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El Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, México.

Difícilmente haya algún mejor emplazamiento para el Museo Nacional de Historia mexicano que el Castillo de Chapultepec donde se encuentra desde 1940 cuando el presidente Lázaro Cárdenas ordenó que así fuera. Dentro de la primera sección del bosque homónimo del que ya hablamos en un post anterior, en la cima del cerro que le da nombre, se levanta esta imponente construcción erigida por mandato del virrey Gálvez en 1780.

A lo largo de la historia el castillo ha tenido diferentes funciones. Pensado originalmente como residencia del virrey fue también sede del Colegio Militar e incluso almacén de pólvora. Para 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo lo convirtió en su lugar de residencia, uniéndolo con el centro histórico de la ciudad a través de la construcción de un boulevard de estilo parisino que hoy en día es ampliamente conocido como el Paseo de la Reforma. Luego, pasaría a funcionar como residencia presidencial, hasta la decisión de Cárdenas de donarlo al pueblo.

Recorrerlo es casi obligatorio cuando uno visita la Ciudad de México. La entrada general vale MXN 70 y permite utilizar cámaras de fotos sin flash (incluídas las reflex), no así filmadoras, por las que se debe pagar un canon extra. Antes del ingreso, en los lockers que cuestan MXN 10 se pueden dejar las mochilas y carteras que se lleven encima, incluyendo la comida y bebida que tuvieran ya que no se puede ingresar con ellas al castillo.

Son un total de 15 salas dedicadas a la  historia mexicana desde la llegada de los españoles hasta el siglo XX, destacándose la época colonial, la sala 6 dedicada a la guerra de la independencia, el Segundo Imperio Mexicano con las figuras de Maximiliano I y Benito Juarez (quién luego fuera presidente de la república) a la cabeza, y la Revolución Mexicana.

Además de la exposición relativa estrictamente al museo de historia, hay habitaciones del castillo que pueden visitarse para conocer cómo era la vida los que alguna vez se alojaron en él. La planta baja está ambientada según la época en que Maximiliano y su esposa Carlota oficiaron de emperadores de México, mientras que la planta alta corresponden al período en que el castillo era residencia del presidente Porfirio Diaz.

Innumerable cantidad de objetos y muebles de otras épocas, perfectamente conservados, como así también obras de arte, sin faltar por su puesto los retratos de los emperadores.

Dan ganas de sentarse a la mesa de Maximiliano, verdad?

Y si de obras de arte hablamos, no podemos dejar de mencionar los murales, distribuidos por todo el castillo, incluyendo las salas de historia, pero también algunas en áreas comunes.

El Muralismo Mexicano es un movimiento artístico que comenzó con la Revolución y del que se pueden apreciar tremendas piezas hoy en día. Espero poder hablar más en profundidad al respeto en un próximo post, pero el Castillo de Chapultepec es claramente uno de los puntos donde se lo puede apreciar, por ejemplo, al subir las escaleras para acceder al primer piso.

Ni que hablar si levantás la vista y mirás el techo, donde uno se encuentra con la obra de Gabriel Flores cubriéndolo todo, representando la caída de uno de los Niños Héroes durante la Batalla del Castillo de Chapultepec, donde las tropas norteamericanas salieron victoriosas sobre las mexicanas.

Eso sí, no te olvides que estás en una escalera y tené cuidado, porque si tropezás la vas a pasar mal…

Por fuera el castillo también es impresionante. Los jardines, excelentemente cuidados, con sus esculturas y fuentes, lo llenan de colores que contrastan contra el gris del edificio.

Lo mismo que los vitrales, que agregan luminosidad.

Esta galería, por ejemplo, es particularmente linda de recorrer.

Y algo para no perderselo es la vista de la ciudad desde el castillo, especialmente desde el balcón que está casi perfectamente alineado con El Ángel de la Independiencia.

Es un lugar enorme, realmente. Recorrerlo con un criterio cronológico puede resultar un tanto complejo ya que el orden de las salas no está bien señalizado y uno puede llegar a estar  yendo y viniendo por la historia mexicana sin darse cuenta, si no se pone un poco de atención. Sería buena idea que junto con el ticket de entrada entregaran un folleto guía que indicara al visitante cómo hacer la recorrida.

Así y todo es una visita que se disfruta, y mucho. Recuerden ir con tiempo para no perderse ningún detalle que les interese y quizá si el día está lindo caminar también por el bosque contiguo.  Y sumérjanse en la apasionante historia de este país latinoamericano y en la forma de vida de sus gobernantes de siglos pasados. Un muy recomendable paseo que no de debe dejar de hacer!

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La Basílica de Guadalupe, en Ciudad de México.

Como fuimos viendo a lo largo de varios posts, México es un país en el que abundan las iglesias católicas. Hay templos donde uno vaya y algunos son muy particulares como Capilla del Rosario repleta de oro, la Iglesia Santa María de Tonantzintla con su arte indígena, o la Santa Prisca de Taxco que alberga una enorme imagen de la Virgen tallada en plata. Pero la ciudad capital no se queda atrás y en un área relativamente pequeña concentra varios templos entre los que domina la Basílica de Guadalupe.

En honor a la verdad quizá debería decir “LAS basílicas” ya que una frente a otra se encuentran sendas iglesias levantadas en honor a esta virgen. Con su estilo clásico y cúpulas amarillas la antigua basílica es fácilmente identificable. Fue construida entre 1695 y 1709 bajo las órdenes del arquitecto Pedro de Arrieta y sufrió un atentado, el 14 de noviembre de 1921, cuando una bomba explotó en su interior.

En su interior alberga varias obras de arte, como ser “La Conversión de los Indios” que con sus imponentes 8 metros de alto, data del año 1894, y el mismo altar está fabricado en mármol de Carrara.

Frente a ella se encuentra la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe, que con su forma circular para simbolizar el manto de la virgen, se alza más imponente que bonita. Con un estilo moderno, para nada cercano a lo que uno tradicionalmente imagina cuando piensa en una iglesia católica, el nuevo templo es la iglesia dedicada a la Virgen María más visitada del mundo.

Fue construida en un tiempo asombrosamente corto, entre 1974 y 1976, para albergar la imagen original de la Virgen de Guadalupe y permitir el acceso a un mucho mayor número de fieles, ya que los daños estructurales de la vieja basílica (en principio provocados por la fragilidad del suelo sobre la que se la ha levantado) hacían peligrosa su visita.

Nuestra visita fue justo durante una misa multitudinaria, por lo que pudimos vivir en carne propia la gran cantidad de gente que puede cobijar el nuevo edificio, a la vez que no pudimos tomar fotos en su interior. Fuera, un grupo de niñas vestidas para la ocasión bailaban y cantaban al ritmo de la música.

Otro de las iglesias que se levantan allí es el Templo Parroquial de Santa María de Guadalupe “Capuchinas” y debe su nombre a que antiguamente fue un convento (iglesia incluida) de las Hermanas Capuchinas. Fácilmente identificable por su cúpula roja, se terminó de construir en el año 1787 y llegó a resguardar la Sagrada Imagen de la Virgen de Guadalupe en 1888 y más recientemente en 1971.

Si bien se trabajó en él durante largos años, el edificio sigue estando inclinado hacia su derecha, cuestión que se ve a simple vista.

La Virgen de Guadalupe tiene mucha importancia para los mexicanos, un pueblo que de por sí se muestra tradicionalmente católico. No importa la religión que profeses, la visita a este predio para admirar la arquitectura, las obras de arte y respirar un poco de historia mexicana bien vale la pena.

El enorme Bosque de Chapultepec, en Ciudad de México.

Enclavado en plena Ciudad de México, con una impresionante superficie de 678 hectáreas que la convierte en la más importante de América Latina, el Bosque de Chapultepec es una de las áreas verdes urbanas más extensas que existen.

Son tales sus dimensiones que está dividido en 3 secciones diferentes y recorrerlo en su totalidad será una tarea que demandará una buena cantidad de tiempo. Por eso si uno está con los días contados en la capital azteca lo más conveniente será identificar qué es lo que quiere conocer y programar la excursión para arrancar por allí. Luego si los tiempos y el clima lo permiten, se puede ir visitando las otras secciones.

La oferta del bosque es realmente amplia. Por supuesto lo primero que viene a la mente es la realización de actividades al aire libre y para ello hay lugares especialmente preparados para la práctica de deportes, tanto para hacer caminatas, correr o andar en bicicleta. Pero quizá lo más llamativo sea la estructura de cemento del Parque Constituyentes, especialmente diseñada para practicar con skates.

Distribuidas por sus diferentes secciones el bosque cuenta con gran cantidad de monumentos y fuentes, y por supuesto están los lagos, tanto en la primera como en la segunda sección, en alguno de los cuales se puede alquilar una lancha para pasear por el agua.

Y para quienes se interesen por la cultura, dentro de los límites del bosque hay una buena cantidad de museos que se pueden visitar, entre los que se destacan el Museo de Antropología (link al post), el Museo del Papalote (o niño), el Museo Tamayo y, por supuesto, el Castillo de Chapultepec que aloja al Museo Nacional de Historia, que tendrá su post exclusivo próximamente.

Además, el bosque es escenario de diferentes actividades que se ofrecen especialmente, como ser clases para andar en patineta, talleres, espectáculos y el Lanchacinema, que no es otra cosa que un autocine, pero en el lago y encaramado en una lancha para disfrutar de un buen film en pantalla gigante.

Aunque parezca raro, la visita al bosque de Chapultepec hay que planificarla, pues no es ir simplemente a visitar un parque. Tanto es así que tiene una página web propia, en donde uno puede averiguar todas las alternativas y así elegir lo que más le interese. Así que es solo cuestión de hacer click en el link, revisar el calendario para marcar los días de sol, y disfrutar de este increíble espacio verde en plena ciudad.

El Museo Soumaya de Plaza Carso, en México.

Tengo que ser sincero y confesar que no soy para nada entendido en cuanto a arte se refiere; sin embargo creo que cuando uno está ante una verdadera obra maestra no necesita ser un especialista en la materia para darse cuenta. Supongo que esas grandes obras tienen un “algo” que de por sí hacen que a cualquiera le parezcan atractivas o interesantes.

Algo de eso me pasó cuando visité el Museo Soumaya de Plaza Carso, ubicado en Polanco, Ciudad de México, y considerado como uno de los museos de arte más completos del mundo. Recorriendo sus salas, no hacía falta que un guía experto en pintura o escultura te fuera explicando lo que veías; simplemente podías pararte delante de algunas piezas con la boca abierta, sin más.

Lo primero que te quita el aliento es el edificio en sí. Con una arquitectura ultra moderna y difícil de definir, esta especie de hongo metálico deforme se alza 46 metros hacia arriba y está compuesta por más de 16000 placas de aluminio hexagonales que no se apoyan en el suelo ni se tocan entre sí. Una genialidad del arquitecto mexicano Fernando Romero que fue inaugurada en 2011 con la presencia del entonces presidente Felipe Calderón y varias figuras ilustres de la cultura, y que según indica la web oficial del museo, con su forma asimétrica hace referencia a una de las colecciones más importantes que alberga en su interior: la obra de Rodín. Pero como describirlo en palabras resulta casi un imposible, les dejo una foto para que lo aprecien ustedes mismos, aunque el tren cruzando me haya impedido utilizarla como imagen de portada.

Un edificio claramente llama la atención en cualquier lugar del mundo, y en México soy de la idea de que sólo podía estar ubicado en Polanco. Para quienes se pregunten quién está detrás de tal diseño, les cuento que el museo es parte de la Fundación Carlos Slim, la institución cultural sin fines de lucro liderada por el empresario multimillonario más importante de México y uno de los 10 hombres más ricos del mundo. Su nombre el museo se lo debe a la difunta esposa de Carlos: Soumaya Domit.

Son un total de 7 exposiciones repartidas entre el vestíbulo y las seis salas, una de las cuales es temporal y va cambiando su contenido cada tanto. En el vestíbulo, imponente apenas uno entra, está La Puerta del Infierno de Rodín, junto con El Pensador del mismo autor y una réplica de La Piedad de Miguel Angel.

La primer sala es más bien de índole histórica mexicana y está dedicada a Maximiliano, Porfirio Díaz, y al dinero en sí, haciendo un recorrido por los diferentes billetes y monedas que circularon en México. La segunda sala mereció toda mi atención y asombro: se trata de la muestra “Asia en Marfil”. Les recomiendo que le dediquen tiempo a este piso, donde me apasionó el ajedrez realizado con figuras humanas, las estatuillas erigidas en los colmillos de los elefantes, y los Budas y Cristos, entre otras piezas increíbles talladas en el frío material.

Saqué cantidad de fotos, porque era mucho lo que me llamaba la atención, como ser esta escultura oriental de tinte religioso…

que al dorso de su corona exhibe una cruz esvástica!!

Las dos salas siguientes están dedicadas a la pintura. La primera contiene la muestra “Antiguos Maestros Europeos y Novohispanos” y cuenta con obras de tinte religioso; y en la segunda titulada “Del Impresionismo a la Vanguardia” se ve mucho paisaje.

Una particularidad de estas salas que me entretuvo un buen rato fue el juego interactivo basado en el cuadro “Los Proverbios Flamencos” de Pieter Brueghel. Así, frente al cuadro mismo, hay una pantalla que muestra su imagen también, y en el que van apareciendo uno a uno el texto de 22 de los proverbios representados en la obra. El juego consiste en interpretar el refrán y buscarlo en la pintura, marcándolo en la pantalla táctil. Asimismo, hay que indicar el significado correcto. Nuestro resultado: Ubicamos 20, pero sólo acertamos en la explicación de 13 de ellos.

Luego llegaría el último giro (porque cada sala es un piso del edificio, y uno los va recorriendo hacia arriba por una rampa ascendente en forma de caracol), y con él el punto cumbre del museo: Rodín.

Entremezcladas con sus obras están las de otros escultores europeos, pero claramente esta sala (bautizada Julián y Linda Slim en honor a los padres del magnate) está dedicada al genio de Rodín, y allí se exhiben varias de sus más conocidas obras como “Las Tres Sombras”, “El Pensador” “El Beso”, que es el que se ve aca abajo.

 

Se exhiben también cabezas de varios tamaños y otros fragmentos de cuerpos humanos entre los que destacan las manos. Rodín hace un pormenorizado estudio de las manos humanas, sus gestos y posibilidades, que queda patente en la muestra del Museo Soumaya. También hay esculturas que se repiten, pero en diferentes tamaños, en lo que habría sido seguramente una muestra (difícil decirles bosquejo por su perfección), que luego derivaría en una obra mucho más grande. En definitiva, se trata de una de las colecciones más importantes de este artista fuera de Francia.

Queda sin embargo pendiente la sala 5, la penúltima que nos hemos salteado para hablar de Rodín. Este espacio está reservado para las muestras itinerantes, por lo que su contenido cambia cada tanto. Si mal no recuerdo durante nuestra visita se exponían pinturas italianas, de Venecia más precisamente.

 

La entrada al museo es libre y gratuita, así que es una excelente opción para los amantes de las artes que estén visitando Ciudad de México, y no menos buena para quienes no entiendan ni medio, pero tengan ganas de dejarse sorprender por los mejores artistas de la historia. Todos los detalles actualizados que necesites, haciendo click acá para ir a la web oficial del Museo Soumaya.

¡Que lo disfrutes!

Paseando en Trajinera: Visita a Xochimilco

“Embarcación de fondo plano fabricada con tablones e impermeabilizada con una goma de petróleo”. Esa es la definición de “trajinera”, y sinceramente yo la desconocía absolutamente antes de viajar a México, y puntualmente, antes de visitar la delegación de Xochimilco y sus coloridos embarcaderos, en la capital azteca.

El paseo en trajinera es una actividad bien tradicional de la Ciudad de México, así que habrá que reservarse un día para llegarse hasta la zona sur y disfrutar de esta particular experiencia.

El origen de esta tradición se remonta a la época prehispánica, tiempos en los que los indígenas construyeron en los lagos y canales del lugar porciones de tierra llamadas chinampas que utilizaban para cultivar y sembrar. Para moverse entre las chinampas y transportar los productos obtenidas en las mismas, se construían estas embarcaciones livianas que se movían impulsadas a través de una garrocha que se apoya en el fondo del canal y empuja; tal como se hace hoy en día.

Con el correr del tiempo y el avance de la economía este medio de transporte dejó de ser necesario, ya que en sí los canales comenzaron a desaparecer a medida que avanzaba la ciudad. Sin embargo en esta zona las trajineras permanecieron activas, e incluso se las potenció como atractivo turístico, para lo cual se las dotó de mesas, sillas y techos.

Actualmente se puede ir a alguno de los embarcaderos de la zona y contratar el viaje en trajinera para pasar un buen momento. El precio se negocia ahí mismo, por lo que hay que tener presente que debe ser por la trajinera entera y no por persona. Por supuesto que mientras mayor sea el grupo, más económico será el precio final per cápita, y más suculento debiera ser la propina para el timonel.

Lo que sí no está incluido en el precio son todos los adicionales que uno pueda contratar en el agua. Y es que en eso radica lo más interesante del paseo. Lejos de ser una navegación tranquila, el primer escollo será zarpar del muelle y sortear el tremendo tráfico de embarcarciones, proceso que en general incluye algún que otro choque (con los pertinentes ademanes y comentarios de los timoneles implicados).

Y en segundo lugar está la enorme y extremadamente variada oferta de servicios y productos. Lo primero es lo primero, e hidratarse es fundamental para la vida humana, así que una de las primeras trajineras proveedoras será la cervercera. El pedido se embarcará en un tacho con hielo lleno de la marca y tipo que uno haya pedido; y al volver se pagará lo efectivamente consumido.

Hay también oferta de comidas variadas, adornos, flores, entre otros. Pero quizá lo más llamativo sean las propuestas musicales, en particular la de los Mariachis, que viajan embarcados en su trajinera propia y ofrecen a los gritos tocarte una canción. En caso de aceptar y haber lugar, los músicos transbordarán a tu trajinera. Caso contrario adosarán la suya para que ambas vayan a la par, y te cantarán desde su embarcación. Un espectáculo digno de ver. Y de escuchar.

Además de lo que se puede comprar sin bajarse del bote están también las opciones en tierra. Hay por supuesto cantidad de restaurantes con terrazas que dan hacia el canal, pero también otro tipo de locales como los viveros donde se puede comprar alguna planta para el jardín de casa. Sólo es cuestión de avisarle al timonel para que estacione donde uno le pida.

Una particularidad de las trajineras son sus nombres, plasmados en vistosos e inconfundibles carteles instalados en las embarcaciones y adornados con flores y colores. Se dice que son personas a las que el dueño quería homenajear, pero la gran cantidad de nombres femeninos hace pensar que muchos tienen que ver con las chicas a las que los trajineros querían enamorar.

Al regresar a tierra firme uno tiene también la posibilidad de comprar alguna que otra artesanía en la feria del embarcadero.

Toda una aventura la navegación en Xochimilco, desde el momento en que se negocia el precio del paseo hasta que se vuelve a tierra. Allí uno se cruzará con cantidad de turistas extranjeros, pero también con familias enteras mexicanas que alquilan la embarcación completa para ellos, se llevan las viandas y las bebidas, y pasan el día disfrutando de una actividad diferente en su propia ciudad.

Hay mucho más CDMX para compartir aún, así que te invito a seguir visitando el blog para descubrirlo juntos.