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Un té en La Casa de Piedra de Colonia San Miguel, en Olavarría.

Salir a la ruta y recorrer las colonias alemanas del partido de Olavarría, como te contamos en el post que podés leer haciendo click aquí, puede dar hambre. Por eso, lo mejor es acercarse a Colonia San Miguel a la hora de la merienda, y buscar su famosa “Casa de Piedra”.

Así lo hicimos nosotros y con ayuda de Google Maps no fue difícil llegar al destino. Como su nombre lo indica, Casa de Piedra es una antigua construcción, de la época fundacional de la colonia, levantada literalmente con piedras. Su fisonomía le da un aspecto muy particular que hace pensar en lo acertados que estuvieron sus dueños al bautizar el lugar con aquél nombre.

Casa de Piedra es una casa de té de tradición netamente alemana, donde se puede degustar gastronomía de aquella zona del viejo continente. Según se indica, la especialidad del lugar es la torta rusa, pero nosotros no nos limitamos a probar esa únicamente, y nos inclinamos por un té acompañado por una buena variedad exquisitas tortas.

El interior del lugar es tan particular como su aspecto exterior. En la decoración destacan tanto las artesanías como las antigüedades, mezcladas de ese modo especial que quedan agradables a la vista y crean un lindo ambiente donde pasar un buen rato.

Casi obligadamente, mientras esperaba que llegara el té con las tortas pasé un rato caminando alrededor del salón admirando los detalles de la decoración.

Los carteles, no tienen desperdicio. Algunos de ellos merecieron su respectiva foto.

Más allá de la ironía, los precios son acordes a lo que te sirven. No porque no tengan grandes promociones donde comen 10 y paga 1 es un lugar caro. La calidad de los productos, muy buena. Un lugar de esos que hay que conocer, y donde hay que degustar cosas ricas porque no nos va a defraudar.

 

Como suele suceder en estas casas de té, la vajilla en la que te sirven es un capítulo aparte. En un rincón, una alacena era un buen resumen de lo que les digo.

En el exterior hay espacio también al aire libre, que de hecho cuando fuimos era donde estaba concentrada toda la gente. Se veía que habían estado almorzando algunas de las delicias que allí se sirven, seguramente algo de tradición alemana.

Casa de Piedra es un buen lugar donde hacer un alto en la excursión cuando estés por Colonia San Miguel. Para tenerlo en cuenta, cuando estés por los alrededores de Azul o de Olavarría.

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Visitamos el Museo Municipal de Hinojo.

Cuando uno llega hasta la vieja estación de tren de Hinojo inmediatamente nota lo bien mantenida que está. No es que esté en pleno funcionamiento, ya que si bien operan allí aún los trenes de carga, los de pasajeros dejaron de pasar hace ya largo años, desde 1985. Lo que sucede es que allí funciona el Museo Municipal de Hinojo, un lugar fundamental para visitar si uno quiere conocer sobre la historia de este pueblo.

Allí encontramos a Noelia, estudiante de antropología apasionada por la historia, y más si se trata de la de su lugar. Ella nos cuenta sobre cómo trabajan a pulmón para llevar adelante este proyecto que financia la municipalidad de Hinojo y que desde el viejo edificio te lleva atrás en el tiempo hasta la época en que en aquellos bancos de madera (originales, nos acota Noelia) la gente esperaba ansiosa la llegada del tren.

Y la estación resulta el punto ideal para poner un museo ya que el tren fue fundamental en la historia del pueblo. Teniendo su origen como posta y punto de descanso de viajeros y caballos que iban a Azul o Tandil, Hinojo tomó impulso con la llegada del ferrocarril en 1883. Su playa de maniobras era de las más importantes del país en aquella época, ya que hasta allí llegaban las mercaderías tanto de la actividad agrícola como de las canteras de piedra de la zona, para seguir viaje en el tren.

Se trata de una estación con mucha historia, ya que se dice que en 1933 Gardel vino al cine de la cercana Olavarría, y al regreso el tren paró en Hinojo, lugar en el que el tanguero cantó algunas piezas para los presentes. Otra personalidad ilustre que paró allí fue la mismísima Evita, cuando acompañaba a Perón en su campaña electoral y varias personas se instalaron sobre las vías para obligar a que el tren frenara. Lejos de ofuscarse por la interrupción del viaje, Evita se apeó y regaló aviones de madera para los niños del lugar.

También allí hicimos un curioso descubrimiento: de dónde viene la expresión “croto” para señalar a los linyeras. No es ni más ni menos que un derivado del apellido del gobernador bonaerense Camilo Crotto, allá por el 1919, quién dispuso que los desempleados que viajaban en tren para buscar trabajo en los campos linderos no debieran pagar pasaje. Así, la gente comenzó a referirse a ellos como “los de Crotto”, que luego se abrevió como “los crottos”, ganando vigencia hasta nuestros días.

Y por supuesto, nos enteramos también del por qué del nombre del pueblo, siendo que cuando llegó el ferrocarril el pueblo se alimentó de inmigrantes italianos, que llegaban desde su tierras trayendo las semillas que tanto aprecian. Para los italianos el hinojo es símbolo de prosperidad, y en estas tierras se propagó fácilmente impregnando el aire de su característico aroma. No hay que confundirse entonces con la lindera Colonia Hinojo, cuyos habitantes tienen raíces alemanas.

El piso de arriba no está apto para ser visitado. Allí vivía el jefe de estación y hoy en día es un ámbito reservado para el uso del personal del museo. Lo que sí se puede visitar es una sala contigua donde se exponen fotos comparativas del Hinojo del pasado con el actual, mostrando el mismo punto, casi desde el mismo ángulo, pero en dos épocas totalmente distintas. Allí mismo, sobre una mesa, descansan varios álbumes de fotos personales que fueron donadas por los habitantes del pueblo, y que dan cuenta de lo que era la vida en aquél lugar durante el siglo pasado.

Y por supuesto no podíamos dejar afuera la primer camiseta del Club Atlético Hinojo, especialmente teniendo en cuenta que el pueblo tuvo su equipo femenino, todo un avance de género para la época.

Y qué mejor forma de finalizar el post que con una historia de amor como la de Angel Bardi, uno de los primero pobladores del lugar que después de diez años volvió a Italia para buscar a su novia, casarse con ella, y traerla hasta este lugar, donde la había construído una casa exactamente igual que la que tenía en Rapallo, su pueblo europeo. La casa aún está en pie, frente a la estación, y aunque desde hace tiempo se tiene la idea de armar allí un museo, los herederos no logran ponerse de acuerdo y la casa permanece abandonada.

Las fotos exteriores de la estación se las debo. Como el tren de carga sigue operando, la municipalidad optó por cerrar el acceso al anden para evitar cualquier posibilidad de accidentes. Si bien es una lástima no poder fotografiar la estación desde afuera, por otro lado suena criterioso. Así que de esta forma nos despedimos del Museo Municipal de Hinojo. Espero que vos también puedas visitarlo!

Un paseo por las colonias alemanas de Olavarría.

Pertencientes al partido de Olavarría, aunque muy cercanas a la ciudad de Azul, hay tres  particulares colonias alemanas tal como lo indicaba el mapa dibujado con tiza en el pizarrón de Chacras de Azcona, alojamiento del que podés leer más haciendo click aquí.

Estas tres colonias tienen historia en sí mismas porque sus habitantes no son alemanes (o más bien sus descendientes) cualquiera. Se trata de alemanes del Volga, es decir, comunidades germanas que habitaban aquella región de Rusia, donde mantenían sus costumbres, idioma, tradiciones y cultura.

Durante el siglo XVII una gran cantidad de olas migratorias alemanas se establecieron en la zona del Volga, en Rusia, donde contaba con la bendición y privilegios que les dio la emperatriz Catalina La Grande, que en realidad era de origen germano también. Sin embargo las promesas nunca se materializaron del todo, ya que venían acompañadas de fuertes exigencias, y con el correr del tiempo los privilegios se fueron incluso diluyendo, razón por la cual una parte de esta población rusa que hablaba alemán comenzó a migrar hacia América a fines del siglo siguiente.

En la región sur los inmigrantes habían sido atraídos primeramente por Brasil, pero pronto notaron que la Argentina tenía mejores condiciones para el desarrollo de la agricultura. A esto se sumaba la política del entonces presidente Nicolás Avellaneda que propiciaba la llegada de los colonos, y tras los acuerdos pertinentes, las primeras familias comenzaron llegar a la Provincia de Buenos Aires.

La primer colonia que se fundó en estas tierras es la así llamada Colonia Hinojo, con 8 familias y 3 solteros que arribaron hasta Azul trasladados por el Ferrocarril del Sud, y en carros tirados por bueyes desde ese punto hasta la colonia en sí. Hoy en día esta localidad ha crecido mucho y llega a mezclarse (y por supuesto confundirse porque se llaman prácticamente igual) con Hinojo, pueblo lindero que además de su correspondiente iglesia tiene también una ex estación de tren, que hoy alberga el museo municipal que visitamos y, obviamente, tendrá su post exclusivo más adelante.

La primera en aparecer sobre la Ruta 51 cuando uno viene desde Azul, sin embargo, es Colonia Nievas, un pequeño caserío muy tranquilo en donde nos sorprendieron algunos implementos históricos como ser el cañón arrumbado en el jardín de una de las casas del poblado.

Por último, metida hacia adentro y detrás de las fotogénicas Sierras Bayas, está la Colonia San Miguel, que no por ser pequeña se priva de tener un pintoresco lugar donde comer o tomarse un café, como es la Casa de Piedra, o incluso un balneario propio que debe estar muy lindo para visitar en un caluroso día de verano.

Entre las tres, conforman un lindo y muy tranquilo paseo que puede hacerse estando tanto en Azul como en Olavarría. Pueblos ideales para cargar el termo en el auto, e ir a pasar una tarde a puro mate en sus plazas, disfrutando de la calma y el aire de campo que se respira en aquellos pagos. Como hace esta madre alemana con su hijo.