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De Berlín a Praga en Primera Clase, por ferrocarril.

Para viajar desde la capital alemana hasta Praga, el gran objetivo del último periplo europeo, elegí hacerlo en tren. Desde la tranquilidad de mi casa, meses antes de comenzar el viaje, no me di cuenta de tomar notas de las comparaciones y análisis que me hicieron tomar esa decisión, pero recuerdo haber comparado la duración de los vuelos con el tramo en tren, y considerar que este último sale y llega al centro de las ciudades y no necesita que uno llegue con tanta anticipación al andén.

Así emití el pasaje a través de la página web RailEurope que te permite comparar en el momento las diferentes opciones para viajar en ferrocarril por Europa, y ahí mismo elegí el upgrade a primera clase porque la diferencia en ese momento era de unos pocos euros y me intrigaba saber cómo era viajar en el vagón más exclusivo de la formación.

A diferencia de otras ocasiones (incluyendo otros tramos en ferrocarril que hice en este mismo viaje), el pasaje para abordar el tren hacia la República Checa no llegó por mail para imprimir en casa, sino que la única forma de retiro disponible era imprimirlo en la estación. Para eso llegué media hora antes de la salida, y me dirigí a una de las máquinas que tiene el DB distribuidas por todo el hall de la estación.

Se puede imprimir desde cualquiera de las máquinas, incluso las del S-Bahn (el tren metropolitano que también pertenece al Deutsche Bahn), en cuyo caso bastará marcar el logo del DB en la pantalla. Las instrucciones sobre cómo imprimir el ticket sí llegan por mail al momento de la compra, y en mi caso tomé la precaución de llevarlas impresas. Hay que tener en cuenta que, como en mi caso yo había reservado asientos al momento de comprar el pasaje, la máquina imprimirá 2 cosas: el pasaje en sí, y la reserva del asiento. Por supuesto, esta última no tiene validez sin el primero. Los tickets están disponibles desde que se confirma la compra hasta el momento de la partida del tren, y para imprimirlos hay que tipear el número de referencia de la transacción, tal como cuando tramitás el boarding pass para el aéreo, o incluso cuando imprimís en las máquinas de autoservicio tu entrada para el cine.

El siguiente paso será encontrar el tren correcto y abordarlo. Para ello me encontré con otra diferencia con otros viajes en tren por Europa: el pasaje no indica el número de andén, sino que solamente muestra el número del tren asignado. Con este dato habrá que chequear las pantallas de información para encontrar a qué andén debemos dirigirnos.

Identificar el tren no será nada problemático, su color azul lo diferencia claramente del resto. Además a simple vista se ve que se trata de un tren antiguo, que nada tiene que ver con las modernas máquinas de alta velocidad a las que Europa nos tiene acostumbrados. Resulta casi evidente que esta vez nuestro destino está detrás de lo que alguna vez fue la cortina de hierro del comunismo. Cuando se ponga en movimiento, el ruido del tren (comparado con el andar silencioso de los más modernos) nos dará esa misma sensación una vez más.

Por supuesto que una vez a bordo también hay grandes diferencias. La que más salta a la vista es que no hay espacios para dejar las valijas, sino que sobre los asientos están dispuestos unos enormes y muy incómodos portaequipajes. No será fácil levantar las maletas llenas y pesadas por sobre la cabeza para acomodarlas en aquél lugar, e incluso un matrimonio mayor que viajaba cerca nuestro, ante la imposibilidad subirlas, dejó sus valijas en el pasillo hasta que llegó el guarda y les indicó que aquello estaba prohibido.

La disposición de los asientos (que aunque son mullidos, no se reclinan, a pesar de estar en primera), es de 1-2, y todos cuentan con una mesa rígida de madera en la que hay empotrado un pequeño tacho de basura hábilmente disimulado. Además cada asiento tiene su luz de lectura individual y debajo de la mesa se encuentran los toma corrientes y conexiones USB para cargar baterías. Lo que resulta francamente incómodo es el perchero, ya que en caso de colgar algún abrigo allí la prenda cairá justamente sobre tu cara.

Otro punto importante será distinguir si el asiento que tenemos enfrente está reservado o no. En caso de haberlo contratado, el ticket de reserva indicará el vagón y el número de asiento, con lo cual podremos encontrar el correcto porque está claramente identificado, pero sobre el número en sí hay un pequeño acrílico que en algunos casos contiene un cartón con información y en otros está vacío. En estos últimos se trata de asientos sin reserva, mientras que en los otros el cartón indica la estación de partida y la de destino de la reserva: entre ellas ese lugar ya está ocupado.

El viaje en sí es largo, así que más que recomendado tener a mano un buen libro para matar el tiempo. De la sed no hace falta preocuparse porque avanzado el recorrido el personal entrega una botellita de agua mineral de cortesía.

Operación Antropoide: En Praga ingresamos a la cripta de la resistencia.

Era media mañana del 27 de mayo de 1942 cuando el auto de Reinhard Heydrich, el Reichsprotektor de Bohemia y Moravia y uno de los más poderosos líderes de las temibles SS, considerado incluso como un posible sucesor de Hitler, se acercaba en su auto oficial a la curva Holeschowitz en Praga, en la que tuvo que aminorar la velocidad para tomarla. Allí fue donde los comandos checos lanzaron su ataque, con una ametralladora primero, y una granada después. Fueron las esquirlas de ésta última las que hirieron al jerarca nazi y lo dejaron tendido en el suelo desangrándose. La Operación Antropoide había finalmente tenido lugar.

Se trató sin lugar a dudas de la más relevante de las acciones emprendidas por la resistencia checa frente al régimen nazi, y determinó la muerte del sanguinario Heydrich unos días después, el 4 de junio, luego de que se tardara en tratarlo a causa de su negativa a que lo atendieran médicos checos: solo podían examinarlo profesionales alemanes que tuvieron que viajar desde el Reich.

Pero la historia no termina allí. Habiendo logrado escapar los comandos checos del lugar del atentado, las SS se abocaron a una intensa búsqueda de los responsables. Sin embargo no lograron dar con su paradero, hasta que el Führer decidiera que en represalia por el asesinato de uno de sus preferidos, un pueblo entero checo debía desaparecer. Así todos los hombres de Lídice fueron fusilados, y las mujeres y niños trasladados a campos de concentración. Los asesinatos en masa que los nazis estaban llevando a cabo contra la población checa decidieron a Karel Curda, uno de los rebeldes que habían colaborado en el atentado, a delatar el escondite de los perpetradores.

Asi aparece en la historia del siglo XX la Iglesia de San Cirilo y Metodio, en la esquina de Resslova y Na Zderaze, en la que los prófugos estaban escondidos a la espera de que todo se calmara para poder volver a Londres. Y dentro de la iglesia, la cripta de la misma, donde se refugiaron una vez que estuvieron rodeados, y donde tuvieron lugar los hechos más dramáticos.

Desde el museo que hay en el lugar (donde puede conocerse el paso a paso y todos los detalles de la operación que culminó en la iglesia) se tiene acceso a la cripta en sí, el punto exacto donde se dieron los hechos y cuyo único contacto con el exterior era una claraboya desde la que los rebeldes contestaron durante horas los disparos de los nazis que, aún hoy, pueden verse claramente en la pared.

Ingresar allí es una sensación extraña. Más allá del encierro y la poca iluminación, saber que ahí resistieron y murieron los patriotas checos (algunos utilizando la última bala que les quedaba para suicidarse), y ver los bustos que los recuerdan a lo largo del túnel, es algo estremecedor. Cuando uno se sobrepone al primer impacto busca imaginarse las escenas de lucha, a los comandos trepados a la escalera por la cual alcanzaban la ventana para disparar y rechazar las mangueras de los bomberos que las SS estaban utilizando para inundar la cripta con agua y gases, con intención de ahogarlos.

En un extremo, si se mira hacia el techo se divisa con claridad la entrada por la que ingresaron los checos. Es apenas un hueco en el techo por donde, en un punto de la lucha, se asomó el traidor Curda para pedirles que se rindieran. La única respuesta que obtuvo fue una furiosa ráfaga de ametralladora.

Otro impacto fuerte es encontrar al final de la galería la escalera de acceso principal, flanqueada por la lápida con la que habían ocultado la entrada desde la iglesia. Por largas horas los nazis la confundieron con una tumba real y no pudieron ingresar al escondite, hasta que finalmente descubrieron el error y entraron en la cripta donde tuvo lugar el último tiroteo. Fueron 7 horas de lucha entre unos 800 soldados nazis y los 7 comandos checos que culminó con 6 ellos suicidándose en el último instante, mientras que el séptimo murió por las heridas de bala recibidas durante el intenso tiroteo.

Cuando uno recorre Europa suele encontrarse con vestigios de la Segunda Guerra Mundial todo el tiempo, pero hay ciertos lugares clave que es imprescindible conocer en detalle. La cripta de la Iglesia de San Cirilo y Metodio es sin lugar a dudas uno de ellos, así que a los que visiten Praga se la recomiendo. La entrada es libre y gratuita, así que no hay excusas.