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Fort George, la fortificación militar de Niágara on the Lake, Canadá.

Hoy en día cuando uno llega a Niagara on the Lake se encuentra con un muy tranquilo y pintoresco pueblo canadiense que es casi una villa veraniega a orillas del lago Ontario, pero esto no siempre fue así. En una época en la que no existían aviones y el comercio se desarrollaba principalmente por barco, el sistema de los Grandes Lagos era una vía de comunicación fundamental para llegar desde el Océano hasta el interior de Norteamérica, y por tanto este poblado, en la boca del río Niágara que conecta el lago Erie con el Ontario, gozaba de una ubicación estratégica.

Los cañones apuntaban hacia el Fuerte Niágara, ubicado del otro lado del río y controlado por los estadounidenses.

Siendo el río además la frontera entre Canadá y Estados Unidos, Niagara on the Lake tenía gran relevancia militar. Mucho más si se considera que en la ribera opuesta se levanta el Fuerte Niágara, construido por los franceses en 1679, ocupado por los británicos en 1759 y finalmente tomado por los estadounidenses (ya independientes) en 1796. Fue en ese momento, ante la amenaza que significaba semejante estructura militar al otro lado del río, que los británicos del lado canadiense levantaron el Fort George que, hoy en día, es un sitio histórico y principal atracción para visitar en Niagara on the Lake.

El pueblo es pequeño y super caminable, pero para quienes no quieran estar dando vueltas, la mejor forma de llegar hasta el fuerte será tomar la Byron Street (que es la primer calle paralela a la principal, en dirección al río) y bajar hacia el sureste hasta desembocar en el sitio. Allí se deberá pagar el ingreso, cuyo valor actualizado podés chequear en la página web oficial, y a modo de entrada te darán una moneda de época que deberás entregar al traspasar la empalizada que rodea el fuerte.

Ubicación del Fort George, al sureste del pueblo. Se accede por la primer paralela a Picton St en dirección al río.

El fuerte George (y el pueblo de Niagara en sí) fueron un escenario principal de la Guerra de 1812 que enfrentó a Estados Unidos y Gran Bretaña, pero que fue peleada en territorio canadiense (por aquella época, colonia británica). De hecho el fuerte tiene su propia batalla, en la que los americanos lo bombardearon hasta destruirlo casi por completo, abriendo la puerta para la posterior invasión y ocupación que duró desde mayo hasta diciembre de 1813. Por eso visitar Niagara on the Lake es respirar historia canadiense (y norteamericana), y una visita al sitio histórico es imprescindible.

En el fuerte hay mucho por recorrer y buena cantidad de actividades para realizar, con lo cual una excursión completa tomará al menos un par de horas. Igualmente, por supuesto se puede adaptar los intereses de cada uno, ya que la recorrida en sí es libre. Pero lo que recomiendo es averiguar cuándo se realizará la demostración de mosquetes, para no perderselá. El ver cómo se dispara un arma de aquella época es todo un espectáculo, y la graciosa explicación que te dan “los soldados” no tiene desperdicio.

Estruendosa demostración de disparo de mosquete.

Son varios los edificios que se pueden visitar y lo interesante es que en cada uno de ellos encontraremos un empleado (o varios) vestidos como soldados, quién te da una breve explicación de lo que estás viendo y responde todas las preguntas que tengas. Por eso, si bien la visita no es guiada, en sí lo es.

El comedor de los oficiales, siempre pulcro y listo para recibir los altos mandos del fuerte.

Con esto el fuerte parece tener vida y estar en actividad. Tanto que en la cocina hasta te encontrás a los soldados horneando unas galletitas típicas de la época, que te hacen probar.

Y hasta hay cuestiones interactivas. En las barracas, por ejemplo, además de entender cómo vivían los soldados y cómo era un día habitual (que arrancaba a las 5:30 de la mañana y se extendía hasta las 21 horas), nos pudimos calzar sobre la espalda las mochilas que utilizaban en servicio, y que pesaban unos 30 kilos. Si querés, también podés probarte un uniforme. Hay de todas las tallas!

En las barracas dormían los soldados con sus respectivas familias, todos juntos y sin intimidad.

Además de la cocina, las barracas y el edificio de los oficiales, también se pueden visitar el arsenal (totalmente construido a nuevo) y la cárcel (con su “agujero negro” a donde iban a parar los desertores y traidores). Además una de las barracas está adaptada y convertida en museo, donde uno puede explorar más sobre la Guerra de 1812.

Barriles de pólvora cuidadosamente guardados en el arsenal.

Pero quizá una de las vistas más interesantes (aunque nosotros no llegamos a comprender del todo su finalidad) es la que se obtiene desde afuera del fuerte, pero sin salir de él…

Detrás del arsenal se encuentra el túnel que lleva por debajo del suelo hasta más allá de la empalizada y desemboca en un punto por fuera de la fortificación, en el que se levantó una torreta de vigilancia que puede visitarse. Si vas con chicos, a no perderse la aventura de caminar por el pasaje subterráneo!

El fuerte dejó de prestar servicios como tal en 1824, cuando fue reemplazado por el Fuerte Mississauga, al otro extremo del pueblo y a donde los cañonazos norteamericanos no podían llegar. Al mismo tiempo la mayor parte de la actividad militar se mudó a las Barracas de Butler, que si bien están muy cercanas también evitaban el alcance de los bombardeos enemigos.

Hoy Fort George está reconstruido y convertido en un museo de historia viviente. Para todos aquellos que visiten Niagara on the Lake es casi una visita obligada. Si además, como yo, te gusta la historia y querés comprender un poco más de la actualidad canandiense y sus relaciones con los vecinos más poderosos del mundo, es un paseo que vas a disfrutar a pleno. Lo único malo (para los argentinos) es que todo está en inglés o en francés. Español no es una opción.

Toda la información necesaria para planificar tu visita la encontrás haciendo click aquí.

Te invito a conocerlo, y que dejes tu comentario contando tu experiencia!

Visitamos las cascadas más famosas: Las Cataratas del Niágara.

En el sureste canadiense, en la zona conocida como Los Grandes Lagos, existe un curso de agua que drena el contenido del lago Erie dentro del lago Ontario. Se trata del Río Niágara, y en un punto de este se encuentran las que seguramente sean las cascadas más televisivas del mundo: las famosas Cataratas del Niágara.

Se trata de una serie de saltos que, con aproximadamente 62 metros de altura y un caudal promedio de unos 2800 m3 por segundo, son las cataratas más voluminosas de América del Norte. Si bien en realidad son tres cataratas, casi que a simple vista se ven solo dos, ya que la más pequeña, llamada Velo de Novia, pasa desapercibida al lado de las más amplias Cataratas Americanas. Ambas están, por supuesto, del lado estadounidense del Ni{agara, ya que el río funciona como frontera natural entre ambos países.

Sin embargo, al menos en mi opinión, el mejor lado para visitar las cataratas es el canadiense, ya que desde aquí se tiene una excelente imágen panorámica de los saltos americanos, y casi que podemos meternos dentro de la más impresionante de las cataratas: Las Horseshoes Falls, que deben su nombre a su forma de herradura y son, por lejos, la foto más famosa del lugar (y la que ilustra la portada de este post).

Más allá de lo impresionante en sí de este espectáculo natural, lo que más me llamó la atención fue que las cataratas están casi en medio de la ciudad homónima, y con sólo caminar plácidamente por la costanera uno casi que puede tocarlas. Algo que lo que no estoy para nada acostumbrado, más con la experiencia en nuestras impactantes Cataratas del Iguazú (que dicho sea de paso, nada tienen que ver con estas).

Así uno tiene de un lado el río y sus impresionantes saltos, y del otro lo que se conoce vulgarmente como “Las Vegas canadiense”; una ciudad que a simple vista aparece como absolutamente artificial y levantada casi exclusivamente para que el turismo deje sus dólares canadienses allí. Pasada la mala sensación que me provocó descubrir aquello mientras buscábamos dónde estacionar el auto, podemos volver a apreciar esta maravilla de la naturaleza que sí vale la pena.

Como las cataratas están ahí nomás admirarlas desde la vereda, pegado a la varanda, es totalmente gratis. Pero como en todo lugar turístico hay por supuesto una variedad de opciones para disfrutarlas a cambio de un módico pago. Se puede por ejemplo visitar la parte de atrás de las cataratas y ver “al revés” a través de ellas, algo que me hubiera gustado mucho hacer, pero para lo cual no nos daban los tiempos ya que apenas teníamos un par de horas disponibles. Así que en lugar de eso optamos por el paseo en el barco, que es muy recomendable ya que te permite un acercamiento increíble.

El ticket incluye el poncho de nylon para protegerte del agua, y que funciona muy bien en aquellas partes que te deja cubiertas, pero al embarcarte tenés que tener en cuenta que la parte baja de tus pantalones, las mangas de algún buzo que lleves puesto, y muy especialmente tus zapatillas, van a quedar totalmente empapadas. Y mucho ojo con los electrónicos, tanto teléfonos celulares como cámaras de foto. Si bien parece que el barco no se acerca tanto a la caída de agua, la fuerza del agua, el vapor y espuma que se levantan producto de la fuerza de la choque contra el suelo y el viento puede jugarte una mala pasada y mojarte en el momento menos esperado, cuando parecía que estabas a total reparo.

Un dato impactante es el nivel de erosión que presentan las cataratas. Aunque ahora por medio de adelantos técnicos se ha logrado reducir su retroceso a 30 cm por año, la cifra promedio en los últimos años es de 0.91 cm al año. De hecho hace rato que las cataratas vienen “viajando” de esta forma, y hace unos 10900 años atrás se encontraban a la altura del pueblo de Queenston, es decir que han retrocedido mas de 10 kilómetros.

Las cataratas no solo son un atractivo turístico y una belleza natural, sino que además tienen gran injerencia en la economía y actividad de la región ya que desde hace largos años sus aguas son una fuente de energía importante, tanto para Canadá como para Estados Unidos. Es por eso que ambos países desarrollan un trabajo en conjunto con el objetivo de preservarlas, y el particular suelo del río ha sido objeto de estudios y trabajos. El más importante de ellos se realizó en 1969 cuando el caudal fue desviado por varios meses para que evitara pasar por las Cataratas Americanas, tiempo que los científicos aprovecharon para llevar adelante trabajos de gran importancia.

Hoy en día las cataratas están aquí y pueden visitarse de ambos lados del río. Claro que para cruzarlo habrá que tener a mano el pasaporte, ya que el Rainbow Bridge que se ve al fondo en la foto (por el que incluso se puede ir a pie) es un cruce fronterizo y habrá que hacer migraciones y aduana. Opción interesante para aquellos que quieran verlas desde más cerca, aunque por una cuestión de tiempos (como toda frontera tiene sus demoras) y de evitar burocracias gubernamentales, nosotros no tomamos. Nos pareció una mejor opción quedarnos del lado canadiense y sentarnos a comer una hamburguesa al sol, mientras se nos secaban los extremos de nuestras extremidades que habían quedado expuestas durante la navegación.

Para los interesados, Niagara Falls es un destino tradicional para ir de luna de miel (al menos para los norteamericanos). Pero obviamente no hace falta que te cases para ir hasta ahí. Sus cataratas homónimas son una belleza que hay que conocer cuando uno pasa por esta zona de Canadá.