Archivos Mensuales: abril 2017

El Park Güell: Otro sello Gaudí en Barcelona.

Cuando uno visita la ciudad de Barcelona todo parece haber sido tocado por el lápiz del célebre arquitecto Gaudí, casi como si este hubiera sido el dueño de la metrópoli toda. A cada paso se ven señales de su obra, y si bien hay muchas distribuidas por la ciudad, algunas son más interesantes que otras. Su obra cumbre, la Sagrada Familia, es claramente EL imprescindible. Y dentro de la amplia carta de otras obras, la del Park Güell fue la que más me llamó la atención.

Ubicado a las afueras de la ciudad, un buen día de sol me interné en el metro para llegar hasta la estación Lesseps y a partir de allí seguir la cartelería a pie. La tarea no sería fácil ya que tenía conmigo un ticket de ingreso con una hora establecida, lo que me obligaba a apurar el paso en calles que iban cuesta arriba de forma furiosa, tanto que en algunos tramos hay directamente escaleras mecánicas funcionando para subir.

Finalmente llegué al parque y me interné en él. No hay personal en los accesos y, sinceramente, la cartelería dentro del parque me pareció no del todo clara, con lo cual uno se siente un poco perdido: con un ticket de entrada en la mano no hay nadie para recibirlo ni dónde presentarlo. El punto está en que el ticket es para ingresar a la “zona monumental”, allí donde puede verse la obra de Gaudí, y hay que medio adivinar hacia dónde ir para llegar hasta allí caminando por entre la vegetación.

A las 9:50 llegué a la zona monumental, con un ticket de ingreso para las 9:30 hs. Justo a tiempo, ya que según me indicó el personal de seguridad, la validez de la entrada es de media hora. Así pude acceder a la Plaza de la Naturaleza, que fue planificada para albergar espectáculos al aire libre que pudieran ser vistos desde las terrazas cercanas.

Bajando por los jardines uno entra a la Sala Hipóstila, cuyas enormes y singulares columnas sostienen el techo que, a su vez, le hace de suelo a la Plaza de la Naturaleza. En un principio, cuando originalmente se diseñó el parque como urbanización, esta estructura se había destinado a ser el mercado de la misma. No solo sus columnas son singulares, sino que su techo con los mosaicos a todo color también llama la atención.

Por supuesto que la Escalinata del Dragón, tal como se la ve en la foto de portada del post, es el símbolo del Park, su imagen más conocida. Si bien su mejor vista es la que se tiene desde las ventanas de la lindera Casa Museo Gaudí, eso es lo único que ésta tiene. La verdad no encontré nada interesante en el museo y entrar requiere aguardar un buen rato haciendo cola, por lo que mi recomendación es saltearla (salvo que quieras la foto de la escalinata).

En toda al área monumental uno puede ver la huella de Gaudí. Las columnas del Pórtico de la Lavandera no tienen nada que ver con las de la Sala Hipósila, pero son igualmente singulares.

Y permiten fotos singulares también…

Una vez que se sale de la zona monumental no se puede volver a entrar, pero como no hay restricciones de tiempo, eso no es un problema. Uno puede permanecer todo lo que quiera y necesite, y recién salir una vez que se siente conforme. Esa es sólo una pequeña porción del parque, que se puede seguir recorriendo, y desde el cuál se tiene una excelente vista de la ciudad y, al fondo, del mar.

 Las entradas se pueden comprar en la puerta del parque, pero como siempre, para evitar filas lo ideal es hacerlo previamente a través de la web del Park Güell, y llevarlas impresas. Eso sí, revisen con cuidado el tiempo de viaje para no tener problemas en el acceso. Y también tengan la precaución de llevarse algo de comer y tomar, porque si lo recorren todo y tranquilos, la estadía será larga.

Una buena salida por Barcelona para aprovechar un día de sol al aire libre y sorprendiéndose con las rarezas del genio Gaudí.

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Subimos a las torres de la Sagrada Familia para contemplar Barcelona desde el aire.

Cuando uno visita la Sagrada Familia puede hacerlo de varias maneras, ya que hay diferentes opciones disponibles. Una de ellas incluye el ascenso a las torres desde las cuales se tienen unas hermosas vistas panorámicas de Barcelona desde lo alto. Al menos para mi los miradores son en general un atractivo interesante de cualquier ciudad o paisaje, y un excelente punto para tomar buenas fotos, así que enseguida exploré esta posibilidad. Sin embargo, en el caso de la Sagrada Familia hay dos contras que te lo hacen pensar dos veces:

  • Para ingresar a la basílica se debe abonar previamente una entrada, cuyo ticket básico no incluye la visita a las torres. La entrada que sí la incluye es la más cara y cuesta EUR 29, casi el doble que la básica, y EUR 7 más que la entrada con audioguía incluida.
  • El ticket no incluye el ascenso a las dos torres (y aquí estuvo mi mayor desilusión), sino que hay que elegir por la fachada del Nacimiento o la de la Pasión, con lo cual la experiencia no será completa (salvo que pagues otro ticket más) y sólo se podrá aprecia un sector de la ciudad.

Igualmente, aunque me pareciera un tanto caro el precio por entrar a la iglesia y visitar una de sus torres, estando allí con la cámara en la mano no podía no hacerlo, así que saqué el ticket por internet y viajé en el metro hasta la Sagrada Familia.

La visita a la basílica ya te la mostré en este post, y luego me encaminé a la fachada elegida para subir a la torre. Para ello cada fachada tiene su ascensor, en el cual te debés presentar en el horario que hayas elegido. Allí tuve un inconveniente porque no se puede subir con mochilas, y para dejarlas en el locker es necesario depositar en el mismo una moneda (puede ser de entre EUR 0,20 hasta EUR 1,00), pero claro, yo no tenía ninguna.

El muchacho que controlaba el acceso al ascensor no se hizo mucho drama y me comentó que era mi problema. Así que di la vuelta a toda la iglesia hasta llegar a la otra fachada, donde había visto una tienda, y allí le expliqué el tema a la vendedora quién me cambió un billete de EUR 5 por monedas. De vuelta en el ascensor, dejé la mochila en el locker y me presenté para subir. Mi horario ya había pasado pero el muchacho me dejó pasar igual, y finalmente subí.

El recorrido en las torres es realmente corto. Se llega con el ascensor hasta cierto punto, luego allí se sube por algunas escaleras más hasta llegar a una pasarela exterior que hace de mirador. Sin embargo, no se accede a lo más alto de las torres, lo cual es una frustración.

No sólo son vistas de la ciudad lo que uno tiene desde allí arriba, sino también se puede apreciar la basílica desde una perspectiva diferente.

Incluso uno puede supervisar el avance de la obra interminable.

Y si uno mira hacia abajo nota que se está realmente alto.

Desde esa altura se pueden apreciar las montañas atrás de la ciudad.

Y también el mar.

Para el descenso no hay ascensor, sino que debe realizarse a pie, bajando los 400 escalones de una extremadamente angosta escalera de piedra en espiral.

El principio la escalera es muy oscura, por lo que hay que ir pisando con mucho cuidado. A medida que se va bajando se empieza a hacer más luminosa pero, a la vez, más angosta y con un espiral más cerrado que hasta termina mareando. Allí se entiende por qué el ascenso está vedado para menores de 6 años y para personas con movilidad reducida.

Una curiosidad que se encuentra cuando uno comienza a bajar y aprovecha cada ventanita para observar la vista exterior desde una nueva perspectiva, son las monedas acumuladas en una de ellas, pero del lado exterior. ¿Quizá gente que vino sin bolsos y no tuvo que usar las monedas en los lockers?

Finalmente se llega al nivel del suelo y se sale de la escalera por una puerta medio escondida que da al interior de la iglesia. Finalizó así la recorrida aérea por Barcelona, que a pesar de las hermosas vistas, termina con gusto a poco.

Un adicional a ser tomado sólo por fanáticos. Y de hacerlo, recuerden llevar monedas en los bolsillos, o dejar las mochilas en casa!

RealtyCare Flats Grand Place: Excelente alojamiento en Bruselas.

Mi estadía en Bruselas iba a ser muy cortita, apenas dos noches. En un momento barajé la opción de ni siquiera pasar, pero un par de fotos de la Grand Plance por la noche me convencieron de incluirla en el itinerario, cuestión de la que no me arrepiento para nada, como ya les conté en este post que lancé en pleno viaje. Para esta parada buscaba algo muy tranquilo y céntrico, y así fue cómo dí con los apartamentos de RealtyCare Flats Grand Place en booking.com.

Al principio me generó cierta duda porque el ingreso no se ve. Los departamentos están ubicados en una calle peatonal, por lo que el taxi me dejó en la esquina asegurándome que esa era la dirección correcta, pero yo sólo veía locales. Recién al acercarme caminando unos metros noté la puerta con el número 14, y el cartel de bienvenida al lado del portero.

El sistema de ingreso es muy moderno, y en vez de llave usas un código que te envían por mail unos días antes de tu llegada. Además del código de acceso, allí te indican qué departamento te asignaron y el piso (que se corresponden ya que cada uno ocupa todo el piso) y los detalles de contacto. Además te adjuntan los planos del metro y de la ciudad, marcando claramente la ubicación del alojamiento. Como ves, es un mail super importante, y por supuesto, yo no lo había recibido (en realidad sí, pero en la vorágine de mails pre viaje se me pasó por alto). Por suerte, aunque en el lugar no hay personal presente, te podés comunicar con Olivier (quién está a cargo) a través del portero, que tiene un botón que te habilita comunicarte con él por 40 segundos. Si eso no te alcanza, deberás volver a tocar. En mi caso, fueron 2 toques los que necesité.

Aunque la escalera es muy angosta y costó subir la valija por hasta el tercer piso que me había tocado, tengo que decir que el departamento es genial. Cuando ingresás el lugar está reluciente, de hecho está recién limpiado. Yo llegué unas dos horas antes del checkin y me encontré a la chica en plena faena de limpieza. Le dejé la valija y me fui a almorzar. Cuando volví, ya en el horario correcto, el lugar estaba impecable (y la valija intacta).

Si bien se trata de un monoambiente, está muy bien pensado y equipado. La cocina es chiquita pero tiene de todo, empezás a abrir los diferentes compartimientos y encontrás vajilla, vasos, cubiertos y todos los utensillos necesarios para cocinar. Incluso los implementos de limpieza. Claro que en el corto tiempo que yo iba a estar ahí no tenía pensado hacer gala de mis dotes culinarias.

Hacia el otro lado encontramos un escritorio donde podés instalar perfectamente la compu, y donde Olivier te deja a disposición información sobre la ciudad, e incluso una agenda con las actividades que se van a realizar en esa época del año. Detalle no menor, dentro de uno de los jarrones vas a encontrar un adaptador universal, por si te olvidaste el tuyo y la ficha de tus equipos no se corresponde con los tomas de Bélgica.

De la enorme cama, ni hablar!

La ubicación es excelente. En pleno centro, a metros de la Bolsa y muy cerca de la Grand Place, está a mano de los principales transportes públicos, y a unas cuadras de caminata de la estación de trenes. Lo único que puede joder, es que el RealtyCare está en una zona de bares (de hecho está arriba de uno) y a la noche el bullicio de la gente divirtiéndose puede molestar un poco si uno quiere descansar. Pero la verdad que, al menos durante mi estadía, el bullicio belga no fue algo insoportable.

RealtyCare trabaja bajo el concepto de “privacidad” donde directamente no se meten durante tu estadía, salvo que vos lo quieras. Así, el servicio no incluye por default la limpieza del lugar, pero si vos vas a estar varios días, podés solicitar que una mucama pase en algún momento. Sino, es como si estuvieras en tu propia casa, y si bien no hay personal físicamente, Olivier está siempre muy atento a resolver todos los inconvenientes que se te presenten, como me pasó a mi a mi llegada.

En fin, una excelente opción para alojarse en la capital belga. Totalmente recomendable.

Dellirium Café: Un récord Guiness de cervezas en Bruselas.

Que Bélgica es EL país para ir a tomar cerveza ya se sabe. Las cervezas belgas son de las mejores del mundo y allá se venden a precios muy bajos. Este pequeño país del centro de Europa es el que más variedades de cerveza ostenta, dato que es bastante conocido. Lo que quizá no se sepa tanto es que hay un bar en particular, donde se puede encontrar la friolera cifra de 2004 variedades diferentes de cerveza, número que le valió el record Guiness.

El Dellirium Café está ubicado en el callejón de la Jeanneke Pis y es famoso por este record conseguido, justamente, en el año 2004. El interior está muy bien ambientado en madera, y tiene un más que interesante sótano donde se pueden encontrar las riquísimas cervezas trapenses: aquellas elaboradas con recetas antiquísimas de los monasterios belgas, y que estaban originalmente reservadas para el consumo de los monjes. Con más graduación alcohólica que el resto de las cervezas, las trapenses tienen sabores exquisitos que si uno está en Bélgica no puede dejar de probar.

Abelardo, el guía de nuestro Walking tour por la ciudad, nos había pasado el dato e incluso una lista de marcas de cervezas que llegaban hasta los 14º de alcohol, y finalizado el tour volvimos al bar para probarlas. Siendo varios, compramos una diferente cada uno y todos probamos todas, con lo cual la degustación nos salió algo más barata, ya que hay que considerar que Dellirium Café es un lugar famoso y como tal, los precios allí son más caros. Pero claro, acaso en el bar de la esquina podés elegir de una carta con más de 2000 cervezas diferentes?

Algo también particular, y esto es de Bélgica y no en sí del bar, es que cada cerveza se sirve en su copa. Esto lo pudimos apreciar bien en esa ronda de degustación ya que cada uno tenía una cerveza diferente, por supuesto servida en una copa diferente. Y casi con un amor especial; hay que observar la delicadeza que el barman le pone a servir la bebida, casi como si fuera un arte.

Definitivamente, cuando pases por Bélgica tenés que probar su cerveza. Y no una, muchas! Si querés variedades raras podés pasar por Dellirium Cafe, pero sino cualquier local de la capital belga tiene excelente cerveza. Es cuestión de ir, buscar y no elegir Quilmes!

Regreso desde Puerto Madryn en un vuelo de Andes.

Fiel a mi sana costumbre de estar con anticipación suficiente en los aeropuertos llegamos a “El Tehuelche” en las afueras de la ciudad de Puerto Madryn dos horas antes del vuelo, a bordo del auto alquilado sobre el que ya hablaré más adelante en otro post. Dato #avgeek de interés para los #spotters es que cuando uno sale de la ciudad por el Acceso sur, la RN 3 pasa a escasos metros de la cabecera 05, convirtiéndose en un punto spotter ideal. Claro, el problema es enganchar algo, ya que las frecuencias en PMY son realmente escasas.

Ahora sí, volviendo al tema que nos compete, a esa hora pudimos despachar el equipaje sin mayores inconvenientes pues no había prácticamente nadie. Con intención de aprovechar el tiempo y tratar de spottear la llegada del MD-80 de Andes (y cualquier otra cosa que volara por ahí) intentamos pasar a la zona de embarque para hacer seguridad. Pero en ese punto un oficial de la PSA apostado en la puerta nos hizo esperar y consultó adentro con un colega: aún no podíamos pasar; había que esperar a que anunciaran el vuelo, para lo cual faltaba algo más de una hora.

No sin cierta frustración y malhumor de mi parte nos acomodamos en los asientos que hay en el hall de la terminal hacia la zona de arribos, y allí esperamos a que Andes anunciara el vuelo. Lo que anunciaron, en realidad, fue la llegada del vuelo desde Buenos Aires, y en ese momento la zona donde estábamos empezó a llenarse con gente que, evidentemente, venía a esperar a los pasajeros que llegaban desde capital. Decidimos entonces acercarnos a la zona donde está el ingreso a “preembarque” y allí nos quedamos haciendo cola, cual pagofacilero barato, porque no había dónde sentarse.

La espera en esa cola fue larga y la verdad que no había nada mejor que hacer ni tampoco mucho espacio a dónde ir, así que ahí estábamos todos, uno detrás del otro, los últimos ya mezclados con los que hacían cola para realizar el check in, o directamente con los que esperaban a la gente que había llegado en el vuelo recién aterrizado.

Finalmente cuando pudimos pasar entendí el por qué de aquella fila que en un principio parecía sin sentido, y el por qué de semejante demora. En realidad al pasar por la puerta no se está ingresando a “una zona de preembarque” sino que uno se encuentra enseguida con el scanner, y con un oficial de PSA sentado a un costado para controlar el boarding pass. Por lo tanto, la fila para entrar a “preembarque” es también a la vez la fila para hacer seguridad. Y es única, ya que hay un sólo scanner.

En ese mismo ámbito físico está la sala de embarque, que es diminuta, al punto de que a medida que la gente pasaba el scanner nos íbamos amontonando todos, bien juntitos unos con los otros. Fue una situación que me hizo acordar el subte en horario pico. De no creer en un aeropuerto como el de Puerto Madryn que es una ciudad tan turística.

Finalmente se liberó el embarque y salimos caminando hacia la plataforma, de la cual se tiene esta impresionante vista desde la sala de embarque, porque claro, está pegada.

Abordamos el viejo MD por puerta delantera y nos acomodamos en la ventanilla izquierda, como corresponde. Desde allí fui testigo de otra falta de infraestructura de un aeropuerto al que evidentemente le falta mucha inversión: dos empleados de Andes subiendo por la escalerilla a una persona en silla de ruedas. Por suerte la aventura terminó bien y la señora pudo abordar el avión sin mayor novedad (y ninguno de los dos empleados tuvo necesidad de llamar a la ART).

Pronto estuvimos en el aire, luego de un despegue a todo sonido como corresponde al volar en un MD. Me llamó la atención que, aquí también, igual que como había hecho en Aeroparque, el comandante clavó los frenos mientras le daba plena potencia al motor, y sólo a último momento los soltó para que saliéramos disparados hacia adelante.

El vuelo fue muy tranquilo y el servicio fue similar al que recibimos en el de ida, con las variantes de las galletitas snack, que eran sabor a pizza; y la de limón, que muy a mi pesar había sido reemplazado por un simple caramelo. Un detalle en que reparé y me llamó la atención fue el cinturón de seguridad con hebilla de Aerolíneas, porque claro, ese avión había volado antes para Austral y se ve que el logo del cinturón nunca fue actualizado.

Aunque aterrizamos en horario en Aeroparque nos encontramos con que sólo había una cinta de equipajes para los dos vuelos de Andes: el nuestro y el proveniente de Mar del Plata que había llegado momentos antes que nosotros. La demora fue más que importante, como mínimo media hora de espera para que la cinta comenzara a traer el equipaje de nuestro vuelo.

Más allá de las deficiencias aeroportuarias, sobre las que Aeropuertos Argentina 2000 esperemos empiece a trabajar pronto, volar con Andes ha sido una excelente experiencia. Y como ya les comenté en el post de ida, me saqué las ganas de volar en uno de esos hermosos MD-80. ¡Espero que no sea la última vez!