Archivo de la categoría: Viajes y Lugares

De Chilecito a La Mejicana: El cablecarril más largo del mundo.

La ciudad de Chilecito es la segunda más grande de la provincia de La Rioja, y casi que podemos decir que «esconde» (a causa de la poca promoción de la que goza) una de las obras más monumentales del mundo.

Instalaciones de la Estación N°2 del cablecarril

Hacia principios del siglo pasado esta zona del país vivía una frenética actividad minera con su epicentro en el Famatina, donde la explotación se desarrollaba a gran escala para la obtención de oro, plata y cobre, entre otros minerales. Allí se encontraba la mina conocida como La Mejicana, ya que era una vieja y muy rica explotación que luego de un período de abandono fue redescubierta por un mexicano. Ubicada a 4600 m.s.n.m. La Mejicana producía tal cantidad de material que el transporte a lomo de mula para descender del cerro ya no era posible. Así, con el impulso del legislador riojano Joaquín V. Gonzalez, el estado argentino se embarcó en la construcción del cablecarril.

Las vagonetas pesaban 200 kg y cada una podía transportar 500 kg de material.

La tarea se lanzó a licitación, que finalmente le fue adjudicada a la empresa alemana Adolf Bleichert & Co., basada en Leipzig, una de las más prestigiosas del mundo en lo que a «vías aéreas» se refiere. De esta forma el entonces presidente Julio A. Roca le encargó a los alemanes la construcción del que, en aquél momento, sería el cablecarril más largo y alto del mundo. Una verdadera maravilla de la ingeniería que se levantaría a lo largo de la ladera de la montaña, en un clima y terreno inhóspitos, en apenas 18 meses.

La Estación N°9 se encuentra a 4350 m.s.n.m. y posee un sistema de tolvas para cargar de piedras las vagonetas.

La obra recorre 35 kilómetros y consta de 262 torres en total, muchas de ellas de diferentes alturas, dependiendo del punto exacto del trayecto en que deberían ser instaladas. Las torres eran unidas por el cable en sí, que en realidad no era uno sino dos: El más grueso era fijo y funcionaba como la guía de las vagonetas que corrían por él. El segundo, más angosto, era el cable de tracción y por tanto tiraba de ellas para lograr que se desplazaran por la guía.

Toda la estructura se fabricó en Leipzig y se transportó desarmada en barco y tren. El ensamble se hizo en Chilecito.

Durante el trayecto se emplazaron un total de 9 estaciones, estando la primera en Chilecito y la última muy cerca del socavón de La Mejicana. Seis de ellas estaban equipadas con motores que funcionaban quemando leña de quebracho en sus calderas, y hacían funcionar el sistema del cablecarril. De esa forma las vagonetas, con una capacidad máxima de 500 toneladas cada una, lograban moverse de estación en estación. En la N°9 las cargaban con la roca que sacaban de la montaña, mientras que la N°1 se ubicaba junto a la estación del ferrocarril, medio con el que el material era transportado hasta el puerto de Rosario, donde la empresa inglesa que explotaba la mina lo hacía embarcar con destino a Inglaterra.

El cablecarril era accionado por motores a vapor instalados en las estaciones 2, 3, 4, 6, 7 y 8.

La estación 2 tenía la particularidad de poseer un desvío del cablecarril, que se dirigía a los cercanos hornos de fundición de Santa Florentina, donde los obreros procesaban el material que les llegaba desde la cima de la montaña y lo convertían en lingotes y medallones de metal. Luego ese material volvía a la estación 2, desde donde se lo conectaba para terminar el descenso hasta la estación del tren. Claro que, en ocasiones, cuando los hornos (que supieron ser los más importantes del país) no daban a basto, el material se embarcaba en bruto hacia Europa.

Hoy en ruinas, Santa Florentina fue el centro de fundición de metales más importantes del país y tenía mil operarios.

El sistema fue utilizado por los ingleses desde su inauguración el 1 de enero de 1905 hasta 1914, momento en que a causa del comienzo de la Primer Guerra Mundial los europeos abandonaron la explotación. A pesar de que se sabe que el cablecarril terminó subutilizado, ya que la mina nunca llegó a producir la cantidad máxima que las vagonetas podían transportar, los registros muestran que en el año 1908 se llevaron 19376 toneladas de mineral a la fundición Santa Florentina.

Unos 1600 obreros trabajaron en su construcción. Entre las estaciones 4 y 5 se construyó un túnel de 159 metros.

Luego de la retirada de los ingleses otras empresas argentinas siguieron explotando el cablecarril, hasta el año 1926 en que fue final y definitivamente abandonado, debido a que su funcionamiento ya no era rentable.

La velocidad del cablecarril era de 2.5 metros por segundo y el trayecto completo se hacía en 4 hs.

Siendo una obra única en el mundo, en el 1982 fue declarado Monumento Histórico Nacional, y existe actualmente un proyecto para que la UNESCO lo declare asimismo Patrimonio de  la Humanidad. Sin embargo, luego de un intento de revivirlo con fines turísticos que terminó con un trágico accidente, el cablecarril es hoy en día un imponente e inmóbil testimonio del pasado que dispara la mente de quien visite Chilecito a 100 años atrás, cuando estas tierras vivían la fiebre del oro.

Sachsenhausen: El campo de concentración modelo a 75 años de su liberación.

Se acercaba el mediodía de aquél 22 de abril de 1945 cuando la vanguardia del Ejército Rojo irrumpió sin resistencia alguna en el ahora silencioso predio que, menos de 24 horas antes, había sido un hervidero de gente alistándose para le evacuación total. Apenas unas 3000 personas enfermas, médicos y enfermeras habían quedado encerrados en los edificios cuando las tropas rusas liberaron Sachsenhausen, uno de los campos de concentración nazi más importantes, hace exactamente 75 años atrás.

Los barracones 37 y 38 fueron reconstruidos en un área adicional que rompe con el esquema triangular original.

Creado en el verano de 1936, este campo de trabajos forzados estaba ubicado en Orianenburg y era el más cercano a Berlín, la ciudad capital del Tercer Reich, siendo este uno de los factores que lo destacaran por sobre los demás, y una de las causas de que no albergara tanto judíos (ya que los nazis los sacaban del país), sino que estuvo en un principio más dedicado a albergar (si podemos decirlo así) a presos políticos. Destacadas personalidades pasaron por aquí durante el régimen nazi. Hoy es una visita que incomoda, que duele, que te hace respirar hondo mientras recorres el campo; pero que es absolutamente necesaria. Tanto que los adolescentes alemanes hacen una visita obligada como parte de sus actividades escolares.

En el patio de revista se hacía el recuento de prisioneros 2 veces al día. Eran largas horas a la intemperie.

Arbeit macht Frei reza la inscripción inserta en el grueso hierro del portón de entrada que ya te pone los pelos de punta incluso antes de ingresar. Es una imagen conocida de muchos de los campos alemanes, y una promesa que se sabe, no se va a cumplir. «El trabajo libera» era solo una advertencia del sufrimiento que les esperaba a los reclusos que ingresaran, pero siempre estuvo lejos de ser un reflejo de la realidad. El día a día en Sachsenhausen garantizaba mucho y agotador trabajo, sí; pero de ningún modo ofrecía esperanza de libertad.

Los reclusos dormían hacinados y se levantaban a las 5 am para trabajar todo el día en las fábricas de la zona.

Si bien se puede hacer la visita por medios propios lo más recomendable es contratar un guía. Sin alguien que te vaya explicando la visita se convierte en una recorrida a través de edificios que no dicen gran cosa. Si hay una excursión que amerita gastar unos euros en una guiada, es esta; de lo contrario no cobrará el sentido y la dimensión que amerita.

Al recluso que se lo sorprendiera en las piedras de la Zona Neutral se le disparaba a matar sin más aviso que el cartel.

En sus inicios Sachsenhausen fue un campo modelo. Estuvo perfectamente diseñado en un tablero de arquitectura por los jerarcas de las SS con el fin de que así fuera. Debía ser un símbolo del poder y organización nazi y para eso se lo construyó con un formato triangular, donde en el centro del lado inferior se dispuso la puerta de ingreso, en la cual se ubicaba la Torre A desde donde una pesada ametralladora de la Primera Guerra Mundial tenía alcance hasta el punto más recóndito del campo. Los barracones, dispuestos en forma semicircular, dejaban entre ellos pasillos que podían ser fácilmente barridos a tiros desde la Torre A , tal como puede apreciarse en el plano.

El plano muestra cómo Sachsenhausen está incertado en las cercanías de la ciudad con su forma de triángulo.

Fugarse de Sachsenhausen era prácticamente imposible. Además de la «Zona Neutral», una franja de piedras que recorrían el perímetro interior del campo para que se oyeran claramente los pasos de los prisioneros (y en la cual se disparaba a matar sin previo aviso), frente al predio se encontraba el cuartel general de la IKL, el ministerio que regenteaba la actividad de todos los campos del territorio nazi. Allí también estaba la escuela de las SS, donde sus temibles efectivos se entrenaban y aprendían a tratar a los prisioneros, antes de ser destinados a algún otro lugar.

La Torre A. Sobre su balcón se apostaba la ametralladora que amenazaba a los reclusos las 24 horas.

Muy curioso resulta el hecho de que en la actualidad, en ese mismo edificio, funcione la academia de la policía de Berlín, cuyos efectivos tienen contacto constante con el horror que se llevó a cabo en aquél lugar, y que, según nuestro guía, les da una diferenciación absoluta al momento de tratar con la gente en la calle; una sensibilidad que no puede conseguirse en ningún otro efectivo de una fuerza de seguridad.

En los piletones los reclusos se aseaban con agua fría, pero potable (algo que no existía en otros campos).

Así como les pasa a los futuros policías berlineses, visitar Sachsenhausen implica tener un contacto directo con lo más perverso de la mente humana a través de los lugares donde sucedieron los hechos. En los dos barracones reconstruídos podrá verse dónde vivían los internos, aunque por supuesto es difícil imaginarse el cómo. Sin embargo, el entender el sistema de clasificación de presos que llevaban adelante los nazis con las diferentes insignias en los uniformes, nos dará una pauta clara de los complejos y efectivos métodos que se utilizaban para cosificar y deshumanizar a cada recluso.

El color del triángulo marcaba la causa de detención. La letra, la nacionalidad.

Lo más siniestro está sin lugar a dudas fuera de las barracas donde dormían. Allí en el patio, siguiendo la forma sermicircular del complejo, se divisa aún con toda claridad un camino. Se trata de la Pista de Entrenamiento, que por supuesto no tenía como propósito que los presos hicieran ejercicio, sino que allí se los cargaba con mochilas que pesaban 25 kilos, y con las cuales debían correr hasta caer exhaustos para experimentar los nuevos materiales con que querían fabricarse las botas de las tropas.

La pista para probar zapatos. Al fondo, los edificios de la enfermería servían para experimentos con humanos.

Más allá está la enfermería, donde se realizaban experimentos con humanos, que iban desde resistencia física hasta la investigación de nuevas drogas donde las pruebas se hacían con reclusos en vez de animales. Y como dijimos que aquí hubo presos de importancia, tenemos que nombrar a La Prisión, una cárcel dentro de la cárcel a donde iban a parar los presos políticos más importantes, como ser el hijo del líder ruso Stalin, y donde se perpetraban torturas y asesinatos.

La Prisión para los influyentes. Stalin dejó aquí a su hijo al negarse a intercambiarlo por un oficial de menor rango.

En ese contexto, si bien hay que decir que Sachsenhausen no fue pensado como un campo de exterminio masivo (estos surgieron mucho después de 1936), sí tuvo la particularidad de contar con 3 modalidades diferentes para el asesinato en masa. La última de ellas fue la «Estación Z», las cámaras de gas Zyklon B, que si bien ya no están en pie, puede conocerse lo que queda de ellas en lo que es el punto más álgido, emotivo y perturbante de la visita.

En la fosa de fusilamiento los soldados cumplían órdenes impartidas por un comandante que vivía afuera del campo.

No está clara la cantidad real de víctimas que hubo en este lugar, pero se calcula que durante el funcionamiento bajo el régimen nazi fueron entre 35.000 y 50.000 muertos. Aunque el horror no acabó con la llegada de los rusos, ya que a partir del ’45 el campo se convirtió en uno de los centro de detención soviéticos que funcionaron durante la ocupación de Alemania. De los 60.000 detenidos que se registraron en los 5 años de administración rusa, unos 12.000 no lograron salir con vida.

La anulación de la moral de los perpetradores se perfeccionó al alejarlos del crimen en la Estación Z.

Para aquellos que estén interesados pero aún dudan en ir, un atenuante es casi no queda nada original. Más allá de las construcciones, casi no quedan vestigios de lo que allí pasó; salvo por supuesto el saber que fue allí mismo donde los hechos más macabros de la historia de la humanidad tuvieron lugar. Y por supuesto que uno tiene la opción de no entrar a aquellos lugares donde su sensibilidad no lo permita.

Los barracones de Sachsenhausen hablan por sí solos. Te cuentan una historia que no debe volver a repetirse.

Aún con lo duro que es, me permito recomendar conocer Sachsenhausen. Será un antes y un después muy necesario, que nos invita a recordar, a reflexionar, y a vivir alertas para no permitir que algo así pueda volver a suceder. Nunca más.