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Argentina Vuela 2014: La Fuerza Aérea está de fiesta.

Morón es una ciudad al oeste del conurbano bonaerense. Los hurlinghemses la conocemos muy bien porque por largo tiempo, hasta 1994 cuando «logramos independizarnos», fue nuestra cabecera de partido y gran cantidad de trámites se hacían allí. Sobre la línea del Acceso Oeste, que a su vez es la Ruta Nacional 7, para venir a Morón podés hacerlo en auto muy fácilmente por la autopista, podés tomarte el Sarmiento en Once, o también, podés venir en avión.

Claro que no vas a ir a Aeroparque o Ezeiza y encontrar un servicio regular hasta el aeropuerto de Morón, por más que le reclames a tu agente de turismo amigo que viste en lo de Tinelli que el aeródromo estaba operativo. («¡¡¡Pero si ahí le hicieron la joda a la Mole Molli!!! ¿No la viste vos?»). Y aunque hagas click acá y veas al B737NG de Aerolíneas pasando bajito por Morón, no insistas, las chicas del mostrador de la aerolínea no tienen nada que ver y te están diciendo bien: acá no hacen stop.

Aerolíneas dijo presente con su flamante B737NG.

 

Es que se trata de una instalación militar, asiento hoy de la VII Brigada Aérea, aunque esto no fuera siempre así. En sus comienzos, allá por la década del 20, el aeropuerto de Morón supo tener actividad tanto comercial y deportiva como también militar. Recién en 1949 se concreta el proyecto de un aeropuerto internacional que centralizara las operaciones, y es entonces con la inauguración de un Ezeiza hasta ese momento inexistente, que el «Ministro Pistarini» comenzó a absorber los vuelos comerciales que operaban en diferentes aeródromos de Buenos Aires, incluyendo a los de Morón que desde entonces pasó a ser un predio militar.

Detrás del avión de Gendarmería, la torre de control.

 

Más de cincuenta años después de estos sucesos, los pasados 9 y 10 de agosto de 2014, la Fuerza Aérea Argentina utilizaría estas instalaciones una vez más para festejar un nuevo aniversario, en esta ocasión, el 102° (léase centésimo segundo, y no ciento dos como leí y escuché por ahí).

Mucho público en la Base Aérea de Morón.

 

Por dos días consecutivos en la Base Aérea de Morón se realizó una jornada de puertas abiertas para que la comunidad pudiera disfrutar de un festival aéreo del que pocas veces hay oportunidad. Desde las once de la mañana una enorme cantidad de público se agolpó en la plataforma de la base para disfrutar de acrobacias, paracaidistas, aeromodelismo, aviones comerciales, aviones militares, simulaciones de combate, y hasta la pasada rasante del Boeing de Aerolíneas que te mostré más arriba. Solamente el sábado se estimaba que habían concurrido más de medio millón de personas, y el domingo, hablando con expositores y hasta trapitos, el veredicto era unánime: ese día había mucho más gente que el anterior. Así que entre ambos días el millón de asistentes se superó ampliamente.

B737NG de AR en aproximación.

 

Justamente a causa de esta enorme cantidad de gente llegar hasta el predio se convirtió en un verdadero desafío, pero te aseguro que si te gustan los aviones, vale la pena. Como en todo aglomeramiento de personas, es recomendable ir temprano, con tiempo y paciencia. Pero claro, cuando empezás a escuchar el motor de los A4-AR Fightinghawk en pleno vuelo rasante, como en el video que podés ver acá, te entra la emoción por todos los poros y querés estar ya en el medio de la pista, si fuera posible. ¡Calma! Son las 11:15 y es la primer pasada de estos bichos hermosos, faltan al menos dos más, y vas a tener tiempo de sacar fotos como estas:

El piloto baja del A4-AR después de la primer pasada.

 

A4-AR estacionada en plataforma frente al público

 

Los A4-AR en tierra son imponentes, pero cuando los ves (y oís) en vuelo es algo apasionante. Te vuelve el nene que llevás adentro, te acordás de las escenas de Top Gun y lo único que tenés en la cabeza es la imagen de la adrenalina que debe experimentar ese piloto en vuelo rasante a 1000 km/h para salir con la nariz apuntando al cielo en tonel.

Y obvio, querés estar ahí arriba, con él. O por qué no en el A4-AR de al lado volando en formación.

A4-AR en configuración de aterrizaje.

 

A4-AR virando.

 

Silueta del A4-AR contra las nubes.

 

Claro que si de velocidad y adrenalina se trata, el Fightinghawk no tiene nada que hacer contra el AMD MIII-EA/DA Mirage. También veterano de Malvinas como el A4, el Mirage III alcanza una velocidad de Mach 2.1, es decir más de 2200 km/h. Una verdadera ganga, que se siente a la hora de pescarlo para sacarle una foto o grabar este video donde se cruzan a alta velocidad.

Mirage III pasando a plena potencia.

 

Silueta del Mirage III recortado contra las nubes.

 

Ojo que no soy sólo yo el que se estremece con el paso de estos pájaros de metal. No se trata de falta de costumbre, desconocimiento ni asombro ante la novedad. Claro que en mí hay una pizca de cada uno de estos ingredientes, pero qué decir de estos efectivos de la FAA que disfrutaban tan tranquilamente mientras esperaban que les tocara el turno de despegar en su C-130 Hércules, y que al paso de los A4-AR y los Mirage se levantaron como resortes para admirarlos mejor.

Efectivos FAA esperan su turno sobre las alas y techo del C-130.

 

Y ni hablar del loco que de la emoción se trepó corriendo a la escalera del autobomba en pos una mejor toma!! Por lejos, el mejor punto de observación del predio, si no tenés vértigo, claro está.

Mirage III se aleja mientras es observado desde la escalera.

 

Hasta acá todo muy lindo con los aviones supersónicos que, al menos para mi, son el pico más alto del evento, el momento en el que me traslado a mi niñez y al son de esos potentes motores me acuerdo de cómo me estremecí en las Jornadas de Puertas Abiertas en El Palomar, hace ya muchos años atrás, cuando sin previo aviso pasaron sobre mi cabeza a pleno motor. Pero no todo es más rápido que el sonido, y el sentimiento nacional aflora cuando escuchás el zumbido del turbohélice argentino.

IA-58 Pucará en exhibición en la plataforma.

 

El IA-58 Pucará es todo un símbolo. No es el más moderno, mucho menos el más imponente de la flota, pero es ese al que le tenés un cariño especial. Y cómo podía ser diferente si es «made acá a la vuelta».

Vuelo en formación de los Pucará.

 

Silueta del IA-58 Pucará en vuelo.

 

Por supuesto que no todo es combate. También tuvieron su lugar los aviones de entrenamiento donde destacaron los Embraer Tucano con sus pasadas en formación, y por supuesto, el otro sentimiento nacional, el precioso IA-63 Pampa, de fabricación nacional al igual que el Pucará, y que esta vez pintado de celeste y blanco sirviera para que el ministro de defensa, Agustín Rossi, paseara un rato por el cielo nublado.

EMB-312 Tucano en formación.

 

Pareja EMB-312 encarando el escenario.

 

IA-63 Pampa en configuración de aterrizaje.

 

Entre pasada y pasada había diferentes espectáculos, como la recreación de una batalla aérea de la Segunda Guerra Mundial hecha con ejemplares de aeromodelismo e incluyendo efectos de pirotecnia a modo de artillería antiaérea, una simulación de rescate de un piloto eyectado sobre las líneas enemigas, números musicales entre los que destacó la banda militar de la VII Brigada Aérea, y diferentes actividades recreativas para los chicos que, además, festejaban el día del niño.

El helicóptero va al rescate del compañero caído.

 

También una buena opción era visitar las instalaciones del Museo Aeronáutico, aunque por mi lado lo hice muy fugazmente ya que el peligro de estar admirando aviones en tierra es perderte alguno que te pase por encima de la cabeza. Por eso, recorrida rápida y a agendar que el museo puede visitarse los fines de semana y días feriados. Otro día, con más tiempo y tranquilidad, volveremos y le dedicaremos la atención que se merece.

Museo Aeronáutico de Morón.

 

Museo Aeronáutico de Morón

 

En la plataforma el Museo también exponía sus piezas.

 

Como se notará, la gran afluencia de gente obligó a sacar primeros planos para lograr tomas limpias, sin brazos ni cabezas de por medio. Esto de ningún modo iba a ser posible cuando vi la maravilla que tenía antes mis ojos. Tuve que buscar el ángulo y esperar bastante para que se despejara el público y así tomar la foto del aeroplano que alguna vez perteneció a la histórica Aeroposta Argentina S.A. Siendo la empresa pionera en la aviación comercial argentina al inaugurar en 1929 los vuelos aeropostales a Asunción del Paraguay, esta firma luego se convertiría, fusión con otras mediante, en Aerolíneas Argentinas, nuestra línea nacional de bandera, y contó entre sus primeros pilotos a Antoine de Saint Exupéry, tal como se desprende de los recientes comerciales de Aerolíneas que podés ver en este post de Sir Chandler Blog, y que si bien quizá no te suene como aviador, seguro te suena por ser el autor del célebre «El Principito».

El avión de Aeroposta Argentina, antecesora de AR.

 

Por supuesto que gran parte del show se la llevan las acrobacias aéreas. Cuando uno ve a un militar encima de su cazabombardero a las chapas, piensa en un profesional entrenado amparado en la más moderna tecnología. Ahora, cuando ves estas avionetas haciendo malabares en el aire, en lo que pensás es en profesionales entrenados, obviamente, pero amparados por otra cosa: muñeca y nervios de acero. Y no es que estas características les falten a los pilotos militares, porque seguro que no cualquiera pone a un Mirage a 2000 km/h, pero la sensación de fragilidad que te dan estos otros aviones te lleva a aplaudir a estos tipos sin cesar, con la admiración más pura.

Invertido.

 

Acrobacias entre las nubes.

 

Piloto de acrobacias saludando desde la cabina.

 

Y aunque para algunas me vendría bien un zoom más potente, las fotos de las acrobacias están lindas, pero la verdad es que una imagen estática pierde sentido y no te da ni una mínima idea de lo que pasó en el cielo ese día.

Por eso aca arriba lo podés ver a Dino Moliné haciendo de las suyas, mientras que en este otro video de abajo lo ves dando vueltas delante del sol al ritmo de AC/DC. Si sos de estómago débil, mirá los videos, pero evitá subirte al avión cuando Dino está en los mandos.

Paracaidista con «el escudo a cuestas».

 

El festival aéreo va llegando a su final cuando el C-130 despega con los paracaidistas a bordo, que en instantes se lanzarán al vacío para desplegar en el cielo los últimos colores de una tarde para el recuerdo. Ni las nubes, ni las pocas gotas que cayeron, ni el sol que salió después y te complicaría para ver qué pasaba varios cientos de pies sobre tu cabeza, podrían empañar semejante fiesta de cumpleaños.

Show de paracaídas para cerrar la tarde.

 

Junto con el festival se termina este post. Si querías y te quedaste con ganas de ir, seguro ya habrá nuevas ediciones para disfrutar. ¡La próxima no te la pierdas! Jorge Newbery, desde su monumento recién inaugurado en la Base Aérea de Morón, te invita a participar.

Monumento a Jorge Newbery.

 

 Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 13/08/14

Panamá, ciudad moderna de crecimiento descontrolado.

Hace un par de semanas atrás te dije que me iba para Ezeiza buscando llegar a nuevos destinos. Estaba lejos de ser una metáfora o una expresión de deseo; más bien marcaba una realidad por venir. Así es que, una vez más, el Ministro Pistarini dejó de actuar como mi segundo hogar para transformarse en la vía de salida del CM364, que como te muestro aquí, se posicionó en cabecera 11 y sin siquiera frenar un momento arrancó su carrera de despegue marcando el comienzo de un nuevo viaje.

Vista de la moderna Ciudad de Panamá.

 

Para volar hasta Panamá desde Buenos Aires la única opción directa es el vuelo regular de Copa. Aún sin escalas, serán unas 7 horas y media que tendrás que pasar a bordo del pequeño Boing 737-800, algo incómodo para este tipo de vuelos desde el punto de vista del pasajero, y que sólo se hacen un poco más amenas por la excelente atención de la tripulación, el servicio de entretenimiento a bordo con pantallas individuales, y el horario del vuelo, en plena madrugada porteña, que te invita a dormir apenas alcanzada la altura de crucero.

Maniobra de Push Back en Ezeiza.

 

Igualmente, y a pesar de lo largo del viaje que puedas tener por delante, o de ser tu lugar habitual de trabajo, el aeropuerto siempre puede brindarte alguna satisfacción extra, como ser encontrarte en la fila de migraciones con un colega que hace tiempo no ves, y que viaja no sólo a tu mismo destino, sino también en tu mismo vuelo; o simplemente encontrarte con curiosidades como es el imponente B747 de Air China, que trajo al presidente oriental, estacionado justamente al lado del avión de Aerolíneas, en una más que representativa metáfora gráfica de los acuerdos que estaban firmando ambos países.

Air China estacionado al lado de Aerolíneas en  EZE.

 

Pero volvamos a lo que nos acomete, que no es la visita de Xi Jinping a la Argentina, sino nuestra llegada a Panamá, el itsmo que supiera ser por decisión propia parte de la Gran Colombia como forma de agrupar fuerzas contra el poderío español apenas declarada la independencia, y que luego supiera también separarse de ésta para pasar a ser una república autónoma. Como buen itsmo que es, Panamá está rodeado de agua y tiene mucho verde, como se puede apreciar desde el aire durante la aproximación del avión.

Vista del lateral derecho durante la aproximación a PTY.

 

La primer sensación que tenés en Panamá cuando bajas del avión es una trompada en la boca del estómago que te deja sin aire. No es que los panameños sean tipos agresivos; es el clima caribeño que te golpea duro con su calor húmedo y pegajoso, como en los peores días del verano porteño, pero todo el año. Allí mismo, sin haber hecho migraciones aún, te das cuenta que el aire acondicionado será tu mejor amigo, aunque también te puede llegar a arruinar la fiesta de tanto cambio brusco al entrar y salir al exterior.

Vista desde el puente peatonal sobre la Av. Balboa.

 

La segunda sensación es de haberte equivocado. Aún atontado por haberte despertado sobresaltado una vez más por la iluminación blanca del Boeing, y después de haber pasado la noche mal dormido en una butaca de avión, caminás por la manga y el aeropuerto siguiendo al malón sin saber bien hacia dónde vas. Y de repente te das cuenta que estás al lado de los pasajeros que aguardan sentados para embarcar su vuelo. «Me equivoqué, salí por una puerta que no era» es lo primero que pensas, y casi desesperás cuando imaginás lo que va a ser explicarle a la policía aeroportuaria qué hacés parado ahí donde no debías. Hasta que ves el cartel amarillo de «Migraciones» y «Reclamo de Equipajes» delante tuyo y comprendés que no, que por extraño que parezca, en este aeropuerto latinoamericano se mezclan los pasajeros que arriban con los que salen, en una zona restringida que más parece un shopping mall que otra cosa.

La tercer sensación es realmente difícil de explicar, pero casi te hace acordar a las escenas de las películas donde fichan al protagonista en la estación de policía. Es que el control de migraciones es exhaustivo, y además de la habitual revisión del pasaporte y las tomas de foto y huella del pulgar derecho que se estila en casi todos lados, en Panamá te toman también las huellas de los otros nueve dedos. Lo curioso es que con semejante proceso de control a la entrada, te imaginás que para volver vas a tener una demora infernal en el control migratorio antes de poder abordar el avión de regreso. Nada más alejado de la realidad, ya que no hay tal control a la salida. Apenas el personal de seguridad que chequea el boarding pass controla tu pasaporte antes de ingresar a la zona restringida: revisa que tengas el correspondiente sello de ingreso en tu pasaporte, marca un par de opciones en una especie de postnet, y listo.

Día nublado en la city panameña.

 

Finalmente, superado el control migratorio y de aduanas, llegás a la gran ciudad. Vista desde lejos, de Panamá destacan sus altos y modernos rascacielos, edificios vidriados que se alzan imponentes y te recuerdan a ciudades del estilo de New York. Por la noche, la iluminación convierte a este centro financiero en una postal aún más pintoresca cuando la ves desde lejos en una apreciación panorámica.

Los rascacielos de Panamá por la noche.

 

La modernidad se destaca en varias piezas de arquitectura, que incluso se pueden apreciar durante el viaje desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, como ser el edificio BBA con su forma  de «sacacorchos invertido», que por su originalidad (por no llamarlo rareza) es una de las primeras cosas que te llaman la atención cuando salís a caminar por el centro financiero. Claro, viniendo de un argentino tenía que relacionarlo con el vino, pero a juzgar por el  hecho de que en Panamá cometen el sacrilegio de servirte el vino tinto frío, estropeando absolutamente su sabor, me imagino que el arquitecto en realidad más que en un sacacorchos estaba pensando en una máquina perforadora de pozos petroleros, o algo por el estilo.

El edificio «sacacorchos» BBA

 

Algo que se respira constantemente en Panamá es el crecimiento. Tanto que hasta diría que envicia el aire. No se si tiene que ver con que los dólares norteamericanos sean la moneda de uso corriente, pero se nota que la financiación aquí no falta. En un país que goza de pleno empleo y donde se hace difícil, y por lo tanto caro, conseguir mano de obra local calificada, su ciudad capital crece a un ritmo alocado y de forma casi descontrolada. Una autopista que pasa por el centro de la ciudad entre los edificios denota que no hay mucha planificación previa, dando la imagen de un parche vial grotesco. Los edificios se multiplican aquí y allá, cada vez más altos, como compitiendo por superar a sus predecesores y alzarse con el título del más alto e imponente, aunque saben que pronto dejarán de serlo, como le pasó al Plaza Paitilla Inn que cuando se inauguró en 1975 era el más alto de la ciudad, y que ahora quedó totalmente eclipsado, casi representando una parodia edilicia de los San Antonio Spurs: el «petiso» Tony Parker rodeado de Manu Ginóbili, Tim Duncan y amigos.

El cilíndrico Plaza Paitilla Inn en el centro financiero panameño.

 

Los signos de construcción están por todos lados. Edificios a medio terminar, calles y caminos cerrados o reducidos por refacción y mejoras son muestras tangibles del crecimiento que se viene dando en esta ciudad centroamericana a una velocidad vertiginosa. Valga como muestra autopistas y rascacielos que ya prácticamente están terminados, cuando hace algunos meses atrás no eran parte del paisaje urbano.

Vista de la bahía y la ciudad.

 

Los que sí son parte de la cultura urbana panameña desde hace largos años son los Diablos Rojos, y mal que me pese, no estoy hablando de mi querido Independiente. Así se llaman a los micros que fueron el corazón del transporte urbano terrestre desde hace décadas. Importados desde Estados Unidos funcionaron en un principio como el típico transporte escolar de color naranja, pero se fueron transformando en el clásico y descontrolado sistema de buses panameño. Aunque están siendo reemplazados gradualmente por el Metrobus, los Diablos Rojos siguen recorriendo las calles de la capital llamando la atención de los peatones con sus bocinas estridentes y sus figuras y graffitis en colores vivos que reflejan la cultura popular panameña y, por sobre todo, los gustos de su dueño. Por la noche, a estas características se le suman las luces que los decoran cual arbolito de navidad. Todo lo pintoresco que tienen para el turista se diluye un poco cuando uno se entera de la gran cantidad de accidentes que protagonizaron estos micros por no respetar las normas de tránsito y correr picadas constantemente con pasajeros abordo y choferes alcoholizados; y que de algún modo incluso se los ha vinculado con el narcotráfico, como cuando en el 2006 se incautaron varios vehículos que en realidad eran un medio para el lavado de dinero.

Un típico Diablo Rojo buscando pasajeros a bocinazos.

 

Ahora, no sólo estos micros antiguos se vuelven algo más bonitos al caer la noche. Toda la ciudad de Panamá se transforma cuando se prenden las luces de los edificios frente a la bahía convirtiéndose en un espectáculo aparte.

Vista del centro financiero por la noche.

 

La noche, además de las luces, trae un poco de alivio para el intenso calor, y se convierte entonces en el momento preferido para que los panameños salgan a la calle e invadan la Cinta Costera, recorriéndola ya sea al trote, en rollers o en bicicleta. Al costado de la misma hay incluso canchas de fútbol 5, básquet y voley donde los jóvenes aprovechan la brisa para practicar su deporte preferido a la luz de los potentes reflectores que transforman la noche en día.

La Cinta Costera en la noche panameña.

 

Claro que no es sólo deporte lo que la noche panameña te puede ofrecer. Panamá tiene movida nocturna, y mucha. Más de la que podés conocer en un viaje de trabajo de cinco días. Lo que sí te puedo asegurar, es que una de las referencias de la noche es el bar del piso 62 del Hard Rock, desde donde la vista de la ciudad es realmente espléndida, un espectáculo que si estás por aquellos pagos no te podés perder. Cuando vayas, no te olvides la cámara de fotos; por mi parte, esa fue la primera vez en mi vida que lamenté no haberla llevado a un bar.

De esta forma hicimos una pasada rápida por la ciudad latinoamericana de los modernos rascacielos vidriados. Sin embargo, Panamá no es sólo eso, sino que tiene también otras versiones interesantes de descubrir. Por eso te invito a explorarlas juntos en los próximos posts.

Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 3/08/14