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Con todos sus lujos, el tren presidencial descansa en San Vicente.

«El que no corre, vuela» dice el refrán, y en el caso de los primeros mandatarios se ajusta bastante a la realidad. Hoy en día es normal que los presidentes tengan a su disposición al menos un avión para trasladarse. No es justamente el caso de la presidenta argentina, realmente una privilegiada en la materia, ya que puede elegir entre cinco aviones que componen la flota presidencial. El quinto se incorporó hace unos meses y se trata de un Boeing 737-500 desprogramado por Aerolíneas Argentinas en el proceso de renovación de flota por las series 700 y 800 del mismo modelo (como bien explicó Sir Chandler en el post que podés leer haciendo click acá) y que pasó a matricularse como T-04, y en la práctica, a funcionar como alternativa al famoso Tango 01, el Boeing 757 que se compró «Carlos» a puro lujo.

El tren oficial transportó presidentes constitucionales y de facto.

 

Pero hace varias décadas atrás, a los presidentes, sus emisarios y comitivas no les quedaba otra más que correr. Así también lo entendió en el año 1908 el presidente Figueroa Alcorta, quién autorizó a Ferrocarriles del Estado a construir un tren para uso exclusivo de la Presidencia de la Nación. Así nacería, luego de un proceso de tres años de duración, el tren presidencial de trocha angosta.

La locomotora exhibida fue donada por Laguna Paiva para completar el tren.

 

Como te conté en este post al que podés acceder haciendo click hoy podés visitar el tren en el Museo 17 de Octubre. A los fondos de la quinta hay una réplica de estación ferroviaria donde se encuentra exhibida la formación presidencial desde que Eduardo Duhalde dispusiera su traslado hasta allí en el 2002. Afortunadamente, y a diferencia del auto de Perón que se puede ver sin vidrios y con varios golpes en su estructura, el tren no fue dañado durante los desmanes del 17 de octubre de 2006, y es una verdadera pieza de historia.

El auto de Perón visiblemente dañado en los incidentes de 2006.

 

Los trabajos de construcción se iniciaron en los talleres ferroviarios que la compañía alemana Streniz tenía en San Miguel de Tucumán, pero una vez que se inauguraron los de Tafí Viejo las operaciones se mudaron de locación hasta la finalización del proyecto, en el año 1912.

Las puertas están decoradas con hojas de laurel hechas en bronce.

 

La formación contaba con tres coches (G1, G2 y G3) diseñados con todo el lujo del que se disponía en aquella época (quizá más que hoy ya que estoy seguro que hay cosas que no se consiguen más), como era de esperarse considerando quién sería el usuario final y exclusivo de esa máquina. Así, en su construcción se utilizaron las mejores maderas,que fueron talladas a mano, los vitraux de las ventanillas laterales se importaron de Gran Bretaña (y artesanos cordobeses los replicaron para hacer frente a posibles roturas), y los cortinados tienen flejes de oro, por sólo dar algunos ejemplos.

Los picaportes de bronce con el Escudo Nacional tallado.

 

El Escudo Nacional está también presente en todos lados. Se lo puede ver en los picaportes de las puertas, en la parte inferior de las ventanas y en el mobiliario interior del tren donde está tallado en la madera. Incluso se lo puede observar en la vajilla y en la platería, que se importaron desde Inglaterra, y aún así lucen el escudo y los colores celeste y blanco.

El baño está provisto de agua caliente y suelo de goma.

 

El G1 es el coche dormitorio donde se encuentran las habitaciones del presidente (con cama de bronce, sábanas de hilo italiano y fundas bordadas por las Carmelitas Descalzas), y la del edecán, además del escritorio presidencial, la sala de estar y los baños. El G1 es además el último coche, y su particularidad  es el balcón que tiene en el extremo posterior y que fuera muy utilizado por Perón para saludar al público a su paso, pero que no se sabe bien a ciencia cierta si es original o un agregado instruido por alguno de los presidentes que lo usaron, ya que no forma parte de los planos originales del tren. El G2 no es otra cosa que el comedor, con espacio para 32 comensales, además de un comedor privado para cinco personas y el infaltable bar para que el presidente de turno pueda degustar unos buenos Camparis con naranja. Pegado a la locomotora encontramos el G3 donde está la cocina junto con dos camarotes de 4 catres cada uno.

El comedor general cuenta con 8 mesas y está recubierto en roble.

 

Durante los viajes otros vagones se agregaban y completaban el convoy que era atendido por un total de 22 personas de las cuales más de la mitad estaba dedicada a la cocina. Así, para albergar a semejante cantidad de gente, se hacía necesario agregar otros coches dormitorio, comedor y baño para el personal, sin excluir el que prestaba servicios especiales de peluquería y de sala de costura y planchado. Por supuesto que además del bienestar de los viajantes, ya en esa época era importante la seguridad,  por lo que antes de partir el tren presidencial era exhaustivamente controlado, y ya en viaje era precedido por un tren donde viajaba la custodia presidencial y mantenía las luces prendidas las 24 horas. Incluso el silbato de la locomotora original, que no es la que se exhibe hoy en el museo, era más agudo que el del resto, para diferenciarse claramente.

Estaba equipado con un moderno sistema de frenos automático doble.

 

El tren presidencial fue inaugurado en 1912 con un viaje desde Tucumán hasta los cuarteles del ejército, aunque no se sabe bien si fue el presidente Roque Saenz Peña, o su vice Victorino de la Plaza quien participó en aquella ocasión. Más allá de eso, el primer viaje de larga distancia se realizó un año más tarde en una recorrida que hizo por el noroeste argentino Carlos Pellegrini como ministro de obras públicas. A partir de ese momento, y hasta su retiro oficial en 1977, el tren presidencial hizo varios viajes, transportando diferentes personalidades de la política argentina, varios presidentes incluidos, a diferentes destinos y por diversos motivos. Sin embargo, su último viaje (sin considerar el que hizo hasta la Quinta de San Vicente, claro está) lo realizó en 1982 a manos del Dr. Raúl Alfonsín, sin ser aún presidente de los argentinos, con motivo del apoyo que éste hizo en aquella época de la causa por la reactivación de los Talleres Tafí Viejo que habían sido cerrados en 1980 por el gobierno militar.

El balcón no está incluido en los planos originales del tren.

 

Hoy en día los tiempos de nuestra sociedad son muy diferentes a los del 1900 y ya no parece factible que un presidente o cualquier otro funcionario pueda tomar el tren en misión oficial; y aunque quisieran seguramente el estado actual de nuestro tendido de vías no se lo permitiría, pero más allá de eso nos queda esperanza de que en algún momento algún presidente pueda volver hacer rodar el convoy, aunque sea en un viaje simbólico como el que hacía el trencito histórico que salía desde Federico Lacroze, y del que no se que le pasó pero hace rato ya no escucho pasar. Mientras tanto, y por ahora, los primeros mandatarios no van en tren, van en avión.

El Boeing 757 matriculado T-01 capturado en pleno despegue.

 

 Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 27/09/14

Perón descansa en San Vicente: La Quinta 17 de Octubre.

La vida política de nuestro país estuvo siempre plagada de personajes, y de seguro lo seguirá estando. Algunos son más carismáticos y graciosos, otros no entienden bien dónde están parados ni qué hacen allí, y varios son directamente nefastos y ojalá no los volvamos a ver ni en figuritas. Pero hay algo es que innegable para cualquiera. No importa qué bandera política enarboles, estoy seguro que coincidirás conmigo que sólo hay un político contemporáneo que se convirtió en ícono al punto de marcar aún hoy en día la agenda política argentina.

Juan Domingo Perón fue tres veces presidente constitucional de la república (1946 – 1952 / 1952 – 1958 y 1973 – 1977) y aunque sólo pudo completar el primero de esos mandatos (el 16 de septiembre de 1955 fue derrocado por la «Revolución Libertadora» liderada por Lonardi y su última presidencia quedó truncada por su propio fallecimiento el 1 de julio de 1974), eso le sería suficiente para alzarse como el político argentino más influyente del siglo XX. Cuarenta años después de su muerte la política de nuestro país sigue girando en torno a su figura: en las boletas de las agrupaciones justicialistas aparecen su foto y la de Evita elección tras elección, muchos líderes políticos actuales lo señalan como su referente aún cuando en la práctica demuestren políticas absolutamente contrarias a los lineamientos de la doctrina peronista, el sindicalismo nacional que en cualquier otro lugar del mundo es netamente socialista en Argentina se declara abiertamente peronista, y la mismísima forma de hacer política impuesta en los años 50 está aún hoy vigente en nuestro día a día.

El chalet principal.

 

Ahora, como toda figura, Perón también tenía una vida personal y sus momentos de descanso eligió pasarlos en una quinta que compró poco antes de asumir la primer presidencia, en San Vicente. El evaluar sus acciones de gobierno y declararte peronista o antiperonista te lo dejo a vos. Lo que sí te digo es que no hace falta ser peronista para visitar el Museo 17 de Octubre, porque en realidad es un pedazo de historia argentina que cualquiera de nosotros debería ir a conocer.

El porche de la casa, lugar en el que Perón fue retratado más de una vez.

 

Encontrar la quinta es muy fácil. Siguiendo las instrucciones de este post llegás a San Vicente, y una vez allí tenés que ubicar la calle Lavalle (la segunda que se te cruza en el camino) y girar hacia la izquierda. El paredón de ladrillos te va a indicar que estás en el lugar correcto y el ingreso es por la misma Lavalle, así que no podés perderte.

La pileta de natación a mitad del parque.

 

A raíz de los golpes militares que derrocaron sucesivamente a los gobiernos de nuestro país la historia de la quinta en manos de Perón es un ir y venir, ya que tanto en 1955 como en 1976 les fue expropiada, primero a él, y luego a sus herederos. Más tarde por orden de la justicia la propiedad le sería restituida a las hermanas de Evita quienes la sumieron en un estado de abandono que perduró hasta que en 1990 la Provincia de Buenos Aires la expropió para construir el museo que hoy podés visitar.

El verde del enorme parque transmite tranquilidad.

 

Apenas entrás a la Quinta te encontrás con mucho verde. El parque tiene 18 hectáreas donde se ven árboles de diferentes especies además de un lago artificial (seco en el momento de nuestra visita) por encima del cual pasas al andar en dirección a la casa principal. En medio del parque hay dos moles de piedra que llaman la atención: son las estatuas del trabajador y Perón acompañados por Evita, los dos últimos decapitados. La obra de arte es del escultor italiano Leone Tommasi y la aberración fue obra de la «Revolución Libertadora» que cortó la cabezas de piedra de sus enemigos y tiró las esculturas al Riachuelo, de donde fueron recuperadas y trasladadas hasta este museo.

Las estatuas descabezadas de Perón y Evita son un símbolo de la intolerancia.

 

La otra construcción que llama la atención, además del chalet principal por supuesto, es el torreón, que no es otra cosa que un tanque de agua. De construcción circular y revestido en piedra, esta estructura se erige como el símbolo de la quinta, y según se sabe desde allí Perón transmitió varios de sus discursos. Provisto incluso de un balcón los ventanales de la parte alta del torreón de seguro han de brindar una espléndida vista del parque.

El torreón es el símbolo de la quinta.

 

Igualmente, lo más interesante del museo está por venir, y se trata del tren presidencial que podés encontrar al fondo de la propiedad en una réplica de estación ferroviaria, y del cual hablaremos en breve en un próximo post.

El tren presidencial.

 

La quinta no es sólo un museo, sino que también es el lugar de descanso de los restos del ex presidente. En sus instalaciones se construyó el mausoleo, un panteón de 400 metros cuadrados muy austero, y a mi criterio, poco atractivo arquitectónicamente. Más allá de eso, un detalle que sí han tenido en cuenta sus arquitectos es el efecto de las voces al pararse y hablar debajo de la alta estructura, donde se tiene la sensación interna de estar en un lugar solemne. Allí, detrás de un vidrio, descansa solitario Perón, ya que la idea original era que compartiera ese lecho con su amada Evita, pero la familia de esta última se negó a que así fuera.

Tumba de Juan D. Perón en la Quinta de San Vicente.

 

Lo que no fue nada solemne fue el traslado hasta aquí de su cuerpo, el 17 de octubre de 2006, en un evento que prometía ser un homenaje al líder fallecido y un festejo histórico del día de la lealtad peronista, y que terminó de la peor forma: a los tiros y con varias decenas de heridos, en una jornada cuyas huellas aún se pueden ver en la puerta de entrada al museo donde se notan claramente los impactos de bala en las paredes. Lejos estuvieron de homenajearlo y difícilmente esa gente sea el tipo de herederos que Perón quizo dejar.

«Mi único heredero es el pueblo»

 

Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 17/09/14