, ya que simplemente apareció un día ahí.

Y hay más historias de fantasmas, aún más sorprendentes que la de la lápida, de esas que te erizan la piel al escucharlas. Pero esas no te las voy a contar yo. Si querés conocerlas, un fin de semana hacete unos kilómetros hasta Navarro, buscá la Pulpería al 1780 de la Av. Sabate (calle 24), y pedile a Daniel que te las cuente.

Un té en La Casa de Piedra de Colonia San Miguel, en Olavarría.

Salir a la ruta y recorrer las colonias alemanas del partido de Olavarría, como te contamos en el post que podés leer haciendo click aquí, puede dar hambre. Por eso, lo mejor es acercarse a Colonia San Miguel a la hora de la merienda, y buscar su famosa “Casa de Piedra”.

Así lo hicimos nosotros y con ayuda de Google Maps no fue difícil llegar al destino. Como su nombre lo indica, Casa de Piedra es una antigua construcción, de la época fundacional de la colonia, levantada literalmente con piedras. Su fisonomía le da un aspecto muy particular que hace pensar en lo acertados que estuvieron sus dueños al bautizar el lugar con aquél nombre.

Casa de Piedra es una casa de té de tradición netamente alemana, donde se puede degustar gastronomía de aquella zona del viejo continente. Según se indica, la especialidad del lugar es la torta rusa, pero nosotros no nos limitamos a probar esa únicamente, y nos inclinamos por un té acompañado por una buena variedad exquisitas tortas.

El interior del lugar es tan particular como su aspecto exterior. En la decoración destacan tanto las artesanías como las antigüedades, mezcladas de ese modo especial que quedan agradables a la vista y crean un lindo ambiente donde pasar un buen rato.

Casi obligadamente, mientras esperaba que llegara el té con las tortas pasé un rato caminando alrededor del salón admirando los detalles de la decoración.

Los carteles, no tienen desperdicio. Algunos de ellos merecieron su respectiva foto.

Más allá de la ironía, los precios son acordes a lo que te sirven. No porque no tengan grandes promociones donde comen 10 y paga 1 es un lugar caro. La calidad de los productos, muy buena. Un lugar de esos que hay que conocer, y donde hay que degustar cosas ricas porque no nos va a defraudar.

 

Como suele suceder en estas casas de té, la vajilla en la que te sirven es un capítulo aparte. En un rincón, una alacena era un buen resumen de lo que les digo.

En el exterior hay espacio también al aire libre, que de hecho cuando fuimos era donde estaba concentrada toda la gente. Se veía que habían estado almorzando algunas de las delicias que allí se sirven, seguramente algo de tradición alemana.

Casa de Piedra es un buen lugar donde hacer un alto en la excursión cuando estés por Colonia San Miguel. Para tenerlo en cuenta, cuando estés por los alrededores de Azul o de Olavarría.

Visitamos la ciudad de Rauch: mucho más que un punto en la Ruta Salamone.

Hacia el centro de la Provincia de Buenos Aires, a unos 277 kilómetros desde la capital federal, y cercana al conocido centro turístico de Tandil, se encuentra la ciudad de Rauch, cabecera del partido homónimo y en la que habitan algo más de 15000 habitantes según el censo del 2010.

Un fin de semana largo de Carnaval llegamos hasta la también cercana población de Azul, siguiendo el rastro de las obras del arquitecto Salamone, y estando allí no podíamos dejar de recorrer los pocos kilómetros que distaban de Rauch, especialmente considerando que su Palacio Municipal (cuya foto es la portada de este post) fue construido por este particular personaje que supo dejar su impronta en el interior bonaerense.

 

Pero esta tranquila ciudad que debe su nombre al militar Federico Rauch (activo participante a sueldo tanto en las Campañas al Desierto contra los indígenas como así también en las guerras civiles del país), no es solamente este edificio imponente que funciona como sede de gobierno. Por aquí pasó también en algún momento el tren, y como los lectores saben, las estaciones son una de nuestras debilidades.

Perteneciente al Ferrocarril General Roca, estas vías transportaban pasajeros hasta hace muy poco: en 2016 dejó de funcionar el servicio que conectaba la Ciudad de Buenos Aires con Tandil. Actualmente la infraestructura ferroviaria es  utilizada por los servicios de carga, y el la estación quedó para que entusiastas como nosotros se acerquen a sacarle fotos. Ojalá la situación cambie en algún momento, y que el edificio pueda recobrar la vida que merece.

Volviendo al centro, frente a la municipalidad está la Plaza Mitre, que a su vez está flanqueada por otras dos: las plazas Sarmiento e Independencia. Es una disposición bastante extraña que concentra mucho espacio verde en tres manzanas contiguas y te da una sensación de amplitud que no vas a encontrar en otros centros urbanos. Más que en una plaza central parecería que estás en los lagos de Palermo.

Allí destacan las esculturas, muy bien cuidadas y a su vez llamativas, como la del barrendero. La de Raúl Alfonsín es claro, mucho más esperable…

Si bien un lunes feriado no es el mejor día, Rauch es una ciudad que apuesta al turismo, e incluso cuenta con “la Isla de Servicios” en el ingreso a la ciudad, donde uno puede informarse de las opciones turísticas. Destacan, por supuesto, el Parque Municipal Juan Silva, ubicado sobre el arroyo Chapaleufú, y que hasta cuenta con un museo de historia local. Y en sus cercanías, cruzando las aguas del arroyo, se encuentra el histórico Puente Silva.

Construido en el año 1875, este viejísimo puente de bovedilla sigue en pie, y se lo puede cruzar con el auto sin ningún problema. Hoy en día no tendrás costo alguno, pero antiguamente, y hasta el año 1890, para pasar por el puente se pagaba peaje. Por las fotos tampoco te cobran nada, pero si te toca un día nublado como a nosotros, la verdad que valen un montón porque en mi opinión este cielo no tiene precio.

Otros puntos para recorrer (si vas un día que esten abiertos) son la Casa de la Cultura (una tìpica construcción en forma de chorizo que data de 1877), el Museo de Artes Plásticas, el Anfiteatro Rafael Arrieta y el Centro Cultural Vieja Usina.

Por último hay que decir que en las cercanías de Rauch se encuentra el Castillo San Francisco, centro y motivo también de nuestro viaje hasta aquellos parajes, pero eso será cuestión de otro post, ya que como merecido, le dedicaremos un post exclusivo próximamente.

Rauch ofrece una buena variedad de actividades para hacer, desde visitar lugares históricos o museos hasta grandes espacios al aire libre donde ir a pasar el día, tomando mates o jugar un picadito de fútbol. Camino a Tandil, es una excelente alternativa para hacer una parada en la ruta, e incluso para dedicarle uno o dos días completos.

Desde acá, un agradecimiento enorme a Nacho; amigo, lector del blog y oriundo de esta ciudad, quién nos pasó sus recomendaciones para esta visita. Seguramente volveremos para conocer los puntos que nos quedaron pendientes, y podamos compartir un rico asadito.