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A bordo del HMS Belfast: El buque museo de Londres.

Amarrado a orillas del río Támesis, a escasos metros del Tower Bridge, una embarcación llama la atención de todo visitante que esté paseando por Londres. Se trata del HMS Belfast, un poderoso destructor que, desde que fue botado en 1938, cumplió servicio en la marina real. Y sí, no es una réplica ni mucho menos, se trata de un buque de guerra real, que peleó batallas de verdad.

De hecho es muy reconocido por su participación en la Segunda Guerra Mundial y en el Guerra de Corea. Particularmente sobre la primera podemos decir que tuvo un lugar en, quizá, la batalla más trascendental de la humanidad hasta el momento: la Batalla de Normandía cuyo primer día es conocido como Día D y marcó una bisagra en la historia mundial al imprimir el giro que los aliados necesitaban para finalmente derrotar a la Alemania nazi.

Con tan impresionante currículum, el HMS Belfast hoy en día es parte del Imperial War Museum, y tiene la particularidad de poderse recorrer casi en su totalidad. Es una muy interesante visita, tanto para grandes como para chicos, en la cual uno no solo se entera de los pormenores de la vida a bordo, sino que en cierto sentido, recorriendo los distintos pasadizos y habitáculos, hasta casi que se tiene la sensación de estar viviéndola en carne propia.

Claro que la visita tiene sus restricciones. Se trata de un barco real, y por tanto la movilidad para aquellos que no estamos acostumbrados, puede resultar un tanto difícil. Son numerosas las escalerillas que hay que subir y bajar (a veces uno no sabe cómo ponerse, si de frente o de espaldas), y en algunas ocasiones el espacio para moverse es extremadamente angosto. Así que es sabido, no es un museo apto para todo el mundo.

Pero quienes estén en condiciones de recorrerlo de seguro lo disfrutarán. Junto con la entrada (que conviene comprarla por internet porque es más barata que sacarla en el lugar) uno puede hacerse de una audioguía, una herramienta pràcticamente indispensable para saber dónde estamos parados. Afortunadamente, la audioguía está disponible en varios idiomas, entre ellos el español.

A medida que se va avanzando por el barco uno se va enterando de los detalles de la vida abordo, hechos históricos en los que participó el buque, como así de detalles técnicos con respecto a su navegación y equipamiento.

Estos detalles incluyen curiosidades interesante, como el hecho de que siempre hubiera a bordo un gato, para luchar contra las ratas; o como la vieja costumbre inglesa de entregar a cada hombre una ración diaria de ron “para levantar el espíritu”, que los marineros se tomaran ese sorbo “en honor a la Reina” y que en plena Guerra de Corea la tripulación del HMS Belfast haya consumido un total de 32000 litros de esta bebida alcohólica.

Pero no, no se ilusionen y corran a enrolarse en la Royal Navy: esta práctica se abolió en los años ’70 por el riesgo que implicaba el consumo de ron en hombres que debían manipular maquinaria pesada (llamativamente no hacen mención de tener que controlar el lanzamiento de torpedos, ni nada por el estilo).

En cuanto a la navegación, algo imponente es entrar en la sala del timón. Y digo imponente por el nivel de encierro: se trata de un pequeño cuarto al que no ingresa la luz del sol. Desde allí el timonel maniobra absolutamente a ciegas para evitar que el buque choque con algún obstáculo y llegue a destino.

Claro, lo hace siguiendo las órdenes impartidas por el capitán desde el puente. Definitivamente, eran órdenes que debían obedecerse al pie de la letra y de inmediato. Cualquier demora (o interpretación equivocada) podría terminar en tragedia.

Otra curiosidad es la del dentista abordo, que además actuaba como anestesista cuando había que operar a algún marinero, cosa que siempre se trataba de evitar porque hacerle embarcado, con el vaivén del océano, no solo hace más difícil el trabajo del cirujano, sino que lo convierte en realmente peligroso. Pero en ocasiones no podían esperar a tierra firme y la evacuación del enfermo en un helicóptero no era posible y, entonces, antes que dejarlo morir se asumía el riesgo de tomar el bisturí.

Párrafo aparte se merece la sala de municiones, seguramente la parte más emocionante de toda la visita porque, tratándose de un buque de guerra podríamos decir que es como su corazón, y además por supuesto es siempre el lugar más inaccesible al que se pueda aspirar. Y sí, en el HMS Belfast uno puede meterse allí y caminar entre réplicas de bombas (es decir, espero que fueran réplicas). Uno casi se siente un marinero de verdad, porque llegar hasta ahí es bajar y bajar por escalerillas y escotillas cada vez más angostas hasta desembocar en un cuarto donde el espacio para moverse es casi nulo.

Y por supuesto, un paseo por la cubierta es un obligado. Desde allí se aprecia el gran poder de fuego que tenía el HMS Belfast.

El buque permanece abierto al público todos los dìas entre las 10 y las 17 hs. Al momento de visitarlo, mi recomendación es ir con las entradas compradas por internet (link al sitio) y con tiempo. Si uno quiere profundizar más en cada detalle del barco tiene la posibilidad de hacerlo, y es muy probable que algunas de las salas te llamen la atención como para hacerlo, pero hay que considerar que entonces la visita se alarga.

 

 

 

Para recorrerlo en su totalidad habrá que disponer de no menos de dos horas, y en realidad mi recomendación es calcular tres. Pero por supuesto, es cuestión de gustos e intereses.

Butler´s Barracks: Un sitio histórico de Canadá convertido en parque.

Niagara on the Lake es un pueblo pequeño y muy caminable (en los meses de verano, claro) a orillas del Lago Ontario, justo en la desembocadura del río Niagara que le da el nombre. Hacia el este del pintoresco centro histórico, prácticamente lindero al Fuerte George del que ya hablamos en este otro post, hay un amplio espacio de unas 2 hectáreas de parque al aire libre.

Al Sitio Histórico Nacional Barracas de Butler hoy en día se accede desde el Veterans Memorial Park, y cuenta con una serie de largos senderos por los que se puede realizar una caminata realmente placentera, a la sombra de los árboles (en ocasiones) y respirando aire puro y sobre todo, tranquilidad.

Pero esto no siempre fue así, ya que las Butler’s Barracks (bautizadas así en honor al heróico soldado de la Revolución Americana que fundara el pueblo de Niagara on the Lake) tienen historia militar desde sus orígenes, y por tanto supieron estar muy ajetreadas. Construido a partir de 1814, fuera del alcance de los cañones estadounidenses apostados del otro lado del río (y luego de que tales armas destruyeran el Fort George el año anterior), el complejo se convirtió en el principal centro militar británico para la defensa de la península de Niágara.

Con Canadá erigido en un país independiente las Butler’s Barakcs devinieron en un campo de entrenamiento militar para voluntarios. Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914 estos entrenamientos se volvieron más intensivos ya que los hombres que aquí se ejercitaban serían destinados al frente europeo. Lo mismo sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, momento en que las instalaciones se expandieron para convertirse en una instalación militar con todas las letras.

Así que durante largos años estos campos donde hoy se puede disfrutar de salir a hacer algo de ejercicio escuchando música con los auriculares, estuvieron repletos de tiendas de campaña llenas de hombres jóvenes que se entrenaban para la guerra, incluido el Primer Batallón de Paracaidistas de Canadá. Formado en 1942, el célebre grupo que se unió a la 6ta División Aérea de Inglaterra y estuvo estacionado aquí en 1945 esperando su transferencia al Teatro de Guerra japonés, hasta que fue desarticulado en septiembre de aquél año con el fin de las hostilidades. Este batallón lleva aún el orgullo de no haber perdido nunca una batalla.

El campo militar se mantuvo en actividad hasta 1966, época en que las necesidades de defensa del país cambiaron. Hoy en día es un sitio histórico nacional en el que aún se mantienen en pie varias de las estructuras levantadas en su momento para albergar a los soldados.

Además durante el trayecto uno se encuentra con cartelería explicando lo que sucedió en aquél lugar, y en ocasiones unas muy interesantes transparencias a través de las cuales uno ve el terreno actual, pero superponiendo imágenes de lo que habrá sido la vida allí hace casi un siglo atrás, como en el caso de esta pareja que se despide a la vera de los rieles instalados para que el ferrocarril militar transportara a los milicianos hacia los campos de batalla europeos en los años ’40. La pareja representada es real, y no se volverían a ver por casi 5 años, hasta que finalmente se casaron en 1946.

Pero no todo es guerra en la historia de las Butler’s Barracks, sino que también hay lugar para la amistad y camadería. Así es que en agosto de 1955 se desarrolló en estos terrenos el octavo Jamboree Mundial Scout, la mayor reunión internacional que el movimiento Scout desarrolla usualmente cada 4 años para afianzar vínculos de amistad entre jóvenes de todo el planeta. En aquella oportunidad participaron unos 11000 scouts llegados de 71 países diferentes.

Pero como les decía, hoy en día todo es tranquilidad y paz en Butler’s Barracks, salvo cuando se organiza allí algún concierto de importancia, o cuando uno se topa con llamativos carteles alertando sobre la presencia de plantas venenosas.

Igualmente no es para preocuparse más que cuando uno va de camping a un lugar agreste,  o de trekking. Simplemente hay que evitar tocar la hiedra venenosa, que se reconoce por su tres hojas (la del centro más grande) con bayas blancas. Y particularmente aquí bastará con mantenerse en los senderos y en los sectores donde el pasto no está muy alto y permite ver lo que se está pisando.

Así se puede pasar un hermoso día al aire libre, disfrutando de un lugar histórico por el que tantos soldados han pasado, pero ahora, con un mate en la mano.