Archivos Mensuales: junio 2018

Escapada a Puerto Varas y la historia del Vapor Santa Rosa.

Mi último viaje a Chile tuvo mucho de sur, donde abundan paisajes naturales que te dejan con la boca abierta. Uno de esos puntos fue Puerto Montt, desde donde pudimos hacernos una escapada hasta el cercano Puerto Varas para caminar un poco y disfrutar de un buen almuerzo.

Para eso nos embarcamos en el LA257 que partía desde Santiago a las 7:15 horas, con lo cual el despertador sonó pasadas las 4 de la mañana. De este vuelo no habrá post ya que me lo dormí completo, pero no podía dejar de mostrarles la belleza de este lugar que, incluso en un día frío y nublado de otoño tiene magia propia.

Conduciendo desde Puerto Montt no son más de 15 minutos hasta este pintoresco pueblo de raíces marcadamente alemanas, y si se debiera viajar en transporte público la demora no pasa de media hora. Con esto quiero decir que perfectamente se puede ir a pasar el día disfrutando de la impresionante vista del Lago Llanquihue, y el imponente volcán Osorno detrás.

Claro que si podés ir en verano vas a aprovecharlo mucho más. Aquí una muestra de lo que es la vista del volcán en un día de sol estival, foto tomada cuando estuve allí en enero de 2014.

Durante la época de vacaciones de verano Puerto Varas se llena de gente, siendo uno de los centros turísticos más importantes de esta zona de Chile, y con un sin fin de actividades para realizar, desde deportes acuáticos en el lago, hasta caminatas por el volcán, pasando por supuesto por recorrer el centro del  pueblo con su muy linda arquitectura basada en madera. Pero los valientes no le temen al frío y realizan alguna de estas actividades en otoño también, como parece desprenderse de este letrero en la oficina de turismo. Eso sí, fíjense bien el horario y cuídense de la inflación!

Pero este viaje en particular tuvo algo que me llamó la atención, y que no había notado las veces anteriores que estuve allí. Desde el muelle ubicado frente a la oficina de turismo, mientras contemplábamos la belleza del lago cerrándonos los abrigos hasta el cuello para hacer frente al viento frío que llegaba desde el agua, sobre la costa a la altura del casino se divisaba un conjunto de fierros oxidados a los que nunca les había prestado atención.

Nos acercamos remontando la costanera para descubrir un cartel indicando que esos son los restos del Vapor Santa Rosa, un majestuoso buque construido 1902 por la firma Behrens en los astilleros de Valdivia, con el objeto de dedicarse al cabotaje dentro del lago, y destacándose por ser el primer vapor hecho totalmente de fierro. Con 36 metros de eslora (originalmente 28 hasta las reformas que se le realizaron en 1938 y que agregaron siete metros más junto a comodidades para 150 pasajeros) y capacidad para mover 80 toneladas de carga, el Santa Rosa surcó las aguas del Llanquihue hasta la década del 50, transportando a diversas personalidades, entre los que se cuentan presidentes chilenos y extranjeros.

Desde su viaje inaugural en 1903 entre Puerto Varas y Puerto Octay, el Santa Rosa pasó por diversos dueños, hasta su última venta realizada en 1945. La intención era desarmarlo y llevarlo a Puerto Montt, pero este proyecto nunca terminó de completarse, y la embarcación quedó a medio desarmar en las aguas del lago, hasta que un violento temporal terminó por hacerlo pedazos y convertirlo en el amontonamiento de chatarra costera que hoy podemos apreciar.

Otro final triste que no refleja para nada los años de esplendor que supo tener su protagonista.

Si bien era pleno mediodía, estaba nublado y hasta amenazaba lluvia. El viento helado pegaba con fuerza y hacía necesario sentarse en algún lugar calefaccionado y comer algo caliente para combatir las bajas temperaturas del exterior. Así que nos despedimos del Santa Rosa y caminamos hacia el centro, en busca de un lugar donde almorzar.

Así tuvimos un nuevo paso por Puerto Varas, esta vez en época de frío. Un hermoso lugar para visitar. Tendré que volver, incluso con más tiempo, para disfrutar de las excursiones que me quedaron pendientes hace años atrás, y para buscar el museo promocionado en el cartel instalado sobre los fierros del vapor destruído y descubrir si hay más detalles ocultos en la historia de este viejo buque del lago.

Entramos al Cenote Zací, una caverna en pleno centro de Valladolid, México.

Si hay una formación natural que llama la atención y enciende el interés al investigar un poco sobre la Rivera Maya, en la Península de Yucatán, México, esos son los cenotes, que en mi caso particular resultan paisajes mucho más emocionantes que la mejor playa caribeña. Es que estas fuentes de agua naturales no son solamente bellas a los ojos, sino que además están íntimamente ligadas a la cultura maya.

Recibiendo su nombre gracias al vocablo maya tz’onot, que significa algo así como “pozo de agua”, un cenote es una dolina inundada generalmente de forma más bien circular y con paredes abruptas, y que se formó gracias al suelo calcáreo que hay en aquella zona, que permite entonces la filtración del agua de lluvia que se acumula en el subsuelo. De esta forma, la edad de los cenotes puede medirse por su cobertura, siendo los más jóvenes los que permanecen subterráneos, mientras que los que están sobre la superficie (producto de que su techo se ha derrumbado) son los más antiguos.

La impronta maya de estos lugares tiene un costado religioso, ya que eran considerados lugares sagrados y por tanto se realizaban sacrificios humanos. Pero en definitiva esto tiene una causa muy terrenal y humana: los cenotes eran fuente de agua potable, el elemento básico para la vida, razón por la cual los mayas ubicaban sus ciudades en las cercanías de estas formaciones naturales, a las que agradecían y ofrendaban vidas a cambio de garantizar la provisión de agua.

El Cenote Zací, que visitamos en esta ocasión, tiene una particularidad especial: está en pleno centro de la ciudad de Valladolid, de la cual podés saber más leyendo el post al que accedés haciendo click acá.

Se trata de una impresionante caverna parcialmente colapsada, lo que da una idea de su mediana edad. Tiene un diámetro de unos 45 metros, 29 de alto desde la superficie del agua hasta el techo (que suele ser menos en época de lluvias) y tiene una profundidad de más de 100 metros en su punto más profundo. En las partes bajas, en cambio, tiene apenas unos 25 metros de profundidad. En las aguas cristalinas del cenote se puede nadar, pero mejor que sepas hacerlo bien, porque si hay algo que no vas a hacer ahí es pie!

El acceso al cenote tiene un costo que en nuestro caso estaba incluido en el precio de la excursión, y se realiza por una escalera que desciende desde una plaza de la ciudad hasta las profundidades de la caverna. Habrá que caminar con cuidado, especialmente al ir avanzando, ya que los escalones (que en un momento se convierten en una especie de camino que rodea el cenote y permite recorrer toda la circunferencia) se ponen cada vez más resbalosos.

Bautizado “Zací” por el nombre de la ciudad maya que se levantaba en aquél lugar antes de la llegada de los españoles (y por tanto de la fundación de Valladolid como tal), este cenote nos depara otras sorpresas, como las vasijas que pueden apreciarse en el camino hacia las profundidades, o las estalactitas que cuelgan del techo, formadas a través de los años por los residuos minerales que arrastra el agua.

Por supuesto, no todo en el cenote es turismo. Estos lugares son hogar de muchas especies naturales, como ser álamos, helechos, orquídeas y, obviamente, las algas que te complican un poco al caminar sobre las rocas. En cuanto a fauna se refiere hay murciélagos, bagres, golondrinas e insectos variados. Pero no, los que ves retozando dentro del agua en la foto no son parte de la fauna, al menos no de la autóctona del cenote.

Una maravilla natural más que recomendable para conocer. Y si te animás, bañarte. Incluso hay cenotes en los que se practica buceo, así que es cuestión de investigar un poco y organizarse para conocer el que más te interese. Definitivamente, elijas el que elijas, un imperdible en tus vacaciones por Yucatán.