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Visitando la Cárcel de Ushuaia: Museo del Presidio.

En un extremo del centro de la ciudad, casi como dándole la bienvenida a los viajeros, se encuentra una construcción de cinco pabellones que confluyen todos en un punto central, dándole el aspecto muy particular, como si se tratara de los rayos de una rueda de bicicleta cortada a la mitad. Se trata ni más  ni menos que del mítico Presidio de Ushuaia, aquél al que en otros tiempos fueron a cumplir condena los delincuentes más peligrosos del país, y que hoy podés visitar convertido en museo.

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La historia de esta cárcel es algo fascinante, más que nada por dónde está emplazada, los presos que supo alojar, y lo que significó para la ciudad de Ushuaia en sus comienzos, ya que fueron estos presos los que construyeron las calles, edificios públicos y otras obras. Incluso el famoso «Tren del Fin del Mundo» no es otra cosa que el tren que se utilizaba para trasladar a los presos hasta el bosque cuando iban a trabajar.

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El origen de la cárcel se remonta al presidio militar que funcionaba en la Isla de los Estados, y que fuera trasladado en 1902 al continente por cuestiones humanitarias. Así es como los mismos presos comenzaron en esa fecha con la construcción de la cárcel que hoy conocemos, trabajos que sólo finalizaron en 1920. Eran 5 pabellones de 76 celdas unipersonales cada uno, con una capacidad para 386 presos, aunque en algún momento se llegaron a alojar más de 600 condenados.

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El Petiso Orejudo con la cuerda que usaba para ahorcar sus víctimas.

Por la mítica cárcel pasaron presos famosos, a los que hoy se los puede ver incluso en sus respectivas celdas. Allí están por ejemplo Cayetano Santos Godino, más conocido como «El Petiso Orejudo», condenado a sus 16 años de edad por una serie de asesinatos de niños ocurridos en Buenos Aires; y Simón Radowitsky, el conocido anarquista que perpetró el homicidio del jefe de la policía, el comisario Ramón Falcón, al atentar contra su carruaje con una bomba (EDITADO gracias a la corrección de uno de los lectores).

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El político radical Ricardo Rojas, uno de los tantos presos políticos que recibió el penal de Ushuai tras el golpe del ’30.

Muy interesante será también visitar el pabellón histórico de la cárcel, que ha quedado intacto, tal como era cuando el presidio funcionaba. Entrar allí da una buena idea de cómo era la vida de los presos en esas celdas minúsculas, que apenas eran calentadas con una estufa dispuesta en el centro del pabellón. El frío que se siente, no es sólo por la temperatura, te lo puedo asegurar.

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Incluso se tiene acceso a los baños que utilizaban los presos para asearse, ubicados al extremo del pasillo.

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Dentro de la vieja cárcel funcionan otros tres museos más. Son el Museo Marítimo, el Antártico y el de Arte Marino, ubicados en los distintos pabellones reacondicionados, y la entrada sirve para visitarlos todos; es cuestión sólo de ir recorriendo los diferentes pasillos y frenar en aquellos que más te interesen, como por ejemplo para incluir el acostumbrado detalle #avgeek con esta foto de la maqueta del C-130 Hércules, el avión que hasta hoy en día se utiliza para comunicar la Antártida con el continente.

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Ideal para cuando el clima no te permita una actividad al aire libre, el Museo del Presidio de Ushuaia permanece abierto todo el año, con el último acceso permitido a las 19:30 hs. Los residentes Mercosur y los jubilados tienen descuentos en las entradas, cuyos precios actualizados podés chequear en la web del museo.

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Así finaliza nuestra visita a la cárcel. Sólo resta que te animes vos a conocerla.

NOTA DE EDICIÓN: Por un error en la etiqueta identificatoria de la foto, la imagen de Ricardo Rojas figuraba originalmente como perteneciente a Simón Radowitsky. Se agradece al lector que notó la equivocación y avisó. 

Parada en el Fortín Picheuta, construído por orden de San Martín.

La corrida a toda velocidad que nos mandamos por las cerradas curvas de la Ruta Provincial 54 en Villavicencio para alcanzar al contingente que por un error administrativo nos había dejado plantados en el hostel te la conté en el post que podés leer clickeando acá. Allí también te conté que supuestamente la camioneta nos esperaba en Uspallata, pero como se nos habían adelantado tanto y ya hacía rato que no tenían nada más para hacer, la guía decidió agregar una parada fuera de programa a la excursión de Alta Montaña y esperarnos en el Fortín de Picheuta.

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El contingente de turistas nos esperaba disfrutando de refrescarse en el agua del arroyo.

En realidad no hay mucho para ver, es un puente de arco construido con cantos rodados sobre el arroyo Picheuta por los españoles que cruzaban a Chile por ese lugar, llevándose con ellos lo que saqueaban a su paso, y evitando así perder sus botines en la corriente del arroyo; pero es esa clase de lugares que a mi me fascinan, porque allí mismo estuvo la historia.

En ese mismo lugar, en 1814 San Martín había mandado a construir una fortificación, que a lo lejos y separada por una tranquera cerrada aún se llega a ver (supongo yo que esa construcción que está ahí hoy en día es la misma que ordeno levantar el general). Allí una patrulla de soldados patriotas quedó apostada en enero de 1817, y fue atacada por una avanzada realista enviada desde Chile para investigar los movimientos del Ejército Libertador. En medio del combate, en plena inferioridad numérica, el sargento mayor Marqueli ordenó a dos hombres que fugaran hacia Uspallata para avisarle al General Las Heras, mientras el resto del grupo les cubría la retirada.

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El fortín, mandado a construir por San Martín sabiendo que los españoles intentarían descubrir sus movimientos.

En la batalla 7 patriotas fueron apresados, mientras que otros 5 pudieron escaparse, también hacia Uspallata. Enterado de lo sucedido, el General Las Heras avanzó con sus fuerzas sobre Potrerillos, donde los enemigos se habían concentrado, y los venció, dejando libre el camino para el cruce de los Andes.

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No estuvimos mucho tiempo en el lugar, apenas lo necesario para bajar del auto, despedir a Rubén y sumarnos al contingente de la camioneta, pero la historia del lugar me encantó, y bien hubiera disfrutado mucho de quedarme un rato allí, con los pies dentro del agua y comiendo un buen sandwich de jamón y queso. ¡Ni hablar de cruzar la tranquera y entrar en el fortín, que no se si estará habilitado para visitas! La próxima, seguramente será!