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La Bodega Cabernet de los Andes y su Cosecha de Luna Llena.

Caía la tarde del 9 de marzo cuando entramos en el predio de la Bodega Cabernet de los Andes, en Fiambalá, y estacionamos el auto frente a la sala de ventas. No sabíamos si estábamos a tiempo, así que le consultamos al hombre que se acercaba a nosotros si se podía visitar las instalaciones.

Ese hombre de movimientos tan tranquilos y carácter amistoso resultó ser nada más y nada menos que Carlos Arizu, el dueño de la bodega, y miembro de una familia histórica en la actividad vitivinícola argentina. Carlos mismo se dedicó toda su vida a este negocio y luego de años de trabajo en su Mendoza natal, un día decidió mudarse a Fiambalá, provincia de Catamarca. ¿La razón para semejante cambio? Desarrollar lo que en aquél momento era algo casi desconocido en la Argentina: los vinos de altura.

Así Carlos se instaló en la Finca La Retama, antigua propiedad de otra familia ligada a los vinos: los Graffigna. En un lugar con clima y terreno propicios se embarcó en el proyecto de cultivar uvas al pie de la montaña y producir vinos de calidad, que en un principio tenían una cuota de exportación del 80% de la producción. En la actualidad han logrado un delicado e ideal equilibrio entre el mercado externo y el nacional, colocando aproximadamente un 50% en cada uno, lo que les permite sortear de mejor forma los vaivenes económicos.

Muy amablemente Carlos nos guió en una visita personalizada por la pequeña bodega que en aquél momento estaba en plena actividad: los tanques de acero inoxidable estaban repletos de líquido en fermentación destinado a ser próximamente alguno de los exquisitos productos de la casa, y el enólogo italiano Loris Tartaglia, a quién incluso pudimos saludar, iba y venía concentrado en su tarea: crear vinos de excelencia.

En su finca de Fiambalá, donde se encuentran los viñedos que finalizan allá sobre el cerro, donde ya las dunas les cortan el paso, la bodega Tizac produce vinos orgánicos de altura, lo que significa que no se utilizan pesticidas. Conseguir y mantener esta categoría a la que pocos vinos argentinos tienen el honor de pertenecer, implica esfuerzos extras, pero también obliga a repensar el negocio y a innovar. Así, Carlos nos contó sobre el proyecto de incorporar ovejas a la explotación, para que estas se coman las malezas.

Una ocasión especial para Carlos y para la ciudad de Fiambalá es la llegada de la primer luna llena de abril, que en este 2020 se da justamente hoy, viernes 10. Se trata de una noche particular en la que lugareños y turistas tienen las puertas de la finca abiertas para acercarse con sus antorchas y realizar la cosecha nocturna de las uvas que más tarde se convertirán en el vino insignia de la bodega: el Plenilunio.

Según nos han comentado, es realmente una fiesta que comienza recorriendo los viñedos y sigue luego cuando a la medianoche se dejan los cajones llenos de uva y se disfruta de comidas típicas de la región, música en vivo y, por supuesto, buen vino. Un evento que este año no pudo ser, suspendido por la cuarentena decretada para luchar contra el coronavirus, que privó a los catamarqueños de una noche especial donde iban a presentarse artistas de primer nivel, como es el caso de Patricia Sosa, entre otros. Una verdadera lástima, pero de seguro habrá nuevas ediciones de la tradicional cosecha de luna llena, y por qué no, ojalá podamos participar en alguna de ellas.

Claro que si estás por Fiambalá en otras fechas igualmente podés pasar por la bodega como hicimos nosotros, y llevarte algún vino orgánico (o varios) a precios de fábrica. Porque si te gusta el vino, y estás en Catamarca, probar este producto de altura es una experiencia que no te podés perder.

Conocida también por el nombre de Tizac, uno de sus productos más populares, la bodega se ubica sobre el ripio de la Ruta 34, en el Barrio Pampa Blanca, casi saliendo de Fiambalá en dirección a Saujil.

La Carolina, San Luis: El pueblo de la mina de oro

En dirección norte a través de la Ruta Provincial 9, a unos 70 km de la localidad de Potrero de los Funes (donde estábamos alojándonos), y a 80 km de la ciudad capital San Luis, el viajero se encuentra con un pintoresco, muy pequeño y tranquilo pueblo que parece haber sido construido con piedra en su totalidad.

Se trata de La Carolina, nombre que le dió en honor al rey Carlos III de España el virrey Sobremonte en el año 1794, por aquél entonces gobernador intendente de Córdoba del Tucumán. Anteriormente el lugar respondía a la denominación de San Antonio de las Invernadas.

Así de tranquilo como se lo ve hoy, prácticamante sin gente a la vista por sus calles, La Carolina supo ser el epicentro de la llamada «fiebre del oro» en nuestro país, cuando Don Tomás Lucero halló oro en el lugar y la noticia se esparció de tal forma que pronto llegaron compañías europeas para dedicarse a la extracción del preciado metal. El éxito del emplazamiento fue momentáneo, y duró lo que tardaron en consumirse las vetas, que al agotarse provocaron el abandono de la mina, y del pueblo completo.

Hoy es una localidad que el turista puede visitar con el objetivo de relajarse y disfrutar de la paz absoluta del pueblo, o con la intención de adentrarse en su historia y, particularmente, en la mina de oro que puede visitarse en una excursión guiada. Ingresar por tu cuenta no solamente no es recomendable (ya que adentro puede ser peligroso para aquél que no conoce ni tiene los elementos necesarios para manejarse en las entrañas de la Tierra) sino que además resultará imposible ya que el paso está vedado por una reja.

La excursión al interior de la mina dura alrededor de 1 hora y se puede contratar en el bar Huellas, ubicado en la calle 16 de Julio casi en el extremo del pueblo, en dirección al acceso a la mina de oro. Desde allí salen grupos equipados con todo lo necesario (casco, linternas, etc.) en una caminata que, si bien entra en la montaña unos 300 metros, es de baja dificultad y apta para toda la familia.

En el camino desde el bar hasta la mina se pasará por otro de los puntos de interés turístico de La Carolina: el Museo de la Poesía, establecido en la casa que perteneciera al célebre poeta y filósofo del pueblo, Juan Lafinur. Allí se exhibe parte de su obra, como así también de otros reconocidos poetas.

Para quienes tengan tiempo e interés en los sitios arqueológicos, cerca de La Carolina se encuentran las Cuevas de Inti Huasi, una caverna que estuvo ocupada por los primeros grupos nómades de la región, hace unos 8000 años atrás. Y aún más cerca, para los amantes del campo y del trekking se encuentra la Reserva de Llamas Antu Ruca, donde se puede observar la naturaleza de cerca e incluso realizar caminatas como la del Cerro Pelado.

O simplemente uno puede quedarse en el pueblo a disfrutar de su tranquilidad absoluta e intentar imaginar cómo sería todo aquello en medio de las corridas por conseguir una tan ansiada pepita de oro.