Archivos Mensuales: marzo 2019

Viajando a Guatemala, tramo II: Conectando con el B737 de American Airlines en Miami.

Luego del vuelo AA908 (cuyo reporte podés leer haciendo click aquí) ya estaba en territorio estadounidense. Había realizado los trámites migratorios bastante rápido a través de las máquinas de autogestión (que ahora son la única opción y no te exime de que luego te controle la documentación un agente de migraciones) y había ubicado el acceso a los vuelos de conexión. En este punto me detengo para aclarar un detalle importante, no sólo para viajar a Guatemala vía Estados Unidos, sino para cualquier otro destino: Para conectar en Estados Unidos se requiere hacer migraciones, y por lo tanto es obligatorio tener la visa vigente.

Aclarado este detalle más que importante, podemos pasar por los scanners de seguridad. En Estados Unidos estos controles suelen ser mas rigurosos que en nuestro país, y de entrada incluyen el body scan obligaorio. Así que por la cinta se deberán pasar el equipaje de mano (con los electrónicos como ser laptops y cámaras reflex en bandejas aparte), los abrigos, zapatos y cinturones. Y luego, sin absolutamente nada en los bolsillos, se nos indicará cuándo pasar por el scanner de cuerpo entero.

Como tenía una hora de espera por delante busqué las opciones de salones que brinda Priority Pass, pero me encontré con que en el pasillo D donde estaba la única alternativa que existe es un descuento de USD 30 en el Corona Beach House, así que desistí y opté por apostarme en uno de los centros de carga distribuidos por todo el aeropuerto para devolver a la vida la batería del celular.

Entre anotaciones y algo de lectura el tiempo pasó más rápido de lo previsto y pronto estaba acercándome al Gate D44 donde el B737-800 aguardaba. Se trataba del matriculado N873NN, que con siete años de antigüedad realizaría un vuelo full hasta la ciudad de Guatemala.

El despegue nos llevó hacia el sur desde el primer instante, y ya de día tuve la oportunidad de tomar varias imágenes de Miami desde el aire.

Y un poco más al sur, South Beach.

Siguiendo rumbo a Guatemala sobrevolamos los Cayos, donde estuve recorriendo la asombrosa ruta que atraviesa el mar, uniendo las diferentes islas, y que por supuesto tendrán pronto sus posts en Ahicito Nomás. En esta ocasión las veía desde el aire, incluyendo el aeropuerto de Ocean Keef Club, en Cayo Largo.

Tuve que dajar de mirar por la ventana para atender al servicio de abordo de American Airlines, que para el vuelo AA2241 es de bebidas acompañando un pequeño snack de frutos secos.

Durante el vuelo te entregan también el formulario de migraciones de Guatemala, que está integrado con el de aduanas en un sólo documento. Así, allí mismo se requiere declarar tus datos, origen, proveniencia y dónde vas a alojarte, además de lo que estás transportando.

Durante la aproximación pude ver un poco de la caracteristica fisonomía de este país centroamericano. Mucha vegetación en un terreno marcadamente desnivelado, con barrios enteros que son detenidos en seco por un barranco que en la altura se adivina de enormes proporciones. Luego me enteraría que se trata de fallas tectónicas, comunes en un país lleno de volcanes. Aterrizar en GUA debe ser todo un desafío ya que el mismo aeropuerto está emplazado en un punto alto, por lo tanto la aproximación se realiza con una determina altura sobre el nivel del suelo que de repente, al ingresar a la zona del aeródromo, se vuelve casi cero. Es impresionante estar mirando el suelo por la ventanilla, allá lejos, y que de repente y sin previo aviso aparezca el asfalto de la pista a escasos metros de distancia.

El Aeropuerto La Aurora es pequeño, y desde afuera se lo ve como una estructura bastante vieja, pero por dentro ha sido remodelado y está bastante lindo. El trámite de migraciones fue el más simple de toda mi vida: apenas me miraron el pasaporte y sin preguntarme absolutamente nada, me lo sellaron y dieron la bienvenida a Guatemala. Allí, el oficial se quedó con el original del formulario que había llenado previamente, y me devolvió la copia amarilla.

Para recuperar mi valija tardé un poco, pero finalmente conseguí dar con ella entre las últimas desembarcadas. En el sector de cintas había una oficial que revisaba las marcas del equipaje, para asegurarse de que lo que te estés llevando sea realmente tuyo. Una medida que personalmente considero innecesaria, porque yo siempre reviso el sticker de la valija que tomo para constatar que sea la mia, pero que evidentemente tiene sentido porque aún con esta herramienta hay gente que sigue confundiéndose su equipaje y saliendo del aeropuerto con cosas que no le pertenecen. Así, ya se está listo para hacer la enorme cola de aduana, entregar la copia amarilla y tocar el botón para ver qué canal sale. En mi caso, fue canal verde, así que me salvé de la inspección de la valija y pude directamente salir al hall del aeropuerto y comenzar a disfrutar de mi primera vez en Guatemala.

 

Nos damos un lujo: Almuerzo en el Clubhouse de Estancia Cafayate.

Alejándose un poco de Cafayate, tomando la Ruta Nacional 40 por detrás de la ciudad, a unos pocos kilómetros uno llega al acceso de la Estancia Cafayate, una especie de country de campo de más de 500 hectáreas, cuidadosamente diseñado por el arquitecto Jack Zehren y en donde se conjugan golf, gastronomía, caballos y viñedos, en medio del imponente paisaje montañoso que ofrecen los Valles Calchaquíes.

El complejo cuenta con unos 360 lotes donde, a medida que uno avanza con el auto, pueden verse amplias propiedades rodeadas de viñedos. El tema de las plantaciones no es únicamente estético, aunque por supuesto le da un toque no visto en otras propiedades. Muy por el contrario, cada dueño recibe efectivamente 60 botellas de vino al año, producido en estas mismas tierras por la bodega El Porvenir.

El toque gastronómico está dado por el Clubhouse restaurant, donde se sirven platos internacionales y también de comida regional: trucha, llama asada, conejo y pastas caseras están entre las ofertas disponibles. No es algo popular, así que es probable que no muchos lo sepan, pero al restaurante se puede ir sin necesidad de ser propietario o de estar alojándose en el complejo; simplemente uno se anuncia en la guardia de ingreso y listo. Por suerte a nosotros nos dió el dato Cristian del Hotel Portal del Santo (a cuyo post accedés en el link), y menos mal que tomamos la recomendación!

El ambiente del Clubhouse es muy tranquilo. De arquitectura exquisita, con paredes de piedra y cubrimientos de madera tallada a mano, el restaurante aparenta ser de alta categoría, pero aún así los comensales visten de forma relajada y cómoda. En medio del campo, rodeados por las montañas cafayatenses y el campo de golf se escucha además mucho acento e idioma extranjero.

La comida es un diez. A la panera la catalogamos como “de categoría”, tanto en la presentación que puede verse en la foto, como en calidad. El dip también se lleva lo suyo, ya que estaba exquisito. Y qué les puedo contar del ojo de bife con papas papines y salsa criolla que elegí para almorzar…

Exquisito es poco!

Mientras uno almuerza, afuera hay vista a la galería, y un poco más alla, a la extensa cancha de golf que parece terminar allí donde se levanta imponente la montaña. Una laguna, desde la que nace un pequeño arroyo, completan la escena para disfrutar de una riquísima comida, con una excelente atención, y en la paz más absoluta. Después de comer, si no se levantó el característico viento de la zona, se podrá salir a caminar y tomar fotos en este ambiente tan espectacular.

Además de todo esto, el complejo cuenta también con un centro ecuestre que incluye establos, palenques y una cancha de polo. Además está el Grace Cafayate, un hotel del lujo con 52 habitaciones, la mayoría de las cuales están distribuidas por fuera del edificio principal, convirtiéndose en villas independientes.

Estancia Cafayate ofrece también pases diarios que incluyen cabalgatas, partidos de golf, spa, asado y degustación de vinos. Es sólo cuestión de elegir el que más te guste. Y hablando de vinos, el Clubhouse restaurante ofrece una selección de vinos de la región, pero además es el único lugar donde se podrán probar el Malbec o Torrontés que se produce allí mismo, en sus viñedos propios.

Después de todo lo que les conté, pareciera que comer aquí debe ser imposible para el promedio de la gente, sin embargo no es así. Por supuesto que no sale lo mismo que una grande de muzzarella, pero hay que destacar que el precio es lógico y hasta accesible si consideramos el lugar, la calidad de los productos y la cordial atención que estamos recibiendo. No hablo del paisaje que te rodea porque eso sí es impagable.

Y por supuesto, también podés optar por el plato del día!

Una excelente experiencia gastronómica, plenamente recomendable para quienes visiten Cafayate.