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Viajando a Guatemala, tramo I: Reporte del vuelo con American Airlines hasta Miami.

Un nuevo viaje laboral me llevó hasta el Aeropuerto de Ezeiza para tomar un vuelo rumbo a Miami, aunque esta vez el destino final era otro: por primera vez visitaría Guatemala. Próximamente dedicaremos algunos posts a este interesante país de Centroamérica, pero ahora es tiempo de sumergirnos en el reporte del vuelo AA908 programado para despegar de Buenos Aires a las 23:59 hs.

El primer detalle diferente a otros vuelos se dio en casa, durante el proceso de checkin online, ya que el sistema me permitió avanzar hasta incluso elegir los asientos del primer tramo de vuelta (el segundo desde Miami hasta Buenos Aires era con un vuelo operado por Latam Airlines por lo que el sistema de American no me daba acceso a elegir ese asiento), sin embargo al llegar al final saltaba un mensaje de que no podía completarse y que debía hacerlo en el aeropuerto. La última vez que me pasó algo así fue en Chile y el motivo era que el vuelo estaba sobrevendido, por lo que me organicé para estar temprano en Ezeiza.

Así es que al día siguiente estuve en el aeropuerto 3 horas antes del horario de despegue y sin perder tiempo me acerqué al personal de American, quienes me indicaron que debía hacer el checkin a través de las máquinas. Intenté hacerlo pero otra vez, no pude completarlo: la máquina imprimió un ticket que me indicaba hablar con un asistente. Como no hay mal que por bien no venga, al mostrarle el ticket el muchacho que asesoraba en el uso de las máquinas me hizo pasar al mostrador de checkin salteando la cola, y allí me informaron que era algo normal. Presenté mi pasaporte y la visa y allí me imprimieron los boarding pass (uno por cada tramo) sin inconvenientes. Al revisarlos constaté que los asientos eran los mismos que había elegido por internet: todo estaba en orden.

La valija la retiraba directamente en Guatemala, así que era una cosa menos por la que preocuparse al realizar la conexión. Enseguida enfilé hacia la aduana para declarar la cámara de fotos y los lentes, y acto seguido pasé por seguridad. Migraciones fue un trámite simple, a través de las máquinas de autoservicio de «Migraciones Express».

Ya en la zona de embarque y con tiempo suficiente, calculé que despegando a las doce de la noche me faltaban aún varias horas antes de la cena en vuelo, por lo que decidí comer algo antes. La pizza con una gaseosa estuvo aceptable, y aun precio accesible para lo que suele ser el aeropuerto. Luego, recorriendo un poco, me encontré con otro grandote que sale tarde desde Ezeiza…

El abordaje comenzó puntual y como siempre con los vuelos a Estados Unidos durante el mismo se realizó el control de equipaje de mano, que resultó ser más exhaustivo que el que había experimentado en Latam hacía unas semanas atrás. Se revisaron todos los bolsillos de la mochila y me consultaron si llevaba algún líquido o crema. Con el alcohol en gel pequeño no hubo ningún problema.

Pronto estaba a bordo del B777-200 de American Airlines matriculado N789AN, que a pesar de sus casi 19 años de edad está en muy buenas condiciones. La cabina está muy cuidada y como no había casi nadie todavía aproveché para tomar algunas fotos y mostrar su configuración de asientos que, en clase económica, es 3-4-3.

Como detalle cabe destacar que cada asiento está equipado con toma corrientes internacional, así que cargar el celular o la laptop no será un problema. El sistema de entretenimiento me resultó muy completo y lo vi bastante actualizado en cuanto a la oferta de películas. Igualmente yo me incliné por los recitales disponibles en la sección TV. Eso sí, no te dan auriculares, así que mejor acordarse de tener los propios a mano. Además, el avión está equipado con servicio de wifi en vuelo, que por tratarse de un viaje nocturno no contraté, pero en caso de necesitarlo hay varios precios disponibles, dependiendo cuánto tiempo se quiera navegar.

El vuelo en sí, mientras me mantuve despierto, fue muy tranquilo, con apenas algunas turbulencias leves. Como siempre, salvo cuando me levantaba a estirar las piernas o para ir al baño, me mantuve todo el viaje con el cinturón lo más flojo posible, pero abrochado. A la hora de la cena, un rato después de despegar desde el Ministro Pistarini, las opciones eran el clásico «pollo o pasta», así que me decidí por los fideos con salsa de tomate, que venían con ensalada y una porción de torta como postre.

Llegó finalmente el momento del aterrizaje y de la conexión. Lo más complicado de conectar en Miami es que necesariamente hay que pasar por migraciones, tal como si uno fuera a ingresar a Estados Unidos. A esa hora de la mañana el trámite resultó ser bastante rápido, seguramente por la poca cantidad de vuelos a procesar. Así es como se llega a un largo pasillo donde  hay máquinas de migraciones a uno y otro lado: es cuestión de ir caminando atento y acercarse a alguna que esté libre. Allí se contesta el cuestionario en la máquina, que también nos toma una foto y registra nuestras huellas dactilares, para finalmente imprimir un ticket que debemos presentar al oficial de migraciones. El flujo de la gente te lleva y así terminas delante de un ser humano que revisa tu pasaporte y te hace las preguntas de rigor (en mi caso a qué me dedicaba y para qué viaja a Guatemala).

Sin prestar atención a las cintas de equipaje ya que el mio lo retiraba en el destino final, salí al hall principal del aeropuerto donde un cartel indica hacia dónde dirigirse para tomar los vuelos en conexión. Hacia allí me dirigí, pero eso será cuestión de un próximo post.

Vuelo 4M 7820 de Latam a Miami: Ingresando a Estados Unidos por las máquinas de autogestión.

En realidad al principio no pensaba publicar esta crónica. Hace muy poco viajé a Miami con esta misma aerolínea, en este mismo vuelo, y por supuesto publiqué en su momento el reporte correspondiente, así que antes de salir de casa hacia Ezeiza no pensaba encontrar ningún aporte sustancial que valiera la pena. Sin embargo hubo un par de cuestiones diferentes que ameritan ser contadas, por lo que aquí estamos, escribiendo un nuevo reporte de vuelo para el directo a Miami de Latam Airlines.

Como acostumbrado, llegué al aeropuerto con suficiente anticipación. En este caso fueron algo más de 2 horas y media. Mientras me dirigía hacia la Terminal A por la que embarca Latam Airlines, así se veía el avance de las obras en Ezeiza.

No era yo el único precavido: ya a esa hora la cola para realizar el check in era enorme. En el caso de los vuelos a Estados Unidos hacer esta fila es obligatorio ya que en ella el personal de seguridad de la línea aérea realiza un cuestionario relativo al equipaje que uno lleva. Son preguntas sencillas, como si lo empacó todo uno mismo, si llevamos algo que no sea nuestro a pedido de alguien, y ese tipo de cosas, además de constatar tu identidad con el pasaporte. Una vez finalizado este trámite te dan una tarjeta de «chequeado», y con eso ya pude dirigirme al área de entrega de equipaje para pasajeros Latam Pass Gold y así evitar el grueso de la demora.

Ya con el boarding pass en mano (siempre me gusta tenerlo impreso aunque pueda usar el digital que me queda en el celular) me dirigí al mostrador de aduana para hacer la declaración de equipaje. En el formulario pre impreso llevaba anotados los datos de la laptop, la cámara y los lentes que transportaba.

Los controles de seguridad fueron relativamente rápidos y migraciones lo hice a través de las máquinas autoservicio, que funcionan de maravilla: se escanea el pasaporte en el primer paso, luego en el segundo te toman la foto y se escanea la huella digital, y listo. Con todo el proceso finalizado y mucho tiempo por delante antes de abordar, aproveché a tomar algo y luego a caminar un poco el free shop, donde terminé comprando un perfume. Y aquí hay una cuestión a tener en cuenta, porque los vuelos a Estados Unidos son diferentes: previo al abordaje se realiza una inspección del equipaje de mano, y puntualmente una de las cosas que controlan es la presencia de líquidos. Con un perfume, no podría abordar. Es por eso que en lugar de darte el producto, en la caja del free shop te entregan un ticket para retirar el perfume en la puerta, luego de haber pasado por el control de seguridad. Este es el ticket en cuestión.

Igualmente el control fue bastante rápido. Me preguntaron si llevaba líquidos o geles y contesté que únicamente un frasco pequeño de alcohol en gel. Se lo mostré al guardia que me hacía la inspección y prácticamente no revisó mucho más. Una vez liberado, en la entrada a la manga estaba la gente del free shop entregando las compras, para lo cual revisan el ticket que te dieron en la caja.

La configuración del B767 es 2-3-2 y realmente me gusta: uno no se siente tan encerrado como cuando viaja en línea de 3, o menos si te toca una hilera de 5 butacas al hilo. Y cuánto más si, encima, el asiento de al lado queda libre y tenés la fila de 2 para vos solo… ¡Gol de media cancha!

Despegamos con algunos minutos de retraso desde la pista 11, y a través de Google Maps pude ver cómo hicimos un giro importante para volver a pasar por la vertical de Ezeiza con rumbo norte. Aunque volamos exactamente por encima del aeropuerto, las nubes espesas me dejaron con las ganas de la foto con la pista iluminada.

Enseguida largaron la cena, para lo cual la fila 27 volvió a funcionar: el servicio de la segunda mitad del avión comienza allí nomás, por lo que en ese asiento te asegurás que va a haber lo que vos pidas. En mi caso, opté por la marucha con puré y espárragos, que estaba muy buena.

Junto con el menú los TCP entregaron también un Pase de Abordar para obtener descuentos en el Dadeland Mall o en el Sawgrass Mills. Sólo hay que presentar el voucher en el stand del shopping y se lo canjea por un librito donde están listados los descuentos y los locales que participan, además de recibir un adaptador de viaje que nunca viene mal.

Esta vez el control remoto funcionaba bien, así que pude leer bastante accionando la luz individual, hasta que me tiré a dormir acomondándome lo mejor que pude aprovechando que el asiento de al lado estaba vacío. Eso sí, cinturón flojo, pero abrochado. Siempre.

El resto del vuelo no tuvo mayores novedades, hasta que aterrizamos en Miami a primera hora de la mañana. Todavía medio dormido nos dirigimos al área de migraciones, donde esta vez estaban habilitadas las máquinas autoservicio, también para los extranjeros. Prácticamente no te daban opción: un oficial de la TSA te indica si avanzar hacia los puestos manuales o la máquina, sin que puedas elegir vos.

Una vez frente a la máquina, a no asustarse. Lo primero que consulta es el idioma y tiene un abanico enorme de opciones, entre las cuales está, obviamente, el español. A partir de allí aparece un cuestionario que hay que ir contestando en la pantalla. Son las preguntas básicas que haría un oficial de migraciones humano, pero bien objetivas. Luego se escanea la visa, la máquina te toma la foto y te pide escanear las huellas digitales, que a diferencia de acá, en Estados Unidos son cuatro (todos los dedos excepto el pulgar). Teóricamente ahí te da el ok para ingresar al país, pero no fue mi caso: en la mochila me había olvidado un paquete de nueces que había comprado en Buenos Aires, y ante la duda declaré que traía productos de origen vegetal. La pantalla me indicó que no podía finalizar la transacción y que me dirigiera a un puesto manual donde me atendió un oficial a la vieja usanza, aunque muy amable. Luego de preguntarme «Qué declaraste?» me hizo las otras preguntas de rigor, todo en perfecto español, y me dió la bienvenida a los Estados Unidos de América.

El último tramo fue quizá el más complicado, ya que quise viajar hasta el hotel en un Uber, pero la aplicación no es del todo clara al respecto de dónde debes esperar el auto, especialmente para aquél que no conoce bien el aeropuerto de Miami. Para los que se animen a usar el servicio, revisen bien la terminal en la que se encuentran y puntualmente el nivel en el que la aplicación les dice que deben esperar. Ante la duda, lo mejor será consultar al personal del aeropuerto sobre la ubicación exacta que pide la aplicación, y cómo llegar.

Y ahora sí, ya rumbo al hotel, a disfrutar del viaje. Al fin y al cabo, estamos en Miami!