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El Cañon del Ocre, en La Rioja: Paredes de amarillo intenso.

Enclavada en las sierras de Famatina, una enorme grieta se abre en el suelo y cae unos 60 metros desde el nivel de la superficie. Desde el primer momento en que uno la divisa, sus colores amarillentos llaman poderosamente la atención. Es justamente el Río Amarillo el que corre en sus profundidades.

El Río Amarillo (también llamado Famatina) tiene una cuenta hidrográfica de 550 km. Una parte corre por el cañón.

El Cañón del Ocre se formó hace millones de años atrás, luego de que en la Era Glaciar el cauce del Río Amarillo se viera interrumpido, estancando el agua en este punto para formar un dique natural que con el tiempo fue provocando la sedimentación de los sólidos que traía el agua. La erosión natural fue cavando el terreno durante miles de años hasta crear el paisaje que hoy podemos disfrutar en este punto de la provincia de La Rioja, y que incluso es uno de los atractivos turísticos finalistas en el concurso de Las 7 Maravillas de La Rioja.

Las paredes amarillas de 60 metros de alto le dan una belleza indescriptible a este paisaje escondido de La Rioja.

El cañón debe su nombre a los sedimentos que el río ha acumulado aquí, que además son los responsables del color amarillento que convierte a estas paredes naturales en un paisaje sorprendente y sin igual, digno de hacer un alto en el camino hacia la Mina La Mejicana (excursión de la que ya les contaré en detalle en otro post) y alzar la cámara para sacar fotografías increíbles. Una selfie tomada aquí será casi con seguridad tu próxima foto de perfil.

El amarillo anaranjado del ocre, producto de la sedimentación, contrasta con el verde de la vegetación de alrededor.

El ocre es un mineral terroso consistente en óxido de hierro hidratado que frecuentemente se presenta mezclado con arcilla, y tiene coloraciones amarillentas, anaranjadas o rojizas. Tradicionalmente se lo ha utilizado como pigmento para pintura artística o corporal, y en la actualidad es usado para elaborar pinturas. Este cañon es un punto de extracción, explotación que curiosamente está monopolizada desde hace años por una sola familia de Famatina: los Olivera.

Los Olivera de Famatina son los únicos que tienen la concesión para extraer ocre. Lo hacen muy rudimentariamente.

Para llegar hasta él es recomendable contratar un guía en Chilecito o Famatina, porque el camino de ripio es difícil y confuso; en medio de la montaña no está demarcado y quién no conoce podría perderse. Además, es sólo apto para 4×4, así que si estás con un vehículo convencional no hay alternativa.

El camino corre al costado del Cañon del Ocre y sigue viaje hacia la Estación 9 del Cablecarril y la Mina La Mejicana.

Y por supuesto, si llegaste hasta aquí aguantando los interminables zarandeos de la camioneta, bien valdrá la pena ir un poco más allá hasta llegar a la mina La Mejicana, pero eso será cuestión de otro post.

De Chilecito a La Mejicana: El cablecarril más largo del mundo.

La ciudad de Chilecito es la segunda más grande de la provincia de La Rioja, y casi que podemos decir que «esconde» (a causa de la poca promoción de la que goza) una de las obras más monumentales del mundo.

Instalaciones de la Estación N°2 del cablecarril

Hacia principios del siglo pasado esta zona del país vivía una frenética actividad minera con su epicentro en el Famatina, donde la explotación se desarrollaba a gran escala para la obtención de oro, plata y cobre, entre otros minerales. Allí se encontraba la mina conocida como La Mejicana, ya que era una vieja y muy rica explotación que luego de un período de abandono fue redescubierta por un mexicano. Ubicada a 4600 m.s.n.m. La Mejicana producía tal cantidad de material que el transporte a lomo de mula para descender del cerro ya no era posible. Así, con el impulso del legislador riojano Joaquín V. Gonzalez, el estado argentino se embarcó en la construcción del cablecarril.

Las vagonetas pesaban 200 kg y cada una podía transportar 500 kg de material.

La tarea se lanzó a licitación, que finalmente le fue adjudicada a la empresa alemana Adolf Bleichert & Co., basada en Leipzig, una de las más prestigiosas del mundo en lo que a «vías aéreas» se refiere. De esta forma el entonces presidente Julio A. Roca le encargó a los alemanes la construcción del que, en aquél momento, sería el cablecarril más largo y alto del mundo. Una verdadera maravilla de la ingeniería que se levantaría a lo largo de la ladera de la montaña, en un clima y terreno inhóspitos, en apenas 18 meses.

La Estación N°9 se encuentra a 4350 m.s.n.m. y posee un sistema de tolvas para cargar de piedras las vagonetas.

La obra recorre 35 kilómetros y consta de 262 torres en total, muchas de ellas de diferentes alturas, dependiendo del punto exacto del trayecto en que deberían ser instaladas. Las torres eran unidas por el cable en sí, que en realidad no era uno sino dos: El más grueso era fijo y funcionaba como la guía de las vagonetas que corrían por él. El segundo, más angosto, era el cable de tracción y por tanto tiraba de ellas para lograr que se desplazaran por la guía.

Toda la estructura se fabricó en Leipzig y se transportó desarmada en barco y tren. El ensamble se hizo en Chilecito.

Durante el trayecto se emplazaron un total de 9 estaciones, estando la primera en Chilecito y la última muy cerca del socavón de La Mejicana. Seis de ellas estaban equipadas con motores que funcionaban quemando leña de quebracho en sus calderas, y hacían funcionar el sistema del cablecarril. De esa forma las vagonetas, con una capacidad máxima de 500 toneladas cada una, lograban moverse de estación en estación. En la N°9 las cargaban con la roca que sacaban de la montaña, mientras que la N°1 se ubicaba junto a la estación del ferrocarril, medio con el que el material era transportado hasta el puerto de Rosario, donde la empresa inglesa que explotaba la mina lo hacía embarcar con destino a Inglaterra.

El cablecarril era accionado por motores a vapor instalados en las estaciones 2, 3, 4, 6, 7 y 8.

La estación 2 tenía la particularidad de poseer un desvío del cablecarril, que se dirigía a los cercanos hornos de fundición de Santa Florentina, donde los obreros procesaban el material que les llegaba desde la cima de la montaña y lo convertían en lingotes y medallones de metal. Luego ese material volvía a la estación 2, desde donde se lo conectaba para terminar el descenso hasta la estación del tren. Claro que, en ocasiones, cuando los hornos (que supieron ser los más importantes del país) no daban a basto, el material se embarcaba en bruto hacia Europa.

Hoy en ruinas, Santa Florentina fue el centro de fundición de metales más importantes del país y tenía mil operarios.

El sistema fue utilizado por los ingleses desde su inauguración el 1 de enero de 1905 hasta 1914, momento en que a causa del comienzo de la Primer Guerra Mundial los europeos abandonaron la explotación. A pesar de que se sabe que el cablecarril terminó subutilizado, ya que la mina nunca llegó a producir la cantidad máxima que las vagonetas podían transportar, los registros muestran que en el año 1908 se llevaron 19376 toneladas de mineral a la fundición Santa Florentina.

Unos 1600 obreros trabajaron en su construcción. Entre las estaciones 4 y 5 se construyó un túnel de 159 metros.

Luego de la retirada de los ingleses otras empresas argentinas siguieron explotando el cablecarril, hasta el año 1926 en que fue final y definitivamente abandonado, debido a que su funcionamiento ya no era rentable.

La velocidad del cablecarril era de 2.5 metros por segundo y el trayecto completo se hacía en 4 hs.

Siendo una obra única en el mundo, en el 1982 fue declarado Monumento Histórico Nacional, y existe actualmente un proyecto para que la UNESCO lo declare asimismo Patrimonio de  la Humanidad. Sin embargo, luego de un intento de revivirlo con fines turísticos que terminó con un trágico accidente, el cablecarril es hoy en día un imponente e inmóbil testimonio del pasado que dispara la mente de quien visite Chilecito a 100 años atrás, cuando estas tierras vivían la fiebre del oro.