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Una recorrida por la Ciudad de Guatemala.

La cara que me puso el remisero que me llevaba al Aeropuerto Internacional de Ezeiza me dejó en claro que Guatemala no es uno de los destinos más populares entre los argentinos, pero quizá justamente por eso, y por tener allá un amigo que oficiaría de guía local, las expectativas sobre los días que iba a tener libres en el país centroamericano eran altas.

La Ciudad de Guatemala, Nueva Guatemala de la Asunción (como reza  su nombre oficial), o simplemente Guate (como cariñosamente le dicen los locales) es la capital de este pequeño pero atractivo país centroamericano que bien merece una visita. Podemos decir que como tal, nació producto de los terribles Terremotos de Santa Marta que en 1773 dejaron en ruinas la antigua capital, Santiago de los Caballeros (actual Antigua Guatemala que tendrá su post más adelante), razón por la cual las autoridades coloniales decretaron su traslado a la nueva ubicación. Oficialmente, la mudanza de la ciudad se produjo el 2 de enero 1776.

Hoy en día Guatemala es una importante ciuda, con más de 2,5 millones de habitantes, levantada sobre un terreno lleno de abruptos barrancos. De hecho mi primer sensación la tuve mirando por la ventanilla del avión durante la aproximación final, durante la cual veía el terreno allá lejos, pasando con gran velocidad cientos de metros debajo, cuando de repente y sin previo aviso apareció el aeropuerto de La Aurora con su pista, a escasos pies bajo nosotros. Y así es esta ciudad, donde una calle puede terminar de repente y sin previo aviso en un precipicio de cientos de metros de altura.

Pero Guatemala no es interesante únicamente por sus curiosos relieves, sino que tiene mucho más para ofrecerle al turista. Por supuesto todo recorrido que se precie debe comenzar en la Plaza de la Constitución, en pleno centro cívico de la ciudad y flanqueada por la catedral y por el Palacio Nacional de la Cultura, ambos merecedores de sendas visitas.

A metros de allí, detrás de la catedral, se encuentra el Mercado Central, un punto ideal para ir de compras. Lo típico para todo turista será recorrer los estrechos pasillos plagados de artesanías de todos los colores y formas, pero no se pierdan recorrerlo en profundidad y ver un poco de la vida cotidiana guatemalteca, allí en los puestos de frutas y verduras donde las amas de casa compran los ingredientes para preparar el almuerzo.

Un capítulo aparte es Ciudad Cayalá. Nunca mejor puesto el nombre, se trata realmente de una ciudad dentro de la ciudad. Cuenta con un vistoso paseo de compras, supermercado, locales gastronómicos, salón de eventos y hasta cine e iglesia. El proyecto urbanístico sigue creciendo y ofrece tanto edificios de departamentos como así también una zona residencial de lujo, todo rodeado por 60 manzanas de reserva natural que son el pulmón natural de la ciudad de Guatemala.

Otro punto emblemático de la Ciudad de Guatemala es el edificio de la Dirección General de Correos, cuya construcción se inició en septiembre de 1938 bajo la presidencia del General Ubico. Si bien la obra se finalizó en 1945, el edificio se inauguró una vez terminada la primer fase, el 10 de noviembre de 1940, “casualmente” el día del cumpleaños del presidente Ubico.

Se trata en realidad de dos edificios unidos mediante un puente peatonal que cruza en lo alto la Calle 12, casi en la esquina de la 7ma Avenida. La construcción está inspirada en el Arco de Santa Catarina, símbolo de Antigua Guatemala, y hoy en día funciona allí la escuela municipal de arte, donde por ejemplo se da clases de danza, entre otras actividades culturales.

 

Tuve la suerte de poder visitarlo y apreciar sus hermosos jardines en el patio interior. Por dentro el edificio es tan vistoso como por afuera, y mi anfitrión hasta logró que nos dejaran pasar al puente para ver la vista de la ciudad desde allí arriba, algo que ya no está habilitado por el edificio al que tiene acceso el público en general, por lo que tuvimos que pedir permiso para pasar al de enfrente, donde funcionan dependencias oficiales.

 

Y por supuesto nos detuvimos para fotografiar las viejas, enormes y pesadísimas cajas fuertes, arrinconadas en un rincón cercano a la escalera…

Guatemala me pareció una ciudad bastante limpia para la cantidad de gente que vive en ella, y la razón de tal limpieza un poco se explica al ver a grandes grupos de jóvenes militares que salen a recorrer las calles. Se trata de los cadetes que tienen entre sus actividades salir a limpiar las calles de la ciudad. Escena que contrasta enormemente con una que parece salida de otra época: las cabras paseando en grupo por las veredas del centro. Si bien es por demás pintoresco, en un principio resulta algo chocante. Pero tiene una razón de ser, ya que es algo tradicional que los vendedores ambulantes te ofrezcan leche de cabra recién ordeñada, y cuando digo recién es por que la ordeñan en el momento, delante tuyo.

Y si hablamos de Guatemala tenemos que hablar de su gente. Muy consciente de su historia y pasado, los guatemaltecos mantienen una relación muy cercana con la cultura maya, a la que aún hoy en día honran como parte central de su propia cultura. No tengo idea si eso está relacionado o no, pero lo otro que destaca al guatemalteco es la hospitalidad. Obviamente tener un amigo local como guía es una ventaja enorme, pero no sólo él se desvivía por hacerme sentir cómodo. Todas las personas con las que me topé en este hermoso país centroamericano fueron por demás amables; realmente unos anfitriones de lujo, de los cuales la industria turística de nuestro país tiene mucho que aprender.

Aunque incómodo para llegar desde Argentina (no hay vuelos directos, así que habrá que realizar conexiones que convierten el viaje en realmente largo), Guatemala es un país que bien merece ser visitado y, por sobre todas las cosas, vivido. Desde lo alto del Arco de Correos se ve claramente la señal de ALTO en el asfalto, pero lejos estamos nosotros de detenernos. Aún falta más de Guatemala que contarles…

Visitamos el Palacio Nacional de Guatemala.

En pleno centro histórico de la ciudad, justo frente a la Plaza de la Constitución, se alza el imponente edificio del Palacio Nacional de la Cultura de Guatemala, antigua sede del gobierno del país centroamericano que funciona hoy como museo albergando en su interior distintas colecciones de artistas guatemaltecos que los visitantes pueden apreciar, además de ser utilizado para eventos protocolares por parte del Poder Ejecutivo, y ser el kilómetro 0 para todas las rutas que salen de la ciudad de Guatemala.

 

El ingreso al recinto cuesta Q40 (quetzales) para los extranjeros, mientras que para los nacionales guatemaltecos la entrada es libre y gratuita. El cronograma de la visita puede verse restringido en algunos días y horarios, de acuerdo a las actividades oficiales que se realicen en el Palacio. De hecho, durante nuestra visita se estaban desarrollando algunas reuniones, así que en principio no podríamos subir a la planta alta del edificio.

El edificio fue levantado por orden del general Jorge Ubico, en ese entonces presidente de Guatemala, e inaugurado el 10 de noviembre de 1943. Se trata de una construcción simétrica, con un cuerpo central y dos laterales exactamente iguales, tal como puede notarse fácilmente al contemplarlo desde la plaza. Además, fue el primer edificio de la ciudad en ser construido con técnicas antisísmicas. Un detalle interesante: para levantarlo se aplicó la ley de vagancia, que implicaba que quienes eran encontrados en los bares de la ciudad entre las 7 y las 16 hs. fueran detenidos y obligados a trabajar en la construcción. De hecho, así se desarrolló gran parte del urbanismo de la ciudad, y la sede gubernamental no fue una excepción.

Tal como nos indicó la guía que nos acompañó durante la visita, en su interior el palacio es ecléctico, ya que muestra una mezcla de estilos entre los que resalta el árabe ya que el general era un entusiasta de esta cultura. Esto se puede ver claramente en las fuentes del patio interior, las cuales, según se dice, debían funcionar constantemente mientras Ubico caminaba por aquellos pasillos a fin de que sus conversaciones no pudieran ser escuchadas por oídos indebidos.

Otro detalle que resalta casi permanentemente son los relojes. Hay una buena cantidad distribuidos por el edificio, todos ellos de marca Ericcson, y deben su presencia a que el general gustaba casi obsesivamente de la puntualidad.

En la planta baja del edificio puede apreciarse piezas de la arquitectura del edificio, como ser los contundentes faroles que, al estar apoyados sobre el suelo, se presentan en toda su dimensión, la cual es imposible de apreciar en los que están colgados del techo, por una cuestión de mera perspectiva. También hay una maqueta del edificio, y lo alto de las paredes se aprecian los coloridos vitrales, muchos de los cuales llevan aún las marcas de los daños producidos por el atentado de 1980, cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres hizo explotar un auto-bomba para evitar la concentración popular en apoyo al entonces presidente Lucas García.

Asimismo, traspasando el patio con sus fuentes, el visitante llega a un ámbito separado. La Galería Kilómetro Cero cuenta con una exposición de pinturas y obras de artistas nacionales que el tour permite apreciar con tranquilidad.

Y básicamente allí se terminaba todo. Haciendo gala de la hospitalidad que caracteriza a los guatemaltecos, la guía se había realmente esmerado en las explicaciones y contestando las dudas que surgían, pero no había mucho más que mostrar y el acceso al resto del edificio estaba vedado. Pero para mi sorpresa, siendo que yo era extranjero, que probablemente no tendría otra oportunidad de hacer la visita y, por último, que había pagado 40 quetzales, la guía consiguió (sin que nadie se lo pidiera) que un colega de ella me acompañara por las escaleras para ver los murales del primer piso. Porque, además, esos murales son una de las joyas artísticas del Palacio y ninguna visita puede entenderse por “hecha” si no los incluyó.

Así fue como subimos, y acompañados de este otro funcionario traspasamos algunos salones cerrados para el resto del público, hasta llegar al descanso de las escaleras donde se podían ver tamañas obras de arte. Algunas representando la mitología maya (cultura muy presente en la vida guatemalteca), o incluso retratando al Quijote de la Mancha. El mural más impactante en mi inexperta opinión es el que representa la unión de las dos razas y el nacimiento de los mestizos, con una mano blanca que se entrelaza a una morena, protegiendo el casamiento de un soldado español con una princesa indígena.

Ahora sí, podíamos decir que la visita estaba completa. El Palacio Nacional de Cultura es un excelente lugar para adentrarse un poco más en la cultura de Guatemala, conociendo un poco de su historia y los personajes que la protagonizaron, y admirando la obra de sus artistas. Definitivamente, uno de los imperdibles cuando se visite este país centroamericano.