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Argentina, decime qué se siente.

A unos 30 kilómetros de capital federal se encuentra el Aeropuerto Internacional de Ezeiza «Ministro Pistarini». Perderte es un imposible. Sólo tenés que tomar la Autopista Ricchieri en algún lado y seguir con dirección sur. Sin ningún cambio de rumbo la autopista te hará desembocar en el aeropuerto más importante del país, así, sin más. Ezeiza (o directamente EZE), como lo llamamos cariñosamente nosotros, es técnicamente mi segundo hogar desde hace ya largos años. Y aclaro «técnicamente» sólo porque no duermo allí; si considerase la cantidad de horas que paso en el aeropuerto con respecto a las que paso en casa, quizá debiera decir que es mi primer hogar.

Igual, no te engañes. Este post no es sobre el aeropuerto. No es sobre los vuelos que llegan o salen, ni sobre los destinos hasta donde podes llegar pasando por ahí. La mención del aeropuerto es apenas una herramienta, una excusa para hacer encajar estas líneas en la temática del blog, pero a partir de aquí me tomo licencia y me desvío. Me desvío con el AR1951 que tocó tierra hoy por runway 11 procedente de Río de Janeiro, que si bien no traía la copa del mundo, tenía abordo a 23 verdaderos campeones.

El B737 de AR, especialmente ploteado. Luego, para realizar el vuelo AR1951 cambiaría por «GRACIAS ARGENTINA»

 

Y por qué poquito al AR1951 no le pudimos cargar un poco de exceso de equipaje y con ello cambiarle los colores a la banderita de este tweet! Por menos de diez minutos se nos escapó definitivamente, luego de que se nos resbalara un par de veces en los pies del Pipa, de Messi, de Palacio, o en la rodilla del arquero alemán que rechazó pelota con jugador incluido como si su vida dependiera de ello. Y la vida seguro que no, pero el partido sin lugar a dudas sí.

Lufthansa festeja en Tweeter el merecido campeonato.

 

Y ahí sí: Argentina, decime qué se siente. Momentos después del pitazo final, la frase no se hizo esperar. Estaba en todos lados. La leí en portadas de diarios brasileños, la escuché gritar desde atrás en algún reportaje callejero a hinchas vestidos de celeste y blanco, algún amigo carioca posteó la consulta en su biografía del facebook… Y aún cuando no la escuchabas o leías, resonaba en tu cabeza, en la mía, en la de todos los argentinos que estuvimos expectantes durante esos 112 minutos que nos duró la ilusión.

La selección saliendo del Aeropuerto de Ezeiza

 

Argentina, decime qué se siente. Era lógico hasta la obviedad. Era sabido que si perdíamos lo ibamos a escuchar. Era la más clara de las posibilidades desde el momento en que cantamos el primer verso de la primer estrofa, por primera vez; porque en definitiva, digámoslo, la única salida era salir campeones, y eso no es tarea fácil. ¿Me molesta que me lo pregunten? Para nada. ¿Me pone mal? Ni ahí. Al contrario, me saca una sonrisa, lo festejo. Porque si bien despotriqué bastante desde el principio contra el hitazo del mundial, ya que me cuesta pensar que podamos ser el papá de Brasil estando tres campeonatos mundiales debajo de ellos, la verdad es que la rivalidad estuvo, está y estará buena. No hablo de los inadaptados de uno y otro lado que se fueron a las manos en los pasillos de algún estadio. Hablo de cientos y cientos de hinchas de todos los colores y camisetas que fueron a un evento deportivo a disfrutarlo, divertirse y olvidarse aunque más no sea por un rato de los quilombos que tenían. Porque decime si los argentinos cantando «Brasil, decime qué se siente»; y los brasileños respondiendo con su «Pentacampeón» no le puso alma al partido, no lo hizo más emocionante. Así que desde un principio sabíamos que, luego de tanto cantarles en su propia casa, al primer traspié los brasileños nos iban a preguntar Argentina qué se siente. Y entonces, amigo mio, ya que preguntás, yo te voy a decir qué es lo que se siente.

La Selección rumbo al predio de la AFA

 

Se siente una tristeza enorme que golpea en el centro del pecho y te deja sin aire. Podría no haber sido tanto si el equipo hubiera sido un fiasco, si nunca hubiésemos tenido chances de ganar como esperaba algún holandés perdido por ahí. Pero la verdad es que esos once que estaban en la cancha ayer se empecinaron en todo momento en que nos doliera en serio. Porque nos ilusionaron, nos mostraron que era posible y que iban a pelear hasta el último segundo de juego. Entonces no esperás semejante golpe, estás pensando en otra cosa, y cuando ves que la pelota entra en el arco equivocado no entendés nada, se te viene el mundo abajo.

En los siete minutos que quedan aún sentís la esperanza, que es lo último que se pierde. Pero sabés muy bien que en esa situación, en una final del mundo, sólo un milagro puede ayudarte. Entonces empezás a tratar de entender, y racionalizás. Pasás del «no te lo puedo creer» a «¿cómo puede ser si recién lo queríamos definir antes de los penales?». Y esos siete minutos ya no los mirás, más bien los pensás, y te das cuenta que en definitiva está bueno que haya dolido tanto. Porque tiene un significado.

Y entonces lo que sentís es orgullo. Hacés un flashback, rememorás lo que pasó durante el último mes y ves un equipo de tipos que se encontraron a último momento en Ezeiza, pero que durante el mundial fueron eso: un equipo. Ves 23 leones que dejaron hasta la última gota de sudor en el césped brasileño, ves sus gestos, su actitud, su fuerza y también sus llantos. Ves a 23 profesionales que fueron a representar tu bandera y lo hicieron de la mejor forma, con humildad, con respeto, pero también con decisión y firmeza; todo lo necesario para llegar hasta el final. Y ahí dejás de ver un partido de fútbol, o siete. En lugar de eso ves una vida, o 23. Ves un reflejo de lo mejor que tenemos los argentinos, un ejemplo de lo querés para tu país: esfuerzo, sacrificio y dedicación, en pos de un objetivo común.

Y entonces sentís emoción. Mucha emoción. Tanta que casi le compite al dolor, que aún está ahí. Sentís que se te eriza la piel como cuando escuchás un estadio completo cantando por Argentina, o mucho más aún, coreando el himno nacional en pleno alargue para darle fuerza a un equipo que no quiere dejar de correr (¡¡¡Boludo, están cantando el himno!!!). Recordás el camino que recorrió ese equipo hasta la final y te emocionás con los penales de la semi y el recuerdo de tu papá llevándote envuelto en una bandera a festejar en la plaza de Hurlingham en el ’90, después de sufrir con aquellos otros penales.

Y entonces sentís gratitud. Gratitud hacia cada uno de los jugadores por esta mezcla de sentimientos inigualables que te hacen sentir tan vivo. Gratitud hacia los que jugaron todos los partidos, los que jugaron un par o apenas unos minutos, los que bancaron desde el banco y los que couchearon. Por volverte hacer creer les decís: ¡¡GRACIAS MUCHACHOS!!

Al final, para cerrar el círculo volvés a sentir esperanza. Esperanza de que el mensaje que esos 23 embajadores mandaron desde el exterior sea escuchado, interpretado y ejecutado. Que ese esfuerzo y amor por la celeste y blanca que demostraron sirva de ejemplo y siente las bases no sólo de un mejor fútbol, de un deporte más sano, sino de un país mejor. ¿Es mucho pedir? Quizá sí, pero bueno, dejame soñar. Porque qué bueno que después de tanto y tan oscuro tiempo, haya llegado tan lindo y claro mensaje desde el fútbol, que en definitiva es lo que más se ve en Argentina, lo que más nos apasiona.

Y entonces sí, te vuelve la alegría. Porque si hay algo que esta selección te dio es alegrías y dolores de garganta de tanto gritar. Y ahí sí, cargame todo lo que quieras. Gastame que yo me río, y te abrazo igual.

Ahora, más aliviado, me voy a Ezeiza buscando que me sirva de catapulta hacia otros destinos, nuevos lugares que conocer y que contarte por acá. Y como todos los viajes son nuevas emociones, te dejo una última: el audio del AR1951 pidiendo autorización a la torre para hacer un 360 y mostrarle a la selección la multitud que los esperaba sobre la Ricchieri. Hacé click acá y disfrutalo como si hubieses estado abordo.

 Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 15/07/14

Paisano de Hurlingham

Este blog está dedicado principalmente a retratar momentos y lugares fuera de la ciudad, pero para la primer entrada voy a hacer un giro y desviarme un poquito del objetivo. «Este pibe está loco», dirán ustedes, pero es que no puedo dejar de dedicarle las primeras líneas a la ciudad que me vio crecer, y donde aún hoy vivo. Así es que  hoy vamos a hablar de:

El día que quieras venir a ver el mejor polo del mundo, el clásico local de rugby entre Curupa y Hurling, hacerte unos hoyos en alguno de los tres campos de golf de la ciudad, o simplemente comerte un asadito rodeado de algo de verde, no vas a tener problemas porque tanto por Acceso Oeste como por Panamericana (empalmando con Buen Ayre) los accesos son bastante ágiles (no hablo de días de semana en hora pico, por supuesto). Eso sí, tené cuidado con los baches, especialmente si entrás por la 201 desde El Palomar o por Av. Vergada atravesando Tesei, porque sino corrés el riesgo de venir en auto, y volverte a pata… Y si crees que exagero podés preguntarle a los pasajeros de este colectivo, que fue fotografiado en pleno centro.



Lo mismo si estás circulando por Av. Roca, la principal, porque frente a la plaza los animales (perdón, los muchachos, que seguramente vestían remeras de A.N.I.M.A.L. y no porque les guste la banda), les decía, los muchachos de las cloacas dejaron una zanja que la atraviesa de lado a lado y si no estás atento te comés al de adelante cuando clava las guampas… 


Si en cambio viajás en tren, es todo un lujo, tenés dos opciones para elegir: el renovado (y ahora un poquito más caro) San Martín desde Retiro, con sus andenes provisorios de madera, o el siempre impecable Urquiza desde Chacarita, que medianamente respeta horarios, va limpio, con asientos sanos, y donde la gente que espera en el anden suele aguantar a que los que llegan bajen del tren sin atropellarlos en un torbellino humano, haciendo gala de un concepto cada vez más raro: RESPETO. Y ojo, no hablo de Hurlingham en particular, ni de su gente, ni nada por el estilo, sino de una característica  casi histórica de esta línea de tren, en comparación de otras donde pasar del tren al anden en hora pico parece casi una misión imposible. ¡Ojalá que esto perdure en el tiempo!

La verdad es que Hurlingham no es una localidad turística, pero a pesar de que últimamente se está haciendo cada vez más tristemente conocida por salir en la sección policiales de los noticieros, aún sigue siendo un buen lugar para vivir. Lo que sí tiene, es historia. A diferencia de la mayoría de las ciudades, nadie tuvo nunca la intención de «fundar» la ciudad de Hurlingham, sino que fue algo que «se fue dando». Allá por el 1800, esta zona era muy transitada porque por aquí se podía badear el Río de las Conchas (hoy Reconquista), y en honor al dueño de las tierras, a este camino se lo conocía como Paso Morales. Así que cuando Mollo te grita desde el escenario «Paso Morales fue…», ya sabés de qué te está hablando. 


Como para darte una mejor idea, te comento que San Martín pasó por acá en 1813 con sus granaderos a caballo rumbo a San Lorenzo, donde obtuvo uno de los triunfos más elocuentes de nuestra independencia. Pero hasta entonces, un lugar de paso. Recién para 1863 se construyó un molino harinero cerca del Paso Morales, que dio paso al almacén de ramos generales de Nicolás Machiavello y a lo que comenzaría a ser un poblado sin nombre. Tendrían que pasar algunos años más, para que en 1888 John Ravenscroft y un par de amigos de origen inglés fundaran el Hurlingham Club, basándose en un club homónimo de Inglaterra, que a su vez, no se sabe de dónde sacó su nombre. Junto al club, se hallaba la Estación Pereyra del tranvía rural Lacroze, una diligencia tirada a caballos que llegaba  hasta Pilar. Hoy en día, «la diligencia está electrificada» y es el actual ramal Urquiza administrado por Metrovías; y Pereyra pasó a llamarse Rubén Darío.

Hurlingham Club a la vera de la Estación Rubén Darío

 

Dos años después, en 1890, y a petición de Ravenscroft y cía, el Ferrocarril al Pacífico montaría una estación muy cercana al club que sería identificada con su propio nombre. A partir de allí se comienza a conocer a aquel poblado como Hurlingham. Y de ese puñado de casas ayer, a cabecera de partido hoy.


Igualmente, en el medio pasaron muchas cosas en esta localidad del oeste, y en general, con buen ritmo. En 1981 un joven italiano adicto a la heroína se contactó con un viejo amigo argentino con quién había compartido el colegio y se mudó con este y su familia a Córdoba para poder rehabilitarse. Este muchacho no tardaría en invitar a una amiga inglesa a venirse a Argentina para formar parte de una banda de rock. Luego de algunos ensayos, en el año nuevo 1981-82 la banda daría su primer concierto para los íntimos en la casa que el anfitrión argentino tenía en Hurlingham. El italiano se llamaba Luca Prodan, la banda, Sumo, y un par de años le serían suficientes a ambos para convertirse en íconos del rock nacional. Si en este punto no saben de qué les estoy hablando, es mejor que se compren el Obras Cumbres y lo escuchen antes de seguir leyendo ni una sola línea más de este blog. (Y nada de bajárselo de internet, no sean truchos! Hay discos que tienen que estar en original!). Con la muerte de Luca en diciembre del ’87 los integrantes de Sumo se separan y pasan a formar las otras dos bandas que juegan de local por estos pagos: Divididos y Las Pelotas. Así que historia musical no nos falta, pero a pesar de esto siempre está ese que pasa con los vidrios bajos y el volumen a full derrochando cumbia a los cuatro vientos. Tolerancia y diversidad cultural que le dicen….  ¡Y Bueh! Mientras no le ponga neón fluorescente al auto…  

Como ya dije, acá te encontrás con el mejor polo del mundo, pero también con el más añejo, ya que el Abierto de Hurlingham es el más antiguo del mundo, y se juega desde 1893. Además de ese récord, es considerado el más importante del globo, después del «Argentino de Polo». Eso sí, si pensás que te bajás en Rubén Darío y empezás a charlar de la nueva yegua de Adolfito con el primero que se te cruza, te equivocás, mejor probá con algunos comentarios sobre la última fecha del Clausura.  La mayoría no tenemos mucha idea de polo, aunque sin entender demasiado a algunos nos guste lo vistoso del juego y apreciar las maniobras impensadas que hacen esos tipos arriba de los caballos. Me queda pendiente investigar un poco más de este deporte para apreciarlo mejor. ¿Subirme a un caballo y ponerme a jugar? Interesante, pero mejor lo dejamos para otra vida…  



Para compensar que no tenemos un club de fútbol popular, tenemos dos de rugby. Para los entendidos de este deporte los clásicos Curupayti – Hurling son como un River – Boca. Y sin hacer hincapié en algún deporte en especial, también existe la rivalidad entre los dos clubes sociales más importantes: El Retiro y «El Defe». Tenés que estar de uno de los dos lados, es un poco como Soda y Los Redondos…


Lo que sí falta en la vida social de Hurlingham, es noche. Los más jóvenes tienen algunas opciones, pero si estás promediando los 30 no vas a encontrar prácticamente nada, excepción hecha de Continuum (bar con buena música rock donde probé por primera vez el gin & tonic con pepino, trago muy recomendable del que soy casi fan después del Campari con naranja), y del ya clásico Yucatán (donde te podés jugar unas fichas de pool). Pero si esta noche querés variar sin alejarte demasiado, no te va a quedar otra que escaparte para Ramos o Castelar.


Podría pasarme horas hablándote de mi ciudad, pero con esto te das una buena idea. Quedará para más adelante otro post donde quiero mostrarte un poco el Hurlingham que ya no es, como fue cambiando la ciudad. Así que ahora empezaremos a viajar, pero ya sabés que al «no tan lejano oeste» pronto volveremos.

Nota del Autor: Este post fue publicado originalmente el 10/05/14