Visitamos el Museo de la Guerra: El Imperial War Museum London

Como es sabido, a lo largo de su historia Gran Bretaña ha participado en una importante cantidad de conflictos bélicos. No es de extrañar entonces que hayan creado los Imperial War Museums, una serie de cinco museos destinada a bucear en las causas de las guerras y explorar el impacto que estas tuvieron en la vida de la gente, tal como lo indican en su página web. 

El National War Museum fue creado en 1917 con el fin de recolectar y exponer material que reflejara las experiencias durante la Gran Guerra, mostrando los sacrificios realizados tanto por los militares como por la sociedad civil. Con el devenir del tiempo y la historia sus instalaciones se fueron ampliando para incluir la II Guerra Mundial primero, y el resto de los conflictos armados en los que el imperio y los miembros del Commonwealth participaron desde 1914.

Así, además de la imponente locación que visitamos en la calle Lambeth North (lugar al que fue mudado en 1936 por el Duque de York momentos antes de convertirse en el Rey George VI), los ya devenidos en IWM con el tiempo anexaron otras sedes, de las cuales también visitamos el HMS Belfast, pero de eso ya hablaremos en otro post.

En su locación original del centro de Londres y custodiada por dos impactantes cañones sustraídos a algún miembro de la flota de Su Majestad, el Imperial War Museum London resguarda una impresionante muestra distribuida a lo largo de los seis pisos de su edificio, recorriendo la historia bélica británica desde la Gran Guerra hasta la actualidad.

Ya ni bien entrar uno se encuentra con impactantes presencias colgando del techo: se trata de un Supermarine Spitfire Mark IA que voló 57 misiones de combate durante la Batalla de Gran Bretaña, y un Harrier Jet, el famoso avión caza inglés, único por haber sido el primero capaz de despegar y aterrizar verticalmente. A los que nos apasionan estas máquinas voladoras se nos hace agua la boca.

El museo está muy bien organizado. Lejos de tratarse de una sucesión de fotos con largas y tediosas explicaciones de las diferentes guerras, la muestra consta de videos, fotos proyectadas en pantallas que van cambiando de forma dinámica, y con sectores interactivos donde por ejemplo, uno puede ir pasando las páginas del libro al tiempo que en el mapa se van iluminando los diferentes puntos de trincheras y batallas para ilustrar el texto. Si los británicos saben hacer guerras, también saben levantar museos, y aquí juegan con luces y sonidos para crear una experiencia diferente a la de cualquier otro museo de historia. Incluso podés recorrer las trincheras de la Primera Guerra por dentro y sentirte como un soldado en batalla.

Las únicas contras que le encuentro es que la muestra en total es muy extensa (imposible evitarlo, claro, y en todo caso es recomendable visitarla en partes durante días diferentes), que las luces bajas utilizadas para crear el ambiente propicio pueden volverse algo cansadoras (ni te cuento si estás con sueño por haber arribado esa misma madrugada en el directo desde Buenos Aires), y por supuesto, que absolutamente todo está en inglés y nada más que inglés, así que quienes no manejen el idioma se encontrarán algo perdidos.

Pero se trata de una excelente muestra, muy bien armada y con vasto material de todas las épocas. En la planta baja están las salas dedicadas a la Primera Guerra, en mi opinión lo mejor del museo por cómo está diseñado. El primer piso está asignada a la Segunda Guerra y allí se encontrarán joyitas como el águila símbolo de la Alemania Nazi.

Aunque de lo más impactante está a la entrada del segundo piso y es la réplica de Little Boy, la bomba atómica que acabó con la guerra y con la vida de miles de seres humanos al devastar Hiroshima el 6 de agosto de 1945, seguida algunos días después por la de Nagasaki. Temible, aún cuando sabemos que se trata apenas de una maqueta, es un punto del museo que invita a detenerse un momento y reflexionar.

Claro que no por eso hay que perder el sentido del humor, como tampoco lo hacían los británicos en tiempos de guerra…

“Haga té, no la guerra” Afiche en contra de la Segunda Guerra Mundial.

El segundo piso está dedicado a los conflictos pos guerra, desde 1945 hasta 2014. Se inicia con el fin de la Segunda Guerra y aquí los argentinos nos encontraremos con una muestra que nos tocará los sentimientos particularmente, porque hay un pequeño espacio que habla sobre la conflicto del Atlántico Sur: la guerra por nuestras Malvinas.

Sobre nuestras cabezas, en este área se destaca el misil Exocet utilizado por la aviación naval argentina para atacar la flota británica. En ese sentido la muestra hace hincapié en el hundimiento del Atlantic Conveyor el 25 de mayo de 1982, que determinó la pérdida de cuatro helicopteros Chinook que estaban a bordo, y que la fuerza de tareas británicas tuviera que cruzar las islas a pie luego de lograr el desembarco.

Quizá lo más curioso de todo el museo sea la disposición de la batería antiaérea argentina, capturada en las Malvinas, que ahora se encuentra apuntando directamente al Harrier que tiene colgando del techo frente a ella.

El tiempo no fue suficiente para visitar el resto de los pisos, pero en el tercero se encuentran las muestras de “Curiosidades de la Guerra” y (hasta enero de 2020, así que a apurarse) la exhibición especial “Cultura bajo ataque”. El cuarto piso bien merecería una visita exclusiva por el tema que trata: el Holocausto. Y para finalizar, en el quinto y último piso se exhibe una muestra dedicada a los héroes extraordinarios.

La entrada al Imperial War Museum London es gratuita, y pasando el scan de seguridad se puede ingresar con mochilas y cámaras fotográficas sin problemas. Para llegar se puede caminar desde el centro de la ciudad, y sino es cuestión de llegar a la estación Lambeth North de la línea Bakerloo de Underground, que está a apenas un par de cuadras. El horario es de 10 a 18, pero tengan en cuenta que una recorrida rápida me llevó algo más de dos horas, así que no se les ocurra ir sobre la hora de cierre.

 

 

 

Visitamos las cascadas más famosas: Las Cataratas del Niágara.

En el sureste canadiense, en la zona conocida como Los Grandes Lagos, existe un curso de agua que drena el contenido del lago Erie dentro del lago Ontario. Se trata del Río Niágara, y en un punto de este se encuentran las que seguramente sean las cascadas más televisivas del mundo: las famosas Cataratas del Niágara.

Se trata de una serie de saltos que, con aproximadamente 62 metros de altura y un caudal promedio de unos 2800 m3 por segundo, son las cataratas más voluminosas de América del Norte. Si bien en realidad son tres cataratas, casi que a simple vista se ven solo dos, ya que la más pequeña, llamada Velo de Novia, pasa desapercibida al lado de las más amplias Cataratas Americanas. Ambas están, por supuesto, del lado estadounidense del Ni{agara, ya que el río funciona como frontera natural entre ambos países.

Sin embargo, al menos en mi opinión, el mejor lado para visitar las cataratas es el canadiense, ya que desde aquí se tiene una excelente imágen panorámica de los saltos americanos, y casi que podemos meternos dentro de la más impresionante de las cataratas: Las Horseshoes Falls, que deben su nombre a su forma de herradura y son, por lejos, la foto más famosa del lugar (y la que ilustra la portada de este post).

Más allá de lo impresionante en sí de este espectáculo natural, lo que más me llamó la atención fue que las cataratas están casi en medio de la ciudad homónima, y con sólo caminar plácidamente por la costanera uno casi que puede tocarlas. Algo que lo que no estoy para nada acostumbrado, más con la experiencia en nuestras impactantes Cataratas del Iguazú (que dicho sea de paso, nada tienen que ver con estas).

Así uno tiene de un lado el río y sus impresionantes saltos, y del otro lo que se conoce vulgarmente como “Las Vegas canadiense”; una ciudad que a simple vista aparece como absolutamente artificial y levantada casi exclusivamente para que el turismo deje sus dólares canadienses allí. Pasada la mala sensación que me provocó descubrir aquello mientras buscábamos dónde estacionar el auto, podemos volver a apreciar esta maravilla de la naturaleza que sí vale la pena.

Como las cataratas están ahí nomás admirarlas desde la vereda, pegado a la varanda, es totalmente gratis. Pero como en todo lugar turístico hay por supuesto una variedad de opciones para disfrutarlas a cambio de un módico pago. Se puede por ejemplo visitar la parte de atrás de las cataratas y ver “al revés” a través de ellas, algo que me hubiera gustado mucho hacer, pero para lo cual no nos daban los tiempos ya que apenas teníamos un par de horas disponibles. Así que en lugar de eso optamos por el paseo en el barco, que es muy recomendable ya que te permite un acercamiento increíble.

El ticket incluye el poncho de nylon para protegerte del agua, y que funciona muy bien en aquellas partes que te deja cubiertas, pero al embarcarte tenés que tener en cuenta que la parte baja de tus pantalones, las mangas de algún buzo que lleves puesto, y muy especialmente tus zapatillas, van a quedar totalmente empapadas. Y mucho ojo con los electrónicos, tanto teléfonos celulares como cámaras de foto. Si bien parece que el barco no se acerca tanto a la caída de agua, la fuerza del agua, el vapor y espuma que se levantan producto de la fuerza de la choque contra el suelo y el viento puede jugarte una mala pasada y mojarte en el momento menos esperado, cuando parecía que estabas a total reparo.

Un dato impactante es el nivel de erosión que presentan las cataratas. Aunque ahora por medio de adelantos técnicos se ha logrado reducir su retroceso a 30 cm por año, la cifra promedio en los últimos años es de 0.91 cm al año. De hecho hace rato que las cataratas vienen “viajando” de esta forma, y hace unos 10900 años atrás se encontraban a la altura del pueblo de Queenston, es decir que han retrocedido mas de 10 kilómetros.

Las cataratas no solo son un atractivo turístico y una belleza natural, sino que además tienen gran injerencia en la economía y actividad de la región ya que desde hace largos años sus aguas son una fuente de energía importante, tanto para Canadá como para Estados Unidos. Es por eso que ambos países desarrollan un trabajo en conjunto con el objetivo de preservarlas, y el particular suelo del río ha sido objeto de estudios y trabajos. El más importante de ellos se realizó en 1969 cuando el caudal fue desviado por varios meses para que evitara pasar por las Cataratas Americanas, tiempo que los científicos aprovecharon para llevar adelante trabajos de gran importancia.

Hoy en día las cataratas están aquí y pueden visitarse de ambos lados del río. Claro que para cruzarlo habrá que tener a mano el pasaporte, ya que el Rainbow Bridge que se ve al fondo en la foto (por el que incluso se puede ir a pie) es un cruce fronterizo y habrá que hacer migraciones y aduana. Opción interesante para aquellos que quieran verlas desde más cerca, aunque por una cuestión de tiempos (como toda frontera tiene sus demoras) y de evitar burocracias gubernamentales, nosotros no tomamos. Nos pareció una mejor opción quedarnos del lado canadiense y sentarnos a comer una hamburguesa al sol, mientras se nos secaban los extremos de nuestras extremidades que habían quedado expuestas durante la navegación.

Para los interesados, Niagara Falls es un destino tradicional para ir de luna de miel (al menos para los norteamericanos). Pero obviamente no hace falta que te cases para ir hasta ahí. Sus cataratas homónimas son una belleza que hay que conocer cuando uno pasa por esta zona de Canadá.

Caminata hasta el Chorro San Ignacio, en Merlo, San Luis.

Una de las excursiones que se pueden hacer cuando uno pasa unos días en la Villa de Merlo, San Luis, es la caminata hasta el Chorro San Ignacio, una pequeña pero pintoresca cascada que cae desde unos 25 metros de altura en medio de las Sierras de los Comechingones.

Para llegar habrá que trasladarse hasta la localidad de Villa Larca, hacia el sur de Merlo por la Ruta Provincial 1, ubicada a unos 20 kilómetros de Los Molles donde nosotros estábamos alojados. El acceso está señalizado sobre la ruta y está asfaltado y en perfecto estado. La frondosa arboleda a los costados y las sierras allá al fondo casi que obligan a frenar en la banquina para sacar una muy linda foto.

El camino desemboca en el camping que por lo que pudimos apreciar cuenta con muy lindas instalaciones. Hay despensa y pileta, además de zonas de recreo con parrillas. Para acceder se cobra entrada, que al momento de nuestra visita en marzo 2019 era de $40 por persona y por auto, es decir que dos personas en un vehículo pagamos un total de $120. Inflación argentina mediante, estos números sirven sólo como referencia, ya que de seguro para la temporada que viene ya habrán quedado viejos.

El trekking en sí es de muy baja dificultad, apto (e incluso ideal) para hacerlo con niños, aún cuando en varios lados haya que cruzar el arroyo pisando sobre las piedras (o seguramente directamente metiendo los pies en el agua cuando hay más caudal). Si bien no hay mucha señalización que digamos, el camino presenta una única bifurcación donde habrá que elegir, con lo cual no podemos perdernos.

Si se sigue de largo, luego de recorrer unos metros más se llegará hasta el Chorro de San Ignacio. Allí el espacio es bastante amplio y permite sentarse en las rocas, disfrutar de la escasa arena que hay o bien, meterse en el agua que, por supuesto, está helada.

Si en cambio en aquella bifurcación caracterizada por una especie de pasamanos fabricado con un tronco, se decide trepar hacia arriba, el camino crecerá apenas en dificultad y luego de unos minutos de recorrerlo siguiendo de cerca el cauce de agua nos llevará hasta la Laguna Milagrosa, que es una olla de agua donde cae un pequeño salto, mucho menos alto que el Chorro.

En la laguna también hay lugar para sentarse en las piedras, y si llegaste hasta allí no podés dejar de refrescarte con el agua fresca. Es un punto ideal para llevarte una vianda y almorzar unos sandwichitos, o sentarte un rato a tomar unos mates y disfrutar de la naturaleza.

El camino sigue ascendiendo y ahora la subida se hace un poco más intensa, en dirección a la Cueva del Indio, que es una roca donde se supone que tiempo atrás encontraron restos de un aborigen de la zona. A falta de señalización formal suponemos que la roca de la foto, identificada con la bandera de los pueblos originarios y una cruz envuelta en trapos, es la famosa cueva.

Lo que sí vale la pena de aquél último ascenso son los paisajes, porque en lo alto de la sierra se tienen unas espectaculares vistas panorámicas. El sendero sigue, y no ha de extrañar que te cruces con algún jinete a caballo transitándolo, pero sin más idea de hacia dónde nos llevaba, y satisfechos con haber encontrado los tres puntos de interés, desde ahí emprendimos el regreso desandando el camino.

Alojamiento en Londres: El Days London Hotel Waterloo.

Londres, se sabe, es una ciudad cara, y mucho más para los argentinos que viajen post devaluación (de esas que lamentablemente tenemos cada tanto). Así que encontrar un alojamiento a un precio aceptable fue todo un desafío, aún habiendo buscado con varios meses de anticipación los precios en general estaban bastante por encima de la media que se conseguía en hoteles del resto de Europa. Sin embargo, finalmente ubicamos el Days London Hotel Waterloo que, sin resignar ubicación en la ciudad, se presentaba como un 3 estrellas con valores acordes.

Y la verdad que el Waterloo no nos defraudó, especialmente en cuanto a lo que servicio se refiere. Luego de haber aterrizado en Gatwick con Norwegian al centro de Londres llegamos alrededor de las 7 de la mañana, cuando el checkin era a las 14hs. Muy amablemente la recepcionista revisó a esa hora de la mañana si tenía disponibilidad, y como nuestro cuarto estaba libre nos dio ingreso sin más demora, y sin pedirnos pagar ningún extra.

Claro que el cuarto es extremadamente pequeño, al punto de volverse incómodo por no tener espacio dónde guardar el equipaje, así que durante toda la estadía hubo que estar esquivando las dos valijas. Pero eso ya lo habíamos imaginado de ver las fotos por la web cuando lo contratamos, así que estábamos avisados, y fue el precio que tuvimos que “pagar” por no gastar una suma realmente alta en el alojamiento de nuestra primer cuidad del periplo europeo.

El baño es también pequeño pero tiene un punto fuerte: la ducha es un 10, con una canilla simple que regula la salida de agua por un lado y la temperatura de la misma por otro. No hay panes de jabón, ni shampoo; sino que todo se resuelve con un tubo de gel que está adosado en la pared al lado del lavabo y en la ducha, que al presionarlo provee el jabón. No es lo que más me gusta pero en Europa es bastante usual el uso de jabones líquidos. La limpieza, un punto siempre más que importante en todo alojamiento, en el Waterloo es excelente.

Si bien en el cuarto no hay caja fuerte, al costado de la recepción hay una serie de cajas de seguridad que uno puede utilizar para dejar sus pertenencias de valor. Una solución un tanto deficiente si se piensa en la incomodidad de tener que bajar las cosas hasta la planta baja, y en las pocas cajas que hay con respecto a la cantidad de cuartos que tiene el hotel. En nuestro caso preferimos dejar las cosas en la habitación, aseguradas en una valija cerrada con candado, y no hubo inconvenientes.

El desayuno no estaba incluido en el valor que pagamos pero al llegar nos dieron vouchers con GBP 2 de descuento por persona y por día, así que terminamos aprovechándolo ya que era más económico que desayunar afuera. Hay dos opciones disponibles: el continental que con un costo de GBP 7 incluye panificados, yogurt, cereales y frutas; y el desayuno inglés que cuesta unas libras más y podés pedir comida caliente, principalmente huevos revueltos, omellete y salchichas. Eso sí, el agua para el té y el café en sus diferentes versiones, son de máquina.

El gran punto a favor del Days Waterloo es su ubicación. Está emplazado a 200 metros de la estación de subte Lambert North, y muy cerca de la abadía y el palacio de Westminster y el London Eye, así que se puede llegar a todos los puntos de interés del centro londinense a pie sin ningún inconveniente. Igualmente, para quien quiera alquilar un auto (y arriesgarse a la loca aventura de conducir por la mano izquierda y con volante a la derecha) el hotel cuenta con estacionamiento propio.

Otros detalles del servicio del Days Waterloo son el wifi, que funciona muy bien, la TV, la pava eléctrica que podés usar con el agua y las infusiones de cortesía que te reponen diariamente, y el hecho de que si tenés algún problema con el adaptador, te prestan uno dejando un depósito de GBP 5 que luego se te devuelve. Los puntos bajos tienen que ver más que nada con la comodida durante la estadía: el muy poco espacio para guardar ropa y la ausencia de aire acondicionado, que en verano podría llegar a sentirse ya que dudo que el ventilador de abasto.

Pero en resumen, una buena opción a tener en cuenta para una estadía corta en busca de maximizar el rendimiento de nuestro presupuesto.

 

El Arte como excusa para hablar del Muro de Berlin: La East Side Gallery.

Viajar a Berlin es sin dudas ir a encontrarse frente a frente con la historia. En cada rincón de la capital germana se respira un aire particular, mezcla de modernidad y libertad, con un crudo pasado de sufrimiento y opresión. La ciudad entera está plagada de puntos donde esta sensación se hace presente convirtiéndola en un lugar muy especial, y con seguridad uno de los más emblemáticos se extiende por algo más de un kilómetro a lo largo de la Mühlenstrasse, en la rivera del río Spree.

“Has aprendido lo que significa libertad, y eso no lo olvidas más”

La East Side Gallery es considerada la galería de arte al aire libre más extensa del mundo, y en ella se exponen las pinturas murales de artistas de todo el mundo plasmadas en la cara este del tramo más largo que aún queda en pie del tristemente célebre Muro de Berlin. Mensajes y símbolos de paz, libertad y esperanza cubren la pared que todavía hoy en día es uno de los mayores símbolos mundiales de todo lo contrario.

“Mucha gente pequeña que hace cosas pequeñas en lugares pequeños, puede cambiarle la cara al mundo”

El sábado pasado, 9 de noviembre de 2019, se cumplieron 30 años de la caída del muro, y eso nos obliga a hablar no sólo de las expresiones artísticas que muestra esta galería hoy, sino a hacer un poco de historia y recordar lo que significó esta pared de concreto que durante 28 años dividió no solamente a los habitantes de una ciudad, sino al mundo entero. Porque entender es esencial, necesitamos remontarnos en el tiempo a 1945, el final de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de la Alemania Nazi por parte de los cuatro aliados.

“Gracias Andrej Sacharow” (Premio Nobel de la Paz 1975)

Con la capitulación incondicional de Alemania los aliados divideron el país en cuatro zonas que serían administradas por cada uno de ellos, quedando los sectores occidentales a cargo de Estados Unidos, Francia e Inglaterra; mientras que el este quedó en manos de la comunista URSS. Más allá de las tensiones lógicas de esta situación, había un punto que era crítico: Berlin, la capital del estado alemán y por tanto, su ciudad más importante y simbólica, con esta regla quedaba totalmente bajo control de los soviéticos, cosa que a las potencias occidentales no les causaba gracia. Por ese motivo se decidió finalmente dividir Berlin de la misma forma que se hizo con el país, aunque con el tiempo las tres zonas capitalistas se unificaron, quedando la ciudad entonces separada en dos: la parte occidental perteneciente a la República Federal Alemana (capitalista) y la zona oriental que era parte de la República Democrática Alemana (nombre realmente curioso para un estado comunista).

“Sucedió en Noviembre”. Mural de Kani Alavi.

Más allá de la división política (y económica) entre las dos Alemanias, Berlin era una ciudad donde ambas se mezclaban, con gran cantidad de gente que, por ejemplo, cruzaba de un lado a otro para ir a trabajar o visitar familia o amigos. Y era también el punto donde más patentes se hacían las diferencias entre un sistema y otro, donde los que trabajaban del lado occidental cobraban sueldos más altos que sus pares del lado comunista, y a su vez quienes podían comprar víveres y artículos en el este los pagaban más baratos que si lo hicieran en el lado capitalista. Hacia fines de 1961 esto era un problema grave para la RDA, que perdía recursos económicos y humanos (ya que muchos de sus habitantes más calificados pasaban a la RFA para no volver más) y la solución fue cerrar la frontera con alambres de púa en la madrugada del domingo 13 de agosto de 1961. A partir de allí nada volvería a ser igual.

“El fanstasma es como rastros de los pájaros en el cielo”

Con el correr de las semanas la alambrada fue reemplazada por el muro de concreto que hoy podemos ver en la East Side Gallery. Para entender bien lo que pasaba hay que hacerse una imagen mental del mapa alemán de la posguerra, donde Berlin occidendal estaba totalmente rodeado por territorio de la RDA. El muro, entonces, no es que partía al medio a la ciudad, sino que directamente encerraba a su área capitalista. Solo una parte del muro (unos 45 km) hacía de frontera “intraciudad”, mientras que había otros 115 km que separaban el resto de la RDA del enclave capitalista. Lejos de haberse construido para la gente no pudiera “salir” de Berlin, el muro se levantó para que los ciudadanos de la RDA no pudieran “entrar” (en la parte capitalista de la ciudad). Y por eso mismo, unos metros hacia adentro de la zona comunista y lindando con la frontera política oficial, se construyó un segundo muro. Entre el “muro exterior” y el “muro interior” quedó un área conocida como “la franja de la muerte”, en la que los guardias armados podían abrir fuego sin previo aviso, y zanjas, barricadas y bancos de arena muchas veces minados dificultaban el paso de quienes quisieran escapar.

Sugestivo e ideal para la ocasión: Un Trabbi (auto popular de la Alemania comunista) atravesando el Muro de Berlin.

Luego de 28 años de tensiones durante la Guerra Fría, el bloque comunista estaba en declive y si se quiere dio paso a una de los momentos más curiosos de la historia. Las presiones sociales se hacían cada vez más fuertes y Berlin no era ajeno al nuevo escenario mundial, tanto que las autoridades de la RDA decidieron flexibilizar las políticas migratorias y levantar las restricciones para pasar al otro lado de la ciudad. Esto fue comunicado en una rueda de prensa por Günter Schabowski que, sin instrucciones claras del partido, ante la pregunta de uno de los periodistas presentes al respecto de “cuándo” entraban en vigor las nuevas medidas, sólo atinó a contestar que “según creía, inmediatamente”. Era el 9 de noviembre de 1989 y se había jalado el gatillo que disparó a miles de ciudadanos alemanes a las calles, para abalanzarse contra el odiado muro y traspasarlo. Los guardias, sin información ni órdenes precisas, apelaron a su instinto y conciencia y en vez de masacrar a la multitud, simplemente bajaron la armas. En la práctica, el muro había caído.

Las pintadas callejeras del lado oeste del muro este.

En la actualidad trozos de muro se pueden encontrar dispersos por varios lugares de Berlin, pero el tramo más largo que queda en pie son los 1300 metros de esta obra de arte callejero que nos hace recordar que levantar paredes nunca puede ser la solución a nuestros problemas. Lejos de callar el sufrimiento de los berlineses que quedaron apartados de sus seres queridos por décadas, o de esconder las víctimas asesinadas por intentar cruzarlo, el muro pintado de la East Side Gallery realza su memoria y nos invita a reflexionar para evitar que cosas así vuelvan a pasar.

“Dios mio, ayúdame a sobrevivir esta vida mortal”. Mural de Dmitri Vrubel con el beso entre Breschnew y Honecker

El muro te habla, te lo puedo asegurar. Y si lo escuchás bien, te pone los pelos de punta. Para oir su clamor se puede ir hasta la estación Warschauer Strasse, por donde pasan los subtes U1 y U3; y los trenes S3, S5, S7 y S9. Desde ahí solo unos metros te separan del comienzo de la East Side Gallery, un lugar al que hay que ir; no porque sea una visita obligada, sino porque es una visita necesaria.