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Pasando el día en Taxco de Alarcón, el pueblo mágico de la plata.

A algo menos de 200 kilómetros al suroeste de la Ciudad de México se ubica la localidad de Taxco, en el estado de Guerrero, un muy pintoresco pueblo de rasgos claramente coloniales, famoso por sus antiguas minas de plata y la gran concentración de artesanos que trabajan con las mejores versiones de este material para crear piezas que se ofrecen allí mismo a muy buen precio.

Llegar hasta este lugar supondrá sortear una buena cantidad de montañas tomando pronunciadas curvas y contracurvas, ya que Taxco se encuentra en medio de los cerros, literalmente. Tanto es así que sus calles se caracterizan por ser angostas y con fortísimas pendientes. Caminar algunas cuadras en este pintoresco pueblo mágico puede no ser cosa fácil; difícilmente implique seguir una línea recta y nivelada, sino que en general significará tomar con precaución una pendiente, o bien esforzarse para remontarla. Al extremo incluso puede pasar, que tras haber transitado unos pocos cientos de metros, uno termine a la altura de la terraza correspondiente al edificio en cuyo nivel se inició la caminata.

Recorrer las calles de Taxco implica sentirse en otro tiempo. El servicio de taxi se caracteriza por ser realizado en vistosos VW Escarabajos a los que les falta el asiento del acompañante: ese lugar queda libre para que los pasajeros puedan ubicarse en el asiento de atrás, y como no queda nadie a mano, la puerta la cierra el conductor tirando de una soga atada al apoyabrazo. Viajar en taxi, en esos autos de décadas atrás, y por esas angostas y empinadas calles, es toda una aventura que cualquier viajero que se precie no debería perderse.

El edificio principal del pueblo es por supuesto, su catedral, pero poco hablaremos hoy de ella ya que la Santa Prisca merece un post exclusivo que se publicará próximamente. Su cúpula se alza imponente, resaltando por sobre los tejados del pueblo, justo frente a la plaza principal, que es en realidad una de tantas en este peculiar entramado de calles empedradas que quedaron de la época colonial. Es habitual en Taxco, que luego de caminar algunas cuadras por las zigzagueantes calles, se termine en una pequeña placita donde descansar.

Y por supuesto que si uno viene hasta aquí tiene que adentrarse en el mundo de la plata. En principio, y con carácter de obligatorio, habrá que conocer alguna de las minas. Taxco fue uno de los centros mineros más importantes en época de los virreinatos, concentrando una enorme cantidad de explotaciones de este estilo. Hoy en día pueden visitarse algunas de ellas, como hicimos nosotros, y como leerán próximamente aquí en el blog. Pero además se pueden adquirir artesanías de muy buena calidad, hechas en la plata más pura, y a valores mucho más económicos que en el resto del país. Gran cantidad de puestos están ubicados por todo el pueblo, especialmente alrededor del zócalo o centro, y todos se concentran en un gran evento semanal llamado Tianguis de Plata, una especie de mercado callejero de orfebrería que se monta los días sábados, prácticamente durante todo el día.

Hay igualmente otras atracciones que nosotros no llegamos a ver por haber pasado apenas unas horas en este hermoso lugar. Se pueden recorrer museos, pasear en el teleférico, caminar hasta el Cristo para obtener una impecable vista desde lo alto o incluso disfrutar de maravillas naturales como las Pozas Azules de Atzala. Pero para todo esto, será necesario hacer noche y quedarse algunos días para disfrutar todo al máximo.

Queda claro que quien esté interesado en comprar alguna artesanía de plata debería pasar por Taxco. Pero también quienes no lo estén no se verán para nada defraudados con esta peculiar ciudad, prácticamente encerrada por paredes de roca.

Te espero por acá para compartir juntos más detalles sobre Taxco de Alarcón en los próximos posts!

LA203: Viajando a Concepción en un vuelo sobrevendido.

Luego de un día intenso de trabajo en la capital chilena, al día siguiente nos tocaba viajar a la ciudad de Concepción, para lo cual teníamos pasajes para el LA203 que despegaba desde Santiago a las 8:15 de la mañana, razón por la cual los preparativos tenían que quedar listos antes de irnos a dormir. Sin embargo, el tema no fue tan fácil.

Luego de la cena nos dispusimos a realizar el checkin online siguiendo todo el proceso a través de la página web de Latam Airlines. Sin embargo, había algo que no estaba funcionando como de costumbre: al momento de elegir el asiento, no nos dejaba hacerlo. Pero tampoco nos asignaba asiento alguno. Y para finalizar, el sistema no nos dejó emitir el boarding pass, indicándonos que nos lo imprimirían en el aeropuerto. Sin prestarle demasiada atención al asunto nos fuimos a dormir, ya que el transfer al aeropuerto estaba reservado muy temprano: a las 6:30 debíamos estar listos en el lobby del hotel.

Al día siguiente llegamos bien temprano al Nuevo Pudahuel donde finalmente pudimos imprimir los boarding pass en las máquinas de autoservicio que hay en la zona de checkin, aunque con una rareza: los asientos estaban identificados como XXX. Es decir, no teníamos asientos. Algo preocupados consultamos con el personal de Latam y nos confirman que pasemos a la zona de embarque, ya que en la puerta misma nos asignarán los asientos.

No había más alternativas, así que hicimos seguridad rápidamente y llegamos al gate 34, donde nos esperaba uno de los colegas que también viajaba con nosotros. Su situación era aún peor: cuando intentó hacer el checkin online el sistema directamente no lo dejó avanzar, y le indicó que se presentara en el aeropuerto con una hora de anticipación a la habitual. El motivo, nos enteraríamos allí mismo, era que Latam tenía el vuelo sobrevendido. Nos acercamos al mostrador del gate donde nos asignaron los asientos (todos separados) ya que ya estábamos chequeados, pero nuestro compañero debía esperar a que algún pasajero no se presentara, lo cual no sucedió. Había más pasajeros en el gate que asientos en el avión…

El personal de Latam puso en marcha entonces el operativo habitual en estos casos, que es ni más ni menos que ofrecer una compensación económica a aquellos que pudieran y accedieran a quedarse abajo del avión y reprogramar el viaje en otro vuelo. En caso de querer recibirlo cash en el momento, el reintegro era de USD 120. Si bien esto es habitual (y cabe aclarar, legal) me sorprendió que la oferta se comenzara a anunciar por los parlantes luego de haber comenzado el embarque: básicamente hubo pasajeros que no se enteraron de esta opción porque ya estaban abordando, lo cual por consecuencia reducía las chances de Latam de solucionar el problema sin mayores sobresaltos.

Hasta último momento el tema no estuvo finiquitado, ya que seguía llegando gente hasta el gate a último momento, con lo cual los asientos que ganaban por pasajeros que decidían cobrar la indemnización y quedarse abajo, quedaban automáticamente ocupados por los nuevos que llegaban. Finalmente, en esta ocasión Latam tuvo suerte y pudo acomodar a todos los que tenían que viajar sí o sí, logrando que quienes no lo hacían fuera por voluntad propia.

Abordamos el A321 por plataforma, tardando un poco en llegar al pie del avión ya que el micro del servicio de rampa evidentemente se perdió. Sí, leyeron bien: dio vueltas por la plataforma amagando a estacionarse al lado de un avión, pero siguió de largo y fue a estacionarse al lado de otro…. que no era el nuestro. Luego de hablar algo con el personal en pista volvió a arrancar y recorrió un largo trecho hasta llegar al pie del Airbus. Finalmente subimos, con alguna duda de si era el avión correcto y si íbamos efectivamente a terminar en Concepción. Nos sentamos en nuestros asientos (en mi caso el 1K, incómodo por ser el del centro pero aceptable considerando que la primer fila tiene buen lugar para las piernas) en un avión que iba estallado de gente. No sobraba ni una butaca, y mientras estábamos en plataforma me preguntaba si algún sublo usaría alguno de los jump seats, ya que no había otra chance de viajar.

El vuelo resultó tranquilo, con una muy pequeña turbulencia, aunque algo demorado por meteorología, según explicó el capitán antes de aterrizar en Concepción. Aunque es muy corto, los TCP pasan ofreciendo refrigerios que hay que pagar aparte, ya que Latam Chile en sus vuelos de cabotaje no ofrece comida ni bebida incluida en el pasaje.

 

Así llegamos finalmente a nuestro destino. Sanos y salvos. Y todos, aunque algunos minutos retrasados.