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Visitamos el Palacio Nacional de Guatemala.

En pleno centro histórico de la ciudad, justo frente a la Plaza de la Constitución, se alza el imponente edificio del Palacio Nacional de la Cultura de Guatemala, antigua sede del gobierno del país centroamericano que funciona hoy como museo albergando en su interior distintas colecciones de artistas guatemaltecos que los visitantes pueden apreciar, además de ser utilizado para eventos protocolares por parte del Poder Ejecutivo, y ser el kilómetro 0 para todas las rutas que salen de la ciudad de Guatemala.

 

El ingreso al recinto cuesta Q40 (quetzales) para los extranjeros, mientras que para los nacionales guatemaltecos la entrada es libre y gratuita. El cronograma de la visita puede verse restringido en algunos días y horarios, de acuerdo a las actividades oficiales que se realicen en el Palacio. De hecho, durante nuestra visita se estaban desarrollando algunas reuniones, así que en principio no podríamos subir a la planta alta del edificio.

El edificio fue levantado por orden del general Jorge Ubico, en ese entonces presidente de Guatemala, e inaugurado el 10 de noviembre de 1943. Se trata de una construcción simétrica, con un cuerpo central y dos laterales exactamente iguales, tal como puede notarse fácilmente al contemplarlo desde la plaza. Además, fue el primer edificio de la ciudad en ser construido con técnicas antisísmicas. Un detalle interesante: para levantarlo se aplicó la ley de vagancia, que implicaba que quienes eran encontrados en los bares de la ciudad entre las 7 y las 16 hs. fueran detenidos y obligados a trabajar en la construcción. De hecho, así se desarrolló gran parte del urbanismo de la ciudad, y la sede gubernamental no fue una excepción.

Tal como nos indicó la guía que nos acompañó durante la visita, en su interior el palacio es ecléctico, ya que muestra una mezcla de estilos entre los que resalta el árabe ya que el general era un entusiasta de esta cultura. Esto se puede ver claramente en las fuentes del patio interior, las cuales, según se dice, debían funcionar constantemente mientras Ubico caminaba por aquellos pasillos a fin de que sus conversaciones no pudieran ser escuchadas por oídos indebidos.

Otro detalle que resalta casi permanentemente son los relojes. Hay una buena cantidad distribuidos por el edificio, todos ellos de marca Ericcson, y deben su presencia a que el general gustaba casi obsesivamente de la puntualidad.

En la planta baja del edificio puede apreciarse piezas de la arquitectura del edificio, como ser los contundentes faroles que, al estar apoyados sobre el suelo, se presentan en toda su dimensión, la cual es imposible de apreciar en los que están colgados del techo, por una cuestión de mera perspectiva. También hay una maqueta del edificio, y lo alto de las paredes se aprecian los coloridos vitrales, muchos de los cuales llevan aún las marcas de los daños producidos por el atentado de 1980, cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres hizo explotar un auto-bomba para evitar la concentración popular en apoyo al entonces presidente Lucas García.

Asimismo, traspasando el patio con sus fuentes, el visitante llega a un ámbito separado. La Galería Kilómetro Cero cuenta con una exposición de pinturas y obras de artistas nacionales que el tour permite apreciar con tranquilidad.

Y básicamente allí se terminaba todo. Haciendo gala de la hospitalidad que caracteriza a los guatemaltecos, la guía se había realmente esmerado en las explicaciones y contestando las dudas que surgían, pero no había mucho más que mostrar y el acceso al resto del edificio estaba vedado. Pero para mi sorpresa, siendo que yo era extranjero, que probablemente no tendría otra oportunidad de hacer la visita y, por último, que había pagado 40 quetzales, la guía consiguió (sin que nadie se lo pidiera) que un colega de ella me acompañara por las escaleras para ver los murales del primer piso. Porque, además, esos murales son una de las joyas artísticas del Palacio y ninguna visita puede entenderse por “hecha” si no los incluyó.

Así fue como subimos, y acompañados de este otro funcionario traspasamos algunos salones cerrados para el resto del público, hasta llegar al descanso de las escaleras donde se podían ver tamañas obras de arte. Algunas representando la mitología maya (cultura muy presente en la vida guatemalteca), o incluso retratando al Quijote de la Mancha. El mural más impactante en mi inexperta opinión es el que representa la unión de las dos razas y el nacimiento de los mestizos, con una mano blanca que se entrelaza a una morena, protegiendo el casamiento de un soldado español con una princesa indígena.

Ahora sí, podíamos decir que la visita estaba completa. El Palacio Nacional de Cultura es un excelente lugar para adentrarse un poco más en la cultura de Guatemala, conociendo un poco de su historia y los personajes que la protagonizaron, y admirando la obra de sus artistas. Definitivamente, uno de los imperdibles cuando se visite este país centroamericano.

Visitamos el Castillo San Francisco, en Egaña, y conocemos sus misterios.

Como ya he contado en otras oportunidades, la idea del viaje a Azul surgió por un objetivo puntual que nos habíamos impuesto: queríamos conocer el Castillo San Francisco. Así es como un día de aquél fin de semana largo nos subimos al auto y manejamos hasta Rauch, el pueblo cercano cuyo post pueden leer haciendo click aquí.

Llegar hasta el castillo no será una tarea del todo sencilla ya que el camino asfaltado está en muy mal estado, así que habrá que conducir muy lentamente y con mucho cuidado, esquivando pozos por doquier. Basado en esta experiencia, creo que equivoqué la elección del camino: el acceso por camino de tierra, salvo que se embarre mucho en caso de lluvias, debe ser mucho mejor opción.

Una vez sorteado este obstáculo se llega finalmente a la majestuosa construcción que alguna vez fuera la casa principal de la Estancia San Francisco, de la cual recibe su nombre. Rodeada de altos árboles que la esconden muy bien de quienes transiten los caminos alrededor, el castillo, aunque abandonado y prácticamente en ruinas, aún hoy se levanta imponente. Recortándose contra el cielo nublado y el espeso follaje, su fisonomía es un disparo obligado para todo aquél amante de la fotografía que pase por allí.

Una de las cosas más llamativas es que el castillo parece no tener fachada, o mejor dicho, todas sus caras parecen ser la fachada. De cualquiera de los cuatro lados por donde se lo mire bien podría tratarse del frente, mientras que ninguno de ellos podría ser considerado como “la puerta de atrás”. Se trata de una mansión impresionante, no sólo por la elaborada arquitectura que muestra (que de hecho tiene una mezcla importante de estilos convirtiéndola en ecléctica), sino también por su fascinante historia que comienza con su construcción por parte del arquitecto Eugenio Díaz Velez (nieto del Díaz Velez protagonista de la independencia argentina y de quién heredó estas tierras) en 1918. Los trabajos se remontarían hasta 1930, año en que se terminaron y finalmente se organizó la inauguración.

En ese mismo momento comienzan los misterios que rodean el lugar, pues según se cuenta una gran cantidad de invitados de la alta sociedad se acercaron hasta el lejano paraje para participar del impresionante banquete de inauguración. Pero ya con todo dispuesto lo que llegó fue la macabra noticia de que el dueño de casa no podría asistir: había fallecido en su casona de Barracas, Buenos Aires. Ante semejante drama los invitados se retiraron y la viuda ordenó dejar todo tal como estaba, con las mesas puestas incluso, y cerrar todo con llave. Y así quedó todo por 30 años: los manteles en las mesas, con los platos y copas encima, y cerrado hasta que el gobierno de la provincia de Buenos Aires expropió el lugar.

Bajo la administración del gobernador Oscar Alende el predio fue loteado y cedido a pequeños productores bajo la iniciativa de la reforma agraria, y lo que quedaba del mobiliario fue subastado. Pero con la construcción en sí no se supo qué hacer y quedó abandonada hasta que en 1965 fue cedida al Consejo Provincial del Menor para ser convertida en un hogar granja. Se hicieron algunos trabajos de adaptación, como el cambio de pisos caros y griferías originales, pero en vez del hogar lo que comenzó a funcionar en el lugar fue un reformatorio.

El fin de esta etapa está marcado por otro hecho que suma un grano más a los misterios del castillo. Hacia fines de los años ’70 uno de los internados emboscó al encargado del lugar y lo mató a tiros. Por supuesto, donde hay muertes violentas hay historias de fantasmas y el Castillo San Francisco no es la excepción, aunque nosotros no podamos decir que vimos ni escuchamos ninguno.

Así el hermoso edificio quedó abandonado una vez más y su destino más seguro parecía ser la demolición. Es por eso que desde hace unos años un grupo de vecinos de Rauch ha unido esfuerzos para recuperar el castillo. Son ellos quienes realizan el mantenimiento mínimo necesario para que la construcción pueda visitarse los domingos, te cuentan sobre su historia y hacen lo que pueden para reemplazar a un Estado totalmente ausente. Para las visitas se pide una colaboración de $50 por persona que sirve para cubrir algunos costos básicos.

De esta forma el visitante puede admirar la arquitectura del lugar, pero también puede aventurarse al interior de la construcción. Desde hace ya un tiempo a los pisos superiores no se puede acceder, porque sería peligroso, pero el recorrido por la planta baja bien vale la pena, aunque por momentos haya que hacer caso omiso del fuerte hedor del excremento de palomas que inunda algunas áreas de la casa.

Recorrer las distintas habitaciones de la casona es una experiencia que inevitablemente lleva al visitante al pasado. El amplio living con los ventanales hace pensar enseguida en un baile al calor del fuego encendido en el hogar, seguramente ese haya sido el ambiente donde se organizó el banquete de inauguración que finalmente se vio truncado. Paseando por la vieja cocina, en cambio, es fácil imaginar el ajetreo de los empleados del reformatorio en el horario de la comida.

Más allá del castillo en sí, que es por supuesto la atracción principal, el grupo de vecinos desarrolla también otras actividades extras en el predio, como es el paseo hasta la casa del encargado, a varios metros de la construcción principal, y que primero desemboca en un viejo tanque de agua que hace las veces de mirador si uno se anima a trepar hasta lo alto (con cuidado porque algunos escalones faltan y otros están flojos), y a La Matera.

Otro camino que se interna en el bosque nos llevará hasta el bañadero de ovejas, aunque como no está bien demarcado puede ser que se pierdan como nos pasó a nosotros. Tranquilos, muy lejos no van a ir, porque al llegar al alambrado no quedará otra que desandar el camino, y buscar otra alternativa, hasta dar con la canaleta por donde pasaban las ovejas de un corral a otro, y en ese paseo se aprovechaba para pegarles el tan merecido baño.

En los alrededores de la casa principal se han dispuesto bancos y juegos para niños. Combinado con el espíritu de aventura y amor por el misterio que tienen los chicos, se me hace que este es un paseo ideal para llevarlos a que exploren, se diviertan e incluso a que se interesen un poco por la historia. Eso sí, habrá que seguirles el tren para supervisarlos y evitar que se lastimen por meterse donde no deben.

Y para los adultos apasionados por la historia, los misterios y las casas abandonadas, es un lugar de paso casi obligatorio, así que a no perdérselo.

Si querés leer otros posts de Azul, los encontrarás en haciendo click en este link.

Freedom Tower: La Torre de la libertad (cubana) en Miami.

Ubicada en pleno centro de la ciudad de Miami, frente al American Airlines Arena de los Miami Heats y a pocos metros del centro comercial y turístico Bayside, le elegante Freedom Tower se levanta solemne con su antigua y vistosa arquitectura de comienzos del siglo pasado, haciéndole frente a los altos y vidriados rascacielos que tiene alrededor. Se trata de un lugar icónico en la historia de Miami, y en particular, de la migración cubana hacia Estados Unidos a la llegada del régimen comunista de Fidel Castro en la isla caribeña.

Construida en el año 1925 como sede del periódico The Miami News la cariñosamente llamada “Torre de la Libertad” pasó por varios estadíos antes de convertirse hoy en día en el hogar de Museo de Artes y Diseño (MDC Museum of Art and Design), el más importante de los cuales le valió ser incluida en el Registro Nacional de Lugares Históricos.

Cuando Fidel Castro toma el poder en la vecina Cuba en el año 1959 coronando el triunfo de la Revolución Cubana e instaurando el régimen comunista que prácticamente llegó hasta nuestros días, gran cantidad de cubanos se vieron obligados a huir del país y encontrar otras alternativas de vida. Una gran parte de aquél éxodo, si no todo, fue a parar a Estados Unidos, ingresando a través de Miami luego de cruzar el mar. Entre los años 1962 y 1974 el gobierno americano tomó este edificio para convertirlo en el centro de refugiados donde se les dio el primer hospedaje y asistencia a los exiliados.

Así queda patente y palpable en la muestra The Cuban Exile Experience que da testimonios principalmente gráficos de lo que ocurrió durante aquellos años, en aquél mismo lugar. Al momento de mi visita, también podía verse la íntima relación del edificio con la comunidad cubana norteamericana a través de la muestra Cuban Streams: 1855 – 1965, una interesante muestra de fotografías proyectadas que retratan la cultura cubana durante más de 100 años, incluyendo daguerreotipos, convirtiéndola en una exposición fascinante no sólo para cubanos y entusiastas de la historia, sino también para los amantes de la fotografía.

Cuando visité la torre tuve la “suerte” de que no  hubiera ninguna exposición de arte en ella, por lo que pude apreciar sus salones vacíos, llenos de columnas que sostienen los arcos del techo, y todo el esplendor de su arquitectura. Pero además, en una de las paredes, resaltaba solitario el imponente mural del “Nuevo Mundo”, recreación de un tapiz de los años ’20 que fue recreado en 1987 durante las obras de restauración del edificio.

El mural muestra la imagen de Ponce de León y el jefe Tequesta frente a un mapa del nuevo mundo. Ambas figuras están flanqueadas por una cantidad de símbolos de conquista, poder militar, mito y aventura.

Otro punto alto de la Freedom Tower (y no hablo en sí de la altura del edificio) puede encontrarse en Kislak Center que alberga justo en la punta contraria al mural. En un ambiente separado y vidriado para mantener las condiciones de humedad y temperatura, la colección que allí se exhibe incluye manuscritos, libros, mapas y artefactos de las épocas más remotas, testimonios aún vivos de lo que fue la llegada de los españoles a América y la vida de las culturas precolombinas de nuestro continente en aquellos agitados días. Los documentos de puño y letra del conquistador Pizzarro son ejemplo de lo que digo:

La Torre de la Libertad, bautizada así por los exiliados cubanos que encontraron en ese edificio el apoyo que necesitaban para rehacer sus vidas, es una mezcla perfecta de historia y cultura, enclavada en el medio de la ciudad que quizá, (al menos para los argentinos) podría considerarse como la capital por excelencia del consumismo. Porque, sépanlo, Miami no es solamente shopping, bien vale la pena una visita.

Un teatro devenido librería: El Ateneo Grand Splendid.

Se sabe ya que la ciudad de Buenos Aires guarda cantidad de joyas. En cuanto a librerías se refiere, sin lugar a dudas la joya porteña es la hermosa El Ateneo Grand Splendid, cita en la Av. Santa Fe al 1860 en lo que antiguamente supo ser el cine teatro que hoy le da (al menos en parte) su nombre.

Inaugurado el 14 de mayo de 1919, el Grand Splendid contaba con cuatro hileras de palcos, 500 butacas, refrigeración, calefacción y techo corredizo. Diseñado por los arquitectos Peró y Torres Armengol, y construído en el lugar donde anteriormente había funcionado el Teatro Nacional, fue el escenario de las actuaciones de grandes personalidades de la época, incluyendo a Carlos Gardel.

Hoy en día ya no funciona allí el cine teatro. El Grupo Ilhsa se hizo cargo de la administración del lugar a partir del año 2000 e instaló la sucursal más importante de la famosa cadena de librerías El Ateneo. Sin embargo, no resulta difícil imaginarse cómo eran los espectáculos en los buenos tiempos del teatro, ya que todo ha quedado igual. Luego de los trabajos de restauración y remodelación, que demandaron un buen monto de inversiones y se realizaron respetando siempre la obra original, la empresa ha logrado adaptar el recinto a las necesidades de una librería, manteniendo la estructura del teatro original.

Así pueden apreciarse las estanterías de libros distribuidas por el salón principal y por los pisos superiores, con vista al escenario que hoy en día funciona como cafetería donde uno puede tomar algo al tiempo que hojea el ejemplar que le haya interesado. Los palcos, a su vez, sirven como salas de lectura.

La cúpula, intacta, es una verdadera obra de arte del pintor italiano Nazareno Orlandi.

Además del salón principal de la planta baja, donde hay una enorme cantidad de libros organizados por diferentes temáticas, uno puede desplazarse por el teatro – librería en busca de otras ofertas. En el primer piso se encontrarán temáticas específicas, mientras que el segundo está reservado para la música y las películas.

A través de las escaleras mecánicas se accede al subsuelo, donde también hay CDs de música, y se encuentra el sector reservado para los niños: Ateneo Junior.

Definitivamente El Ateneo Grand Splendid es la librería más linda de Buenos Aires. Pero no solo eso, a partir del 2008 ha tomado relevancia internacional, ya que se posicionó en el segundo puesto del ranking de las librerías más destacadas del mundo de la publicación británica The Guardian.

El primero puesto se lo llevó la librería Boekhandel Selexyz Dominicanen de Maastricht, Holanda, emplazada en una antigua iglesia de más de 800 años. Así que el segundo puesto no está nada mal…

El Ateneo Grand Splendid es un punto obligado para todo aquél que ame los libros y pase por Buenos Aires. Y un buen lugar para pasar a visitar y fotografiar para cualquiera que esté de visita (o simplemente viva) en nuestra ciudad. Está abierta de lunes a jueves de 9 a 22 hs., viernes y sábados hasta las 12 de la noche; y los domingos de 12 a 22. Horario super amplio, así que no hay excusa para entrar y sumergirse en la lectura de un buen libro, tomando un café e imaginando las obras que pasaron por aquél escenario histórico.

El Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, México.

Difícilmente haya algún mejor emplazamiento para el Museo Nacional de Historia mexicano que el Castillo de Chapultepec donde se encuentra desde 1940 cuando el presidente Lázaro Cárdenas ordenó que así fuera. Dentro de la primera sección del bosque homónimo del que ya hablamos en un post anterior, en la cima del cerro que le da nombre, se levanta esta imponente construcción erigida por mandato del virrey Gálvez en 1780.

A lo largo de la historia el castillo ha tenido diferentes funciones. Pensado originalmente como residencia del virrey fue también sede del Colegio Militar e incluso almacén de pólvora. Para 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo lo convirtió en su lugar de residencia, uniéndolo con el centro histórico de la ciudad a través de la construcción de un boulevard de estilo parisino que hoy en día es ampliamente conocido como el Paseo de la Reforma. Luego, pasaría a funcionar como residencia presidencial, hasta la decisión de Cárdenas de donarlo al pueblo.

Recorrerlo es casi obligatorio cuando uno visita la Ciudad de México. La entrada general vale MXN 70 y permite utilizar cámaras de fotos sin flash (incluídas las reflex), no así filmadoras, por las que se debe pagar un canon extra. Antes del ingreso, en los lockers que cuestan MXN 10 se pueden dejar las mochilas y carteras que se lleven encima, incluyendo la comida y bebida que tuvieran ya que no se puede ingresar con ellas al castillo.

Son un total de 15 salas dedicadas a la  historia mexicana desde la llegada de los españoles hasta el siglo XX, destacándose la época colonial, la sala 6 dedicada a la guerra de la independencia, el Segundo Imperio Mexicano con las figuras de Maximiliano I y Benito Juarez (quién luego fuera presidente de la república) a la cabeza, y la Revolución Mexicana.

Además de la exposición relativa estrictamente al museo de historia, hay habitaciones del castillo que pueden visitarse para conocer cómo era la vida los que alguna vez se alojaron en él. La planta baja está ambientada según la época en que Maximiliano y su esposa Carlota oficiaron de emperadores de México, mientras que la planta alta corresponden al período en que el castillo era residencia del presidente Porfirio Diaz.

Innumerable cantidad de objetos y muebles de otras épocas, perfectamente conservados, como así también obras de arte, sin faltar por su puesto los retratos de los emperadores.

Dan ganas de sentarse a la mesa de Maximiliano, verdad?

Y si de obras de arte hablamos, no podemos dejar de mencionar los murales, distribuidos por todo el castillo, incluyendo las salas de historia, pero también algunas en áreas comunes.

El Muralismo Mexicano es un movimiento artístico que comenzó con la Revolución y del que se pueden apreciar tremendas piezas hoy en día. Espero poder hablar más en profundidad al respeto en un próximo post, pero el Castillo de Chapultepec es claramente uno de los puntos donde se lo puede apreciar, por ejemplo, al subir las escaleras para acceder al primer piso.

Ni que hablar si levantás la vista y mirás el techo, donde uno se encuentra con la obra de Gabriel Flores cubriéndolo todo, representando la caída de uno de los Niños Héroes durante la Batalla del Castillo de Chapultepec, donde las tropas norteamericanas salieron victoriosas sobre las mexicanas.

Eso sí, no te olvides que estás en una escalera y tené cuidado, porque si tropezás la vas a pasar mal…

Por fuera el castillo también es impresionante. Los jardines, excelentemente cuidados, con sus esculturas y fuentes, lo llenan de colores que contrastan contra el gris del edificio.

Lo mismo que los vitrales, que agregan luminosidad.

Esta galería, por ejemplo, es particularmente linda de recorrer.

Y algo para no perderselo es la vista de la ciudad desde el castillo, especialmente desde el balcón que está casi perfectamente alineado con El Ángel de la Independiencia.

Es un lugar enorme, realmente. Recorrerlo con un criterio cronológico puede resultar un tanto complejo ya que el orden de las salas no está bien señalizado y uno puede llegar a estar  yendo y viniendo por la historia mexicana sin darse cuenta, si no se pone un poco de atención. Sería buena idea que junto con el ticket de entrada entregaran un folleto guía que indicara al visitante cómo hacer la recorrida.

Así y todo es una visita que se disfruta, y mucho. Recuerden ir con tiempo para no perderse ningún detalle que les interese y quizá si el día está lindo caminar también por el bosque contiguo.  Y sumérjanse en la apasionante historia de este país latinoamericano y en la forma de vida de sus gobernantes de siglos pasados. Un muy recomendable paseo que no de debe dejar de hacer!