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Probamos las deliciosas empanadas de Doña Salta.

Era sabido desde antes que abordáramos el avión ya que un viaje a Salta no es tal si no hay empanadas. Y a la ciudad del caudillo Güemes llegamos con una recomendación que contaba con todos los diplomas: tanto por venir de un salteño, como por tratarse de alguien que sabe de cocina y conoce los secretos de la gastronomía de su tierra. Así que teníamos la consigna de pasar por Doña Salta. Lo hicimos, y Doña Salta no falló.

Ubicado en pleno centro histórico de la ciudad, a la vuelta de la plaza principal, al 46 de la calle Córdoba, este restaurant se especializa en platos regionales, los cuales son servidos en un ambiente muy cálido, y con una atención bien cuidada por sus mozos. En nuestro caso llegamos temprano, apenas después de las 20 horas, con lo cual pudimos elegir dónde sentarnos sin problemas, pero con el correr de los minutos el lugar se llenó. Día de semana y aun fuera de temporada (las vacaciones de  invierno recién comenzaban la semana siguiente) daba muestras de lo concurrido del lugar.

Muy buenos comentarios habíamos recibido de sus clásicas empanadas salteñas, así que esa fue nuestra entrada. Se pueden elegir de carne y jamón y queso, pero la oferta tiene algunas variantes interesantes, como ser las de charqui de los Valles Calchaquíes (caracterizadas por su “carne deshilachada”, y las de queso, que son simplemente increíbles. No podés dejar de pedirlas, porque no se parecen a ninguna otra empanada de queso que hayas probado antes. Pero para ser justos, no importa el sabor que elijas, pequeñas pero muy ricas, las empanadas de Doña Salta no defraudan. Perfectamente el programa podría ser cenar una docena de ellas.

Los platos fuertes fueron una cazuela de cabrito y un guiso de mondongo. Ambos excelentes (el guiso para los que les guste el mondongo, por supuesto, lo cual no es mi caso). Claro que la cazuela resulta algo difícil de comer, ya que con tanto líquido se dificulta pelar los huesitos del cabrito. Por suerte el mozo me había dejado un plato para ir depositando los huesos, que además de cumplir su función sirvió para maniobrar con el cuchillo de forma más efectiva (y menos peligrosa para el resto de los comensales).

Para el postre también optamos por un clásico local. El turrón salteño es  una especie de milhojas con poco dulce de leche y merengue, hecho con miel de caña, y es delicioso.

Doña Salta es un excelente lugar para comer. Y los precios son accesibles. En nuestro caso, por una cena con entrada, postre y vino, para dos personas gastamos $800, a valores de julio 2018. El único detalle negativo es que no ofrecen cafetería, así que si pensabas pedirte un cortado para bajar todo lo que comiste, vas a tener que tomarlo en otro lugar.

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La Casa de la Aviación: el punto spotter de Ciudad de México.

No importa el lugar del mundo donde me encuentre, los aviones serán siempre algo que se llevarán mi atención. Si tengo oportunidad, no dudaré en invertir algo de tiempo en buscar un punto con vista a la pista para lograr una toma como la gente. En CDMX esa búsqueda no es necesaria, porque contigua al Benito Juarez se encuentra la terraza de la Casa de la Aviación, donde spotters, tripulaciones y simples #avgeeks se juntan a tomar algo y disfrutar de su pasión: los aviones.

Durante nuestra estadía en la Ciudad de México nos acercamos una tarde hasta Poniente 13, en Colonia Cuchilla del Tesoro, justo donde la calle se corta por el paredón perimetral del aeropuerto, para conocer la primer casa spotter del mundo, tal como ellos mismos la definen.

En ese momento aún era conocida como La Casa de Juan Juan, tomando su nombre del de su dueño, Juan Carlos Juan, cuya familia optó por aprovechar la ubicación estratégica de su propiedad para fusionarla con su pasión por los aviones y convertirla en un proyecto comercial especialmente diseñado para entusiastas de la aviación. Así, la terraza de la propiedad se transformó en el punto spotter de México, desde el que se obtiene una vista despejada de las pistas y la plataforma del Benito Juarez.

Emplazada en un extremo del aeropuerto, La Casa de la Aviación tiene una vista privilegiada de la cabeceras 23 R y L, y al despejar u ocupar la pista los aviones taxean a metros de donde uno está alzando el teleobjetivo, por lo que es habitual que los pilotos se tomen un paréntesis para saludar a los fotógrafos.

Allí nos recibieron Betzabel y Araceli, que son unas anfitrionas de lujo y hacen que las horas que pasas contemplando el constante movimiento del aeropuerto sean realmente placenteras. Se alegraron mucho de recibir visitas desde Argentina, y nos contaron que suelen tener visitantes de otros lugares del mundo como Costa Rica, Francia e Inglaterra. A todos ellos les ofrecen una carta de comidas rápidas cuyos menúes llevan nombre de aviones, como ser el 727 que remite a un sandwich de jamón y queso acompañado por fritas y gaseosa.

Si pedís un café, sale personalizado. Y las tazas son un buen recuerdo que podés comprar para llevarte a tu casa.

Especialmente acondicionada para los spotters, la Casa de la Aviación  no sólo ofrece un punto seguro desde el cual apreciar los despegues y aterrizajes, sino que le agrega valor a la experiencia muy inteligentemente: por los altoparlantes se escucha la frecuencia de la torre de control, con lo cual uno está siempre al tanto del movimiento aeroportuario; y además cuentan con una PC con Fligthradar24 para chequear la ubicación de los aviones que están aproximando.

Nuestras anfitrionas nos contaron también que suelen recibir la visita incluso de escuelas de vuelo, cuyos profesores llevan a los alumnos para enseñarles en vivo y en directo los diferentes tipos de avión que operan en la terminal aérea; al punto que estuvieron a punto de instalar un simulador de vuelo a través de un convenio con una de ellas. El proyecto por ahora está frenado, pero sigue allí latente, y ojalá algún día se pueda hacer realidad.

También es habitual que se acerquen tripulaciones, luego de hacer el aterrizaje por alguna de las dos pistas paralelas de la terminal, así que si pasás es probable que tengas oportunidad de cambiar algunas palabras con un piloto, mientras contemplás extasiado el despegue del majestuoso B747 carguero de Cargolux.

La Casa de la Aviación abre de martes a viernes de 14 a 20 hs, y los fines de semana extiende su horario a partir de las 12 del mediodía. Pero cuando hay algún evento especial en el aeropuerto, como el arribo de un avión particular, suelen invitar en horarios fuera de schedule. Para estar al tanto de las novedades, nada mejor que seguirlos en su facebook oficial al que se puede acceder en este link.

Definitivamente, es EL lugar para disfrutar de los aviones que operan en el AICM, de forma segura y con un ambiente relajado y familiar. Si estás por CDMX y son fanático de la aviación no tenés opción, tenés que visitar La Casa de la Aviación.

 

Almorzamos en el Viejo Almacén, de Pablo Acosta.

El objetivo era claro: fotografiar la estación de tren.

Con esa idea en la cabeza guardamos todos los implementos del espontáneo almuerzo en el Parque Sarmiento de Azul, y tomamos la ruta provincial 58 hasta el punto donde termina su asfalto. Allí, casi en medio de la nada, un pequeño caserío y apenas un cartel en el campo que nos probaba que no estábamos equivocados. Aquello era Pablo Acosta, pero de la estación, ni rastro.

Luego de mucho preguntar nos enteraríamos que la que buscábamos era la última estación en inaugurarse en la Provincia de Buenos Aires, y paradógicamente, la primera en levantarse. La demolieron, allá por el año 1969, y lo único que quedó de ella fue el cartel que la anunciaba, del que ni siquiera se sabe si el lugar donde está emplazado hoy es el original, o si en algún momento de la historia se lo trasladó hasta allí.

Pero la cantidad de autos estacionados hacía sospechar que el viaje hasta allí no había sido en vano. En la esquina, justo frente al cartel, se alza el Viejo Almacén, al que por supuesto habríamos de volver antes de regresar a Buenos Aires.

La historia de este local es por demás interesante, debiendo su nombre a su función original: se trataba del almacén de ramos generales del pueblo, que en su apogeo motorizado por la actividad del ferrocarril llegó a tener unos hoy increíbles 500 habitantes. El almacén funcionaba junto a la estación, a la cual pertenece el bloque que hoy descansa en el patio del restaurante y que delata el que se supone que es el año de la llegada del tren: 1929.

Hasta hace un tiempo el local estaba cerrado y abandonado, cuando una pareja oriunda de la ciudad de Azul quizo cambiar de estilo de vida y le propuso al dueño restaurarlo e instalar allí el restaurante de campo que hoy funciona.

En un ambiente rústico, antiguo y bien campestre, uno puede sentarse sin que el tiempo apremie (los relojes parecieran no funcionar en este lugar) y disfrutar un almuerzo memorable. El precio es fijo y el menú incluye una tabla de fiambres como entrada, y parrilla al estilo tenedor libre, es decir, hasta donde puedas comer. A tener en cuenta, no es cualquier parrillada. El día que fuimos incluía lechón y cordero, además del tradicional asado.

La calidad de la comida es excelente, y de los fiambres (los cuales por supuesto podés comprar para traerte), ni hablar. Los quesos son exquisitos, y a los salames los prepara el dueño con sus propias manos. ¿Qué te recomiendo para comprar? Ambos.

El clima en el restaurante es familiar, y el trato de los dueños muy ameno. Y si tenés suerte, como el día feriado que fuimos nosotros, además hay show musical en vivo con el que se arma baile en pleno almuerzo.

Como suele pasar, en estos lugares las paredes tienen tanta historia como el lugar mismo. Así pueden verse colecciones de botellas en las estanterías, publicidades de antaño y todo tipo de reliquias que decoran el salón y le dan un aire muy especial.

Hasta máquinas de escribir, hay…

Un almuerzo diferente, tanto en contenido como en todo lo que lo rodea, y en medio del campo. Una comida que se disfruta. Cuando vayas por Azul, hacete un tiempo largo y, sin apuros, date una vuelta por el Viejo Almacén. ¡No te vas a arrepentir!

El tradicional Café de Tacuba y la historia de su fantasma.

Si bien la idea de visitarlo estaba desde el comienzo, durante el viaje en taxi del aeropuerto Merino Benitez hasta el departamento donde nos alojábamos se consolidó y se convirtió en un imperdible de la ciudad. Estoy hablando del centenario Café de Tacuba, uno de los restaurantes más tradicionales y reconocidos de México, que además de servir los más ricos platos, le diera nombre a la famosa banda de rock homónima (aunque con v en lugar de u tradicional).

Pero no es por las canciones de Café Tacvba que queríamos ir sí o sí al Café de Tacuba (valgan todas las redundancias), o al menos no solamente por eso. Es que durante ese recorrido el taxista nos habló de platos, aromas y sabores mexicanos que deberíamos probar, y en particular nos contó de este lugar, que fundado en 1912 tiene una historia propia (sino muchas) que contar.

A apenas unas cuadras del Zócalo, sobre la calle que a su vez le da nombre, se emplaza este mítico local desde tiempos inmemoriales en los que don Dionisio Mollinedo lo instaló en aquél lugar. Lleva más de cien años agasajando a sus clientes con los mejores platos de la ciudad, entre los que se cuentan tanto comida mexicana como internacional.

Pasaron por allí cantidad de personalidades, como ser artista el mexicano Diego Rivera quien anduvo con motivo de su casamiento, o Anthony Quinn que fue a filmar una película basada en un libro inspirado por uno de los empleados del antiguo café. Pero seguramente la más impactante haya sido del arco político, ya que Manlio Altamirano, hombre fuerte del PNR, fue asesinado allí cuando cenaba con su familia en junio de 1936.

Sin embargo, la historia sobre el café que nos decidió a visitarlo sí o sí no tuvo que ver con políticos ni con bandas de rock, y es incluso anterior al restaurante en sí. Se trata de la historia del lugar propiamente dicho, de esa vieja casona que desde hace un siglo alberga el local pero que anteriormente fuera parte del hospital psiquiátrico de la ciudad, a cargo de las monjas Clarisas.

Una de esas monjas era Sor María del Sacramento, hija del acaudalado que había donado la propiedad para instalar el hospital; y que incluso había cedido a su propia hija a favor de la Iglesia, convirtiéndola en monja. Según cuenta la leyenda, Sor María era dulce y hermosa, y uno de los internos estaba locamente enamorado de ella. Pero a pesar de haberse iniciado en la vida religiosa contra su voluntad, la joven rechazó a su pretendiente explicándole que ella se debía a Dios.

En un rapto de furia, amor y locura, el interno un día perdió el control y mató a su amada. Desde ese momento el fantasma de la monja clarisa vaga por los pasillos del Café de Tacuba, erizándole los pelos a los comensales que ocasionalmente la ven pasar, y ayudando a los cocineros en sus preparaciones, tanto que se dice que los más ricos platos saben así por el toque especial que el fantasma de Sor María les da.

Lamentablemente no puedo decir que yo haya visto ni sentido el fantasma, aunque alguna expectativa llevaba. Lo que sí sentí fueron a los Mariachis que tocaron un par de temas en la mesa de al lado. Y lo que ví es la hermosa ambientación que tiene el café, diferente en cada uno de los salones, y llamativa hasta en los baños, como se puede ver en las fotos que ilustran esta entrada.

El Café de Tacuba es un lugar diferente, donde es realmente un placer sentarse a degustar un plato en esos salones decorados con tanto esmero y rodeados por tanta historia. Más que aconsejable no ir apurado, y tomarse un momento para recorrer los detalles de cada salón con la mirada. Sin lugar a dudas, hay que incluirlo en la lista de puntos a visitar en CDMX.

Una merienda en la histórica Casa de los Azulejos, en Ciudad de México.

En la esquina de la Avenida 5 de Mayo y la pequeña y peatonal calle La Condesa, en pleno centro histórico de la Ciudad de México, se alza una particular casa que con sus tonos azulados desentona con el ambiente grisáceo del resto del área céntrica de la ciudad. Se trata de la así llamada “Casa de los Azulejos”, y es un lugar por el que todo turista está obligado a pasar a tomar algo cuando visita esta ciudad.

Este edificio fue célebre desde sus comienzos cuando se lo conocía como El Palacio de los Condes de Orizaba debido a que las dos casas que lo componen pasaron a manos de Luis de Vivero, quien ostentaba este título e incluso tuvo cargos gubernamentales de importancia. Luis ordenó unir ambas propiedades y quizá sea debido a esta peculiaridad que el interior de este café sea tan particular, contando con galerías y patios internos poco habituales en una casa común y corriente.

Sin embargo el concepto actual de la edificación es obra de los hermanos Sanborn, que adquirieron este lugar para establecer quizá la que sea la sucursal más peculiar de su cadena de restaurantes. Así es que en el interior de la Casa de los Azulejos, además de degustar algo en el restaurante, uno podrá recorrer las galerías y comprar algún artículo, como ser electrónicos y joyas, entre otros.

La casa es famosa por su fachada de talavera poblana azul que la distingue de cualquier otra edificación y la hace perdurar en la memoria de todos sus visitantes; pero también tiene particularidades en el interior como ser el salón pequeño donde las mesas y las barras llevan la misma estética azul que la fachada, la fuente que destaca en el salón principal rodeada de llamativos y enormes murales, y el piano, que lamentablemente cuando nosotros estuvimos permanecía cerrado sin dedos virtuosos que lo tocaran.

Una gran escalera lleva desde el salón principal hacia el primer piso, donde se ubican los baños y se tiene acceso a los balcones interiores que permiten la vista del lugar desde otra perspectiva. Desde allí se puede observar con claridad un impresionante mural pintado en 1925 por el artista José Clemente Orozco.

En la Casa de los Azulejos se puede probar comida típica mexicana, pero también hay opciones aptas para todo público, pues si bien es un lugar muy tradicional, a la vez es muy concurrido por los turistas. Así que si lo que buscas es una hamburguesa sin picante, aquí podrás encontrarla. En nuestro caso fuimos de tardecita, momento ideal para degustar un café con una estupenda y más que recomendable porción de “tentación de chocolate”

Particular es también la vestimenta de las meseras, a las que se identifica muy fácilmente por sus polleras coloridas a rayas, como así también algo que he visto en todos los locales gastronómicos de México: una mesa plegable portátil que los mozos y meseras llevan en la mano libre, y sobre la que apoyan las enormes bandejas repletas de cosas ricas al momento de servir.

Un detalle, quizá no menor: normalmente ir al baño en lugares públicos tiene costo en México. Este es el caso de la Casa de los Azulejos, salvo que lleves el ticket de lo que consumiste, ya que para los clientes es gratis.

Ahora sí, cuando andes por el centro histórico de México y te agarre hambre, ya sabés dónde parar!