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Una parada en Vapiano CDMX para almorzar pastas.

Estábamos recién llegados a la capital mexicana y luego de caminar un poco el barrio empezó a darnos hambre: era la hora del almuerzo. Así dimos con un local de Vapiano, una cadena con la que no contamos en Argentina y que justamente por eso, sumado a su sistema novedoso y comida de buena calidad, mereció este post gastronómico.

En mis viajes las pastas con un clásico, y Vapiano me presentaba la oportunidad de degustarlas por primera vez en CDMX, pero en algún punto el tema se complicó. Al ingresar te entregan una tarjeta, en la cual uno irá cargando sus consumos para luego pagar al final. Pero cuando nos acercamos a los mostradores no quedaba claro por dónde empezar.

Los menúes están en el mostrador, allí donde se debe pedir ya sea la pasta, la pizza o el antipasto (palabra curiosa que siempre me causó gracia) que uno quiera comer, pero sólo muestran las opciones de pizza y salsas. El tipo de pasta está indicado en los carteles sobre el mostrador así que para terminar el pedido hay que alzar la vista y mirar la pared. Hecha la elección de lo que uno quiere comer, listo: ahí mismo y frente a tus propias narices las chicas se ponen a cocinar tu plato.

Atrás de la cocinera, en las estanterías se ve el secreto: cada una de los tipos de pasta está porcionada en paquetitos ya preparados y cuando uno los pide es cuestión de calentarlos en la sartén, agregarles la salsa elegida y sentarse a comer.

Increíblemente para algo tan simple y “pre-preparado”, los fideos sabían muy bien. Y lo más importante, estaban al dente, como a mi me gustan. El postre no se quedaba atrás tampoco.

Y el café viene con carita feliz!!!

Ya con la panza llena es momento de levantarse y acercarse a la salida, donde se encuentran las cajas, como si se tratara de un supermercado donde pagás justo antes de irte. Allí se entrega la tarjeta al cajero que hace un resumen de lo que comiste y procede a cobrarte.

Pero se ve que el sistema no es infalible, como cuando fuimos nosotros que en el listado figuraba una limonada que no habíamos consumido. Simplemente hubo que avisarle al cajero que ese ítem no correspondía y enseguida lo borró, sin consultar nada más. Otra cultura y otro nivel de servicio al cliente, basado claramente en la certeza de que si alguien se queja por algo no lo hace para pasarse de vivo y pagar de menos.

Buena comida, atención bastante rápida y muy buena. Vapiano es una excelente opción para comer en CDMX cuando tengas ganas de pastas o pizza, sin demasiada sofisticación. Ojalá algún día podamos probar este concepto en Buenos Aires también porque es una excelente alternativa a las hamburguesas.

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Viajando de CDMX a Querétaro en el Omnibus de Primera Plus.

Para viajar hasta Santiago de Querétaro volar no era una alternativa viable. La única opción desde la CDMX era el vuelo de Aeroméxico que salía realmente una fortuna, así que decidimos buscar servicios por vía terrestre. Así dimos con Primera Plus y nos trasladamos  hasta la Terminal Central del Norte para tomar el micro correspondiente.

A pesar de no estar abordando un avión, la Central del Norte hace recordar a un aeropuerto. Está muy bien organizada y señalizada, como para que uno pueda moverse con facilidad dentro de la misma, y a su vez está dividida en salas de espera, cada una de las cuales además tiene asignada una determinada cantidad de dársenas.

La empresa Primera Plus tiene allí una sala de espera exclusiva, equipada con toma corrientes para poder cargar celulares o enchufar una laptop. Allí mismo está también la zona de recepción de equipaje, ya que a diferencia de cómo estamos acostumbrados en Argentina, aquí las valijas se entregan con anterioridad a abordar.

Otra similitud con los aeropuertos tienen que ver con los controles de seguridad, aunque en este aspecto hay algunos detalles que no se entienden bien. En cada una de las puertas que dan acceso a las dársenas hay instalados detectores de metales y scanners de control por donde se pasa el equipaje de mano. Lo inentendible es que luego de pasar por allí, el equipaje sea revisado físicamente por un oficial de policía al momento de abordar el micro.

Lo mismo sucede con los pasajeros. Luego de haber pasado por los detectores de metales (en donde si sonó la alarma te cachean), justo antes de subir al micro te vuelven a cachear. En otras palabras, los controles electrónicos en los accesos carecen de sentido ya que luego al pie del micro se dan los controles físicos.

 

Ahora sí, dejando de lado la infraestructura de la terminal, podemos hablar del excelente servicio de Primera Plus. Con micros muy cómodos y equipados con un wifi a bordo que funciona aceptablemente bien, cada uno de los asientos cuenta con su pantalla individual con entretenimiento a bordo que incluye una selección de películas, música, libros y juegos. Al subir, en cada asiento uno encuentra sus auriculares.

El pasaje incluye un refrigerio, así que antes de subir al micro uno puede elegir la bebida con la que acompañará “la bolsita feliz”. Agua mineral, jugos  y gaseosas son las opciones disponibles.

La bolsita contiene un sandwich con jalapeño (agarrate con el picante) y una barrita de cereales. Suficiente para pasar las horas que nos esperan arriba del micro.

De esta forma se viaja por tierra en México, una alternativa para aquellos destinos cercanos a CDMX, ya que en un país tan grande si uno se aleja mucho la mejor forma de transportarse será por avión. Pero sinceramente, al menos en nuestra experiencia, el nivel del servicio por bus es muy bueno, así que será una alternativa a considerar cuando estés por allá.

Alojándonos en el Holiday Inn de Reforma, en CDMX, México.

Durante nuestra segunda estadía en Ciudad de México, al regreso de la escapada por la Península de Yucatán, nos alojamos cuatro noches en el Holiday Inn de CDMX. Sin lugar a dudas, su principal ventaja es la ubicación: sito justo al lado del shopping Reforma 222, a metros del Ángel de la Independencia, se encuentra en la llamada Zona Rosa, un área que se destaca por la gran cantidad de bares, restuarantes y locales de diversión nocturna; además de estar en una de las partes más turísticas de la ciudad.

 

El Holiday Inn se destaca también por su comodidad y limpieza. Recuerdo aún el perfume que se sentía apenas entraba en la habitación, que además era amplia y bien amueblada, aunque no había estantes y todo debía acomodarse en cajones, algo que personalmente me parece poco práctico.

Otro fuerte de la estadía fue el desayuno, que es muy completo e incluye panadería, frutas, yogurth y cereales. No faltaban tampoco los huevos revueltos y demás implementos para un fuerte y pasado desayuno americano, que realmente no son de mi preferencia.

Al desayuno se accede con una tarjeta que a uno le dan al momento del check in. Nosotros habíamos llegado al hotel antes del horario, así que en su momento dejamos los equipajes en el depósito y salimos a almorzar, y recién cuando volvimos nos asignaron la habitación. En ese momento no nos dimos cuenta, pero la tarjeta que nos dieron era por un solo desayuno. Al día siguiente consultamos en la recepción y efectivamente, se habían equivocado. Enseguida nos dieron una tarjeta que cubría los desayunos de toda nuestra estadía.

Algo destacable, para cargar el celular además del toma corriente habitual, tenías la opción del USB.

El wifi funcionaba muy bien. Como amenities se adicionaban también en la habitación cafetera, con su correspondiente café y té, y agua de cortesía, incluyendo vacitos descartables. La contra: no había frigobar, así que no se podía mantener fría una bebida.

El Holiday Inn resultó una excelente opción para estar en una ubicación céntrica y a un precio accesible dentro de CDMX.

El Palacio de Bellas Artes de México: Hogar de los murales mexicanos.

Ubicado a unas cuadras del Zócalo, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, el Palacio de Bellas Artes se alza imponente con su arquitectura art nouveau. Está allí desde el año 1934 en el que se lo inauguró bajo el nombre de Museo de Artes Plásticas, y fue el primer edificio dedicado a la exposición de piezas de arte en México.

Por este espacio rotan constantemente muestras temporales de diferente temáticas. Al momento en que lo visitamos nosotros la exposición que se presentaba era la de Rojo Mexicano, dedicada a la utilización de grana de conchilla en el arte. Acotada a un ambiente especialmente controlado en cuanto a temperatura y humedad, la entrada general al Palacio daba acceso a esta muestra también donde predominaba, obviamente, el color rojo.

Interesante fue, más allá de la posibilidad de contemplar las obras de arte, enterarnos de cómo se obtiene y se utiliza la grana de conchilla, tanto en el arte como en otros ámbitos; y que se trate de un colorante natural utilizado desde muy antigua época, como surge del hecho que se hayan encontrado rastos de conchilla en códices prehispánicos.

Pero de seguro lo más interesante del museo reside en su muestra permanente de muralismo. Allí se exhiben 17 murales de artistas mexicanos que datan de entre 1928 y 1963. El más importante e imponente es, sin lugar a dudas, “El Hombre controlador del Universo”, de Diego Rivera, al que seguramente le dedique un post en particular, pero los otros 16 no dejan de ser obras impresionantes también.

Las paredes de la planta alta del museo están “adornadas” con lo mejor de lo mejor, como ser esta serie también perteneciente al famoso Rivera.

Son obras realmente enormes, tanto que a algunas se hacen muy difíciles de fotografiar, como La Katharsis de José Clemente Orozco. Habrá que tratar de tomarla en diagonal para que entre en el plano…

O sino directamente fotografiarla desde el otro lado de la sala, como a esta señorita semidesnuda que sufre con sus manos encadenadas mientras intenta liberarse, que representa nada más y nada menos que a la nueva democracia, obra de David Siqueiros.

El movimiento del muralismo mexicano estuvo sumamente politizado, y se caracteriza por su gran preocupación social y política. Son una especie de metáfora gráfica y buscan significar algo muy puntual, y dar un mensaje concreto. Adentrarse en las explicaciones y detalles, puede ser algo apasionante, y muy cultivador. Una buena forma de estudiar historia mexicana por medios no tradicionales.

Además de los ya mencionados, el museo cuenta con obras murales de Jorge Camarena, Rufino Tamayo, Manuel Rodriguez Lozano y Roberto Montenegro.

Este te lo dejo en tamaño “grande”, para que lo aprecies bien. ¡Casi como si estuvieras ahí en el Palacio de Bellas Artes! Bueno, no… nada que ver…

Hay murales que incluso están relacionados unos con otros, y en realidad es imposible apreciarlos como se debe (y entenderlos) por separado. Es necesario considerarlos prácticamente una misma obra, e interpretarlos de tal forma.

Es el caso del “Tormento de Cuauhtémoc” y “Apoteosis de Cuauhtemoc”.

El museo está abierto al público de martes a domingo en el horario de 10 a 18 horas. Hay que considerar al planificar la visita que suele haber cola para ingresar, así que seguramente haya alguna demora en la puerta. Importante destacar que las fotografías no están permitidas (ni tampoco los videos), salvo que se abone un arancel adicional por la autorización de uso de las cámaras. En ese caso, (como el nuestro ya que necesitábamos ilustrar el post) les entregarán un sticker con la inscripción “FOTOGRAFO” que deben colocarse en un lugar visible.

Un lindo paseo, incluso para quienes no sean fanáticos de las artes o entendidos en las mismas. La exposición de los murales no tiene desperdicio, y en mi opinión cualquiera es capaz de apreciarla.

Para cerrar este post, y de algún modo crear un preámbulo para el que en algún futuro cercano publicaré, los dejo con una foto del maravilloso mural que acapara todas las miradas del Bellas Artes. Pasaría horas mirándolo, intentando descubrir cada uno de sus detalles, y lo que representan…

Próximamente, en Ahicito Nomás.

El Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, México.

Difícilmente haya algún mejor emplazamiento para el Museo Nacional de Historia mexicano que el Castillo de Chapultepec donde se encuentra desde 1940 cuando el presidente Lázaro Cárdenas ordenó que así fuera. Dentro de la primera sección del bosque homónimo del que ya hablamos en un post anterior, en la cima del cerro que le da nombre, se levanta esta imponente construcción erigida por mandato del virrey Gálvez en 1780.

A lo largo de la historia el castillo ha tenido diferentes funciones. Pensado originalmente como residencia del virrey fue también sede del Colegio Militar e incluso almacén de pólvora. Para 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo lo convirtió en su lugar de residencia, uniéndolo con el centro histórico de la ciudad a través de la construcción de un boulevard de estilo parisino que hoy en día es ampliamente conocido como el Paseo de la Reforma. Luego, pasaría a funcionar como residencia presidencial, hasta la decisión de Cárdenas de donarlo al pueblo.

Recorrerlo es casi obligatorio cuando uno visita la Ciudad de México. La entrada general vale MXN 70 y permite utilizar cámaras de fotos sin flash (incluídas las reflex), no así filmadoras, por las que se debe pagar un canon extra. Antes del ingreso, en los lockers que cuestan MXN 10 se pueden dejar las mochilas y carteras que se lleven encima, incluyendo la comida y bebida que tuvieran ya que no se puede ingresar con ellas al castillo.

Son un total de 15 salas dedicadas a la  historia mexicana desde la llegada de los españoles hasta el siglo XX, destacándose la época colonial, la sala 6 dedicada a la guerra de la independencia, el Segundo Imperio Mexicano con las figuras de Maximiliano I y Benito Juarez (quién luego fuera presidente de la república) a la cabeza, y la Revolución Mexicana.

Además de la exposición relativa estrictamente al museo de historia, hay habitaciones del castillo que pueden visitarse para conocer cómo era la vida los que alguna vez se alojaron en él. La planta baja está ambientada según la época en que Maximiliano y su esposa Carlota oficiaron de emperadores de México, mientras que la planta alta corresponden al período en que el castillo era residencia del presidente Porfirio Diaz.

Innumerable cantidad de objetos y muebles de otras épocas, perfectamente conservados, como así también obras de arte, sin faltar por su puesto los retratos de los emperadores.

Dan ganas de sentarse a la mesa de Maximiliano, verdad?

Y si de obras de arte hablamos, no podemos dejar de mencionar los murales, distribuidos por todo el castillo, incluyendo las salas de historia, pero también algunas en áreas comunes.

El Muralismo Mexicano es un movimiento artístico que comenzó con la Revolución y del que se pueden apreciar tremendas piezas hoy en día. Espero poder hablar más en profundidad al respeto en un próximo post, pero el Castillo de Chapultepec es claramente uno de los puntos donde se lo puede apreciar, por ejemplo, al subir las escaleras para acceder al primer piso.

Ni que hablar si levantás la vista y mirás el techo, donde uno se encuentra con la obra de Gabriel Flores cubriéndolo todo, representando la caída de uno de los Niños Héroes durante la Batalla del Castillo de Chapultepec, donde las tropas norteamericanas salieron victoriosas sobre las mexicanas.

Eso sí, no te olvides que estás en una escalera y tené cuidado, porque si tropezás la vas a pasar mal…

Por fuera el castillo también es impresionante. Los jardines, excelentemente cuidados, con sus esculturas y fuentes, lo llenan de colores que contrastan contra el gris del edificio.

Lo mismo que los vitrales, que agregan luminosidad.

Esta galería, por ejemplo, es particularmente linda de recorrer.

Y algo para no perderselo es la vista de la ciudad desde el castillo, especialmente desde el balcón que está casi perfectamente alineado con El Ángel de la Independiencia.

Es un lugar enorme, realmente. Recorrerlo con un criterio cronológico puede resultar un tanto complejo ya que el orden de las salas no está bien señalizado y uno puede llegar a estar  yendo y viniendo por la historia mexicana sin darse cuenta, si no se pone un poco de atención. Sería buena idea que junto con el ticket de entrada entregaran un folleto guía que indicara al visitante cómo hacer la recorrida.

Así y todo es una visita que se disfruta, y mucho. Recuerden ir con tiempo para no perderse ningún detalle que les interese y quizá si el día está lindo caminar también por el bosque contiguo.  Y sumérjanse en la apasionante historia de este país latinoamericano y en la forma de vida de sus gobernantes de siglos pasados. Un muy recomendable paseo que no de debe dejar de hacer!