Air France conmemoró el 1° cruce de Los Andes realizado por una mujer piloto.

A las 6 de la mañana de hoy aterrizó en el Aeropuerto de Ezeiza un vuelo muy particular. El AF228 proveniente de París en itinerario regular, fue piloteado por una tripulación íntegramente compuesta de mujeres, lideradas por la comandante Laurence Elles-Mariani, en conmemoración de la hazaña llevada a cabo hace nada más y nada menos que 100 años atrás.

El 1 de abril de 1921 la aviadora francesa Adrienne Bolland despegó desde Mendoza al mando de un biplaza Caudron G3 y en 4 horas y 15 minutos unió la ciudad argentina con la capital chilena, convirtiéndose a sus 25 años de edad en la primer mujer piloto en cruzar la cordillera de Los Andes al mando de una aeronave.

La travesía, completada a una velocidad media de 50 km/h, sin ayuda de compases ni mapas y soportando temperaturas de hasta -26°C, la llevó tan cerca del Aconcagua (punto más alto de la cadena montañosa) que en el video que filmó puede verse el Monumento al Cristo Redentor, límite entre Argentina y Chile. Es que además de haber sido la primer mujer en cruzar, fue la primer persona en hacerlo por el Paso de la Cumbre.

Las imágenes en blanco y negro no tienen desperdicio, y con sus casi 7000 metros de altura (cuando aparentemente la francesa volaba a solo 3600) se ve como una imponente pared de piedra.

En conmemoración de aquél episodio histórico, en el día de ayer despegaron de forma simultánea sendos aviones de Air France desde París. El B787 matriculado F-HRBF con destino Buenos Aires, y un B777 identificado como F-GZNJ hacia Santiago de Chile. Ambos vuelos fueron piloteados exclusivamente por tripulaciones femeninas, que fueron recibidas por autoridades gubernamentales y de sus respectivas embajadas en ambos países.

Los que quieran conocer más sobre Adrienne Bolland podrán acercarse hasta la Embajada de Francia en Buenos Aires (Cerrito 1399), en cuyas rejas se inauguró ayer una muestra fotográfica que recorren la vida de la pionera francesa.

Foto de portada: Air France.

La mejor noche de mi vida.

Los seguidores asiduos del blog habrán notado el cambio en la frecuencia de las publicaciones primero, y la ausencia total de nuevos posts desde hace unos 15 días, y se preguntarán ¿qué pasa con Ahicito Nomás? Bueno, en la vida hay momentos disruptivos que lo cambian todo, y personalmente hace 2 meses me tocó vivir el más maravilloso de todos ellos.

Tras una larga espera de 40 semanas, el primogénito Teo llegó y nos cambió la vida de forma rotunda. Estos últimos dos meses fueron de muchísimo aprendizaje para todos, y al menos para los papás, de muy poco dormir. Fueron días cargados de emoción donde el impulso de sentarse a registrar lo que se estaba viviendo siempre estuvo, pero nunca encontré el tiempo, como así tampoco hubo tiempo para seguir alimentando el blog como lo venía haciendo hasta ese momento.

Esa noche de hace dos meses la recuerdo como si hubiese sido ayer, y a la vez ya me parece sumamente lejana en el tiempo. Las contracciones que se iba acelerando con el transcurrir de los minutos, los llamados a la partera y finalmente el salir corriendo hacia la clínica, todo está nítidamente presente en mi memoria.

El nerviosismo estuvo contenido hasta ese momento donde la partera confirmó que nos internaban y me tocó ir a cambiarme para entrar a la sala de parto. Creo que es en ese momento, en la soledad de ese pequeño cuartito donde uno se disfraza de cirujano, cuando se cae en la cuenta de que en realidad está pasando. Llegó el momento, y mientras me cambio el corazón se acelera, me invade la ansiedad y me tomo un minuto para sentarme, cerrar los ojos, respirar profundo y pedir que todo vaya bien. Antes de guardar mis pertenencias en el locker tomo el celular y disparo un par de mensajes de Whatsapp avisando a la familia. Estoy apurado, nervioso, me tiemblan los dedos y los textos que transmite la red de telefonía móvil son ininteligibles pero estoy seguro de que del otro lado sabrán interpretarlos.

Entrar en la sala de parto es un shock. Contrastando con mi ansiedad y expectativas, en el quirófano todo es organización y calma. Y, para mi sorpresa, así lo fue durante todo el proceso que transcurrió casi con precisión de relojero suizo. “En media hora nace” se escuchó la voz experimentada de la partera, y se equivocó tan solo por 2 minutos.

El momento en que Teo se asomó a este nuevo mundo no voy a intentar describirlo; se que sería imposible. Solo puedo decir que ver por primera vez a tu hijo te genera una catarata de emociones que te caen todas juntas, y que me resultó inevitable que los ojos se me empañaran. Momento mágico y único que se extiende mientras él permanece sobre la madre, hasta que finalmente las enfermeras se lo llevan, conmigo siguiéndolas de cerca.

Pero seamos sinceros, el parto es de la madre. Nosotros solamente estamos de invitados. Apoyando, ayudando, dando fuerzas y transmitiéndole calma a la mamá y el bebé, invitados de lujo y fundamentales, pero invitados al fin. El momento del papá está al otro lado del pasillo, una vez que las enfermeras terminan los primeros controles y lo visten. Y finalmente, te indican que lo alces. El bebé llora sin parar. Está aturdido, no entiende qué pasa. Hace un instante estaba dentro de la panza, donde pasó los últimos 9 meses, y de pronto una luz blanca lo enceguece y varios desconocidos lo manosean. En ese estado de excitación extrema tomo a Teo en mis brazos con mucho cuidado, midiendo cada movimiento que imprimo a ese frágil cuerpo, lo poso sobre mi pecho para que sienta mi corazón y le susurro al oído “Tranquilo, Teo. Acá está papá”. La fórmula que utilicé para calmarlo cuando se movía sin cesar en la panza, es mágica. Se tranquiliza instantáneamente y se que me reconoce. Y en ese instante el resto del mundo desaparece, ya nada me importa, sólo estamos él y yo.

Eran pasadas la 1:30 de la mañana y afuera diluviaba. La mejor noche de mi vida estaba, literalmente, en pañales.