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Visitamos la ciudad de Rauch: mucho más que un punto en la Ruta Salamone.

Hacia el centro de la Provincia de Buenos Aires, a unos 277 kilómetros desde la capital federal, y cercana al conocido centro turístico de Tandil, se encuentra la ciudad de Rauch, cabecera del partido homónimo y en la que habitan algo más de 15000 habitantes según el censo del 2010.

Un fin de semana largo de Carnaval llegamos hasta la también cercana población de Azul, siguiendo el rastro de las obras del arquitecto Salamone, y estando allí no podíamos dejar de recorrer los pocos kilómetros que distaban de Rauch, especialmente considerando que su Palacio Municipal (cuya foto es la portada de este post) fue construido por este particular personaje que supo dejar su impronta en el interior bonaerense.

 

Pero esta tranquila ciudad que debe su nombre al militar Federico Rauch (activo participante a sueldo tanto en las Campañas al Desierto contra los indígenas como así también en las guerras civiles del país), no es solamente este edificio imponente que funciona como sede de gobierno. Por aquí pasó también en algún momento el tren, y como los lectores saben, las estaciones son una de nuestras debilidades.

Perteneciente al Ferrocarril General Roca, estas vías transportaban pasajeros hasta hace muy poco: en 2016 dejó de funcionar el servicio que conectaba la Ciudad de Buenos Aires con Tandil. Actualmente la infraestructura ferroviaria es  utilizada por los servicios de carga, y el la estación quedó para que entusiastas como nosotros se acerquen a sacarle fotos. Ojalá la situación cambie en algún momento, y que el edificio pueda recobrar la vida que merece.

Volviendo al centro, frente a la municipalidad está la Plaza Mitre, que a su vez está flanqueada por otras dos: las plazas Sarmiento e Independencia. Es una disposición bastante extraña que concentra mucho espacio verde en tres manzanas contiguas y te da una sensación de amplitud que no vas a encontrar en otros centros urbanos. Más que en una plaza central parecería que estás en los lagos de Palermo.

Allí destacan las esculturas, muy bien cuidadas y a su vez llamativas, como la del barrendero. La de Raúl Alfonsín es claro, mucho más esperable…

Si bien un lunes feriado no es el mejor día, Rauch es una ciudad que apuesta al turismo, e incluso cuenta con “la Isla de Servicios” en el ingreso a la ciudad, donde uno puede informarse de las opciones turísticas. Destacan, por supuesto, el Parque Municipal Juan Silva, ubicado sobre el arroyo Chapaleufú, y que hasta cuenta con un museo de historia local. Y en sus cercanías, cruzando las aguas del arroyo, se encuentra el histórico Puente Silva.

Construido en el año 1875, este viejísimo puente de bovedilla sigue en pie, y se lo puede cruzar con el auto sin ningún problema. Hoy en día no tendrás costo alguno, pero antiguamente, y hasta el año 1890, para pasar por el puente se pagaba peaje. Por las fotos tampoco te cobran nada, pero si te toca un día nublado como a nosotros, la verdad que valen un montón porque en mi opinión este cielo no tiene precio.

Otros puntos para recorrer (si vas un día que esten abiertos) son la Casa de la Cultura (una tìpica construcción en forma de chorizo que data de 1877), el Museo de Artes Plásticas, el Anfiteatro Rafael Arrieta y el Centro Cultural Vieja Usina.

Por último hay que decir que en las cercanías de Rauch se encuentra el Castillo San Francisco, centro y motivo también de nuestro viaje hasta aquellos parajes, pero eso será cuestión de otro post, ya que como merecido, le dedicaremos un post exclusivo próximamente.

Rauch ofrece una buena variedad de actividades para hacer, desde visitar lugares históricos o museos hasta grandes espacios al aire libre donde ir a pasar el día, tomando mates o jugar un picadito de fútbol. Camino a Tandil, es una excelente alternativa para hacer una parada en la ruta, e incluso para dedicarle uno o dos días completos.

Desde acá, un agradecimiento enorme a Nacho; amigo, lector del blog y oriundo de esta ciudad, quién nos pasó sus recomendaciones para esta visita. Seguramente volveremos para conocer los puntos que nos quedaron pendientes, y podamos compartir un rico asadito.

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Las imponentes obras del Arquitecto Salamone en Azul y Rauch

Cuando nos subimos al auto y encaramos la ruta hacia la ciudad de Azul el destino no había sido elegido al azar. Teníamos en mente dos objetivos principales, y uno de ellos era conocer parte de la monumental obra que el arquitecto Francisco Salamone levantó en varias localidades de la Provincia de Buenos Aires durante los años ’30. Azul, junto con la cercana Rauch concentraban varias de ellas, por lo cual decidimos que el feriado largo había que pasarlo allí.

De la mano de su entrañable amigo, el gobernador bonaerense Manuel Fresco, este arquitecto italo-argentino llevó adelante más de 60 impresionantes obras a lo largo de apenas 4 años (entre 1936 y 1940), distribuidas en diferentes localidades del interior de la provincia, en lo que hoy se denomina “La Ruta Salamone”. El objetivo era fomentar el crecimiento de algunos pueblos de la provincia, y el resultado está en pie hoy en día y sigue siendo imponente.

En Azul, la mano de Salamone ya se ve al momento de llegar, pues el Cristo que nos da la bienvenida con el Via Crucis detrás es obra de él.

La Plaza San Martín, en pleno centro de Azul, también es parte de sus diseños. Aunque no es lo espectacular que sus obras nos tienen acostumbrados, sí consta de características clásicas de Salamone, como ser las líneas rectas y la simetría. Sus rasgos se ven claramente en las farolas, los bancos, en la fuente central con la estatua del General San Martín y en las particulares baldosas, dispuestas de forma tal que parecen tener movimiento propio y producen una sensación de mareo al caminar.

Cerca de allí están las columnas de acceso al Parque Sarmiento, por las que pasamos de noche, y del otro lado de la ruta se encuentra prácticamente en soledad uno de sus íconos: el matadero municipal, que hoy ya no funciona como tal, y que fue uno de los más grandes construidos por el arquitecto.

Fiel a su estilo, la torre es impresionante y asemeja una cuchilla, como para que nadie se confunda…

Pero su obra maestra está en el cementerio de la ciudad y se trata del portal de acceso al mismo. Es realmente monumental: una mole de cemento que se alza vedando el paso a quién pretenda perturbar el descanso de los muertos, con una enorme estatua del Arcángel San Miguel haciendo guardia espada en mano, y tres imponentes letras que no deja lugar a dudas sobre a dónde hemos llegado.

Todo enorme, contundente, monumental y cuadrado, plagado de líneas rectas que le dan carácter y severidad al conjunto de la obra. Definitivamente, la mano de Salamone.

Luego nos alejaríamos varios kilómetros para visitar la contigua ciudad de Rauch, localidad de la que ya hablaremos más adelante, y cuyo palacio municipal es obra de este arquitecto casi devenido en artista. Su torre principal no deja lugar a dudas.

Así cerramos esta primer parada por la Ruta Salamone, con gran cantidad de obras para fotografiar y disfrutar. Espero poder seguir recorriendo la provincia y tocando el resto de los puntos donde el arquitecto ha levantado sus descomunales edificios. A medida que lo vaya logrando, se los iré haciendo saber por este mismo medio.

Llegamos hasta el Paraje Egaña, y conocemos su estación.

En la zona central de la Provincia de Buenos Aires, cerca de la localidad de Azul de la cual hablamos en el post al que podés acceder haciendo click aquí, y perteneciente al Partido de Rauch, hay una muy pequeña población llamada Egaña. Hasta allí llegamos durante el feriado de Semana Santa para conocer su castillo, y su estación de ferrocarril.

Sobre el castillo ya hablaremos más adelante, porque visitarlo fue uno de los motores del viaje a Azul y alrededores, y merece un post exclusivo. Pero cerca de él, aunque transitando por un camino de tierra, bastante abandonado a la vera de la vía del tren, se llega hasta este caserío donde el protagonismo se lo lleva el edificio de la estación.

Si bien en este momento no funciona, la Estación Egaña pertenece al Ferrocarril Roca y hasta hace algunos años atrás por su frente pasaba (aunque sin frenar según tengo entendido) el servicio que Ferrobaires tenía entre Constitución y la cercana y muy turística ciudad de Tandil.

Cruzando hacia el otro lado, frente a la estación hay un solitario vagón de madera, que por supuesto resulta muy fotogénico. El lugar está además acondicionado como un pequeño parque donde no falta alguna mesita, ideal para pasar una tarde de sol tomando mates al aire libre.

La familia Egaña, quienes eran dueños de los campos de la zona, fue la que cedió los terrenos para que se instalara la estación de ferrocarril que comenzó a funcionar en 1891. Como suele suceder, la llegada del tren transformó el paraje dándole un gran movimiento mientras funcionó. Luego, la suspensión de los servicios decretó prácticamente la desaparición del pueblo de Egaña.

Si bien no se veía un alma en la calle, tanto lo cuidada que están la estación y el parque de recreación que hay frenta a ella, como el perfecto estado en que se encuentra la pequeña capilla que se alza cruzando la calle, denotan que en Egaña hay habitantes, y que se ocupan del cuidado de su patrimonio.

No habrá mucho para hacer en este paraje, pero su estación de ferrocarril bien vale una visita para quién guste de la fotografía. Allí la visita se alargará un poco, en busca del encuadre correcto, mientras se juega con los elementos que hay a mano.

Y por supuesto si uno llega hasta allí, el Castillo de Egaña es una parada obligada. Pero eso es materia de otro post, así que te espero en Ahicito Nomás para descubrilo pronto.

¡Hasta entonces!

Entramos al Monasterio Trapense de Azul.

En la ruta que une la localidad de Azul con el paraje de Pablo Acosta hay gente que, especialmente durante los fines de semana soleados, hace una parada intermedia en el Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles. Allí, detrás de una frondosa arboleda, la bella arquitectura de las construcciones de ladrillo a la vista contrastan con los diferentes tonos de verde que se aprecian en los campos de los alrededores.

Nosotros hicimos dos visitas cuando pasamos Semana Santa en Azul. La primera fue el mismo Viernes Santo, donde el hermoso parque que los monjes cuidan celosamente estaba repleto de familias y amigos que aprovecharon el sol de la tarde para pasar el día al aire libre en compañía de mates y bizcochitos. Pero en ese momento estaban dando misa, por lo que no se podía tomar fotos dentro de la iglesia, así que luego volvimos otro día, ya de regreso después de haber almorzado en El Viejo Almacén. Y ahí sí, pudimos ingresar y conocer el templo por dentro.

Aunque los monjes acababan de celebrar una de las tantas misas diarias que llevan adelante en el monasterio, delatados por los cantos gregorianos que se escuchaban en el vestíbulo, cuando entramos ya no quedaba ninguno. Lo que sí quedaba era un silencio profundo y extremadamente agradable. Imposible evitar sentarse en uno de los banco de madera, en solitario, a contemplar la iglesia o bien cerrar los ojos y, simplemente, disfrutar de ese delicioso ambiente que sin un solo sonido transmite paz. Una sensación difícil de explicar en palabras, pero muy convincente cuando estás allí, sintiéndola.

El monasterio surgió en Argentina en el año 1958, luego de que una reforma de la rama benedictina iniciada en La Trapa, Normandía, Francia, llegara hasta América Latina previo paso por Norteamérica. De allí proviene la denominación “trapense”, haciendo referencia a la ciudad de origen de esta orden.

Se trata de un monasterio de clausura, donde los monjes realizan vida contemplativa, dedicando su tiempo a la oración, tanto individual como comunitaria, retirados de la sociedad para dedicarse enteramente a Dios. Asimismo deben trabajar para mantener el edificio y para su propia subsistencia; desde hacer las reparaciones necesarias hasta preparar la comida. Para solventarse económicamente, los monjes se dedican a la agricultura y la ganadería, principalmente, además de fabricar artesanías. La vista de los campos aledaños desde el predio eclesiástico está llena de matices de verdes.

Pero allí no solo hay monjes. Si bien el paso a los visitantes está vedado más allá del parque y de la iglesia (en la que cualquiera puede presenciar las misas), contigua al edificio principal hay una casa de retiros donde uno puede hospedarse y así vivenciar lo que es la vida de los monjes y realizar su propio retiro espiritual. Todo en el más absoluto silencio, por supuesto.

Incluso se sabe que el presidente Carlos Menem estuvo alojado en el monasterio, aunque en una época donde la casa de retiros todavía no existía, y en la que seguramente su nombre no estaba tan devaluado por los hechos de corrupción que se conocieron luego de su gobierno. Pero no es el único famoso: es habitual que en estas habitaciones se reciban a diferentes personalidades que seguramente buscan encontrar algún momento de paz.

Incluso, según se dice, aquí vivió en algún momento uno de los tripulantes del Enola Gay, el imponente bombardero norteamericano B-29 que se hizo mundialmente famoso por haber lanzado la bomba nuclear sobre Hiroshima a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945. Devastado luego de haber sido responsable de la muerte de más de 80.000 personas en apenas un instante, alguno de sus once tripulantes habría elegido recluirse en uno de los monasterios de la orden para dedicar el resto de su vida a Dios, y el de Azul pareciera haber sido el destino elegido. Pero esa es una historia que seguramente quede así, como una leyenda imposible de comprobar, pero que le dará una mística especial a este lugar.

Si alguno de los lectores quiere realizar un retiro, o incluso convertirse en monje, deberán ponerse en contacto, para lo cual los datos están disponibles en la página web a la que pueden acceder haciendo click acá. Sino, simplemente pueden ir a conocerlo, como hicimos nosotros, siempre manteniendo el más profundo respeto, y en silencio. De esta forma también nos vamos nosotros, sin hacer ruido, hacia el próximo destino de Ahicito Nomás.

¡Allá te espero!

Visitamos el Museo Municipal de Hinojo.

Cuando uno llega hasta la vieja estación de tren de Hinojo inmediatamente nota lo bien mantenida que está. No es que esté en pleno funcionamiento, ya que si bien operan allí aún los trenes de carga, los de pasajeros dejaron de pasar hace ya largo años, desde 1985. Lo que sucede es que allí funciona el Museo Municipal de Hinojo, un lugar fundamental para visitar si uno quiere conocer sobre la historia de este pueblo.

Allí encontramos a Noelia, estudiante de antropología apasionada por la historia, y más si se trata de la de su lugar. Ella nos cuenta sobre cómo trabajan a pulmón para llevar adelante este proyecto que financia la municipalidad de Hinojo y que desde el viejo edificio te lleva atrás en el tiempo hasta la época en que en aquellos bancos de madera (originales, nos acota Noelia) la gente esperaba ansiosa la llegada del tren.

Y la estación resulta el punto ideal para poner un museo ya que el tren fue fundamental en la historia del pueblo. Teniendo su origen como posta y punto de descanso de viajeros y caballos que iban a Azul o Tandil, Hinojo tomó impulso con la llegada del ferrocarril en 1883. Su playa de maniobras era de las más importantes del país en aquella época, ya que hasta allí llegaban las mercaderías tanto de la actividad agrícola como de las canteras de piedra de la zona, para seguir viaje en el tren.

Se trata de una estación con mucha historia, ya que se dice que en 1933 Gardel vino al cine de la cercana Olavarría, y al regreso el tren paró en Hinojo, lugar en el que el tanguero cantó algunas piezas para los presentes. Otra personalidad ilustre que paró allí fue la mismísima Evita, cuando acompañaba a Perón en su campaña electoral y varias personas se instalaron sobre las vías para obligar a que el tren frenara. Lejos de ofuscarse por la interrupción del viaje, Evita se apeó y regaló aviones de madera para los niños del lugar.

También allí hicimos un curioso descubrimiento: de dónde viene la expresión “croto” para señalar a los linyeras. No es ni más ni menos que un derivado del apellido del gobernador bonaerense Camilo Crotto, allá por el 1919, quién dispuso que los desempleados que viajaban en tren para buscar trabajo en los campos linderos no debieran pagar pasaje. Así, la gente comenzó a referirse a ellos como “los de Crotto”, que luego se abrevió como “los crottos”, ganando vigencia hasta nuestros días.

Y por supuesto, nos enteramos también del por qué del nombre del pueblo, siendo que cuando llegó el ferrocarril el pueblo se alimentó de inmigrantes italianos, que llegaban desde su tierras trayendo las semillas que tanto aprecian. Para los italianos el hinojo es símbolo de prosperidad, y en estas tierras se propagó fácilmente impregnando el aire de su característico aroma. No hay que confundirse entonces con la lindera Colonia Hinojo, cuyos habitantes tienen raíces alemanas.

El piso de arriba no está apto para ser visitado. Allí vivía el jefe de estación y hoy en día es un ámbito reservado para el uso del personal del museo. Lo que sí se puede visitar es una sala contigua donde se exponen fotos comparativas del Hinojo del pasado con el actual, mostrando el mismo punto, casi desde el mismo ángulo, pero en dos épocas totalmente distintas. Allí mismo, sobre una mesa, descansan varios álbumes de fotos personales que fueron donadas por los habitantes del pueblo, y que dan cuenta de lo que era la vida en aquél lugar durante el siglo pasado.

Y por supuesto no podíamos dejar afuera la primer camiseta del Club Atlético Hinojo, especialmente teniendo en cuenta que el pueblo tuvo su equipo femenino, todo un avance de género para la época.

Y qué mejor forma de finalizar el post que con una historia de amor como la de Angel Bardi, uno de los primero pobladores del lugar que después de diez años volvió a Italia para buscar a su novia, casarse con ella, y traerla hasta este lugar, donde la había construído una casa exactamente igual que la que tenía en Rapallo, su pueblo europeo. La casa aún está en pie, frente a la estación, y aunque desde hace tiempo se tiene la idea de armar allí un museo, los herederos no logran ponerse de acuerdo y la casa permanece abandonada.

Las fotos exteriores de la estación se las debo. Como el tren de carga sigue operando, la municipalidad optó por cerrar el acceso al anden para evitar cualquier posibilidad de accidentes. Si bien es una lástima no poder fotografiar la estación desde afuera, por otro lado suena criterioso. Así que de esta forma nos despedimos del Museo Municipal de Hinojo. Espero que vos también puedas visitarlo!