Archivo por meses: marzo 2019

La antigua casa de Indalecio Gómez, autor de la Ley Saenz Peña, convertida en el Centro Interpretativo de Molinos.

Mientras recorríamos el casco urbano del hermoso pueblo de Molinos, en la provincia de Salta, nos topamos con uno de esos típicos carteles de la región que te dan información sobre el lugar y las actividades que se pueden realizar. Realmente, hasta ese momento no tenía la menor idea sobre Molinos, su historia ni qué había para hacer, así que en cuanto vi marcada en un punto del plano una «Casa Histórica» no lo dude ni un segundo y sin perder tiempo memoricé el trayecto (nada difícil incluso para mi; apenas un par de cuadras) y hacia allí nos dirigimos.

Se trataba ni más ni menos que de la casa donde vivió el diputado por Salta Indalecio Gómez, y el lugar donde murió asesinado su padre, ante la mirada del entonces niño de 12 años que era. Indalecio se levanta como una figura política no sólo de su provincia natal Salta, sino a nivel nacional, y de hecho se convirtió en una personalidad sumamente importante para la Argentina al transformarse en protagonista de los debates del Congreso y principal defensor y artífice de la Ley Saenz Peña de voto universal, secreto y obligatorio (aunque claro, la universalidad en esa época era únicamente masculina).

Amigo de Roque Saenz Peña, cuando éste llega a la Presidencia de la Nación nombra a Indalecio como ministro del interior, puesto en el cual colabora con la redacción de la ley que pondría fin a la larga tradición de voto cantado y fraudes electorales en nuestro país, y desde el cual la defiende fervientemente ante diputados y senadores, propios y ajenos, hasta conseguir su aprobación y promulgación en el año 1912. Sin embargo no fue sólo este el rol que tuvo en el Poder Ejecutivo, ya que anteriormente el Presidente Quintana lo había enviado a Alemania, Austria, Hungría y Rusia como Ministro Plenipotenciario.

Hoy en día la construcción de arquitectura colonial alberga el Centro de Interpretación de Molinos y cuenta con cinco salas muy bien logradas donde el visitante tiene un acercamiento con diferentes aspectos de la zona de los Valles Calchaquíes, como ser su fauna, flora e historia. Para abrirla al público la casa fue restaurada, y si bien ninguna de las piezas que se exhiben es original, todas han sido replicadas con rigor científico. Ejemplo de esto es la representación de los enterratorios donde los calchaquíes ofrecían a sus muertos mudas de ropa y calzado junto con otros objetos que creían les servirían en su nueva existencia, más allá de este mundo.

La vieja casa histórica cuenta también con un aspecto interactivo, especialmente en la sala dedicada a los primeros habitantes del valle, donde al hacer girar los cubos incrustados en la pared el visitante va descubriendo diferentes especies animales y vegetales de la región; y en una línea del tiempo histórica donde uno va descubriendo los hechos suceso a suceso.

Por supuesto que tiene una parte dedicada exclusivamente a su antiguo morador y su obra, pero también destaca diferentes detalles interesantes de la vida de la zona y del pueblo en sí, como ser la Ceremonia de los Alfereces, que siendo de antiquísimo origen español (tan lejano en el tiempo que está casi totalmente desaparecida del mundo), aún hoy en día se festeja en este lejano lugar de nuestro país. Así es como los pobladores más distinguidos de Molinos salen a las calles para desfilar batiendo banderas al ras del suelo, tal como hacían los conquistadores en nombre del rey, sólo que ahora se lo hace en nombre de Dios.

También se habla de la historia de Molinos, en la Sala 3 dedicada a los sucesos que se dieron entre la fundación del pueblo y el nacimiento de Indalecio Gómez. Las tres Guerras Calchaquíes también tienen su espacio en el centro de interpretación, y la última es la más curiosa de todas, ya que fue librada por un inca falso. El andaluz Pedro Bohorquez fingió ser monarca inca en 1656 y realizó promesas cruzadas: por un lado se comprometió con los calchaquíes a expulsar a los españoles de su territorio; y por el otro con estos últimos a lograr la rendición aborigen. Nada bueno podía salir de una cosa así: ante las dificultades de la primer batalla el falso inca huyó del lugar, pero finalmente fue capturado y ejecutado.

Haber encontrado un lugar con tanta historia, convertido en un museo muy bien puesto y cuidado, en un pueblo por demás hermoso que parece paralizado en el tiempo, fue tan grato como sorprendente. Personalmente, disfruté al máximo de esta visita, porque lo que tuvo de sorpresiva lo tuvo también de interesante. Un lugar más que recomendado, que merece ser visitado, y que amerita pasar aunque sea una noche en Molinos.

 

Pasando la tarde en la Laguna de Navarro.

Uno de los principales atractivos de la ciudad de Navarro (y seguramente el que más público convoca los fines de semana de sol) es la enorme laguna lindera. Con sus 200 hectáreas tiene una superficie apenas algo menor que la del pueblo en sí, y en ella se pueden practicar pesca y deportes acuáticos.

El acceso al agua es único y se realiza por el Camping Municipal, en la intersección de las calle 101 y la Ruta Nacional 40 que al convertirse en avenida dentro de la ciudad lleva el nombre de Parroquia Nuestra Señora del Carmen. La entrada no es gratuita, sino todo lo contrario, es un poco salada y se cobra por persona, con lo cual parece buena idea amortizar lo más posible el gasto haciendo el uso más extenso que se pueda de las instalaciones. Léase, no vayas a tomar mates a las 7 de la tarde para volverte a casa a las 8 porque van a ser los mates más caros de tu vida. Ahora, si vas a pasar el día, mientras no sean un grupo familiar numero la cosa cambia.

En particular hay que decir que las instalaciones están en muy buenas condiciones. Hay baños, mesas, parrillas, y hasta una especie de plaza con juegos para la recreación de los más chicos. El camping está muy buen cuidado y hay personal de seguridad que recorre los senderos en moto constantemente.

Una cuestión vistosa es el puentecito que comunica el camping «continental» con una pequeña isla. Angosto al punto de permitir el paso de una persona por vez, el puente es ideal para las fotos, ya sean selfies o sacadas por un tercero.

Pero claro, las chicas no necesitan un puente para salir bien…

Una vez dentro del camping no  hay de qué preocuparse, ya que si uno se olvidó algo para comer, si hizo mucho calor y la bebida de la heladerita no alcanzó, o si simplemente se fue desde el principio con las manos vacías, por todo el camping hay distribuidos kioskos y pequeñas despensas. Eso sí, del precio de las cosas no puedo opinar, ya que en nuestro caso teníamos mate y galletitas bien dispuestos desde hacía rato.

Incluso allí mismo se alquilan botes, por si te dan ganas de ejercitar los músculos con los remos, y por supuesto están quienes aprovechan. Otros, simplemente se tiran a nadar en el agua, aunque hay sectores con carteles de «prohibido nadar».

Sea cual sea la actividad que elijas, o siemplemente prefieras quedarte tranquilo, tirado en el paso descansando al sol, tomando mate o jugando al truco con amigos, la orilla de la Laguna de Navarro parece un buen lugar para disfrutar de un día al aire libre.

Incluso para los porteños llegar no es tan difícil. Navarro está a poco más de 100 kilómetros de Capital Federal y llegar hasta la laguna toma aproximadamente una hora y media, andando en una ruta de muy buenas condiciones, tanto el Acceso Oeste hasta Luján, y luego la Ruta 47, esta última, de un sólo carril por mano.

Una excelente alternativa para aprovechar en verano.