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Las imponentes obras del Arquitecto Salamone en Azul y Rauch

Cuando nos subimos al auto y encaramos la ruta hacia la ciudad de Azul el destino no había sido elegido al azar. Teníamos en mente dos objetivos principales, y uno de ellos era conocer parte de la monumental obra que el arquitecto Francisco Salamone levantó en varias localidades de la Provincia de Buenos Aires durante los años ’30. Azul, junto con la cercana Rauch concentraban varias de ellas, por lo cual decidimos que el feriado largo había que pasarlo allí.

De la mano de su entrañable amigo, el gobernador bonaerense Manuel Fresco, este arquitecto italo-argentino llevó adelante más de 60 impresionantes obras a lo largo de apenas 4 años (entre 1936 y 1940), distribuidas en diferentes localidades del interior de la provincia, en lo que hoy se denomina “La Ruta Salamone”. El objetivo era fomentar el crecimiento de algunos pueblos de la provincia, y el resultado está en pie hoy en día y sigue siendo imponente.

En Azul, la mano de Salamone ya se ve al momento de llegar, pues el Cristo que nos da la bienvenida con el Via Crucis detrás es obra de él.

La Plaza San Martín, en pleno centro de Azul, también es parte de sus diseños. Aunque no es lo espectacular que sus obras nos tienen acostumbrados, sí consta de características clásicas de Salamone, como ser las líneas rectas y la simetría. Sus rasgos se ven claramente en las farolas, los bancos, en la fuente central con la estatua del General San Martín y en las particulares baldosas, dispuestas de forma tal que parecen tener movimiento propio y producen una sensación de mareo al caminar.

Cerca de allí están las columnas de acceso al Parque Sarmiento, por las que pasamos de noche, y del otro lado de la ruta se encuentra prácticamente en soledad uno de sus íconos: el matadero municipal, que hoy ya no funciona como tal, y que fue uno de los más grandes construidos por el arquitecto.

Fiel a su estilo, la torre es impresionante y asemeja una cuchilla, como para que nadie se confunda…

Pero su obra maestra está en el cementerio de la ciudad y se trata del portal de acceso al mismo. Es realmente monumental: una mole de cemento que se alza vedando el paso a quién pretenda perturbar el descanso de los muertos, con una enorme estatua del Arcángel San Miguel haciendo guardia espada en mano, y tres imponentes letras que no deja lugar a dudas sobre a dónde hemos llegado.

Todo enorme, contundente, monumental y cuadrado, plagado de líneas rectas que le dan carácter y severidad al conjunto de la obra. Definitivamente, la mano de Salamone.

Luego nos alejaríamos varios kilómetros para visitar la contigua ciudad de Rauch, localidad de la que ya hablaremos más adelante, y cuyo palacio municipal es obra de este arquitecto casi devenido en artista. Su torre principal no deja lugar a dudas.

Así cerramos esta primer parada por la Ruta Salamone, con gran cantidad de obras para fotografiar y disfrutar. Espero poder seguir recorriendo la provincia y tocando el resto de los puntos donde el arquitecto ha levantado sus descomunales edificios. A medida que lo vaya logrando, se los iré haciendo saber por este mismo medio.

Entramos al Monasterio Trapense de Azul.

En la ruta que une la localidad de Azul con el paraje de Pablo Acosta hay gente que, especialmente durante los fines de semana soleados, hace una parada intermedia en el Monasterio Nuestra Señora de los Ángeles. Allí, detrás de una frondosa arboleda, la bella arquitectura de las construcciones de ladrillo a la vista contrastan con los diferentes tonos de verde que se aprecian en los campos de los alrededores.

Nosotros hicimos dos visitas cuando pasamos Semana Santa en Azul. La primera fue el mismo Viernes Santo, donde el hermoso parque que los monjes cuidan celosamente estaba repleto de familias y amigos que aprovecharon el sol de la tarde para pasar el día al aire libre en compañía de mates y bizcochitos. Pero en ese momento estaban dando misa, por lo que no se podía tomar fotos dentro de la iglesia, así que luego volvimos otro día, ya de regreso después de haber almorzado en El Viejo Almacén. Y ahí sí, pudimos ingresar y conocer el templo por dentro.

Aunque los monjes acababan de celebrar una de las tantas misas diarias que llevan adelante en el monasterio, delatados por los cantos gregorianos que se escuchaban en el vestíbulo, cuando entramos ya no quedaba ninguno. Lo que sí quedaba era un silencio profundo y extremadamente agradable. Imposible evitar sentarse en uno de los banco de madera, en solitario, a contemplar la iglesia o bien cerrar los ojos y, simplemente, disfrutar de ese delicioso ambiente que sin un solo sonido transmite paz. Una sensación difícil de explicar en palabras, pero muy convincente cuando estás allí, sintiéndola.

El monasterio surgió en Argentina en el año 1958, luego de que una reforma de la rama benedictina iniciada en La Trapa, Normandía, Francia, llegara hasta América Latina previo paso por Norteamérica. De allí proviene la denominación “trapense”, haciendo referencia a la ciudad de origen de esta orden.

Se trata de un monasterio de clausura, donde los monjes realizan vida contemplativa, dedicando su tiempo a la oración, tanto individual como comunitaria, retirados de la sociedad para dedicarse enteramente a Dios. Asimismo deben trabajar para mantener el edificio y para su propia subsistencia; desde hacer las reparaciones necesarias hasta preparar la comida. Para solventarse económicamente, los monjes se dedican a la agricultura y la ganadería, principalmente, además de fabricar artesanías. La vista de los campos aledaños desde el predio eclesiástico está llena de matices de verdes.

Pero allí no solo hay monjes. Si bien el paso a los visitantes está vedado más allá del parque y de la iglesia (en la que cualquiera puede presenciar las misas), contigua al edificio principal hay una casa de retiros donde uno puede hospedarse y así vivenciar lo que es la vida de los monjes y realizar su propio retiro espiritual. Todo en el más absoluto silencio, por supuesto.

Incluso se sabe que el presidente Carlos Menem estuvo alojado en el monasterio, aunque en una época donde la casa de retiros todavía no existía, y en la que seguramente su nombre no estaba tan devaluado por los hechos de corrupción que se conocieron luego de su gobierno. Pero no es el único famoso: es habitual que en estas habitaciones se reciban a diferentes personalidades que seguramente buscan encontrar algún momento de paz.

Incluso, según se dice, aquí vivió en algún momento uno de los tripulantes del Enola Gay, el imponente bombardero norteamericano B-29 que se hizo mundialmente famoso por haber lanzado la bomba nuclear sobre Hiroshima a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945. Devastado luego de haber sido responsable de la muerte de más de 80.000 personas en apenas un instante, alguno de sus once tripulantes habría elegido recluirse en uno de los monasterios de la orden para dedicar el resto de su vida a Dios, y el de Azul pareciera haber sido el destino elegido. Pero esa es una historia que seguramente quede así, como una leyenda imposible de comprobar, pero que le dará una mística especial a este lugar.

Si alguno de los lectores quiere realizar un retiro, o incluso convertirse en monje, deberán ponerse en contacto, para lo cual los datos están disponibles en la página web a la que pueden acceder haciendo click acá. Sino, simplemente pueden ir a conocerlo, como hicimos nosotros, siempre manteniendo el más profundo respeto, y en silencio. De esta forma también nos vamos nosotros, sin hacer ruido, hacia el próximo destino de Ahicito Nomás.

¡Allá te espero!