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Visitamos el Castillo San Francisco, en Egaña, y conocemos sus misterios.

Como ya he contado en otras oportunidades, la idea del viaje a Azul surgió por un objetivo puntual que nos habíamos impuesto: queríamos conocer el Castillo San Francisco. Así es como un día de aquél fin de semana largo nos subimos al auto y manejamos hasta Rauch, el pueblo cercano cuyo post pueden leer haciendo click aquí.

Llegar hasta el castillo no será una tarea del todo sencilla ya que el camino asfaltado está en muy mal estado, así que habrá que conducir muy lentamente y con mucho cuidado, esquivando pozos por doquier. Basado en esta experiencia, creo que equivoqué la elección del camino: el acceso por camino de tierra, salvo que se embarre mucho en caso de lluvias, debe ser mucho mejor opción.

Una vez sorteado este obstáculo se llega finalmente a la majestuosa construcción que alguna vez fuera la casa principal de la Estancia San Francisco, de la cual recibe su nombre. Rodeada de altos árboles que la esconden muy bien de quienes transiten los caminos alrededor, el castillo, aunque abandonado y prácticamente en ruinas, aún hoy se levanta imponente. Recortándose contra el cielo nublado y el espeso follaje, su fisonomía es un disparo obligado para todo aquél amante de la fotografía que pase por allí.

Una de las cosas más llamativas es que el castillo parece no tener fachada, o mejor dicho, todas sus caras parecen ser la fachada. De cualquiera de los cuatro lados por donde se lo mire bien podría tratarse del frente, mientras que ninguno de ellos podría ser considerado como “la puerta de atrás”. Se trata de una mansión impresionante, no sólo por la elaborada arquitectura que muestra (que de hecho tiene una mezcla importante de estilos convirtiéndola en ecléctica), sino también por su fascinante historia que comienza con su construcción por parte del arquitecto Eugenio Díaz Velez (nieto del Díaz Velez protagonista de la independencia argentina y de quién heredó estas tierras) en 1918. Los trabajos se remontarían hasta 1930, año en que se terminaron y finalmente se organizó la inauguración.

En ese mismo momento comienzan los misterios que rodean el lugar, pues según se cuenta una gran cantidad de invitados de la alta sociedad se acercaron hasta el lejano paraje para participar del impresionante banquete de inauguración. Pero ya con todo dispuesto lo que llegó fue la macabra noticia de que el dueño de casa no podría asistir: había fallecido en su casona de Barracas, Buenos Aires. Ante semejante drama los invitados se retiraron y la viuda ordenó dejar todo tal como estaba, con las mesas puestas incluso, y cerrar todo con llave. Y así quedó todo por 30 años: los manteles en las mesas, con los platos y copas encima, y cerrado hasta que el gobierno de la provincia de Buenos Aires expropió el lugar.

Bajo la administración del gobernador Oscar Alende el predio fue loteado y cedido a pequeños productores bajo la iniciativa de la reforma agraria, y lo que quedaba del mobiliario fue subastado. Pero con la construcción en sí no se supo qué hacer y quedó abandonada hasta que en 1965 fue cedida al Consejo Provincial del Menor para ser convertida en un hogar granja. Se hicieron algunos trabajos de adaptación, como el cambio de pisos caros y griferías originales, pero en vez del hogar lo que comenzó a funcionar en el lugar fue un reformatorio.

El fin de esta etapa está marcado por otro hecho que suma un grano más a los misterios del castillo. Hacia fines de los años ’70 uno de los internados emboscó al encargado del lugar y lo mató a tiros. Por supuesto, donde hay muertes violentas hay historias de fantasmas y el Castillo San Francisco no es la excepción, aunque nosotros no podamos decir que vimos ni escuchamos ninguno.

Así el hermoso edificio quedó abandonado una vez más y su destino más seguro parecía ser la demolición. Es por eso que desde hace unos años un grupo de vecinos de Rauch ha unido esfuerzos para recuperar el castillo. Son ellos quienes realizan el mantenimiento mínimo necesario para que la construcción pueda visitarse los domingos, te cuentan sobre su historia y hacen lo que pueden para reemplazar a un Estado totalmente ausente. Para las visitas se pide una colaboración de $50 por persona que sirve para cubrir algunos costos básicos.

De esta forma el visitante puede admirar la arquitectura del lugar, pero también puede aventurarse al interior de la construcción. Desde hace ya un tiempo a los pisos superiores no se puede acceder, porque sería peligroso, pero el recorrido por la planta baja bien vale la pena, aunque por momentos haya que hacer caso omiso del fuerte hedor del excremento de palomas que inunda algunas áreas de la casa.

Recorrer las distintas habitaciones de la casona es una experiencia que inevitablemente lleva al visitante al pasado. El amplio living con los ventanales hace pensar enseguida en un baile al calor del fuego encendido en el hogar, seguramente ese haya sido el ambiente donde se organizó el banquete de inauguración que finalmente se vio truncado. Paseando por la vieja cocina, en cambio, es fácil imaginar el ajetreo de los empleados del reformatorio en el horario de la comida.

Más allá del castillo en sí, que es por supuesto la atracción principal, el grupo de vecinos desarrolla también otras actividades extras en el predio, como es el paseo hasta la casa del encargado, a varios metros de la construcción principal, y que primero desemboca en un viejo tanque de agua que hace las veces de mirador si uno se anima a trepar hasta lo alto (con cuidado porque algunos escalones faltan y otros están flojos), y a La Matera.

Otro camino que se interna en el bosque nos llevará hasta el bañadero de ovejas, aunque como no está bien demarcado puede ser que se pierdan como nos pasó a nosotros. Tranquilos, muy lejos no van a ir, porque al llegar al alambrado no quedará otra que desandar el camino, y buscar otra alternativa, hasta dar con la canaleta por donde pasaban las ovejas de un corral a otro, y en ese paseo se aprovechaba para pegarles el tan merecido baño.

En los alrededores de la casa principal se han dispuesto bancos y juegos para niños. Combinado con el espíritu de aventura y amor por el misterio que tienen los chicos, se me hace que este es un paseo ideal para llevarlos a que exploren, se diviertan e incluso a que se interesen un poco por la historia. Eso sí, habrá que seguirles el tren para supervisarlos y evitar que se lastimen por meterse donde no deben.

Y para los adultos apasionados por la historia, los misterios y las casas abandonadas, es un lugar de paso casi obligatorio, así que a no perdérselo.

Si querés leer otros posts de Azul, los encontrarás en haciendo click en este link.

Una noche en Estancia La Margarita, en Chascomús.

La ciudad de Chascomús es ampliamente conocida, ya sea por ir de paso a la Costa Atlántica (y quizá incluso hacer una parada en el famoso parador Atalaya) o bien por su laguna que ofrece un atractivo para ir a pasar un día al aire libre. Sin embargo, a veces está bueno hacer una pausa más extensa y quedarse aunque sea una noche, para disfrutar más en profundidad. Ubicada “detrás” de la enorme laguna, la Estancia La Margarita es una excelente opción para quién quiera alojarse en esta ciudad.

Hoy refaccionada y convertida en un excelente alojamiento de campo desde el año 2017, La Margarita recibe su nombre de parte de la tatarabuela del actual dueño, Carlos Girado, y supo ser la casa familiar donde pasaron gran parte de su vida. En la actualidad cuenta con diferentes tipo de habitaciones y nosotros optamos por la Suite Superior, la que podemos recomendar ampliamente.

Al entrar a la suite se accede a un importante living dominado por un hogar que, como en ese momento comenzaba a hacer frío, Carlos había ya encendido para que la habitación comenzara a tomar temperatura. Luego correrá por cuenta del visitante ir alimentándolo con la leña para mantener el fuego vivo.

Una puerta separa el living del cuarto en sí, que está equipado con baño en suite. El cuarto es muy amplio también, con piso de madera y está equipado con calefacción a gas. Un antiguo armario ubicado en un rincón sirve para guardar la ropa que no vayas a utilizar en lo inmediato, en caso de que la estadía sea más prolongada.

Cuando hablamos del baño nos toca también hablar de la limpieza del alojamiento, que en este caso es excelente. Super amplio, la ducha funciona de maravillas y allí encontrarás jabón líquido, shampoo y crema de enjuague. El detalle: a la izquierda de la foto se ve la carpetita tapando la toalla de mano, cosa de que no se ensucie por estar colgada allí. El baño también está calefaccionado a través de una placa eléctrica empotrada en la pared, así que no hay riesgo de sentir frío al ducharse, aunque sea pleno invierno.

La Margarita está atentida por Carlos, su esposa Marcela y sus hijos quienes con su trato cordial te hacen sentir como en casa. ¡Y ni hablar cuando te cocinan! Cenar en la estancia es una de las opciones. Para eso habrá que averiguar cuál es el menú que se sirve en el comedor principal. Ahora bien, si estás alojándote en la Suite, como es la única habitación que tiene living, es posible pedir la cena en el cuarto. En nuestro caso fue entrada, canelones de plato principal y postre, todo acompañado por un buen vino tinto, y con la excelente atención de Pedro que iba y venía trayendo las cosas de la cocina.

La estadía tiene incluido el desayuno, que se sirve en el comedor principal y consta de budines, pan que podés tostar, dulces, queso blanco y manteca. Para beber tenés café o té, a los que podés agregarle leche. También hay yogurth con cereales, y jugo de naranja.

En medio del campo, La Margarita transmite mucha paz. Dormir en sus habitaciones es un verdadero placer, lejos de los ruidos molestos de la ciudad. El paisaje que la rodea también ayuda a bajar varios cambios, e invita a salir a caminar los alrededores de la casa para disfrutar del verde, o incluso a tirarse en una de las hamacas paraguayas de la galería y dormir una siesta. Si el día está lindo y la temperatura acompaña, podés usar la pileta. Aunque lo que más llama la atencion, seguramente, es la vida de campo, una experiencia que podés tener hablando con los dueños.

 

 

En la página web encontrarás los datos de contacto. Para el ingreso habrá que tener algo de cuidado, especialmente si llovió recientemente, porque el camino desde la ruta que rodea la laguna es una huella de tierra, por momentos profunda, y con el terreno embarrado puede ser un tanto complicado de transitar. Pero nada que no se supere con algo de cuidado al manejar. El esfuerzo bien valdrá la pena.

Pasando la tarde en la Laguna de Navarro.

Uno de los principales atractivos de la ciudad de Navarro (y seguramente el que más público convoca los fines de semana de sol) es la enorme laguna lindera. Con sus 200 hectáreas tiene una superficie apenas algo menor que la del pueblo en sí, y en ella se pueden practicar pesca y deportes acuáticos.

El acceso al agua es único y se realiza por el Camping Municipal, en la intersección de las calle 101 y la Ruta Nacional 40 que al convertirse en avenida dentro de la ciudad lleva el nombre de Parroquia Nuestra Señora del Carmen. La entrada no es gratuita, sino todo lo contrario, es un poco salada y se cobra por persona, con lo cual parece buena idea amortizar lo más posible el gasto haciendo el uso más extenso que se pueda de las instalaciones. Léase, no vayas a tomar mates a las 7 de la tarde para volverte a casa a las 8 porque van a ser los mates más caros de tu vida. Ahora, si vas a pasar el día, mientras no sean un grupo familiar numero la cosa cambia.

En particular hay que decir que las instalaciones están en muy buenas condiciones. Hay baños, mesas, parrillas, y hasta una especie de plaza con juegos para la recreación de los más chicos. El camping está muy buen cuidado y hay personal de seguridad que recorre los senderos en moto constantemente.

Una cuestión vistosa es el puentecito que comunica el camping “continental” con una pequeña isla. Angosto al punto de permitir el paso de una persona por vez, el puente es ideal para las fotos, ya sean selfies o sacadas por un tercero.

Pero claro, las chicas no necesitan un puente para salir bien…

Una vez dentro del camping no  hay de qué preocuparse, ya que si uno se olvidó algo para comer, si hizo mucho calor y la bebida de la heladerita no alcanzó, o si simplemente se fue desde el principio con las manos vacías, por todo el camping hay distribuidos kioskos y pequeñas despensas. Eso sí, del precio de las cosas no puedo opinar, ya que en nuestro caso teníamos mate y galletitas bien dispuestos desde hacía rato.

Incluso allí mismo se alquilan botes, por si te dan ganas de ejercitar los músculos con los remos, y por supuesto están quienes aprovechan. Otros, simplemente se tiran a nadar en el agua, aunque hay sectores con carteles de “prohibido nadar”.

Sea cual sea la actividad que elijas, o siemplemente prefieras quedarte tranquilo, tirado en el paso descansando al sol, tomando mate o jugando al truco con amigos, la orilla de la Laguna de Navarro parece un buen lugar para disfrutar de un día al aire libre.

Incluso para los porteños llegar no es tan difícil. Navarro está a poco más de 100 kilómetros de Capital Federal y llegar hasta la laguna toma aproximadamente una hora y media, andando en una ruta de muy buenas condiciones, tanto el Acceso Oeste hasta Luján, y luego la Ruta 47, esta última, de un sólo carril por mano.

Una excelente alternativa para aprovechar en verano.

El Fortín San Lorenzo de Navarro: Réplica fiel del puesto de frontera original.

Quién se acerque hoy manejando por la ruta 40 encontrará en Navarro una hermosa y cuidada ciudad donde se respiran aires muy tranquilos. Sin embargo esto nada tiene que ver con sus primeros tiempos, donde la vida en estos pagos era extremadamente agreste, y por demás agitada.

Hace 250 años atrás esta zona de la pampa bonaerense constituía la frontera, no con el exterior, sino con los asentamientos aborígenes. A consecuencia de los frencuentes malones con que los indios atacaban las poblaciones, el gobierno de Buenos Aires decidió ampliar el número de fortines que custodiaban el límite con “el desierto”. Entre tales fortines se hallaba el de Las Conchas, que luego diera origen al Fortín San Lorenzo de Navarro de la mano del pedido del comandante Juan Antonio Marín: la sequía hacía que el ganado se alejara de la zona custodiada y se dirigiera hacia la laguna para abastecerse de agua, por lo que quedaba a merced de la indiada. Así fue como, en 1767 se decidió la creación de la Guardia de San Lorenzo, a orillas de la laguna de Navarro, para poder custodiar mejor los animales.

Si bien el fuerte original estaba ubicado donde hoy se encuentra el jardín maternal de la municipalidad (lugar demarcado con un monolito), a varias cuadras de allí se levanta una réplica idéntica con el objetivo de darle una idea al visitante de cómo vivían en aquellas épocas esos 16 milicianos que dieron origen al pueblo.

Esta especie de museo fue creada con el esfuerzo de los vecinos que trabajaron duro para levantarlo, y dejarlo tal cual el original. Las dimensiones, la orientación cardinal y la distribución de las edificaciones de barro son una réplica exacta del fortín que se asentara en esta zona hace casi tres siglos atrás.

Allí pueden verse el dormitorio, el comedor y la comandancia (la más pequeña de las construcciones, ubicada entre medio de las otras dos), además del mangrullo que se distingue a lo lejos y hará las veces de “señalador guía” para aquél que no haya podido ubicar el lugar.

Dentro de los edificios pueden verse diversos implementos que permiten imaginarse un poco cómo era la rústica vida de los blandengues que custodiaban la frontera en aquellas remotas épocas. Allí dentro se cuenta también la historia de la chata cerealera “La Luz del Desierto”, que de hecho puede observarse estacionada debajo de un tinglado, en el exterior. Se trata de un carruaje de carga construido en la década de 1910, con capacidad para 11 toneladas de carga, y que trabajó en Navarro hasta el año 1965.

En el tinglado pueden observarse también otras máquinas de campo, y luego puede visitarse además la vieja estación de ferrocarril de Navarro, hoy ya en desuso, pero que formando parte del predio del Fortín San Lorenzo se ha aprovechado uno de sus cuartos para levantar la réplica de una pulpería.

La cantidad de cosas que pueden entrar en un cuarto tan pequeño puede resultar abrumadora…

La entrada a la Réplica del Fortín San Lorenzo es libre y gratuita y sólo se pide una colaboración, cuyo monto dependerá de la opinión de cada visitante. Ubicada en la esquina de las calles 121 y 22, es una excelente opción para viajar un rato al pasado cuando andes por Navarro.

Picada en Navarro: Almorzamos en el Almacén Museo La Protegida.

Llega el mediodía y no importa lo interesante que esté la visita al pueblo o ciudad de que se trate, la panza obliga a hacer un alto en el itinerario y buscar un lugar donde almorzar. Sin menospreciar al resto de la oferta gastronómica, en el caso de Navarro hay un lugar que se erige como el ideal para este bloguero y su pasión por lo antiguo y la historia.

En la esquina de las calles 30 y 19, el Almacén Museo La Protegida supo ser el emplazamiento del almacén de ramos generales del turco Emilio Mustafá, de origen sirio libenés, quién lo fundó en 1926 y que funcionó hasta su cierre en la década del ’70. El actual establecimiento gastronómico toma su nombre de la compañía de diligencias que, durante el siglo XIX unía Buenos Aires con Navarro trasladando no sólo pasajeros, sino también encomienda y correos.

En cuanto al mote de “museo”, este se debe a la enorme colección de antigüedades y artículos que conforman la decoración del lugar, tanto en el interior como en el exterior, y al hecho de que algunos cuartos que dan al patio sirven como salas donde se exhiben fotos de Navarro y distintas antigüedades.

Y bueno, si uno mira hacia arriba no debe extrañarse de encontrar un caballo tirando un carro…

Almorzar rodeado de una ambientación tan particular, y en un lugar con tanta historia, al menos para mi significa un condimento especial y ya vale la pena. Pero no puedo dejar de lado, por supuesto, el costado gastronómico, que en definitiva hoy en día es el corazón del lugar. El menú elegido fue tan simple como contundente: una tabla de fiambres para dos personas que no tiene desperdicio.

Obviamente en un lugar así, y con un museo a disposición, luego de almorzar fue momento de tomar la cámara y recorrer en detalle las paredes de La Protegida. Así dí con algo que me fascinó y estimuló mi curiosidad histórica un poco más: al lado del retrato de Dorrego una foto muestra la cruz en el punto exacto de su fusilamiento.

A partir de allí sería obligación identificar si aquél punto y la cruz aún existían, para lo cual consultamos al dueño del restaurante que muy gentilmente nos dio muy buen asesoramiento sobre Navarro y su historia.

Pero eso es cuestión de otro post.