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Visitamos el Museo de la Guerra: El Imperial War Museum London

Como es sabido, a lo largo de su historia Gran Bretaña ha participado en una importante cantidad de conflictos bélicos. No es de extrañar entonces que hayan creado los Imperial War Museums, una serie de cinco museos destinada a bucear en las causas de las guerras y explorar el impacto que estas tuvieron en la vida de la gente, tal como lo indican en su página web. 

El National War Museum fue creado en 1917 con el fin de recolectar y exponer material que reflejara las experiencias durante la Gran Guerra, mostrando los sacrificios realizados tanto por los militares como por la sociedad civil. Con el devenir del tiempo y la historia sus instalaciones se fueron ampliando para incluir la II Guerra Mundial primero, y el resto de los conflictos armados en los que el imperio y los miembros del Commonwealth participaron desde 1914.

Así, además de la imponente locación que visitamos en la calle Lambeth North (lugar al que fue mudado en 1936 por el Duque de York momentos antes de convertirse en el Rey George VI), los ya devenidos en IWM con el tiempo anexaron otras sedes, de las cuales también visitamos el HMS Belfast, pero de eso ya hablaremos en otro post.

En su locación original del centro de Londres y custodiada por dos impactantes cañones sustraídos a algún miembro de la flota de Su Majestad, el Imperial War Museum London resguarda una impresionante muestra distribuida a lo largo de los seis pisos de su edificio, recorriendo la historia bélica británica desde la Gran Guerra hasta la actualidad.

Ya ni bien entrar uno se encuentra con impactantes presencias colgando del techo: se trata de un Supermarine Spitfire Mark IA que voló 57 misiones de combate durante la Batalla de Gran Bretaña, y un Harrier Jet, el famoso avión caza inglés, único por haber sido el primero capaz de despegar y aterrizar verticalmente. A los que nos apasionan estas máquinas voladoras se nos hace agua la boca.

El museo está muy bien organizado. Lejos de tratarse de una sucesión de fotos con largas y tediosas explicaciones de las diferentes guerras, la muestra consta de videos, fotos proyectadas en pantallas que van cambiando de forma dinámica, y con sectores interactivos donde por ejemplo, uno puede ir pasando las páginas del libro al tiempo que en el mapa se van iluminando los diferentes puntos de trincheras y batallas para ilustrar el texto. Si los británicos saben hacer guerras, también saben levantar museos, y aquí juegan con luces y sonidos para crear una experiencia diferente a la de cualquier otro museo de historia. Incluso podés recorrer las trincheras de la Primera Guerra por dentro y sentirte como un soldado en batalla.

Las únicas contras que le encuentro es que la muestra en total es muy extensa (imposible evitarlo, claro, y en todo caso es recomendable visitarla en partes durante días diferentes), que las luces bajas utilizadas para crear el ambiente propicio pueden volverse algo cansadoras (ni te cuento si estás con sueño por haber arribado esa misma madrugada en el directo desde Buenos Aires), y por supuesto, que absolutamente todo está en inglés y nada más que inglés, así que quienes no manejen el idioma se encontrarán algo perdidos.

Pero se trata de una excelente muestra, muy bien armada y con vasto material de todas las épocas. En la planta baja están las salas dedicadas a la Primera Guerra, en mi opinión lo mejor del museo por cómo está diseñado. El primer piso está asignada a la Segunda Guerra y allí se encontrarán joyitas como el águila símbolo de la Alemania Nazi.

Aunque de lo más impactante está a la entrada del segundo piso y es la réplica de Little Boy, la bomba atómica que acabó con la guerra y con la vida de miles de seres humanos al devastar Hiroshima el 6 de agosto de 1945, seguida algunos días después por la de Nagasaki. Temible, aún cuando sabemos que se trata apenas de una maqueta, es un punto del museo que invita a detenerse un momento y reflexionar.

Claro que no por eso hay que perder el sentido del humor, como tampoco lo hacían los británicos en tiempos de guerra…

«Haga té, no la guerra» Afiche en contra de la Segunda Guerra Mundial.

El segundo piso está dedicado a los conflictos pos guerra, desde 1945 hasta 2014. Se inicia con el fin de la Segunda Guerra y aquí los argentinos nos encontraremos con una muestra que nos tocará los sentimientos particularmente, porque hay un pequeño espacio que habla sobre la conflicto del Atlántico Sur: la guerra por nuestras Malvinas.

Sobre nuestras cabezas, en este área se destaca el misil Exocet utilizado por la aviación naval argentina para atacar la flota británica. En ese sentido la muestra hace hincapié en el hundimiento del Atlantic Conveyor el 25 de mayo de 1982, que determinó la pérdida de cuatro helicopteros Chinook que estaban a bordo, y que la fuerza de tareas británicas tuviera que cruzar las islas a pie luego de lograr el desembarco.

Quizá lo más curioso de todo el museo sea la disposición de la batería antiaérea argentina, capturada en las Malvinas, que ahora se encuentra apuntando directamente al Harrier que tiene colgando del techo frente a ella.

El tiempo no fue suficiente para visitar el resto de los pisos, pero en el tercero se encuentran las muestras de «Curiosidades de la Guerra» y (hasta enero de 2020, así que a apurarse) la exhibición especial «Cultura bajo ataque». El cuarto piso bien merecería una visita exclusiva por el tema que trata: el Holocausto. Y para finalizar, en el quinto y último piso se exhibe una muestra dedicada a los héroes extraordinarios.

La entrada al Imperial War Museum London es gratuita, y pasando el scan de seguridad se puede ingresar con mochilas y cámaras fotográficas sin problemas. Para llegar se puede caminar desde el centro de la ciudad, y sino es cuestión de llegar a la estación Lambeth North de la línea Bakerloo de Underground, que está a apenas un par de cuadras. El horario es de 10 a 18, pero tengan en cuenta que una recorrida rápida me llevó algo más de dos horas, así que no se les ocurra ir sobre la hora de cierre.

 

 

 

Visitamos las cascadas más famosas: Las Cataratas del Niágara.

En el sureste canadiense, en la zona conocida como Los Grandes Lagos, existe un curso de agua que drena el contenido del lago Erie dentro del lago Ontario. Se trata del Río Niágara, y en un punto de este se encuentran las que seguramente sean las cascadas más televisivas del mundo: las famosas Cataratas del Niágara.

Se trata de una serie de saltos que, con aproximadamente 62 metros de altura y un caudal promedio de unos 2800 m3 por segundo, son las cataratas más voluminosas de América del Norte. Si bien en realidad son tres cataratas, casi que a simple vista se ven solo dos, ya que la más pequeña, llamada Velo de Novia, pasa desapercibida al lado de las más amplias Cataratas Americanas. Ambas están, por supuesto, del lado estadounidense del Ni{agara, ya que el río funciona como frontera natural entre ambos países.

Sin embargo, al menos en mi opinión, el mejor lado para visitar las cataratas es el canadiense, ya que desde aquí se tiene una excelente imágen panorámica de los saltos americanos, y casi que podemos meternos dentro de la más impresionante de las cataratas: Las Horseshoes Falls, que deben su nombre a su forma de herradura y son, por lejos, la foto más famosa del lugar (y la que ilustra la portada de este post).

Más allá de lo impresionante en sí de este espectáculo natural, lo que más me llamó la atención fue que las cataratas están casi en medio de la ciudad homónima, y con sólo caminar plácidamente por la costanera uno casi que puede tocarlas. Algo que lo que no estoy para nada acostumbrado, más con la experiencia en nuestras impactantes Cataratas del Iguazú (que dicho sea de paso, nada tienen que ver con estas).

Así uno tiene de un lado el río y sus impresionantes saltos, y del otro lo que se conoce vulgarmente como «Las Vegas canadiense»; una ciudad que a simple vista aparece como absolutamente artificial y levantada casi exclusivamente para que el turismo deje sus dólares canadienses allí. Pasada la mala sensación que me provocó descubrir aquello mientras buscábamos dónde estacionar el auto, podemos volver a apreciar esta maravilla de la naturaleza que sí vale la pena.

Como las cataratas están ahí nomás admirarlas desde la vereda, pegado a la varanda, es totalmente gratis. Pero como en todo lugar turístico hay por supuesto una variedad de opciones para disfrutarlas a cambio de un módico pago. Se puede por ejemplo visitar la parte de atrás de las cataratas y ver «al revés» a través de ellas, algo que me hubiera gustado mucho hacer, pero para lo cual no nos daban los tiempos ya que apenas teníamos un par de horas disponibles. Así que en lugar de eso optamos por el paseo en el barco, que es muy recomendable ya que te permite un acercamiento increíble.

El ticket incluye el poncho de nylon para protegerte del agua, y que funciona muy bien en aquellas partes que te deja cubiertas, pero al embarcarte tenés que tener en cuenta que la parte baja de tus pantalones, las mangas de algún buzo que lleves puesto, y muy especialmente tus zapatillas, van a quedar totalmente empapadas. Y mucho ojo con los electrónicos, tanto teléfonos celulares como cámaras de foto. Si bien parece que el barco no se acerca tanto a la caída de agua, la fuerza del agua, el vapor y espuma que se levantan producto de la fuerza de la choque contra el suelo y el viento puede jugarte una mala pasada y mojarte en el momento menos esperado, cuando parecía que estabas a total reparo.

Un dato impactante es el nivel de erosión que presentan las cataratas. Aunque ahora por medio de adelantos técnicos se ha logrado reducir su retroceso a 30 cm por año, la cifra promedio en los últimos años es de 0.91 cm al año. De hecho hace rato que las cataratas vienen «viajando» de esta forma, y hace unos 10900 años atrás se encontraban a la altura del pueblo de Queenston, es decir que han retrocedido mas de 10 kilómetros.

Las cataratas no solo son un atractivo turístico y una belleza natural, sino que además tienen gran injerencia en la economía y actividad de la región ya que desde hace largos años sus aguas son una fuente de energía importante, tanto para Canadá como para Estados Unidos. Es por eso que ambos países desarrollan un trabajo en conjunto con el objetivo de preservarlas, y el particular suelo del río ha sido objeto de estudios y trabajos. El más importante de ellos se realizó en 1969 cuando el caudal fue desviado por varios meses para que evitara pasar por las Cataratas Americanas, tiempo que los científicos aprovecharon para llevar adelante trabajos de gran importancia.

Hoy en día las cataratas están aquí y pueden visitarse de ambos lados del río. Claro que para cruzarlo habrá que tener a mano el pasaporte, ya que el Rainbow Bridge que se ve al fondo en la foto (por el que incluso se puede ir a pie) es un cruce fronterizo y habrá que hacer migraciones y aduana. Opción interesante para aquellos que quieran verlas desde más cerca, aunque por una cuestión de tiempos (como toda frontera tiene sus demoras) y de evitar burocracias gubernamentales, nosotros no tomamos. Nos pareció una mejor opción quedarnos del lado canadiense y sentarnos a comer una hamburguesa al sol, mientras se nos secaban los extremos de nuestras extremidades que habían quedado expuestas durante la navegación.

Para los interesados, Niagara Falls es un destino tradicional para ir de luna de miel (al menos para los norteamericanos). Pero obviamente no hace falta que te cases para ir hasta ahí. Sus cataratas homónimas son una belleza que hay que conocer cuando uno pasa por esta zona de Canadá.