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Una noche en el Hotel Doble Tree by Hilton Toronto Airport West.

Con sus caracterísiticos dos pinos al frente que hacen honor a su nombre, el Doble Tree by Hilton Toronto Airport West Hotel es un lindo alojamiento cerca del aeropuerto, ideal para hacer una noche antes de emprender el regreso a casa, aunque como suele pasar con los hoteles de aeropuertos es bastante básico.

La habitación es pequeña pero bien organizada y se las arregla para albergar una mesa ratona con un cómodo sillón, un escritorio que a lo largo termina en una cajonera donde se guarda la ropa y sobre la cual hay dispuesta una TV enorme, casi diría desproporcionada. Dentro del armario se encuentra la caja fuerte.

Como se ve en la foto la habitación es realmente muy luminosa, algo que particularmente a mi me encanta. El baño es pequeño aunque uno se puede manejar bien, sin chocarse con las paredes. Un detalle: hay jabón en pan tanto para el lavabo como para la ducha. Con respecto a esta última hay que tener en cuenta que las canillas están marcadas al revés (la fría como caliente y viceversa) y una incomodidad: el gancho para colgar la toalla está en la puerta, con lo cual no hay forma de alcanzarlo sin salir de la ducha. La limpieza, aunque mucho no pueda evaluar en una estadía de apenas una noche, era buena.

El staff del hotel es realmente muy atento y se muestran siempre dispuestos a resolver cualquier inconveniente. Me pasó a mi cuando necesité gestionar un late checkout sin costo, para lo cual no tuve ningún tipo de problema; y le pasó a la señora que estaba ingresando antes que yo, que no se qué cuestión tuvo con la reserva y finalmente, luego de un rato, se lo resolvieron. Mientras tanto yo esperaba detrás, degustando la galletita que me habían convidado en la recepción.

El hotel cuenta con un bar y restaurante, que demás del salón al lado del hall de recepción tiene un lindo patio que en días de sol y calor se puede aprovechar.

La principal ventaja del Double Tree radica sin lugar a dudas en su ubicación con respecto al Aeropuerto Internacional de Toronto, desde y hacia el cual tiene un servicio de shuttle gratuito. Sin embargo si uno pretende visitar la ciudad esto puede convertirse en un problema ya que viajando en transporte público se tarda más de hora y media; y en caso de optar por tomar un Uber el costo ronda los CAD 42 sólo de ida, así que hay que calcular otro tanto para la vuelta. Resulta interesante entonces la opción del estacionamiento con el que cuenta el hotel, ya que quizá alquilar un auto sea buena idea.

Apenas una noche y en inmediaciones del aeropuerto. Aunque me sirvió para spottear (y ya publicaré el post con todas las fotos tomadas en la cabecera de YYZ), me quedó pendiente conocer la ciudad. Excusa más que válida para en algún momento volver a Canadá.

Una semana en el Hotel Prince of Wales de Niagara on the Lake, Canadá.

Durante mi estadía en la ciudad canadiense de Niagara on the Lake me alojé en el impresionante Prince of Wales, un hotel de la cadena Vintage Hotels bautizado así en honor al Duque de York que lo visitara en 1901 y luego se convirtiera en el Rey George V. Sin embargo, a pesar de que pareciera haber pasado mucho tiempo desde entonces, el edificio es más antiguo aún, y data de 1864.

Y digo que es impresionante desde varios aspectos. En principio por el tamaño ya que el Prince of Wales no es un edificio sino un conjunto de estos, uno al lado del otro, tanto que en mi caso para ir hasta la habitación desde la recepción debía salir al exterior y volver a entrar. Luego debería transitar una importante cantidad de pasillos, sorteando escaleras que suben y bajan y puertas que dividen diferentes áreas del hotel, como si más que mi cuarto estuviera buscando la salida de un laberinto. Menos mal que allí no hay minotauro porque las primeras veces resultó complejo recordar todas las vueltas que debía dar, y más de una vez dudé delante de una puerta o incluso encaré algún pasillo equivocado.

Este hotel impresiona también por la cantidad y estilo de su decoración. De aspecto antiguo y victoriano (aunque no original ya que esto se logró en la remodelación de 1997), el lugar está super cargado de cuadros y retratos que en general muestran figuras de la nobleza británica, tanto en los pasillos como en las habitaciones. En mi cuarto, frente a mi cama y mirándome directamente a los ojos, uno de los reyes ingleses (no recuerdo realmente cuál) vigiló mi descanso celosamente cada noche, al punto de ponerme nervioso.

Mi habitación era pequeña y más bien oscura, cosa rara si se piensa que tenía ventana que daba a la calle, pero la verdad que en ningún momento de día el sol entraba de lleno. Además al estar al nivel del suelo era necesario mantener las cortinas opacas cerradas para evitar que la gente que transitaba por afuera pudiera ver hacia adentro. La iluminación artificial, aunque abundante, era de baja tonalidad así que llegaba un momento en que era imperiosa la necesidad de salir al exterior.

A pesar de ser pequeña se trataba de una habitación cómoda, salvo la excepción del mueble que contenía la heladera (porque sí, al principio pensé que no había, pero la heladera estaba disimulada dentro de un mueble de aspecto antiguo) cuya puerta chocaba contra los sillones estilo Luis XV. Dentro de ese mueble se encontraba también la TV, que al estar en un rincón resulta incómoda para verla desde la cama dispuesta al centro del cuarto.

Algunas cosas para destacar del Prince of Wales son la atención y recepción en los cuartos. Cada día que uno ingresaba por la tardecita se encontraba con la música prendida en una emisora de jazz a un volumen suave que realmente ambientaba el cuarto, y con una rosa sobre la cama, acompañando una tarjeta con el pronóstico del clima para el día siguiente. Un detalle de categoría que un poco queda empañado en estadías largas, porque cada día hay una rosa nueva y no retiran la anterior, con lo cual al final de la semana tenía un manojo enorme de rosas (muchas ya marchitas) que no sabía dónde meter. Además, el primer día te reciben con un plato con naranjas.

Eso es algo que no pasa por ejemplo en el baño donde cada día reponen los jabones en pan y retiran el pan usado. El baño es realmente un punto fuerte ya que es amplio y muy cómodo, la ducha es un lujo y además las toallas van colgadas sobre un dispositivo que encendiendo una perilla se calienta, algo que seguramente los huéspedes que se alojen aquí durante el invierno canadiense agradezcan. Ademas hay batas disponibles y la limpieza es excelente.

Los puntos no tan buenos del hotel tienen que ver más que nada con el servicio del restaurante. Si bien la comida es aceptable el servicio tarda mucho (demasiado) y además no viene por partes; es decir que en una misma mesa teníamos gente comiendo y otra que 15 minutos después aún no había recibido su plato. Y eso que éramos un contingente empresarial y ya habíamos elegido el menú con anticipación por la mañana.

Para finalizar, el otro aspecto que impresiona en cuanto a este hotel es su precio. La estadía diaria cuesta CAD 350 (o sea unos USD 265 ) más impuestos y sin desayuno. Definitivamente hay que hacer bien las cuentas antes de reservar, y aún así queda como un hotel para privilegiados, o bien para cuando la que paga es la empresa.