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Reporte de Vuelo: Regresando de Miami con Latam Argentina

Confiado en la cercanía del hotel con el aeropuerto (básicamente quedaba en frente), para volver a casa llegué a la terminal aérea con solamente dos horas de anticipación con respecto al despegue. Acostumbrado al sistema en Ezeiza encaré directamente la fila para despachar el equipaje, pero allí mismo el personal de tierra de Latam Argentina me frenó: antes debía imprimir la etiqueta del equipaje y el boarding pass en las máquinas de autogestión.

Puse entonces los datos de mi reserva, confirmé la cantidad de piezas que despachaba, y la máquina imprimió la etiqueta que habitualmente colocan en el mostrador del check in. Inmediatamente después hizo lo propio con el boarding. El personal de la aerolínea me ayudó a etiquetar mi valija ahí mismo, y luego sí pasé a despacharla en el mostrador.

El paso siguiente era dirigirme a alguno de los check points para realizar el control del pasaporte (que funciona como migraciones de salida) y el de seguridad, que es exhaustivo. Los electrónicos van cada uno en una bandeja diferente (para mi implicó una para la cámara y el teleobjetivo y otra bandeja para la laptop, además de una tercera para las zapatillas, cinturón y lo que llevaba en el bolsillo), y además allí mismo se realiza el body scan de todos los pasajeros. Si bien hay varios check points y cada uno tiene varios puestos, lo complejo del proceso lo hace bastante lento, así que hay que considerarlo a la hora de viajar al aeropuerto para hacerlo con tiempo.

Ya en preembarque me dirigí hasta la puerta 15 del sector J. Era de las últimas así que hubo que caminar un buen tramo, para lo cual el aeropuerto cuenta con las cintas mecánicas que permiten ahorrar distancias y llegar más rápido. Cada tanto había un centro de carga de baterías de los habituales en los aeropuertos, de los que hay que decir que resultan escasos y bastante incómodos, y allí uno aprecia todavía más las reformas que se realizaron en Ezeiza y les conté en el reporte de vuelo de ida. A eso se agrega que los pocos tomas que estaban libres, no funcionaban, así que no pude cargar la batería.

Con respecto a la terminal J, se la ve vieja y pareciera estar en obras. Llegando a la zona del gate J15 los asientos desaparecen y hay un gran espacio libre que da la sensación de que aún no se terminó de armar. Así que para esperar el comienzo del abordaje tuve que sentarme bastante alejado, y prestar mucha atención a los anuncios de Latam que se oían a lo lejos.

Una vez a bordo me instalé en mi asiento, que esta vez sí era ventanilla. Originalmente había sido ubicado en pasillo pero en salida de emergencia, lo cual en principio parecía muy buena idea, pero enseguida noté que el asiento de atrás mio también era salida de emergencia (el B767 tiene dos en filas consecutivas) lo que implicaba que mi asiento no era reclinable, por lo que decidí cambiar al momento del web check in y mudarme al único asiento en ventanilla que estaba disponible.

Sorprendentemente, el proceso de que los pasajeros se acomoden ellos y sus equipajes no fue tan caótico como suele ser en un vuelo Miami – Buenos Aires, pero aún así llevó su tiempo, con muchas idas y venidas de los TCP. En medio de todo esto, se lanzó el audio de seguridad, sin que absolutamente nadie le estuviera prestando atención, y sin que siquiera los TCP estuvieran realizando la demostración con las máscaras y cinturones. Evidentemente algo no estaba bien, pero finalmente lo corrigieron: se frenó el audio y luego se retomó cuando todos estaban en sus asientos, excepto la tripulación que hacía la demostración en los pasillos.

Para la cena tuve la suerte de estar sentado en una de las primeras filas que atendía la TCP que nos tocó. Y digo esto no por comer antes que el resto, sino porque Latam da un menú con tres opciones diferentes, y ser de los primeros te permite elegir (y que tu elección esté disponible). Cosa que no pasó un par de filas adelante, donde al llegar los TCP se habían quedado sin la opción que los pasajeros querían, por tanto tuvieron que comer lo que había. Las protestas se hicieron oir, comparación con Flybondi incluida, y la verdad que con razón porque si das opciones para elegir tenés que tenerlas disponibles. Sino, no trabajes a la carta, y listo. Mala política de Latam que sin dudas se asegura el descontento de un par de pasajeros por vuelo en lugar de buscar exactamente lo contrario.

Igualmente los que se quedaron sin pollo, tranquilos. Yo lo elegí y por supuesto para mi había, pero no tenía gusto a nada, así que no se perdieron gran cosa. El servicio de comidas de Latam es mucho packaging y pinta, pero cuando hablamos de sabores suele dejar gusto a poco.

Algo que me llamó mucho la atención fue que en medio del vuelo el comandante prendiera la señal de cinturones y lanzara el audio de advertencia por estar entrando en una zona de turbulencias, cuando instantes después aparecieron las TCP con los carritos para hacer el servicio. Me vino a la mente la imagen del avión de Aerolíneas Argentinas con heridos y la cabina hecha un verdadero desastre luego de sufrir una turbulencia severa mientras servían la comida pero nada de eso pasó, el avión ni se movió.

Al momento de aterrizar la jefa de servicio abordo anunció que las valijas se recuperarían por la cinta 5, lo cual fue una información acertada. En migraciones quise repetir lo que hice en el vuelo de ida y pasar por las máquinas automáticas, pero estaban deshabilitadas, así que tuve que hacer migraciones a la vieja usanza. Supongo que fue un tema de horario porque cuando ya estaba por ser mi turno vi como las maquinas pasaron de tener luces rojas a verdes y gran cantidad de gente se mudó de la cola para dirigirse hacia ellas.

El paso final fue pasar el control de aduana, punto donde se concentra mucha gente por lo que hay guardas que agilizan la asignación del canal accionando el semáforo: verde pasás por el centro siguiendo la línea de color que te saca de la zona restringida sin más controles; rojo te indican a qué scanner dirigirte. En mi caso (como casi todos los que pasaban) salió rojo, pero luego de escanear el equipaje no hubo más inspecciones, a pesar de la laptop y la cámara de fotos que me había llevado al viaje, y de las cuales tenía lista la declaración de salida por si aduana la pedía.

Ya estaba nuevamente en casa. Detalles del viaje y el alojamiento en Miami vendrán en los próximos posts.

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Reporte del Vuelo 4M7820: De Ezeiza a Miami con Latam Argentina.

Quiso el destino que por motivos laborales tuviera que viajar a Miami, así que allí me embarqué en el Boeing 767 con el que Latam Argentina realiza el vuelo directo entre la capital argentina y la ciudad preferida de los argentinos (al menos hasta hace poco) para hacer las compras.

El 4M 7820 despega a las 21:30 hs. y cuando llegué a Ezeiza, tres horas antes, no había prácticamente nadie. No tardé nada en despachar el equipaje, y enseguida me fui al puesto de aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes (llevaba también la laptop pero con la nueva regulación que permite traer una sin declarar ni abonar aranceles, y como no tenía pensado comprar nada de ese estilo, no hizo falta declarar la que  me llevaba).

Luego de una demora considerable ya que en aduana sí que había gente, pasé los controles de seguridad donde me hicieron sacar el cinto, pero no las zapatillas ni poner aparte la laptop que llevaba en la mochila. La novedad del viaje llegó al momento de hacer migraciones, donde una importante cantidad de gente hacía cola para pasar por los puestos, mientras que a un costado se veían solitarias las máquinas automáticas de autoservicio. Consulté a un funcionario de Migraciones y me indicó que andaban, así que me acerqué y scanie mi pasaporte en el primer lector. Luego de una pequeña demora la compuerta se abrió dejándome pasar. Al hacerlo, uno queda encerrado en una especie de exclusa. El segundo paso será escanear la huella digital, a cuyo resultado positivo la segunda compuerta se abre y permite el acceso a la zona de los gates. Rápido, simple y práctico: ya estaba formalmente fuera del país.

Realmente hacía rato que no viajaba al exterior y tengo que decir que, a diferencia de lo que fueron las inversiones en el área de la terminal de cargas, las inversiones que se hicieron en la zona de preembarque dieron sus frutos: ahora el espacio es amplio, luce super renovado y bien iluminado, e incluye asientos en excelentes condiciones, sillones y hasta unas mesas altas que funcionan como centros de trabajo, con toma corrientes para que puedas cargar tus baterías. Eso sí, los tomas USB que probé no funcionaban, así que tuve que buscar el cargador y utilizar el toma normal.

Incluso hay un área de recreación para los niños, en la que destaca por supuesto, el avión.

Cuando uno vuela a Estados Unidos debe considerar que hay controles adicionales, por lo que es conveniente llegar con anticipación al aeropuerto. De hecho los controles comienzan ya antes de entregar el equipaje, donde personal de seguridad te somete a un muy breve cuestionario con respecto al equipaje que estás llevando. Ya en la zona restringida del aeropuerto, antes de abordar en el gate, la gente de seguridad revisa además todo el equipaje de mano, por lo que el embarque demora bastante más de lo habitual. En mi caso, me llamó la atención que no me pidieran ver la laptop, pero en general la inspección es bastante exhaustiva.

Ya abordo del Boeing me encontré con un vuelo que iba full. Mi asiento era el 15D, pasillo izquierdo de la hilera central, y a mi lado viajaba una pareja con su bebé. Pensé que realmente iba a ser una tortura, pero nada más lejos de la realidad: el niño se comportó como un rey, comió y durmió todo el viaje, mejor que muchos adultos.

Aunque sigue sin convencerme el menú gourmet de Latam, los canelones que elegí para la cena estaban bastante aceptables. Para el desayuno, en cambio, elegí el sandwich de jamón y queso que me dejó con gusto a poco. Y entre ambas comidas algo que me sorprendió: una segunda pasada luego de la cena para ofrecer bebidas, entre las cuales hasta había whisky.

El mayor problema del vuelo tuvo que ver (supongo) con el hecho de que los B767 que opera Latam Argentina son bastante viejos. Cada asiento tiene pantalla individual en la cabecera, y si bien es táctil, su lentitud puede resultar algo exasperante. La opción es el control remoto ubicado en el apoyabrazos, pero que en mi caso, no funcionaba. Esto me dejaba además sin poder prender la luz de lectura (y por lo tanto me fue imposible leer nada) como así también sin poder llamar a la azafata, ya que ambas funciones se accionan desde ese aparatito.

El vuelo fue sereno y aterrizamos puntuales en el Aeropuerto Internacional de Miami, donde debido a la ubicación privilegiada de mi asiento (tener en cuenta la hilera 15) estuve entre los primeros en descender del avión y llegar a migraciones. Tipicamente argentino, el que iba adelante mio se mandó de una a la ventanilla de control, y el reto que se ligó fue digno de filmación, aunque claro, en esa zona las cámaras están prohibidas. Pero en el piso la linea blanca indica claramente “Espere aquí a ser llamado”, y bien que la policía se lo hizo notar (y perder el turno).

Y allí estaba yo, frente al oficial de migraciones y su tan temido cuestionario de admisión, que para mi sorpresa constó solamente de dos preguntas: cuántos días me quedaba y dónde. Sello, firma, “have a nice day” y ya estaba adentro de los Estados Unidos de América. Retiré la valija que llegó entre las primeras gracias a la marca de “Equipaje Prioritario” y pasé frente a los funcionarios de aduana sin que me consultaran ni revisaran nada más.

Por el ascensor subí al 2° piso de la terminal, donde está el área de “partidas” y por donde pasan los shuttles de los hoteles, que tienen recorridos y horarios fijos. Un punto a tener en cuenta: al momento de reservar el hotel en Miami, conviene chequear si ofrece el traslado gratis desde el aeropuerto. Es un servicio rápido y confiable, además de económico ya que sólo cuesta la propina que uno le quiera dejar al conductor. Y así sí, ya estaba en viaje hacia mi alojamiento, pero eso será cuestión de otro post.

Viaje Relámpago a Tucumán con Latam Airlines: Reporte de vuelos.

Lo primero que se me viene a la mente al momento de describir este periplo de ida y vuelta a Tucumán con Latam Airlines es que se trata de un día largo… realmente largo. Ya en los papeles el panorama no es alentador, ya que el LA 7570 despega desde Aeroparque a las 6:15 de la mañana, y el 4M 7577 arriba desde Tucumán a las 22:30 hs.

El punto positivo de dormir tan poco es que a las 4:30 de la mañana no hay nadie en la calle y con la autopista totalmente fluida el viaje hasta Aeroparque es realmente muy rápido. Habíamos hecho el web checkin y no despachábamos equipaje, así que con el boarding pass impreso en casa nos dirigimos directamente al control de seguridad (muy concurrido a esa hora de la madrugada) y luego de alguna pequeña demora estábamos disfrutando un café doble como para ir despejándonos.

Un detalle a considerar es que en Aeroparque el ingreso al control de seguridad ahora está dividido, y hay una fila para los vuelos a la Patagonia y otra para el resto (marcados como “norte”). Esto es para el ingreso a la zona de scanners, así que habrá que prestar atención en qué fila uno se pone cuando viaje en cabotaje.

El avión que nos tocó para la ida fue el A320 LV-FUX de casi 8 años de antigüedad y que aunque en diferentes filiales, siempre voló para el grupo Latam. Al momento de abordarlo, en el gate (ya que no habíamos pasado previamente por los mostradores de check in) nos encontramos con la sorpresa: el sistema nos había cambiado los asientos elegidos. Pasamos de la fila 15 a la 10, justo la anterior a la salida de emergencia, y por tanto el peor asiento de todo el avión, ya que no se reclina.

El viaje fue bastante incómodo, sobretodo desde el momento en que el pasajero de adelante decidió reclinar su asiento al máximo, pero por suerte se pasó rápido. El servicio a Tucumán incluye una bebida de refrigerio, así que me las ingenié para tomar un jugo de naranja en el escaso espacio que me había tocado.

Luego de un día completo de trabajo, cerca de las 19 horas estábamos de regreso en el Aeropuerto Benjamín Matienzo, en horario para tomar el vuelo de regreso pero prácticamente fusilados. Afortunadamente con la Priority Pass pudimos acceder al Vip Lounge de Aeropuertos Argentina 2000 (que tendrá su post próximamente) para hacer la espera un poco más amena. Una decisión que se reveló extremadamente acertada cuando el avión se demoró media hora más de lo previsto en llegar desde Aeroparque.

 

Esta vez se trataba del LV-BFO, viejo A320 que lleva 16 años volando y que ya me ha llevado y traído a distintos puntos del país en varias oportunidades. El personal de la sala vip nos indicó que era momento de abordar, y nos acompañó hasta el gate donde nos anunció al personal de la línea aérea. Nos hicieron embarcar inmediatamente, sin hacer fila, por lo que fuimos de los primeros en salir a plataforma y subir. Pero una vez más, el sistema había hecho de las suyas y los asientos asignados no eran los planeados. Por suerte, esta vez terminamos en la fila 28 que se reclina normalmente.

Y aquí se dió un problema, ya que instantes luego de acomodarnos llegó un muchacho que tenía asignado el mismo asiento que mi compañero de viaje. Gestión mediante de la TCP, que luego de corroborar los asientos de cada uno tuvo que consultar porque evidentemente había uno duplicado, resultó que al muchacho también el sistema lo había cambiado, y tenía que sentarse casi adelante de todo. Quizá algún lector avezado pueda indicar en los comentarios el porqué sucede esto de los cambios de asientos por sistema, algo que ya me había pasado en Latam.

 

Si bien llovía, el clima no parecía estar tan malo, por lo que sorprendió el anuncio del comandante indicando que por requerimiento del control de tráfico de vuelo (en criollo, la torre de control), el despegue estaba retrasado y debíamos esperar media hora más a bordo. En total, salimos con una hora casi exacta de retraso, con bastante turbulencia al principio y los motores esforzándose a pleno para dejar atrás la tormenta.

El aterrizaje en Aeroparque se dio casi a las 23:30 hs y fue un verdadero placer pasar por las cintas de equipaje sin frenar, y caminar directo hacia el estacionamiento. A casi 24 horas de que sonara el despertador, solo quedaban algunos kilómetros más antes de llegar a casa y volver a disfrutar del sueño reparador.

LA203: Viajando a Concepción en un vuelo sobrevendido.

Luego de un día intenso de trabajo en la capital chilena, al día siguiente nos tocaba viajar a la ciudad de Concepción, para lo cual teníamos pasajes para el LA203 que despegaba desde Santiago a las 8:15 de la mañana, razón por la cual los preparativos tenían que quedar listos antes de irnos a dormir. Sin embargo, el tema no fue tan fácil.

Luego de la cena nos dispusimos a realizar el checkin online siguiendo todo el proceso a través de la página web de Latam Airlines. Sin embargo, había algo que no estaba funcionando como de costumbre: al momento de elegir el asiento, no nos dejaba hacerlo. Pero tampoco nos asignaba asiento alguno. Y para finalizar, el sistema no nos dejó emitir el boarding pass, indicándonos que nos lo imprimirían en el aeropuerto. Sin prestarle demasiada atención al asunto nos fuimos a dormir, ya que el transfer al aeropuerto estaba reservado muy temprano: a las 6:30 debíamos estar listos en el lobby del hotel.

Al día siguiente llegamos bien temprano al Nuevo Pudahuel donde finalmente pudimos imprimir los boarding pass en las máquinas de autoservicio que hay en la zona de checkin, aunque con una rareza: los asientos estaban identificados como XXX. Es decir, no teníamos asientos. Algo preocupados consultamos con el personal de Latam y nos confirman que pasemos a la zona de embarque, ya que en la puerta misma nos asignarán los asientos.

No había más alternativas, así que hicimos seguridad rápidamente y llegamos al gate 34, donde nos esperaba uno de los colegas que también viajaba con nosotros. Su situación era aún peor: cuando intentó hacer el checkin online el sistema directamente no lo dejó avanzar, y le indicó que se presentara en el aeropuerto con una hora de anticipación a la habitual. El motivo, nos enteraríamos allí mismo, era que Latam tenía el vuelo sobrevendido. Nos acercamos al mostrador del gate donde nos asignaron los asientos (todos separados) ya que ya estábamos chequeados, pero nuestro compañero debía esperar a que algún pasajero no se presentara, lo cual no sucedió. Había más pasajeros en el gate que asientos en el avión…

El personal de Latam puso en marcha entonces el operativo habitual en estos casos, que es ni más ni menos que ofrecer una compensación económica a aquellos que pudieran y accedieran a quedarse abajo del avión y reprogramar el viaje en otro vuelo. En caso de querer recibirlo cash en el momento, el reintegro era de USD 120. Si bien esto es habitual (y cabe aclarar, legal) me sorprendió que la oferta se comenzara a anunciar por los parlantes luego de haber comenzado el embarque: básicamente hubo pasajeros que no se enteraron de esta opción porque ya estaban abordando, lo cual por consecuencia reducía las chances de Latam de solucionar el problema sin mayores sobresaltos.

Hasta último momento el tema no estuvo finiquitado, ya que seguía llegando gente hasta el gate a último momento, con lo cual los asientos que ganaban por pasajeros que decidían cobrar la indemnización y quedarse abajo, quedaban automáticamente ocupados por los nuevos que llegaban. Finalmente, en esta ocasión Latam tuvo suerte y pudo acomodar a todos los que tenían que viajar sí o sí, logrando que quienes no lo hacían fuera por voluntad propia.

Abordamos el A321 por plataforma, tardando un poco en llegar al pie del avión ya que el micro del servicio de rampa evidentemente se perdió. Sí, leyeron bien: dio vueltas por la plataforma amagando a estacionarse al lado de un avión, pero siguió de largo y fue a estacionarse al lado de otro…. que no era el nuestro. Luego de hablar algo con el personal en pista volvió a arrancar y recorrió un largo trecho hasta llegar al pie del Airbus. Finalmente subimos, con alguna duda de si era el avión correcto y si íbamos efectivamente a terminar en Concepción. Nos sentamos en nuestros asientos (en mi caso el 1K, incómodo por ser el del centro pero aceptable considerando que la primer fila tiene buen lugar para las piernas) en un avión que iba estallado de gente. No sobraba ni una butaca, y mientras estábamos en plataforma me preguntaba si algún sublo usaría alguno de los jump seats, ya que no había otra chance de viajar.

El vuelo resultó tranquilo, con una muy pequeña turbulencia, aunque algo demorado por meteorología, según explicó el capitán antes de aterrizar en Concepción. Aunque es muy corto, los TCP pasan ofreciendo refrigerios que hay que pagar aparte, ya que Latam Chile en sus vuelos de cabotaje no ofrece comida ni bebida incluida en el pasaje.

 

Así llegamos finalmente a nuestro destino. Sanos y salvos. Y todos, aunque algunos minutos retrasados.

Cruzando la cordillera hacia Chile: Reporte del vuelo LA480

Luego de algunas idas y venidas, llegó finalmente el momento de emitir los pasajes para mi viaje laboral al vecino país trasandino. Habitualmente me inclino por el vuelo operado por Latam desde Ezeiza en B787: avión grande y cómodo, y buen horario tanto para salir como para llegar a Chile. Sin embargo, como es sabido Latam está teniendo serios problemas con las revisiones de mantenimiento de los motores Rolls Royce que equipan a este avión, ya que la fábrica no da abasto a nivel mundial, por lo que últimamente son frecuentes las cancelaciones de vuelos y, en particular, llevan ya 7 aviones dados de baja, a la espera de que Rolls Royce cumpla con su parte. Por todo esto, era primordial evitar ese vuelo (que de hecho ya no está más disponible y fue reemplazado por otro con fuselaje angosto hasta al menos el mes de octubre), así que enfoqué mis opciones en los operados con A321, el avión de fuselaje angosto que más me gusta.

Así es como, fiel a mi costumbre para los viajes internacionales, llegué a Aeroparque a las 17:30 horas para tomar el LA480 que despegaba a las 20. Fue la mejor opción que encontré para evitar cortar mi día a la mitad, aunque tuve que pagar el precio de llegar bastante tarde a Chile.

Como no había casi nadie la entrega de equipaje fue muy rápida, y enseguida pude dedicarme a buscar el puesto de aduana para declarar la laptop. Tuve que preguntar, ya que a simple vista no lo veía, y así llegué hasta esta pequeña oficina, casi escondida al lado del Banco Nación ubicado en el pasillo que lleva de una terminal a la otra. Allí dentro se realizan las validaciones para devolución de IVA a extranjeros (de hecho en la puerta están los buzones para depositar los comprobantes sellados), y también la declaración de objetos. Al respecto, tengo que decir que la atención de la guarda fue un lujo: no había hecho a tiempo de imprimir el formulario por internet, así que tuve que sacar la batería y buscar el número de serie alli para que ella emitiera el documento desde cero; y al contrario de otras veces la atención fue muy amable.

Ya con los documentos firmados por aduana, pasé por migraciones y rápidamente llegué al Gate 18 por el que embarcaría. Allí amenicé la espera con café y algo de lectura, hasta que llegó el momento de pasar por la manga y subirse al avión.

En simultáneo al abordaje estaban realizando el reabastecimiento de combustible, por lo que los TCP pedían que nos mantuviéramos sentados con los cinturones desabrochados. En un momento fue el propio comandante el que se presentó por el altoparlante e informó que había pronóstico de turbulencias, razón por la que nos pedía que durante el vuelo tuviéramos abrochados los cinturones todo el tiempo.

Finalizada la comunicación con los pasajeros, el comandante ordenó de inmediato el pase de puertas en automático, crosscheck y reportar. El despegue se realizó por la cabecera 13 y enseguida nos adentramos en las densas nubes que cubrían Aeroparque, pero afortunadamente no hubo noticias de la turbulencia. De hecho, no las hubo en ningún momento del vuelo, salvo alguna muy leve durante el cruce de la cordillera, cuestión más que esperable.

Una joyita: apenas desgado, el fuerte viraje sobre el río que me puso al alcance de la vista (y de mi ventanilla) la vista de una Buenos Aires iluminada en la que se distingue la pista del Aeroparque Metropolitano, que por supuesto, aunque con celular, mereció foto.

El refrigerio de abordo fue escueto y tradicional: una aceptable medialuna rellena de jamón y queso y un chocolate al que yo no le encuentro gran sabor. Considerando que es un vuelo corto se puede decir que es correcto, el gran problema está en el horario, porque al llegar al centro de Santiago pasadas las 23 horas ya no hay lugares abiertos para cenar, por lo que una comida tan liviana a bordo termina teniendo sabor a poco. La bebida es sólo fría, no hay café ni nada caliente.

Ya en suelo chileno toca hacer migraciones, donde las filas para nacionales y extranjeros estaban un poco confusas, y un empleado aeroportuario te indicaba hacia dónde ir. El trámite fue bastante rápido, y sólo consultaron el motivo del viaje. En cuanto a documentos, por supuesto, ingresé simplemente con el DNI tarjeta digital, ya que por ser país limítrofe no es necesario el pasaporte. En ese momento te entregan una tarjeta migratoria que uno debe guardar bien, para presentar luego a la salida del país. A la salida de la zona de recupero de equipaje están los scanners, donde tanto aduana como el servicio de sanidad controlan los productos que ingresan. No hubo consultas ni objeciones; así que tomé mis cosas y salí al hall.

Ya estaba en Chile, una vez más.