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Subimos a las torres de la Sagrada Familia para contemplar Barcelona desde el aire.

Cuando uno visita la Sagrada Familia puede hacerlo de varias maneras, ya que hay diferentes opciones disponibles. Una de ellas incluye el ascenso a las torres desde las cuales se tienen unas hermosas vistas panorámicas de Barcelona desde lo alto. Al menos para mi los miradores son en general un atractivo interesante de cualquier ciudad o paisaje, y un excelente punto para tomar buenas fotos, así que enseguida exploré esta posibilidad. Sin embargo, en el caso de la Sagrada Familia hay dos contras que te lo hacen pensar dos veces:

  • Para ingresar a la basílica se debe abonar previamente una entrada, cuyo ticket básico no incluye la visita a las torres. La entrada que sí la incluye es la más cara y cuesta EUR 29, casi el doble que la básica, y EUR 7 más que la entrada con audioguía incluida.
  • El ticket no incluye el ascenso a las dos torres (y aquí estuvo mi mayor desilusión), sino que hay que elegir por la fachada del Nacimiento o la de la Pasión, con lo cual la experiencia no será completa (salvo que pagues otro ticket más) y sólo se podrá aprecia un sector de la ciudad.

Igualmente, aunque me pareciera un tanto caro el precio por entrar a la iglesia y visitar una de sus torres, estando allí con la cámara en la mano no podía no hacerlo, así que saqué el ticket por internet y viajé en el metro hasta la Sagrada Familia.

La visita a la basílica ya te la mostré en este post, y luego me encaminé a la fachada elegida para subir a la torre. Para ello cada fachada tiene su ascensor, en el cual te debés presentar en el horario que hayas elegido. Allí tuve un inconveniente porque no se puede subir con mochilas, y para dejarlas en el locker es necesario depositar en el mismo una moneda (puede ser de entre EUR 0,20 hasta EUR 1,00), pero claro, yo no tenía ninguna.

El muchacho que controlaba el acceso al ascensor no se hizo mucho drama y me comentó que era mi problema. Así que di la vuelta a toda la iglesia hasta llegar a la otra fachada, donde había visto una tienda, y allí le expliqué el tema a la vendedora quién me cambió un billete de EUR 5 por monedas. De vuelta en el ascensor, dejé la mochila en el locker y me presenté para subir. Mi horario ya había pasado pero el muchacho me dejó pasar igual, y finalmente subí.

El recorrido en las torres es realmente corto. Se llega con el ascensor hasta cierto punto, luego allí se sube por algunas escaleras más hasta llegar a una pasarela exterior que hace de mirador. Sin embargo, no se accede a lo más alto de las torres, lo cual es una frustración.

No sólo son vistas de la ciudad lo que uno tiene desde allí arriba, sino también se puede apreciar la basílica desde una perspectiva diferente.

Incluso uno puede supervisar el avance de la obra interminable.

Y si uno mira hacia abajo nota que se está realmente alto.

Desde esa altura se pueden apreciar las montañas atrás de la ciudad.

Y también el mar.

Para el descenso no hay ascensor, sino que debe realizarse a pie, bajando los 400 escalones de una extremadamente angosta escalera de piedra en espiral.

El principio la escalera es muy oscura, por lo que hay que ir pisando con mucho cuidado. A medida que se va bajando se empieza a hacer más luminosa pero, a la vez, más angosta y con un espiral más cerrado que hasta termina mareando. Allí se entiende por qué el ascenso está vedado para menores de 6 años y para personas con movilidad reducida.

Una curiosidad que se encuentra cuando uno comienza a bajar y aprovecha cada ventanita para observar la vista exterior desde una nueva perspectiva, son las monedas acumuladas en una de ellas, pero del lado exterior. ¿Quizá gente que vino sin bolsos y no tuvo que usar las monedas en los lockers?

Finalmente se llega al nivel del suelo y se sale de la escalera por una puerta medio escondida que da al interior de la iglesia. Finalizó así la recorrida aérea por Barcelona, que a pesar de las hermosas vistas, termina con gusto a poco.

Un adicional a ser tomado sólo por fanáticos. Y de hacerlo, recuerden llevar monedas en los bolsillos, o dejar las mochilas en casa!

Un Monumento a los Héroes de Malvinas y sus historias: Desembarco y Madrynazo.

Enorme, y con un sol que parecía brillar de forma especial, finalmente el pabellón celeste y blanco estaba en lo más alto del mástil. Atrás habían quedado la tormenta en medio del Atlántico Sur que los  había mantenido en vilo durante todo el día anterior, y la arenga del contraalmirante Carlos Büsser aquella madrugada antes de desembarcar. Hasta el sonido de los tiros durante los primeros combates ya se percibía lejano. Ahora todo estaba en calma y sólo quedaba el viento patagónico que soplaba fuerte para hacer flamear la bandera nacional frente a la casa del gobernador Hunt, quién había rendido la plaza ante el comandante de Operación Rosario hacia las 10 de la mañana. Era el 2 de abril de 1982 y las Islas Malvinas, después de casi 150 años de usurpación extranjera, estaban nuevamente bajo soberanía nacional luego de una operación militar impecable que las recuperó sin siquiera una baja británica. Aunque el capitán Pedro Giachino había perdido la vida convirtiéndose en el primer héroe de guerra, Argentina estaba de fiesta.

Transcurrieron los días y las semanas. Pasaron poco más de dos meses, y con ellos la guerra que nos mostró su rostro duro lleno de muerte y dolor. Fue en la noche del 14 de junio en que el general Mario Menéndez se rindió ante las tropas inglesas y decretó de esa forma el fin de una guerra sin sentido. Ayer leí con cierta emoción las palabras de Sir Michael Rose, quien fuera el general encargado de negociar los términos de la rendición con Menéndez, y en una entrevista indicó que la rendición argentina tenía que ser con honor porque nuestros soldados habían peleado con valentía en defensa de su patria. Eso pasó allá, en las islas; pero cuando los chicos llegaron de regreso al continente pareció quedar en el olvido.

La vuelta de los soldados argentinos al país se realizó a bordo de varios buques ingleses (entre ellos el más importante era el trasatlántico Camberra) y en el mítico rompehielos nacional Almirante Irizar. Pero lejos de recibirlos con honor la administración militar que en ese momento nos gobernaba de facto decidió esconderlos como si fueran una vergüenza. Llegaron a Puerto Madryn, primer ciudad argentina que tocaron luego de luchar en las islas, y desembarcaron en el muelle a metros de donde hoy se encuentra el Monumento a los Caídos en la Guerra de Malvinas.

Encontré ese monumento casi de casualidad, caminando desde el extremo de la ciudad hacia el muelle por la costanera, porque así tendría una mejor vista del mar. Y no pude evitar no sólo frenarme a fotografiarlo, sino quedarme un buen rato allí leyendo cada cartel, cada inscripción. En un lugar en el que se respira historia, que pareciera estar aún viva, a pesar de no leerse en ningún libro de texto del secundario.

En junio de 1982, lejos de permanecer ajeno, el pueblo de Puerto Madryn salió a la calle a recibir a los héroes, e incluso desbordó los controles militares y logró en muchos casos tomar contacto con los soldados recién llegados. Luego serían distribuidos en los cuarteles y escondidos hasta que volvieran a tener un peso normal  y así evitar mostrar las condiciones deplorables en las que habían estado luchando; pero el pueblo de Madryn los vio llegar. En Madryn se sabe la verdad.

Dos años después, Madryn recordaría en carne viva este momento. Fue en 1984 cuando se dio el Madrynazo, otro evento histórico especialmente omitido por los profesionales de la educación durante años. Tuve que viajar hasta allí para enterarme que, luego de las maniobras realizadas durante el operativo UNITAS, la flota estadounidense recibió la autorización del gobierno nacional para atracar en el muelle de Puerto Madryn y reabastecerse. Fueron los trabajadores portuarios de la ciudad quienes rompieron el secreto y la noticia convulsionó la ciudad. Los norteamericanos, luego de haber ayudado a los ingleses durante la Guerra de Malvinas, pretendían cargar combustible en el territorio nacional. El pueblo no lo iba a permitir, al menos no en Madryn. Luego de que fracasaran las gestiones para anular la autorización formalmente la muchedumbre se autoconvocó y avanzó sobre el puerto sobrepasando los efectivos de Prefectura que lo custodiaban, y echó a la flota extranjera que advirtiendo el incontenible desborde popular soltó amarras y volvió al mar. Luego los buques se reabastecerían en aguas abiertas con ayuda argentina, pero ningún marinero estadounidense fue capaz de poner pie sobre el muelle que había recibido a los héroes de Malvinas.

Hoy se cumplen 35 años de aquél 2 de abril en que las Malvinas tuvieron otra vez bandera argentina. Treinta y cinco años del comienzo de una guerra sin sentido, en la que los 649 nombres inscriptos en las placas de este monumento se suman a los 255 muertos del lado británico para, todos juntos, hacerle el juego a la junta militar y al gobierno de Margaret Thatcher, ambos buscando desesperadamente consolidar poder en sus respectivos países. Una guerra que tiró a la basura los avances diplomáticos para la recuperación de nuestras Malvinas, y que las volvió a foja cero donde prácticamente se mantienen hasta el día de hoy.

«No olvidar» reza el mural en Puerto Madryn, y es un mensaje atinado. No olvidar la historia, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. No olvidar los errores del pasado, para pensar el futuro de forma más inteligente. Ojalá los argentinos lo logremos. Nos lo debemos.