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Una fortaleza en lo más alto: El Pucará de Tilcara.

«¡Allá arriba flasheas! ¡Tenés vista de 365°!» Aun hoy, más de diez años después, las palabras de aquél muchacho fascinado con la visita al pucará son lo primero que se me viene a la cabeza cuando pienso en aquél lugar. Y es que tenía razón, cuando uno llega a la parte más alta del asentamiento, que a su vez está en la cima de una colina de 70 metros de altura, se tiene una espectacular vista panorámica de todo el valle alrededor.

La palabra pucará significa «fortaleza» en quechua y se ajusta a la perfección al sitio arqueológico que obligadamente se debe visitar cuando se llega a Tilcara, en la provincia argentina de Jujuy. Ubicada en lo alto del cerro la ciudadela resulta inaccesible por las laderas escarpadas y no hay forma de que el enemigo se acerque de improviso sin que los vigías detecten su presencia con suficiente tiempo para preparar la defensa.

Este lugar estuvo en funcionamiento desde fines del siglo VIII hasta la llegada de los españoles, momento en el que fue escenario de las encarnizadas luchas para dominar a los indígenas. Fueron los tilcaras los que levantaron estas estructuras diseminadas por un espacio de unas 18 hectáreas y que conformaron viviendas, talleres, tumbas y recintos religiosos. Fue a partir de la dominación incaica, hacia el siglo XV, que el pucará tuvo su máximo esplendor, llegándose a creer incluso que pudo haber funcionado como capital de una de las provincias sureñas del imperio Inca.

El pucará no es el único de los poblados arquológicos de la zona ya que hay numerosos sitios diseminados por la Quebrada de Humahuaca, pero sin dudas es el más relevante y famoso, y por supuesto el que hay que visitar. Así lo hicieron los Soda Stereo, importante banda pop argentina que grabó allí el video de su hit «Cuando Pase el Temblor», Divididos, grupo rock oriundo de Hurlingham que brindó un recital increíble en las inmediaciones, como tantos otros.

El sitio fue descubierto en 1908 por los arqueólogos Juan Ambrosetti y Salvador Debenedetti, cuyo arduo trabajo científico permitió obtener importantes datos sobre cómo era la vida de los pueblos originarios en aquél lugar. Al estar totalmente en ruinas fue necesario llevar adelante trabajos de restauración que permitieron establecer el museo a cielo abierto que todos podemos visitar hoy en día.

En reconocimiento a la labor de estos dos científicos en 1935 el arquitecto Martín Noel levantó en la parte más alta del pucará una pirámide trunca que nada tiene que ver con la arquitectura original del lugar, y que a todas luces queda absolutamente desubicada. Una verdadera lástima que se haya recurrido a esto para honrar la memoria de los dos hombres que tanto trabajaron para conocer la verdad sobre los tilcaras y su pucará.

Afortunadamente el resto del emplazamiento sí conserva sus razgos originales y así el visitante puede apreciar las pequeñas casas confeccionadas en piedra, con muros internos rellenos con argamasa y techos fabricados con vigas de caña o cardón cubiertos con el mismo relleno de los muros. Un punto interesante surgido de las investigaciones es que, al igual que hoy en día, las casas eran ocupadas durante muchos años por la misma familia, razón por la cual las construcciones solían adaptarse regularmente según aumentaba o disminuía su número de habitantes.

A muchas de las casas se puede ingresar para tomar una mejor idea de las dimensiones y apreciar con todo detalle los techos de cardón.

Además hay claros indicios de que en el Pucará había artesanos especializados que durante la época del Imperio Inca fabricaban estatuillas y miniaturas con el mármol y alabastro que se podían conseguir en yacimientos de los alrededores. En varias de las viviendas de la ciudad se han encontrado evidencias de estas actividades.

Algo desde mi punto de vista innecesario es la estatua apostada en la entrada de una de las viviendas, simulando una mujer indígena sentada al aire libre. Por supuesto que sirve para ilustrar cómo era la fisonomía de los habitantes del Pucará en su momento, cómo se vestían y hasta quizá ayudar a imaginar sus costumbres y quehaceres diarios, pero en mi opinión algo tan claramente plantado le quita algo de legitimidad al resto del lugar. Alguna ilustración con una explicación escrita en algún cartel habría resuelto mejor la necesidad de informar, si es que eso es lo que se buscó con esta escultura.

Claro que para los más chicos es todo un atractivo adicional y costó bastante sacar la foto limpia de gente, ya que la muchacha suele estar muy solicitada para las selfies.

Luego de deleitar los ojos desde la cima a unos 2500 m.s.n.m. podremos volver a bajar a la base para seguir disfrutando del complejo. Desde abajo uno aprecia cómo el Pucará se va alzando a lo largo de la ladera y la abundancia de cactus que están desplegados por todos lados, y que los habitantes de este lugar aprovechaban ya que desde lejos el ojo humano se los confunde con personas. Todo un ejército apostado en la cima y listo para defender la ciudad del ataque enemigo.

Y si hablamos de cardones no podemos omitir el Jardín Botánico de Altura, dispuesto dentro del sitio arqueológico a metros de la entrada, donde pueden apreciarse la gran cantidad de variantes diferentes, con sus colores y formas características. Un paseo que bien vale la pena realizar.

Para finalizar la recorrida, caminando unos metros hacia un lateral se llega hasta la Piedra Campana, que nada tiene que ver con el Pucará ya que fue trasladada hasta aquí desde el Cerro Campanario en el departamento de Cochinoca. Se trata de un enorme fragmento de roca volcánica que pesa unas 5 toneladas y posee un particular sonido a campana al ser golpeada. Algo parecido a lo que vimos en el Cerro de las Campanas de Querétaro, en México, del cual ya hablé en otro post.

Así pasamos por el interesante Pucará de Tilcara, uno de los puntos obligados al visitar esta hermosa ciudad de la quebrada. El sitio permanece abierto de lunes a domingo entre las 9 y las 18 horas, y por supuesto la recomendación es no ir muy sobre el horario de cierre para poder recorrer todo lo que quieran con tranquilidad.  La entrada es arancelada y al momento de esta publicación los precios eran de $300, con tarifas promocionales para residentes argentinos ($150) y jubilados y estudiantes ($50), salvo los lunes que el ingreso es gratuito.

Vayan, disfruten de la visita y la vista, y luego dejen su comentario contando cómo fue su experiencia en este hermoso lugar.

De Cachi a Salta por la Recta del Tin Tin y la Cuesta del Obispo: Transitamos la Ruta 33

Con sus impresionantes paisajes que mezclan jungla húmeda con roca lisa y limpia rodeada por enormes cardos, el Noroeste Argentino es un destino que se disfruta a pleno. Y cuando hablo de plenitud me refiero a que no solo sus pueblos y ciudades son impresionantes, sino que incluso viajar entre uno y otro resulta absolutamente placentero para los ojos del visitante.

Una muestra cabal de esto que les digo es por supuesto la mítica Ruta 40, que amplía estas sensaciones que yo describo del NOA al resto del país, atravesándolo como una columna vertebral a la vera de la Cordillera de los Andes. Pero también lo es la Ruta Provincial 33 que une las localidades salteñas de Payogasta y El Carril, y que es el camino obligado para volver a la capital provincial desde Cachi.

Se trata de un camino de algo más de 100 km que atraviesa paisajes emblemáticos donde el protagonista principal es el Parque Nacional Los Cardones. Ubicado en el departamento de Cachi cuenta con una superficie de 64117 hectáreas en las que abundan estos simpáticos y espinosos ejemplares que, a lo lejos, bien pueden confundirse con un hombre extendiendo sus brazos.

Hay zonas del parque donde los cardones se concentran más que en otras, por lo que habrá que ir atento para estacionar el auto y bajarse a hacer algunas fotos, para lo cual los miradores marcados son las mejores opciones, tanto a nivel de vistas como de seguridad vial.

Si bien la entrada al parque está ubicada en la zona de Piedra del Molino, quién solamente quiera sacar una buena foto ni siquiera necesitará ingresar al mismo. La Ruta 33 lo atraviesa en gran parte y, en particular el tramo conocido como la Recta del Tin Tin obliga a un alto para admirarla con atención. Son casi 20 kilómetros en increíble e interminable línea recta.

Lo más impresionante de esta parte de la ruta es que fue construida por los Incas antes de la llegada de los españoles, a unos 3000 metros de altura y con una perfección asombrosa si se tienen en cuenta los medios técnicos con que se valían en aquellas remotas épocas.

Siguiendo la ruta con dirección a la ciudad de Salta, si bien la recta termina lo que se mantiene es la elevación del terreno, que va superando los 3000 metros hasta llegar al punto más alto, Piedra del Molino (que nombramos recién), donde se contabilizan 3457 m.s.n.m.

A medida que vamos llegando a este punto la ruta se va haciendo cada vez más montañosa, hasta convertirse en un camino de cornisa con numerosas curvas y contracurvas en la zona conocida como Cuesta del Obispo. Por suerte en la actualidad la ruta está totalmente asfaltada y cuenta con ancho suficiente para el paso de dos vehículos a la vez (uno de cada mano), por lo que transitarla resulta muy divertido, pero por supuesto se requiere tener mucha precaución.

El paisaje invita a contemplar y las incesantes curvas cerradas obligan a tener todo el foco en el camino, convirtiéndose en una combinación algo peligrosa. Las pendientes en subida y bajada le agregan adrenalina a la aventura. Importantísimo manejar con tranquilidad y cuidado, no sacar la vista de la ruta, usar la caja de cambios para desacelerar y así evitar recalentar los frenos y estacionar únicamente en lugares donde sea seguro hacerlo.

La Cuesta del Obispo es fácilmente identificable, no solo por estar bien señalizada, sino porque en una de las curvas más pronunciadas se levanta una pequeña capilla con una cruz y frente a ella la vista del valle es espectacular. No olviden frenar en ese mirador con la cámara de fotos y por supuesto un abrigo, porque ahí arriba se pone bien fresca la cosa.

Desde allí hasta bajar al nivel del Río de Escoipe son unos 25 kilómetros de curvas y contracurvas, yendo hacia Salta capital, en descenso. A mi personalmente manejar en caminos de montaña me fascina, es algo que disfruto mucho, pero se perfectamente que no a todo el mundo le ocurre así. Igualmente la RP 33 está en perfectas condiciones y muy bien señalizada, así que la recomiendo absolutamente a todo el mundo. No es difícil de transitar, pero sí hay que llevar el auto con precaución y a velocidades moderadas todo el tiempo.

El último tramo del recorrido ya es más llano y sin tantas curvas furiosas. En un momento la roca viva y el paisaje desértico le da paso a la jungla y el auto se adentra en ella siguiendo una ruta rodeada por tupida vegetación que crea una sombra reparadora y, en verano, un refugio contra el calor.

Finalmente se empalma con la Ruta 68 hacia el norte, con dirección a Salta, pasando ya por zonas cada vez más pobladas a medida que nos acercamos a la capital. Allí vuelven los semáforos, los transeúntes, los lomos de burros y cunetas, y el difrute de conducir casi que desaparece, pero claro está, nadie ni nada nos puede borrar de la retina los paisajes por los que pasamos.

Así que ya sabés, animate, no te lo pierdas!