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El tradicional Café de Tacuba y la historia de su fantasma.

Si bien la idea de visitarlo estaba desde el comienzo, durante el viaje en taxi del aeropuerto Merino Benitez hasta el departamento donde nos alojábamos se consolidó y se convirtió en un imperdible de la ciudad. Estoy hablando del centenario Café de Tacuba, uno de los restaurantes más tradicionales y reconocidos de México, que además de servir los más ricos platos, le diera nombre a la famosa banda de rock homónima (aunque con v en lugar de u tradicional).

Pero no es por las canciones de Café Tacvba que queríamos ir sí o sí al Café de Tacuba (valgan todas las redundancias), o al menos no solamente por eso. Es que durante ese recorrido el taxista nos habló de platos, aromas y sabores mexicanos que deberíamos probar, y en particular nos contó de este lugar, que fundado en 1912 tiene una historia propia (sino muchas) que contar.

A apenas unas cuadras del Zócalo, sobre la calle que a su vez le da nombre, se emplaza este mítico local desde tiempos inmemoriales en los que don Dionisio Mollinedo lo instaló en aquél lugar. Lleva más de cien años agasajando a sus clientes con los mejores platos de la ciudad, entre los que se cuentan tanto comida mexicana como internacional.

Pasaron por allí cantidad de personalidades, como ser artista el mexicano Diego Rivera quien anduvo con motivo de su casamiento, o Anthony Quinn que fue a filmar una película basada en un libro inspirado por uno de los empleados del antiguo café. Pero seguramente la más impactante haya sido del arco político, ya que Manlio Altamirano, hombre fuerte del PNR, fue asesinado allí cuando cenaba con su familia en junio de 1936.

Sin embargo, la historia sobre el café que nos decidió a visitarlo sí o sí no tuvo que ver con políticos ni con bandas de rock, y es incluso anterior al restaurante en sí. Se trata de la historia del lugar propiamente dicho, de esa vieja casona que desde hace un siglo alberga el local pero que anteriormente fuera parte del hospital psiquiátrico de la ciudad, a cargo de las monjas Clarisas.

Una de esas monjas era Sor María del Sacramento, hija del acaudalado que había donado la propiedad para instalar el hospital; y que incluso había cedido a su propia hija a favor de la Iglesia, convirtiéndola en monja. Según cuenta la leyenda, Sor María era dulce y hermosa, y uno de los internos estaba locamente enamorado de ella. Pero a pesar de haberse iniciado en la vida religiosa contra su voluntad, la joven rechazó a su pretendiente explicándole que ella se debía a Dios.

En un rapto de furia, amor y locura, el interno un día perdió el control y mató a su amada. Desde ese momento el fantasma de la monja clarisa vaga por los pasillos del Café de Tacuba, erizándole los pelos a los comensales que ocasionalmente la ven pasar, y ayudando a los cocineros en sus preparaciones, tanto que se dice que los más ricos platos saben así por el toque especial que el fantasma de Sor María les da.

Lamentablemente no puedo decir que yo haya visto ni sentido el fantasma, aunque alguna expectativa llevaba. Lo que sí sentí fueron a los Mariachis que tocaron un par de temas en la mesa de al lado. Y lo que ví es la hermosa ambientación que tiene el café, diferente en cada uno de los salones, y llamativa hasta en los baños, como se puede ver en las fotos que ilustran esta entrada.

El Café de Tacuba es un lugar diferente, donde es realmente un placer sentarse a degustar un plato en esos salones decorados con tanto esmero y rodeados por tanta historia. Más que aconsejable no ir apurado, y tomarse un momento para recorrer los detalles de cada salón con la mirada. Sin lugar a dudas, hay que incluirlo en la lista de puntos a visitar en CDMX.

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Una merienda en la histórica Casa de los Azulejos, en Ciudad de México.

En la esquina de la Avenida 5 de Mayo y la pequeña y peatonal calle La Condesa, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, se alza una particular casa que con sus tonos azulados desentona con el ambiente grisáceo del resto del área céntrica de la ciudad. Se trata de la así llamada “Casa de los Azulejos”, y es un lugar por el que todo turista está obligado a pasar a tomar algo cuando visita esta ciudad.

Este edificio fue célebre desde sus comienzos cuando se lo conocía como El Palacio de los Condes de Orizaba debido a que las dos casas que lo componen pasaron a manos de Luis de Vivero, quien ostentaba este título e incluso tuvo cargos gubernamentales de importancia. Luis ordenó unir ambas propiedades y quizá sea debido a esta peculiaridad que el interior de este café sea tan particular, contando con galerías y patios internos poco habituales en una casa común y corriente.

Sin embargo el concepto actual de la edificación es obra de los hermanos Sanborn, que adquirieron este lugar para establecer quizá la que sea la sucursal más peculiar de su cadena de restaurantes. Así es que en el interior de la Casa de los Azulejos, además de degustar algo en el restaurante, uno podrá recorrer las galerías y comprar algún artículo, como ser electrónicos y joyas, entre otros.

La casa es famosa por su fachada de talavera poblana azul que la distingue de cualquier otra edificación y la hace perdurar en la memoria de todos sus visitantes; pero también tiene particularidades en el interior como ser el salón pequeño donde las mesas y las barras llevan la misma estética azul que la fachada, la fuente que destaca en el salón principal rodeada de llamativos y enormes murales, y el piano, que lamentablemente cuando nosotros estuvimos permanecía cerrado sin dedos virtuosos que lo tocaran.

Una gran escalera lleva desde el salón principal hacia el primer piso, donde se ubican los baños y se tiene acceso a los balcones interiores que permiten la vista del lugar desde otra perspectiva. Desde allí se puede observar con claridad un impresionante mural pintado en 1925 por el artista José Clemente Orozco.

En la Casa de los Azulejos se puede probar comida típica mexicana, pero también hay opciones aptas para todo público, pues si bien es un lugar muy tradicional, a la vez es muy concurrido por los turistas. Así que si lo que buscas es una hamburguesa sin picante, aquí podrás encontrarla. En nuestro caso fuimos de tardecita, momento ideal para degustar un café con una estupenda y más que recomendable porción de “tentación de chocolate”

Particular es también la vestimenta de las meseras, a las que se identifica muy fácilmente por sus polleras coloridas a rayas, como así también algo que he visto en todos los locales gastronómicos de México: una mesa plegable portátil que los mozos y meseras llevan en la mano libre, y sobre la que apoyan las enormes bandejas repletas de cosas ricas al momento de servir.

Un detalle, quizá no menor: normalmente ir al baño en lugares públicos tiene costo en México. Este es el caso de la Casa de los Azulejos, salvo que lleves el ticket de lo que consumiste, ya que para los clientes es gratis.

Ahora sí, cuando andes por el centro histórico de México y te agarre hambre, ya sabés dónde parar!

Una tarde en Suipacha, Buenos Aires, la ciudad en medio de la Ruta del Queso.

Al oeste de la capital federal la ciudad de Suipacha es una buena alternativa para tomarse el día y escaparse del bullicio de Buenos Aires para bajar algún cambio y degustar cosas ricas. Cabecera del partido que lleva su mismo nombre, se accede a través del Acceso Oeste y empalmando luego con la ruta 5.

Como pasa en general con las localidades del interior de la provincia, Suipacha es una ciudad tranquila, donde seguir con el aceleramiento habitual capitalino queda francamente desubicado. En el centro la plaza es muy linda y está en excelentes condiciones, tanto de mantenimiento como de limpieza.

Una verdadera particularidad: la ubicación de las luminarias (ojo al caminar si vas whatsappeando con el celular!!)

Frente a la plaza se puede visitar la iglesia.

 Y otra curiosidad: una pequeña capilla, también frente a la plaza, pero a media cuadra de la iglesia principal.

Además de ser linda y tranquila para recorrer durante un domingo de sol, la ciudad de Suipacha tiene un atractivo puntual. La Ruta del Queso es una iniciativa que llevan adelante desde hace algunos años varios productores de la zona para crear un paseo de mini turismo de fin de semana mostrando lo que producen y cómo lo hacen.

El grupo lo integran fábricas de quesos, plantaciones de arándanos y criaderos de jabalíes principalmente, y todos ellos abren sus puertas para que los turistas puedan visitar las intalaciones, ver cómo se trabaja, degustar los productos  y, por supuesto, quién guste podrá llevarse algún rico recuerdo a su casa.

Hay varios recorridos que se pueden hacer, con diferentes opciones y precios, de acuerdo al interés y gusto de cada uno. En este link de la web de La Ruta del Queso tenés detalladas las opciones y sus precios, aunque también podés contactarte y organizar una visita guiada por diferentes establecimientos.

Por nuestro lado no hicimos la ruta del queso en sí, pero sabiendo de la fama del lugar, antes de salir de nuevo a la ruta paramos en un local regional y nos hicimos de algunos lácteos para la cena con picada entre amigos.

Una propuesta diferente para aprovechar un día soleado de fin de semana fuera de la ciudad. Para tenerla en cuenta!

Probamos una picada rosarina en el mítico bar El Cairo.

Ubicado en la esquina de Sarmiento y Santa Fé, el bar El Cairo se constituye como un lugar de paso obligado cada vez que uno visita la ciudad de Rosario. Inaugurado originalmente en 1943 se trató al principio de un típico bar, que hasta incluía mesas de billar.

Recién en los años ’70, luego de ser remodelado, pasó a convertirse en lugar de encuentro habitual de los jóvenes intelectuales rosarinos, entre los que se encontraba el escritor Roberto Fontanarrosa, su principal exponente al haberlo inmortalizado en una de sus obras: “La mesa de los galanes”.

Hoy en día todo turista que pase por la ciudad debe hacerse unos minutos para entrar en El Cairo y, aunque sea, disfrutar de un cafecito. Claro, habrá que hacerse tiempo para tomar el café y para esperar el turno, ya que suele suceder que tan famoso lugar esté lleno en los días y horarios pico, por lo que no es anormal ver gente esperando en el vestíbulo.

Una buena opción será, quizá, elegir pasar por El Cairo con un programa diferente al del café. Un ejemplo es elegirlo para cenar, como hicimos nosotros cuando fuimos sobre las 9 de la noche y nos pedimos una buena picada con cerveza. Rica y abundante, entre los dos conmensales no la pudimos finiquitar, y el precio no nos pareció para nada fuera de lugar.

Como corresponde a su aire intelectual local, El Cairo cuenta al fondo con un escenario donde en ocasiones se realizan espectáculos, con el fondo haciendo alusión a diferentes personalidades famosas de la ciudad; y a un costado del escenario una enorme biblioteca vidriada donde no sólo se exhiben (y venden) libros de Fontanarrosa, entre otros, sino que también hay diferentes tipos de tazas que uno puede comprar para llevarse un recuerdo del lugar.

En cuanto a ambientación el plato fuerte se lo lleva la escultura tamaño real del Negro Fontanarrosa, que te saluda al pasar, apoyado contra un clásico buzón de correos, cuando enfilás hacia los baños. Frenarse dos minutos para sacarse una foto con el Negro es también una obligación de toda visita a Rosario.

El ambiente del lugar tiene un aire intelectual que no se le puede escapar. Por allí seguirán pasando, seguro, los galanes para discutir de fútbol, política y, por qué no, de mujeres. Y también, como nos tocó el día que fuimos, estarán las damas disfrutando de una partida de dominó al tiempo que sorben su té. Una salida diferente a la que puedas experimentar en cualquier otro bar, y que se disfruta con sabor especial, más allá del tipo de café que le hayas pedido a la mesera.

Aunque de estilo puramente clásico, El Cairo no deja de estar a la vanguardia de la modernidad. Al menos así surge al revisar los medios de pago aceptados, entre los que se destaca el bitcoin!

En Rosario, un lugar no sólo recomendable, sino imperdible. Cuando estés por allá date una vuelta. Y cuando pases al baño dejale mis saludos al Negro!

 

 

Almorzando en El Náutico de Puerto Madryn

Salir a comer afuera es toda una ceremonia, esté donde se esté, pero cuando uno está de vacaciones se convierte en un gusto que siempre hay que darse. Durante mi estadía en Puerto Madryn me encontré que resultó ser un gusto difícil de satisfacer: en general encontré que los precios son altos, o al menos demasiado caros para lo que en servicio y comida se ofrece.

Uno de los pocos lugares que se salieron de esta regla nefasta fue El Náutico, Bistró de Mar. Ubicado sobre la playa, se trata de uno de los paradores más céntricos, y a mi gusto y ojo poco profesional culinariamente hablando, al menos, uno de los mejor puestos.

Los sillones en el lobby al aire libre parecen cómodos, pero el ambiente no lo es tanto al meterse en el interior del local: como suele suceder en estos casos, si bien el lugar es amplio y parece físicamente cómodo, es muy ruidoso, con un murmullo constante que, a mi en particular, me saca. Así que optamos por salir y aprovechar el día soleado en la galería cubierta que tiene detrás, con vista a la playa aunque aislada de la arena por un muy acertado cerramiento de vidrio. Además, el lugar está semi techado así que el sol no molesta demasiado y permite disfrutar del almuerzo.

Si bien alguien que sabe del tema me indicó que la característica de un bistró es su carta acotada, El Naútico destaca por una buena gama de variedades en cuanto a platos se refiere. Por supuesto, los pescados y mariscos son protagonistas y se convierten en muy buenas opciones a degustar. Nuestra elección fue cornalitos de entrada, y pejerrey a la romana de principal.

Los cornalitos nunca los había probado, y puedo decir que estaban exquisitos.

Y el principal tampoco defraudó.

 

Sin sobresalir demasiado el servicio del mozo fue aceptable y se ganó la propina correspondiente. Y ahora vamos a lo que nos interesa: buen servicio, excelente mercadería y a orillas del mar: entonces te sacan la cabeza. No, no es el caso. El almuerzo nos salió en marzo 2017 a razón de $200 por persona, sin vino ni postre, lo cual me parece un precio razonable, y resulta mucho más económico que otros lugares de esta ciudad patagónica.

Una buena alternativa para comer bien y relajado, mirando el mar.