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Nos tomamos el ferrocarril ICE del DB para viajar desde Bruselas a Munich.

El último tramo de la gira europea me llevó a Alemania, un país que para mi era un pendiente de visitar desde hace años ya. Finalmente pude abordar uno de los vagones de Deutsche Bahn y sacarme el gusto de conocer tierras germanas.

La travesía era Bruselas – Munich, con transbordo en el aeropuerto de Frankfurt, y mi punto de partida era la estación Bruxelles Midi, de la cual mi alojamiento (del cual tenés detalles en el post al que accedés haciendo click aquí) quedaba un poco alejado. Nada que no pudiera solucionarse de forma simple tomando el metro desde La Bolsa hasta la mencionada estación de ferrocarril.

Lo más interesante de tomarte el metro en Bruselas es que, tal como pasa con los trenes, hay más de un ramal, y particularmente por La Bolsa son varios los que pasan. Y todos corren por la misma vía y paran en el mismo andén. El sistema me recordó a nuestros tradicionales colectivos, ya que el tren está marcado con cartelería que marca qué ramal es y hacia dónde va, más allá de los letreros de información con los horarios a partir de los cuales también podés deducir esos datos.

La compra de los tickets, por supuesto, se realiza a través de las máquinas de autogestión dispuestas en las estaciones y en las que podés pagar con tarjeta de crédito.

El traslado hasta Bruxelles Midi se realizó entonces sin inconvenientes. Una vez allí tuve que ubicar el tren que me correspondía en los tableros de información, los cuales están ordenados por horario y por destino.

El mio paraba en el andén 7, que por suerte estaba muy cerca de la entrada por la que ingresé, con lo cual no tuve que caminar mucho arrastrando el equipaje. A los andenes se accede a través de escaleras mecánicas, ya que el hall está por debajo del nivel por el que corren los trenes.

Sin mucho más que hacer subí con tiempo y para mi sorpresa me encontré con el tren ya estacionado. Puntualidad belga, digamos. En ese momento lo estaban limpiando, así que permanecía con las puertas cerradas. Revisé si era el mio realmente, y rápidamente confirmé que era el tren que viajaba hasta Frankfurt. Sólo me restaba buscar mi vagón, ya que como había comprado el pasaje por internet desde Buenos Aires tenía vagón y asientos asignados. Sin problemas ubiqué el que me correspondía, el 22 marcado claramente en el costado.

Previendo que iba a viajar gran parte del día ya me había aprovisionado con una vianda, pero de no haber sido así podría haber comprado algo para comer en el vagón restaurant.

Los vagones son super cómodos. No pienses ni por un momento en los trenes urbanos de Buenos Aires, ni en confort de los asientos ni en gente viajando parada como en una lata de sardinas. Allá cada uno tiene su asiento, y estos son un lujo. Hasta cuentan con tomas para poder cargar el celular o la computadora.

Nótese lo cómodo que viajaban los pasajeros de atrás mio… (y sin que se percibiera olor a pata).

Para acomodar el equipaje (ya que se trata de un servicio internacional de larga distancia) hay un espacio asignado en el centro del vagón.

O si tu valija no es tan grande y la querés tener a mano podes también acomodarla sobre tu cabeza.

El tren es de alta velocidad, y cuando digo alta, creeme que lo es. Los tableros electrónicos en los extremos te la van marcando y llega a los 300 km/h, aunque si no mirás la marcación ni te das cuenta: no hay un sólo ruido que te haga notar lo rápido que vas.

En Frankfurt me encontré con que el tren de conexión estaba marcado para parar en el mismo andén donde me había dejado el que me traía desde Bruselas. Por un momento pensé que quizás fuera el mismo, pero no. De hecho, llegando a Frankfurt, aun a bordo del primer tren, avisaron por altavoz del andén de conexión.

A esta altura puedo decir que los viajes en ferrocarril por Europa fueron una gran experiencia. Se viaja rápido, cómodo y con un buen servicio, ya que hasta hay una azafata que pasa ofreciendo comida y bebida, que por supuesto se paga aparte. Y además, uno llega al centro de la ciudad, ventaja importante con respecto a los vuelos low cost que suelen dejarte en aeropuertos alejados. En mi caso, desde la estación central de Munich hasta mi alojamiento tuve que caminar apenas dos cuadras, con el consecuente ahorro en taxi.

Próximamente te mostraré algo de Munich y de Hamburgo, las dos ciudades que visité en Alemania, y aún restan muchos posts sobre Bélgica y España. Aquí te espero para seguir descubriéndolas juntos!

La singular experiencia de viajar por Bélgica en tren.

La cuestión ya me la había adelantado mi vecino de asiento en el vuelo desde Barcelona cuya crónica podés leer haciendo click aquí: en palabras de un belga muy buena onda, Bruselas es una ciudad fabulosa pero Bélgica tiene mucho más para dar, así que hay que tomar el tren y recorrer Brujas, Gent y Amberes. Luego mi corta estadía en la capital belga me lo confirmó, así que con una pareja de argentinos que conocí haciendo el walking tour, y con quienes también estuvimos probando cervezas trapenses en Delirium, nos fuimos hasta la estación Bruselas Central y averiguamos las opciones.

Aca tengo que hacer un pequeño paréntesis para decir que los belgas son unos genios: no conozco otra nacionalidad que sea tan atenta con los turistas. En la ventanilla de la estación central nos atendió un pasante que estaba expendiendo boletos en ese momento, y lejos de «vendernos un ticket» estuvo más de media hora escuchando nuestras ideas y asesorándonos en inglés (que no es ninguno de los tres idiomas oficiales del país, por cierto). Incluso, cuando tuvo un momento, salió de su oficina y se acercó a nosotros que deliberábamos en medio del hall, para ver si  habíamos entendido y seguir aconsejándonos.

El punto era que, si bien queríamos visitar las tres ciudades, hacerlo en un mismo día volviendo a Bruselas por la noche era demasiado. De hecho, ahora que sé de qué se trata, mi consejo es un día por ciudad, y si es posible pasar una noche en cada una. Pero nosotros no teníamos ni idea ni tiempo, así que terminamos descartando Amberes ya que era la única que quedaba hacia una dirección diferente. Tanto Brujas como Gent tendrán sus posts en el blog más adelante, ahora concentrémonos en el viaje en tren.

Como descartamos Amberes quedaron sòlo dos estaciones, que sumadas al viaje de vuelta a Bruselas hacían 3 pasajes per cápita. Siendo tres personas, eran un total de 9 viajes, por lo que nos servía la opción que el pasante nos había sugerido: el T-10. Se trata de un ticket válido por diez viajes, mucho más barato que un pasaje individual, y el que hay que ir llenando a mano con los datos de cada viaje. Importante completarlo en el momento, ya que si el guarda pasa controlando los pasajes y no lo tenés completo (aún cuando tengas el ticket en el bolsillo) te cobran una multa de EUR 75 por persona.

Ahora pasemos a la red ferroviaria belga. Para los argentinos, acostumbrados al típico dibujo de abanico donde cada línea de tren es única y exclusiva y no se conecta con el resto, el entramado europeo puede ser algo difícil de entender. Sucede que allá sí están todos conectados, y por lo tanto no todos los trenes hacen las mismas paradas ni el mismo recorrido. Por eso, en la cartelería no sólo tenés que mirar el próximo tren en salir, sino que es importante revisar que vaya a parar en la estación a la que querés ir. Y en segundo lugar, a qué hora llega a esa estación, ya que te puede pasar que vaya por otra vía y pase por 500 estaciones antes, mientras que el que sale 10 minutos después va mucho más directo y llega antes.

Otro punto a tener en cuenta es que en Europa el tren no es todo igual. Existen diferentes clases, tal como en el avión, pero si no prestás atención puede ser algo difícil de identificar. Como se ve en el ángulo superior izquierdo del T-10, nuestro pasaje era de segunda clase. Al regreso, agotados por la tremenda caminata que habíamos pegado durante todo el día, subimos al tren con mis amigos argentinos y caímos en las butacas. En ese momento, casi dormidos, no lo notamos, pero eran muy diferentes a las que habíamos ocupado a la ida, eran mucho más cómodas. Estábamos sentados en la primera clase y no nos enteramos hasta que el guarda nos lo advirtió. Estuvimos a punto de pagar la multa (que no es ni más ni menos que el pasaje en primera desde la estación en la que subiste hasta el punto en el que te enganchan), y cuando digo «a punto» es ya con la tarjeta de crédito en la mano para dársela. Sólo cuando le preguntamos cómo distinguir una clase de la otra, el tipo nos dio el beneficio de la duda y nos perdonó. Y claro, nos explicó: en la puerta de acceso a cada vagón hay un número pintado dentro de un círculo: un 1 para la primera clase; un 2 para la segunda. Raudamente levantamos todo y nos cambiamos de vagón antes de que el guarda de arrepintiera.

Los trenes están impecables y muy buen cuidados. Es una experiencia totalmente diferente a tomarte uno en Buenos Aires, y por supuesto hacen tramos de larga distancia, pudiendo tomarte uno hacia otro país, por ejemplo. El precio sí es bastante caro, pero  hay que revisar qué opciones  hay porque, por ejemplo el T-10 que utilizamos nosotros, pueden generar un muy buen ahorro.

Bélgica es un país que me encantó. Los posts sobre Bruselas ya están publicados y podés encontrarlos agrupados en este link. Brujas y Gent son también increíbles, y pronto estarán on line las notas al respecto. Y Amberes es cuenta pendiente, y motivo suficiente para algún día volver.