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Alojándonos en el Holiday Inn de Reforma, en CDMX, México.

Durante nuestra segunda estadía en Ciudad de México, al regreso de la escapada por la Península de Yucatán, nos alojamos cuatro noches en el Holiday Inn de CDMX. Sin lugar a dudas, su principal ventaja es la ubicación: sito justo al lado del shopping Reforma 222, a metros del Ángel de la Independencia, se encuentra en la llamada Zona Rosa, un área que se destaca por la gran cantidad de bares, restuarantes y locales de diversión nocturna; además de estar en una de las partes más turísticas de la ciudad.

 

El Holiday Inn se destaca también por su comodidad y limpieza. Recuerdo aún el perfume que se sentía apenas entraba en la habitación, que además era amplia y bien amueblada, aunque no había estantes y todo debía acomodarse en cajones, algo que personalmente me parece poco práctico.

Otro fuerte de la estadía fue el desayuno, que es muy completo e incluye panadería, frutas, yogurth y cereales. No faltaban tampoco los huevos revueltos y demás implementos para un fuerte y pasado desayuno americano, que realmente no son de mi preferencia.

Al desayuno se accede con una tarjeta que a uno le dan al momento del check in. Nosotros habíamos llegado al hotel antes del horario, así que en su momento dejamos los equipajes en el depósito y salimos a almorzar, y recién cuando volvimos nos asignaron la habitación. En ese momento no nos dimos cuenta, pero la tarjeta que nos dieron era por un solo desayuno. Al día siguiente consultamos en la recepción y efectivamente, se habían equivocado. Enseguida nos dieron una tarjeta que cubría los desayunos de toda nuestra estadía.

Algo destacable, para cargar el celular además del toma corriente habitual, tenías la opción del USB.

El wifi funcionaba muy bien. Como amenities se adicionaban también en la habitación cafetera, con su correspondiente café y té, y agua de cortesía, incluyendo vacitos descartables. La contra: no había frigobar, así que no se podía mantener fría una bebida.

El Holiday Inn resultó una excelente opción para estar en una ubicación céntrica y a un precio accesible dentro de CDMX.

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Visitamos la ciudad maya de Cobá para subir la pirámide más alta de Yucatán.

En medio de la jungla yucateca, entre altos árboles y denso follaje, se alza una mole de piedra que sobresale del resto. Con sus imponentes 42 metros, Nonoch Mul es la pirámide más alta de la península y se alza como el símbolo de la ciudad maya de Cobá.

No hay un acuerdo generalizado sobre el significado del nombre Cobá, aunque todas las traducciones indefectiblemente hacen referencia al agua. “Agua Abundante” o “Agua Agitada por los Vientos” son algunos de los equivalentes que se le atribuye a este nombre maya, que sin lugar a dudas tiene que ver con la privilegiada ubicación del emplazamiento, construido en las cercanías de cuatro lagos naturales.

Al visitar esta zona arqueológica uno no logra tomar real dimensión de lo que es, ya que los puntos a conocer son relativamente pocos y pequeños. Esto tiene que ver con el hecho de que aún falta mucho por explorar y se estima que aún hay más de 5000 puntos de importancia tapados por la jungla. La verdadera importancia que tuvo esta ciudad para la cultura maya aún está por descubrirse.

Igualmente, la visita a Cobá puede resultar una de las más divertidas del mundo maya. Los grupos de construcciones están bastante alejados entre sí, y de hecho la pirámide principal Nonoch Mul está a unos 2 kilómetros de distancia del acceso principal, por lo que una alternativa más que recomendable para recorrer las ruinas es alquilar una bicicleta. Encaramarse sobre las dos ruedas para transitar por los caminos en medio del bosque cambia absolutamente la experiencia, y le da un toque lúdico incomparable.

Otra característica distintiva de Cobá es que su pirámide principal puede subirse. Otra aventura más que distingue a esta visita, aunque habrá que ser muy precavido. Subir es relativamente fácil, pero lo más complicado será el descenso ya que los escalones son realmente angostos y empinados. Una soga dispuesta en el centro de la escalinata funciona como pasamanos y para algunos resulta imprescindible, aunque con mucho cuidado y pisando lento y de costado el descenso se puede hacer agazapado y sosteniéndose de los mismos escalones.

La cumbre de la pirámide ofrece una vista de la jungla alrededor, y de algunas elevaciones que con algo de esfuerzo llegan a distinguirse por sobre los árboles. Son otras pirámides del complejo.

Divisar los lagos alrededor de la ciudad también requiere esfuerzo por el denso follaje.

Por desgracia la vista no es de 360° ya que la pirámide está restaurada, pero sólo en una de sus caras (por la que se sube), lo que implica que en la cima el paso hacia el otro lado está vedado. Por eso se sube y baja también por el mismo lugar, con lo cual es recomendable tratar de llegar antes que los grandes contingentes para hacerlo tranquilos.

Cobá cuenta además con gran cantidad de sacbés o caminos conformando una extensa red que comunica a la ciudad con otros puntos mayas. Uno de los más importantes de esta civilización partía justamente de Cobá y luego de recorrer unos 100 km llegaba hasta Yaxuná, en las cercanías de Chichén Itzá, ciudad sagrada de la que ya hablamos en otro post al que accedés haciendo click acá.

Además se destaca también aquí la importancia del juego de pelota. La cancha de Cobá es más pequeña que la de Chichén Itzá pero goza de las medidas oficiales. En sus paredes inclinadas se ve claramente la simbología de hombres atados que según se cree refiere a los prisioneros de guerra que eran obligados a jugar. A diferencia de lo que se ve en la ciudad sagrada, en Cobá pareciera ser que era al capitán perdedor a quién se decapitaba.

Asimismo pueden verse estelas: piedras talladas con jeroglíficos en las que los mayas registraban cuestiones religiosas o de su forma de vida, y que son objeto de estudio de mucha importancia para conocer detalles de su cultura.

Y hasta una calavera, tallada en piedra sobresaliendo del suelo!

Para el ingreso se cobra una entrada de MXN 70, a los que habrá que sumar MXN 50 para el alquiler de la bicicleta. También están los llamados tricitaxis. Mi consejo es tomar alguna de estas opciones ya que no sólo optimizan el tiempo, sino que además hacen la visita más divertida.

En Yucatán suele hacer calor y el sol pega fuerte. Ropa cómoda, bloqueador solar, gorro y anteojos de sol son imprescindibles. Y mucha precaución para subir la pirámide y poder sacarte la bien merecida foto en la cima.

El Palacio de Bellas Artes de México: Hogar de los murales mexicanos.

Ubicado a unas cuadras del Zócalo, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, el Palacio de Bellas Artes se alza imponente con su arquitectura art nouveau. Está allí desde el año 1934 en el que se lo inauguró bajo el nombre de Museo de Artes Plásticas, y fue el primer edificio dedicado a la exposición de piezas de arte en México.

Por este espacio rotan constantemente muestras temporales de diferente temáticas. Al momento en que lo visitamos nosotros la exposición que se presentaba era la de Rojo Mexicano, dedicada a la utilización de grana de conchilla en el arte. Acotada a un ambiente especialmente controlado en cuanto a temperatura y humedad, la entrada general al Palacio daba acceso a esta muestra también donde predominaba, obviamente, el color rojo.

Interesante fue, más allá de la posibilidad de contemplar las obras de arte, enterarnos de cómo se obtiene y se utiliza la grana de conchilla, tanto en el arte como en otros ámbitos; y que se trate de un colorante natural utilizado desde muy antigua época, como surge del hecho que se hayan encontrado rastos de conchilla en códices prehispánicos.

Pero de seguro lo más interesante del museo reside en su muestra permanente de muralismo. Allí se exhiben 17 murales de artistas mexicanos que datan de entre 1928 y 1963. El más importante e imponente es, sin lugar a dudas, “El Hombre controlador del Universo”, de Diego Rivera, al que seguramente le dedique un post en particular, pero los otros 16 no dejan de ser obras impresionantes también.

Las paredes de la planta alta del museo están “adornadas” con lo mejor de lo mejor, como ser esta serie también perteneciente al famoso Rivera.

Son obras realmente enormes, tanto que a algunas se hacen muy difíciles de fotografiar, como La Katharsis de José Clemente Orozco. Habrá que tratar de tomarla en diagonal para que entre en el plano…

O sino directamente fotografiarla desde el otro lado de la sala, como a esta señorita semidesnuda que sufre con sus manos encadenadas mientras intenta liberarse, que representa nada más y nada menos que a la nueva democracia, obra de David Siqueiros.

El movimiento del muralismo mexicano estuvo sumamente politizado, y se caracteriza por su gran preocupación social y política. Son una especie de metáfora gráfica y buscan significar algo muy puntual, y dar un mensaje concreto. Adentrarse en las explicaciones y detalles, puede ser algo apasionante, y muy cultivador. Una buena forma de estudiar historia mexicana por medios no tradicionales.

Además de los ya mencionados, el museo cuenta con obras murales de Jorge Camarena, Rufino Tamayo, Manuel Rodriguez Lozano y Roberto Montenegro.

Este te lo dejo en tamaño “grande”, para que lo aprecies bien. ¡Casi como si estuvieras ahí en el Palacio de Bellas Artes! Bueno, no… nada que ver…

Hay murales que incluso están relacionados unos con otros, y en realidad es imposible apreciarlos como se debe (y entenderlos) por separado. Es necesario considerarlos prácticamente una misma obra, e interpretarlos de tal forma.

Es el caso del “Tormento de Cuauhtémoc” y “Apoteosis de Cuauhtemoc”.

El museo está abierto al público de martes a domingo en el horario de 10 a 18 horas. Hay que considerar al planificar la visita que suele haber cola para ingresar, así que seguramente haya alguna demora en la puerta. Importante destacar que las fotografías no están permitidas (ni tampoco los videos), salvo que se abone un arancel adicional por la autorización de uso de las cámaras. En ese caso, (como el nuestro ya que necesitábamos ilustrar el post) les entregarán un sticker con la inscripción “FOTOGRAFO” que deben colocarse en un lugar visible.

Un lindo paseo, incluso para quienes no sean fanáticos de las artes o entendidos en las mismas. La exposición de los murales no tiene desperdicio, y en mi opinión cualquiera es capaz de apreciarla.

Para cerrar este post, y de algún modo crear un preámbulo para el que en algún futuro cercano publicaré, los dejo con una foto del maravilloso mural que acapara todas las miradas del Bellas Artes. Pasaría horas mirándolo, intentando descubrir cada uno de sus detalles, y lo que representan…

Próximamente, en Ahicito Nomás.

Tulum: La alucinante ciudad amurallada de los mayas.

A orillas del Mar Caribe, construida sobre la elevación más alta de la zona, y delimitada por tres paredes que la protegían de cualquier ataque por tierra, se alza la ciudad maya de Tulum. Si bien su apogeo se dió ya en el período de decadencia de la cultura maya (razón por la que no hay construcciones de gran altura y por lo tanto sus edificios no son tan imponentes), este emplazamiento resulta fascinante por el grado de planificación con que fue levantado, por lo estratégico del lugar, y por supuesto por las hermosas vistas que desde aquí se obtienen.

El sistema de control se basaba en una muralla exterior con torres vigías que restringían la entrada a la ciudad a sólo cuatro pasadizos por tierra y un único acceso por mar ubicado en la caleta; y una muralla interior que delimitaba el centro donde se desarrollaban los rituales religiosos. De esta forma Tulum lograba estar muy bien conectada, al punto de convertirse en un centro importante de comercio uniendo tierra con mar, al mismo tiempo que era una ciudad muy bien protegida.

Sobresaliente por sobre el resto y fácilmente identificable, el Castillo es el edificio más importante de la ciudad. En su templo superior se realizaban las principales ceremonias religiosas, al tiempo que a ambos costados, a nivel del suelo, dos pequeños templos servían para depositar ofrendas. Hay que remarcar aquí que Tulum era una ciudad 100% maya, a diferencia de otras zonas arqueológicas de México donde se ve una mezcla de culturas, por lo que aquí no se practicaban sacrificios humanos.

Otro punto destacado del Castillo tiene que ver con su costado práctico más que religioso. Siendo Tulum una ciudad portuaria y un importante centro de comercio, y estando flaqueada en el mar por un peligroso arrecife de coral, atracar en la caleta era una tarea muy riesgosa. El Castillo adquiría para los navegantes una importancia sin igual, porque funcionaba como un faro, y una vez divisado en lo alto la iluminación en sus ventanas les indicaba a los marineros el momento justo en que debían virar para tomar el canal de acceso evitando el arrecife.

Otro templo importante en la ciudad era el del Dios Descendente, o Dios de la Miel. Justo sobre su puerta se aprecia la escultura de una figura con alas, pero que está de cabeza como descendiendo del cielo. Lleva un tocado sobre la cabeza y con las manos sostiene un objeto que podría ser un panal de abejas.

La miel era un elemento importantísimo para los mayas ya que le daban múltiples usos, desde utilizarla en las comidas como endulzante hasta usarla como medicina. Se entiende entonces que le rindieran culto dedicándole un dios puntual.

Algo que llama la atención del Templo al Dios Descendente es que ni las puertas ni la paredes son totalmente verticales, sino que se encuentran inclinadas; pero no esto fue construido así originalmente. Se levantó sobre otro antiguo templo al que se rellenó para que funcionara como base.

Tulum era una ciudad independiente y su gobierno tenía el control sobre otras áreas portuarias cercanas. Sin embargo no todos los habitantes vivían dentro de las murallas, sino que el recinto protegido estaba reservado para la elite de la sociedad, mientras que el resto del pueblo quedaba fuera de las paredes. Así es que en la zona arqueológica pueden verse algunas que otras casas, entre las que se encuentra la del gobernante.

Otro de los templos que pueden apreciarse en Tulum es el de las pinturas, llamado así por la gran cantidad de elementos decorativos que se encuentran en su interior. Consta de dos niveles y es en el inferior donde se concentra la decoración. Se destacan las figuras de estuco en relieve y la pintura mural que tenía varios colores como protagonistas. El rojo y el negro provenían de tierras y minerales, mientras que el verde y el azul se obtenían de las plantas.

Aún hoy en día se pueden encontrar vestigios de las pinturas y los colores en las edificaciones, especialmente en los interiores. Sin embargo, para resguardar y preservar estas reliquias, el acceso a los edificios está prohibido para el público.

No así para las iguanas.

Tal como pasaba en Chichén Itza, a cuyo post podés acceder desde acá, los mayas de Tulum también le daban gran importancia a la astronomía. Estratégicamente ubicada en una elevación del terreno, la ciudad era un punto ideal para la observación del cielo, ya fuera de día o de noche. Así los edificios están intencionalmente orientados para registrar el paso de los solsticios y equinoccios, ambos fechas importantes en la actividad agrícola.

A diferencia de otras zonas arqueológicas, Tulum tiene mucho espacio verde. Esto, y las espectaculares vistas hacia el mar, crean una sensación de libertad que no se obtiene en otros lugares. Imprescindible caminar hasta el acantilado, para apreciar la vista de las playas, y sacarse una foto con el solitario Templo del Dios del Viento detrás.

Entre la humedad y la fuerza del sol la excursión puede volverse bastante calurosa y por tanto, pesada. No hay que olvidarse por nada del mundo un gorro para proteger la cabeza, agua para hidratarse, lentes de sol y en caso de que se animen, el traje de baño para aprovechar el acceso a la playa, que ahí es casi paradisíaca. Pero así y todo, aunque se esté preparado para el sol, si hay algunas nubes en el cielo se agradecen.

Un paseo imperdible para todo aquél que esté visitando la Rivera Maya. Historia y paisajes naturales en el mismo lugar, sin desperdicio.

El Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, México.

Difícilmente haya algún mejor emplazamiento para el Museo Nacional de Historia mexicano que el Castillo de Chapultepec donde se encuentra desde 1940 cuando el presidente Lázaro Cárdenas ordenó que así fuera. Dentro de la primera sección del bosque homónimo del que ya hablamos en un post anterior, en la cima del cerro que le da nombre, se levanta esta imponente construcción erigida por mandato del virrey Gálvez en 1780.

A lo largo de la historia el castillo ha tenido diferentes funciones. Pensado originalmente como residencia del virrey fue también sede del Colegio Militar e incluso almacén de pólvora. Para 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo lo convirtió en su lugar de residencia, uniéndolo con el centro histórico de la ciudad a través de la construcción de un boulevard de estilo parisino que hoy en día es ampliamente conocido como el Paseo de la Reforma. Luego, pasaría a funcionar como residencia presidencial, hasta la decisión de Cárdenas de donarlo al pueblo.

Recorrerlo es casi obligatorio cuando uno visita la Ciudad de México. La entrada general vale MXN 70 y permite utilizar cámaras de fotos sin flash (incluídas las reflex), no así filmadoras, por las que se debe pagar un canon extra. Antes del ingreso, en los lockers que cuestan MXN 10 se pueden dejar las mochilas y carteras que se lleven encima, incluyendo la comida y bebida que tuvieran ya que no se puede ingresar con ellas al castillo.

Son un total de 15 salas dedicadas a la  historia mexicana desde la llegada de los españoles hasta el siglo XX, destacándose la época colonial, la sala 6 dedicada a la guerra de la independencia, el Segundo Imperio Mexicano con las figuras de Maximiliano I y Benito Juarez (quién luego fuera presidente de la república) a la cabeza, y la Revolución Mexicana.

Además de la exposición relativa estrictamente al museo de historia, hay habitaciones del castillo que pueden visitarse para conocer cómo era la vida los que alguna vez se alojaron en él. La planta baja está ambientada según la época en que Maximiliano y su esposa Carlota oficiaron de emperadores de México, mientras que la planta alta corresponden al período en que el castillo era residencia del presidente Porfirio Diaz.

Innumerable cantidad de objetos y muebles de otras épocas, perfectamente conservados, como así también obras de arte, sin faltar por su puesto los retratos de los emperadores.

Dan ganas de sentarse a la mesa de Maximiliano, verdad?

Y si de obras de arte hablamos, no podemos dejar de mencionar los murales, distribuidos por todo el castillo, incluyendo las salas de historia, pero también algunas en áreas comunes.

El Muralismo Mexicano es un movimiento artístico que comenzó con la Revolución y del que se pueden apreciar tremendas piezas hoy en día. Espero poder hablar más en profundidad al respeto en un próximo post, pero el Castillo de Chapultepec es claramente uno de los puntos donde se lo puede apreciar, por ejemplo, al subir las escaleras para acceder al primer piso.

Ni que hablar si levantás la vista y mirás el techo, donde uno se encuentra con la obra de Gabriel Flores cubriéndolo todo, representando la caída de uno de los Niños Héroes durante la Batalla del Castillo de Chapultepec, donde las tropas norteamericanas salieron victoriosas sobre las mexicanas.

Eso sí, no te olvides que estás en una escalera y tené cuidado, porque si tropezás la vas a pasar mal…

Por fuera el castillo también es impresionante. Los jardines, excelentemente cuidados, con sus esculturas y fuentes, lo llenan de colores que contrastan contra el gris del edificio.

Lo mismo que los vitrales, que agregan luminosidad.

Esta galería, por ejemplo, es particularmente linda de recorrer.

Y algo para no perderselo es la vista de la ciudad desde el castillo, especialmente desde el balcón que está casi perfectamente alineado con El Ángel de la Independiencia.

Es un lugar enorme, realmente. Recorrerlo con un criterio cronológico puede resultar un tanto complejo ya que el orden de las salas no está bien señalizado y uno puede llegar a estar  yendo y viniendo por la historia mexicana sin darse cuenta, si no se pone un poco de atención. Sería buena idea que junto con el ticket de entrada entregaran un folleto guía que indicara al visitante cómo hacer la recorrida.

Así y todo es una visita que se disfruta, y mucho. Recuerden ir con tiempo para no perderse ningún detalle que les interese y quizá si el día está lindo caminar también por el bosque contiguo.  Y sumérjanse en la apasionante historia de este país latinoamericano y en la forma de vida de sus gobernantes de siglos pasados. Un muy recomendable paseo que no de debe dejar de hacer!