El lunes 28 de marzo madrugamos como pocas veces, y a las 5 de la mañana ya estábamos en Ezeiza para tomar el vuelo KL701 que nos llevaría hasta Santiago de Chile, para visitar FIDAE, la feria aeronáutica y espacial más importante de Latinoamérica.
En rigor ya habíamos sido alertados por email de un retraso de media hora, pero de eso nos enteramos al despertar, así que ya no tenía mucho sentido retrasar la llegada al aeropuerto. Así, con tiempo más que suficiente, pasamos por la Terminal A para saludar a @Qualityman156 que también estaba por cruzar la coordillera, y luego ya nos dirigimos a la Terminal C, donde Skyteam concentra sus operaciones.
Aprovechamos a hacer aduana, donde nos encontramos con la particularidad de que el guarda no quiso dejar registro de una de las cámaras, ya que tenía el número de serie borrado. Como precaución tomamos alguna foto de la cámara en sí en el mostrador de aduana, pero suponíamos que no iba a haber problemas al regreso porque se nota que es un equipo que ya tiene su uso.
Luego nos acercamos a los desiertos mostradores de KLM frente a los cuales ya se estaba formando una larga cola pagofacilera, para el asombro de la gente que no entendía cómo estaba tan retrasado y nadie se acercaba al lugar. Al final, el tema terminó siendo medio molesto, y así lo mecionaba en twitter.
Al fin apareció el personal de KLM para comenzar con el check in, proceso en el que fueron bastante expeditivos, y como era de esperar, muy cordiales.

El tema resultó ser que a causa de la niebla el vuelo se había atrasado incluso más que lo previsto. Como consecuencia de esto hicimos migraciones sin apuros, a pesar del retraso producido por la gran cantidad de gente que estaba en nuestra misma situación, y una vez superados todas las gestiones aeroportuarias correspondientes, tuvimos un buen rato en la sala de preembarque haciendo tiempo y spotting.

Con casi una hora de retraso con respecto al schedule original, finalmente abordamos el B777 de KLM que estaba full, con muchos pasajeros que venían desde Amsteram para seguir viaje hacia Chile. Los tripulantes trabajaban en poner en condiciones la cabina de un vuelo tan lleno, y en eso se dió una situación extraña con uno de ellos, que para acomodar mejor el equipaje quizo cambiar de lugar una campera. Si bien preguntó varias veces de quién era, cuando amagó llevarselá le llegó el manotazo de un pasajero que, evidentemente, no hablaba inglés. Lo realmente raro de la situación fue la reacción del tripulante al reclamarle de mala manera y en inglés, que él había preguntado por el dueño; cuando el pasajero le contestaba exasperado en lo que creo que era holandés . Una situación poco feliz que debería haberse evitado.

El avión en sí tampoco se llevó una buena nota. Se trataba del PH-BVB, un B777-200 de unos 8 años de antigüedad que en principio nos engañó por el livery, pero una vez arriba no dejaba lugar a dudas: las pantallas de los asientos no son táctiles, sino que se manejan a través de un control remoto muy gastado y que tarda mucho en reaccionar a los mandos. Por otro lado las bandejas resultan muy bajas e incómodas y además, no sos extensibles, con lo cual terminan quedando lejos de uno a la hora de comer.

La nota final la dió el servicio a bordo, que tenía las opciones de «chicken o cheese». Me incliné por el sandwich de queso, identificado en la bolsita como «veggie», pero que en realidad era sólo medio sandwich, ya que la mitad era pan sin relleno alguno. En fin, lo único que valió la pena fue la Stroopwafel, la galletita que dan a modo de postre, y que es deliciosa.

Luego de los snacks llegaría el momento del free shop en vuelo, cortado casi abruptamente por el cruce de la coordillera, durante el cual la cabina debe permanecer asegurada sin carritos yendo y viniendo por los pasillos, como precaución ante posibles turbulencias. El cruzar los Andes en avión es siempre un espectáculo sin igual.

Ya aterrizados en Santiago de Chile hicimos migraciones muy rápidamente. Como contraste, pasamos un buen rato esperando las valijas, que se demoraron mucho en comenzar a circular por la cinta. Era el último detalle de un vuelo cuyo balance es realmente malo, con muchos puntos flojos a mejorar, y que resultó ser el extremo opuesto al vuelo de regreso a Buenos Aires, pero ese vuelo es materia de otro post.


















