Archivo por meses: mayo 2017

Playa Unión, en Rawson, y la leyenda de sus escolleras.

Mis vacaciones en la Patagonia ya son casi un clásico, pero estas últimas tuvieron un toque diferente. En lugar de internarme en la Coordillera de los Andes para hacer trekking encaré hacia el otro lado para respirar un poco de brisa de mar. Así llegué a Rawson, y más precisamente a Playa Unión, un balneario a unos 6 kilómetros de la ciudad.

Según me comentaron, la temporada fuerte de Playa Unión oscila entre diciembre y enero, y luego ya va decayendo. Por eso quizá lo tranquilo que encontré el lugar, incluyendo en esta idea tanto al hotel Punta León donde paré como la playa en sí. Igualmente, se veía gente y por momentos, era bastante cantidad, aprovechando el agua limpia y sin algas, aunque sí, muy fría.

El balneario es eso: mar y playa. Está cerca del Puerto Rawson desde el que salen las excursiones para avistar toninas, de las que ya hablaremos más adelante en otro post, pero luego no hay mucho más que hacer que actividades de playa. No por estar en Chubut va a ser diferente a la costa atlántica bonaerense.

Eso sí, las olas son diferentes. Uno se da cuenta enseguida: llegan hasta la costa para romper con fuerza y mucha frecuencia, motorizadas por un viento que durante el día ayuda a bajar la temperatura y a medida que va anocheciendo te obliga a ponerte un buzo u algún otro abrigo que tengas a mano. Quizá sea por eso que se ve gran cantidad de gente haciendo kitesurf, o incluso windsurf.

Un golazo, desde mi punto de vista, es que la playa no es de arena, sino de piedritas. Es quizá un poco molesto para caminar descalzo, por eso recomiendo llevar alguna sandalia cerrada o incluso zapatilla, pero es mucho menos sucio: uno puede calzarse enseguida y volver al hotel sin más, mientras que en una playa convencional no hay forma de que te quites la arena de encima. Los amantes de la playa me dirán de todo por esto, pero la arena es de lo más molesto que hay.

Según dicen, en el invierno las grandes marejadas son un espectáculo digno de verse, claro que tendrá que ser desde dentro del auto o algún restaurante de la costanera, porque no creo que las temperaturas y, sobre todo, el viento inviten a observar desde la playa misma.

Playa Unión debe su nombre al hundimiento en 1876 de la goleta italiana «Unión» frente a sus playas. Si bien esa sería el primer naufragio del que tengamos conocimiento, estaría lejos de ser el único. Esta zona del Mar Argentino tiene un triste historial de naufragios, muchos de los cuales se han registrado luego de la construcción de sus escolleras y con ello, han dado origen a una leyenda que cuentan los locales.

Las escolleras que se ven en las fotos, cercanas al Puerto Rawson, fueron construidas hace relativamente poco con piedras traídas desde otro lugar. Según dicen algunos, las piedras no llegaron solas, sino que escondidas entre ellas venían unos duendes que se molestaron mucho por la usurpación que se había cometido al sacar las rocas del lugar donde pertenecían. Así es que, en venganza, lanzaron una maldición sobre el puerto al que protege la escollera, y decidieron que diez buques se iban a hundir.

Desde ese momento los naufragios de la Flota Amarilla, como se conoce a los buques pesqueros que operan en Puerto Rawson, son bastante constantes. Ya se han contabilizado nueve, por lo que ahora todos se preguntan cuál será el próximo barco en perecer en las agitadas aguas del Atlántico. Quizá con eso los duendes se queden conformes y se trate del último hundimiento.

Con leyenda o sin ella, Playa Unión es un lindo lugar para ir a veranear si uno quiere mar. De hecho, por el tipo de playa y por la tranquilidad, me gusta más que la costa boneaerense. Eso sí, para meterse al agua hay que ser valiente, porque ahí sí que está fría.

Así Ahicito hizo su paso por las playas patagónicas. Agradezco a mi amiga Julieta y su hermana Rocío por la tarde de mate frente al mar, y por contarme la leyenda de la escollera.

Próximamente más posts con lo que fue la recorrida por la «Patagonia Atlántica».

La singular experiencia de viajar por Bélgica en tren.

La cuestión ya me la había adelantado mi vecino de asiento en el vuelo desde Barcelona cuya crónica podés leer haciendo click aquí: en palabras de un belga muy buena onda, Bruselas es una ciudad fabulosa pero Bélgica tiene mucho más para dar, así que hay que tomar el tren y recorrer Brujas, Gent y Amberes. Luego mi corta estadía en la capital belga me lo confirmó, así que con una pareja de argentinos que conocí haciendo el walking tour, y con quienes también estuvimos probando cervezas trapenses en Delirium, nos fuimos hasta la estación Bruselas Central y averiguamos las opciones.

Aca tengo que hacer un pequeño paréntesis para decir que los belgas son unos genios: no conozco otra nacionalidad que sea tan atenta con los turistas. En la ventanilla de la estación central nos atendió un pasante que estaba expendiendo boletos en ese momento, y lejos de «vendernos un ticket» estuvo más de media hora escuchando nuestras ideas y asesorándonos en inglés (que no es ninguno de los tres idiomas oficiales del país, por cierto). Incluso, cuando tuvo un momento, salió de su oficina y se acercó a nosotros que deliberábamos en medio del hall, para ver si  habíamos entendido y seguir aconsejándonos.

El punto era que, si bien queríamos visitar las tres ciudades, hacerlo en un mismo día volviendo a Bruselas por la noche era demasiado. De hecho, ahora que sé de qué se trata, mi consejo es un día por ciudad, y si es posible pasar una noche en cada una. Pero nosotros no teníamos ni idea ni tiempo, así que terminamos descartando Amberes ya que era la única que quedaba hacia una dirección diferente. Tanto Brujas como Gent tendrán sus posts en el blog más adelante, ahora concentrémonos en el viaje en tren.

Como descartamos Amberes quedaron sòlo dos estaciones, que sumadas al viaje de vuelta a Bruselas hacían 3 pasajes per cápita. Siendo tres personas, eran un total de 9 viajes, por lo que nos servía la opción que el pasante nos había sugerido: el T-10. Se trata de un ticket válido por diez viajes, mucho más barato que un pasaje individual, y el que hay que ir llenando a mano con los datos de cada viaje. Importante completarlo en el momento, ya que si el guarda pasa controlando los pasajes y no lo tenés completo (aún cuando tengas el ticket en el bolsillo) te cobran una multa de EUR 75 por persona.

Ahora pasemos a la red ferroviaria belga. Para los argentinos, acostumbrados al típico dibujo de abanico donde cada línea de tren es única y exclusiva y no se conecta con el resto, el entramado europeo puede ser algo difícil de entender. Sucede que allá sí están todos conectados, y por lo tanto no todos los trenes hacen las mismas paradas ni el mismo recorrido. Por eso, en la cartelería no sólo tenés que mirar el próximo tren en salir, sino que es importante revisar que vaya a parar en la estación a la que querés ir. Y en segundo lugar, a qué hora llega a esa estación, ya que te puede pasar que vaya por otra vía y pase por 500 estaciones antes, mientras que el que sale 10 minutos después va mucho más directo y llega antes.

Otro punto a tener en cuenta es que en Europa el tren no es todo igual. Existen diferentes clases, tal como en el avión, pero si no prestás atención puede ser algo difícil de identificar. Como se ve en el ángulo superior izquierdo del T-10, nuestro pasaje era de segunda clase. Al regreso, agotados por la tremenda caminata que habíamos pegado durante todo el día, subimos al tren con mis amigos argentinos y caímos en las butacas. En ese momento, casi dormidos, no lo notamos, pero eran muy diferentes a las que habíamos ocupado a la ida, eran mucho más cómodas. Estábamos sentados en la primera clase y no nos enteramos hasta que el guarda nos lo advirtió. Estuvimos a punto de pagar la multa (que no es ni más ni menos que el pasaje en primera desde la estación en la que subiste hasta el punto en el que te enganchan), y cuando digo «a punto» es ya con la tarjeta de crédito en la mano para dársela. Sólo cuando le preguntamos cómo distinguir una clase de la otra, el tipo nos dio el beneficio de la duda y nos perdonó. Y claro, nos explicó: en la puerta de acceso a cada vagón hay un número pintado dentro de un círculo: un 1 para la primera clase; un 2 para la segunda. Raudamente levantamos todo y nos cambiamos de vagón antes de que el guarda de arrepintiera.

Los trenes están impecables y muy buen cuidados. Es una experiencia totalmente diferente a tomarte uno en Buenos Aires, y por supuesto hacen tramos de larga distancia, pudiendo tomarte uno hacia otro país, por ejemplo. El precio sí es bastante caro, pero  hay que revisar qué opciones  hay porque, por ejemplo el T-10 que utilizamos nosotros, pueden generar un muy buen ahorro.

Bélgica es un país que me encantó. Los posts sobre Bruselas ya están publicados y podés encontrarlos agrupados en este link. Brujas y Gent son también increíbles, y pronto estarán on line las notas al respecto. Y Amberes es cuenta pendiente, y motivo suficiente para algún día volver.