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Salimos a la ruta para manejar en medio del mar: Visitamos Los Cayos de Florida.

Al sur de La Florida, Los Cayos son un clásico destino turístico que bien vale la pena conocer si uno tiene algunos días extras en Miami. Se trata de un conjunto de islas (alrededor de 1700) que se extienden durante casi 200 km adentrándose en el Océano Atlántico en dirección a Cuba. Tanto es así que cuando uno se para en Key West, la última de las islas habitadas, se encuentra más cerca de la isla centroamericana que de Miami mismo.

Los Cayos se pueden visitar en auto gracias a la US 1 Overseas Highway que es una carretera que los une entre sí, a través de una serie de puentes que le dan una fisonomía inconfundible y crea un hermoso paisaje que estamos muy poco acostumbrados a ver. Así es como la carretera que atraviesa el mar, junto con las playas paradisíacas que ofrecen estas islas casi caribeñas (y digo casi solamente porque son parte del territorio norteamericano) invitan a alquilar un auto y salir a la ruta para disfrutar de unas vistas increíbles.

El recorrido desde Miami es largo y recorrer lo más de 250 kilómetros hasta Key West llevan algo más de 3 horas sin parar. Pero claro, cómo no parar cada tanto a admirarse con el color del mar en una ruta como esta? Por eso lo ideal es al menos hacerlo en dos días y dormir una noche en la última isla que incluso nos beneficiará con poder contemplar el atardecer desde esa remota locación. En mi caso disponía de un sólo día libre, y como quería hacer la ruta tranquilo, decidí llegar hasta el Bahía Honda State Park que sería mi destino, antes de dar media vuelta y volverme al hotel.

Definitivamente se trata de una ruta que no defrauda, y es emocionante poder recorrerla la mando del automóvil. Es increíble manejar literalmente por el medio del mar y tener agua tanto a un costado como al otro.

Imposible no preguntarse cómo la mano humana logró hacer posible esta obra de ingeniería, y no maravillarse por ello.

Durante el viaje hay muchas cosas por conocer o visitar. Hasta llegar a Bahía Honda uno pasa por varios cayos, como ser el Cayo Largo donde está el John Pennekamp Coral Reef State Park. Hay otros parques también, como el Curry Hammock State Park cercano a la ciudad de Marathon donde paré a almorzar justo en frente al vagón del Crane Point Hammock Museum & Nature Trails. En las diferentes islas hay también playas en las que se puede pasar el día si uno quiere, aunque claro, eso implicará agregar tiempo a la estadía rutera o bien, cortar el viaje en alguno de estos puntos.

A la vera de los puentes se puede incluso pescar, así que los que sean amantes de este deporte no olviden cargar las cañas en el auto. Eso sí, deberán prestar mucha atención a la especie que están sacando del agua, porque algunas están protegidas y su pesca es ilegal, con lo cual habrá que devolver esas presas al mar. El cartel es bien claro, si se está en duda, mejor dejar el pez en el agua y evitar problemas con la ley.

Los últimos kilómetros antes de llegar a nuestro destino son realmente hermosos. Recorrerlos implica atravesar el 7 Miles Brigde, el puente más extenso de la carretera, y que al momento de su construcción fuera el más largo del mundo. Con sus casi 11 kilómetros de extensión une Knight’s Key con Little Duck Key y se convierte en un puente interminable a la hora de cruzarlo, pero cuyo cruce se disfruta de forma especial.

Si bien internarse de esta forma en el agua podría poner nervioso a más de uno, la verdad es que no hay nada de qué preocuparse. En los diferentes cayos se levantan ciudades enteras, con todas las comodidades que puedan requerirse. Hay para parar a comer, hacer compras, quedarse a dormir y, por supuesto, abundan las estaciones de servicio donde cargar combustible.

La Ruta de los Cayos es un paseo que merece la pena ser vivido. Totalmente recomendable para quienes quieran salirse un poco de la rutina de compras desaforadas de Miami y de sus playas. En mi opinión, las playas de la ciudad no tienen nada que hacer frente a los paradisíacos paisajes de los Cayos, pero eso me lo dirán ustedes en sus comentarios. Así que ya saben, a cargar las cosas en el auto y a poner la trompa rumbo al mar, que la aventura no se termina allí donde el continente!

El Museo Regional de Querétaro.

Con sus características paredes color naranja ladrillo combinadas con columnas amarillas, el Museo Regional de Querétaro se ubica en el edificio que alguna vez fuera el antiguo Convento Grande de San Francisco construido en el Siglo XVI, la primera construcción religiosa de la ciudad y que incluso funcionara como catedral de la misma entre los años 1865 y 1922.

Los misioneros que construyeron y habitaron este convento formaban parte de la orden fundada por Francisco de Asís, que los llamaba hermanos menores frailes menores pues su propósito era que dieran ejemplo de humildad y pobreza. Así es como los franciscanos iban de pueblo en pueblo predicando, despojados de todo bien material y pidiendo limosna para garantizar su subsistencia.

El convento, conocido en su momento también como “La Gran Ciudadela” era una construcción realmente enorme, que abarcaba zonas mucho más amplias que las que tiene actualmente. La actual Plaza Constitución era en su momento la huerta, mientras que por su lado el atrio en un momento de la historia se transformó en el Jardín Zenea. Sin embargo, el dato más curioso sea quizá el del Gran Hotel, levantado donde antiguamente se ubicaba el cementerio del convento. Lo curioso es que, según se cuenta, el nuevo dueño del terreno no se molestó en limpiarlo antes de construir el hotel, por lo que el mismo se emplazó directamente encima de las tumbas. No es de extrañar, entonces, que se cuente que por la noche cuesta dormir en aquellas habitaciones debido a los ruidos extraños que se escuchan entrada la noche.

Con el correr del tiempo el edificio tuvo diferentes usos entre los que se destaca el que se le dio durante las Guerras de la Reforma: en aquellas épocas funcionó como cuartel militar. En 1928 el gobierno toma poseción del inmueble para establecer allí el Museo de Arte Religioso Colonial y una Escuela de Artes y Oficios; y finalmente en el año 1935 se lo destina a su uso actual como sede del Museo Regional.

Hoy en día pueden visitarse allí diferentes salas abiertas al público, entre las que se destacan la Sala Querétaro Hispánico con detalles de las culturas precolombinas que habitaron esta zona del territorio mexicano antes de la llegada de los españoles, y la Sala del Sitio, dedicada particularmente al convento que la alberga, contando los detalles de su construcción, su historia y la importancia que tuvo para la ciudad.

Para nuestra visita fue una desilusión que en ese momento no se pudieran visitar las salas dedicadas al Querétaro Virreinal y a la Historia Mexicana, ya que al menos para mi eran de las más interesantes y las que motivaban de alguna forma la visita, pero esos cierres eran temporales por lo que si alguno pasa por el museo seguramente ahora pueda conocer estas salas también.

Lo que sí me hizo agua la boca fue el inventario de la Segunda Librería del convento, expuesta en un cuaderno abierto cuyas páginas registran en letra manuscrita los diferentes libros que había en existencia.

Ubicado en pleno centro histórico de la ciudad, la entrada al museo en su momento costaba MXN 60 por persona, pero entiendo que si todas sus salas están accesibles, bien vale la pena pagar el precio. Se lo puede visitar de martes a domingos, entre las 9 y las 18 horas.

El Hotel Camino Real de Antigua Guatemala.

Como parte de una jornada laboral, en febrero pasé una semana en la ciudad de Antigua Guatemala, que por supuesto tendrá sus posts próximamente, y dentro de ella alojándome en el hermoso Hotel Camino Real, un 4 estrellas de estilo colonial ubicado a sólo un par de cuadras de la plaza principal, en una ciudad que amerita ser caminada a pie más que andada en cuatro ruedas.

El hotel en sí, además de su vistosa arquitectura colonial y su larga calle de acceso, tiene una estructura totalmente novedosa. El acceso al área de habitaciones se realiza atravesando una reja que abre únicamente con la llave magnética que te entregan al hacer el checkin. A partir de allí se ingresa a una serie de pasillos y jardines al aire libre, muy bien pensados y cuidados, a lo largo de los cuales están dispuestas las distintas habitaciones. Esto ya le da un aire diferente a la estadía, lejos de los clásicos pasillos alfombrados y a veces mal iluminados que encontramos usualmente en cualquier hotel.

Si bien las habitaciones dan a pasillos y galerías, y por tanto se supone que la iluminación natural debería ser muy buena, el cuarto que me tocó a mí en particular estaba en el extremo de la construcción, en un rincón, por lo que uno podía ver claramente la luz del sol pegando en las plantas del jardín desde la ventana, pero difícilmente esa luz llegaba a ingresar plenamente en la habitación. Por lo tanto, en este caso la iluminación artificial era clave para realzar un cuarto algo oscuro, pero seguramente la situación de habitaciones dispuestas de forma diferente sea otra.

Si hablamos del cuarto en sí tenemos que decir que es espectacular. Increíblemente amplio, con espacio para dos enormes y comodísimas camas matrimoniales (al punto que podría decir que se trata de la cama más cómoda que encontré en toda mi vida en un hotel), aun quedaba lugar una especie de living donde estaban el escritorio (con espejo incluido), dos sillones y una mesita ratona.

Para no desentonar, el baño también es amplio y está diseñado a lo largo, aprovechando toda la profundidad de la habitación. Hacia un costado la ducha está equipada con todo lo necesario, incluyendo las batas con las que podés reemplazar al clásico toallón. La grifería, como se llega a apreciar en la foto, es un detalle de categoría en cuanto a su diseño. En una ubicación un tanto extraña, sobre la mesada del lavabo encontramos también la cafetera, con sus dos tazas.

La limpieza, durante toda la estadía (que fue realmente extensa) fue de 10. Punto alto en ese sentido (y más que importante), como así también en cuanto a servicios: la habitación está equipada con TV por cable y el wifi funciona razonablemente bien y en todo el hotel. Dentro del cuarto hay frigobar pero los consumos allí son algo caros. No hay agua de cortesía ya que la de la canilla es potable (de todas formas recomiendo no tomarla), pero para compensar esto en los pasillos el hotel tiene dispuesto un servicio de cafetería disponible en todo momento, y gratis.

Al jacuzzi (porque es climatizado y hasta puede verse el vapor saliendo del agua) no lo pudimos probar, a pesar de haber pasado una semana alojados allí. Sin embargo estaba tentador…

El desayuno incluido en la estadía puede tomarse desde las 6 am en que abre el salón comedor, y puede ser tanto allí como en la habitación. Es super completo y un área separada del salón está dispuesto para el buffet donde pueden encontrase cosas tan extrañas para desayunar como lentejas, frijoles y los típicos plátanos fritos, tan comunes en Guatemala.

También hay fiambres y cereales, pero yo por supuesto opté por buscar los panificados, ubicados en un mueble exclusivo del otro lado del área. El café te lo sirven en la mesa, y el detalle del autoservicio era una máquina exprimidora de naranjas, que te hacía el jugo ahí en el momento. Más fresco, imposible.

Para relajarte por la noche, el hotel cuenta con un bar donde el White Russian lo preparan genial. La predisposición y cordialidad del personal, tanto del bar, como del restaurante y la recepción, es destacable, pero por lo que pude ver de mi paso por Guatemala esto es una característica del país y su gente, más que un atributo propio del hotel en sí. Sinceramente son unos anfitriones espectaculares!

El Camino Real es una excelente opción para alojarse en Antigua. Lo único quizá criticable pueda ser el hecho de que al ser muy utilizado para eventos (incluyendo casamientos y contingentes corporativos) en ocasiones los huéspedes pueden ser un tanto ruidosos, pero esto dependerá de quién te toque de vecino de cuarto. Por otro lado, habrá que revisar el precio antes de reservar, ya que en principio es un poco más costoso que el promedio de los hoteles, aunque claro está, el servicio y la infraestructura son otra cosa, y bien lo valen.

Visitamos el Museo Ferroviario de Navarro.

Como ya es casi tradición para nosotros cuando visitamos un pueblo nuevo, una de las primeras cosas que buscamos en el Google Maps es su estación de tren. La ciudad de Navarro no fue la excepción, pero sí nos deparó una sorpresa que no teníamos prevista.

Perteneciente en su momento al Ferrocarril Belgrano, la estación Navarro fue construida en el 1908 y funcionó hasta su clausura en 1993, por decisión del gobierno menemista que gobernaba el país en ese momento. Hoy en día no cuenta con ningún servicio ferroviario en sí, pero aún así se la ve muy bien cuidada. Y cuando uno da la vuelta por las vías y se acerca al edificio por la Calle 34 se encuentra con que su interior aun vive.

Es allí donde funciona el Museo Ferroviario de Navarro, que puede ser visitado los fines de semana de forma totalmente gratuita. A cargo del lugar está Carlos Martino, que estará complacido de mostrarnos todas las reliquias que estas paredes guardan, plagadas de historias de rieles y locomotoras. No deberá sorprender encontrar ahí también a algún que otro vecino, amigo del encargado, que se acerca a acompañarlo con buenos mates y charla.

Beto, así le dicen, no es un encargado de museo cualquiera. Muy por el contrario, fue el creador, y por si eso fuera poco, él mismo es historia viviente del ferrocarril. Y de esta estación, de la cual supo ser Jefe de Estación durante largos años, estando en el cargo en el preciso momento del cierre. Se suponía que las autoridades ferroviarias debían presentarse para tomar posesión de todo el material, pero nunca aparecieron. Luego de mucho esperar, y sin poder ni querer dejar todo abandonado sin más, Beto comenzó a crear una verdadera colección ferroviaria con el material que allí tenía, y levantó el museo que hoy todos podemos visitar.

Por doquier se pueden ver maquetas de diferentes tipos de tren, hechas con sus propias manos. Beto es un enamorado de los ferrocarriles y se le nota en la forma de hablar y en el detalle, dedicación y emoción que pone al explicarte cada cosa, y todo esto lo deposita también en cada una de sus recreaciones, con las que ha participado de numerosos concursos con muy buenos resultados, tal como lo comprueban los diplomas expuestos en el museo.

El grado de detalle de las maquetas es impresionante, y con orgullo Beto nos muestra el interior quitando el techo de una de ellas, que representa el vagón tal como era en la realidad.

También abundan los elementos ferroviarios que en el pasado dieron vida a esta estación, entre los que se destaca el indicador de kilómetros medidos desde la estación cabecera. En el caso de Navarro, hasta la estación Buenos Aires son 97 kilómetros.

En los escritorios y mesas abarrotadas de equipos, herramientas y recuerdos, también se aprecia lo que fue la vida del ferroviario cuando estaba en plena actividad. Las gorras de “jefe” colgadas de la pared son un toque distintivo, junto con un mueble que a muchos nos retrotrae a la niñez: aquél donde se guardaban los viejos boletos de cartón, aquellos que solíamos comprar para viajar en el San Martín cuando yo era chico.

Esos recuerdos hermosos bien valen un acercamiento…

Y ahí los guarda Beto que, antes de que te vayas, tomará un par y los picará, como en los mejores días de la estación Navarro, para entregártelos como souvenir de tu visita al museo. Un excelente recuerdo para atesorar.

Y entre otras anécdotas, detalles de la vida ferroviaria y lo que se te ocurra preguntarle, de seguro Beto encontrará también el espacio para contarte sobre María Elena, la primera azafata de Ferrocarriles Argentinos. Porque no tenían alas, pero aún así los trenes en 1969 llevaban azafata.

De seguro Beto tiene mucho por contar. Es tan solo cuestión de acercarse al museo y preguntarle; el estará encantado de explicarte con su habitual cordialidad y pasión por lo que hace.

El paso por el Museo Ferroviario de Navarro ha sido muy grato para nosotros. Estoy seguro que con la hospitalidad del Jefe de Estación, también lo será para ustedes. Cuando vayan a Navarro, no se lo pierdan!

Visitamos el Castillo San Francisco, en Egaña, y conocemos sus misterios.

Como ya he contado en otras oportunidades, la idea del viaje a Azul surgió por un objetivo puntual que nos habíamos impuesto: queríamos conocer el Castillo San Francisco. Así es como un día de aquél fin de semana largo nos subimos al auto y manejamos hasta Rauch, el pueblo cercano cuyo post pueden leer haciendo click aquí.

Llegar hasta el castillo no será una tarea del todo sencilla ya que el camino asfaltado está en muy mal estado, así que habrá que conducir muy lentamente y con mucho cuidado, esquivando pozos por doquier. Basado en esta experiencia, creo que equivoqué la elección del camino: el acceso por camino de tierra, salvo que se embarre mucho en caso de lluvias, debe ser mucho mejor opción.

Una vez sorteado este obstáculo se llega finalmente a la majestuosa construcción que alguna vez fuera la casa principal de la Estancia San Francisco, de la cual recibe su nombre. Rodeada de altos árboles que la esconden muy bien de quienes transiten los caminos alrededor, el castillo, aunque abandonado y prácticamente en ruinas, aún hoy se levanta imponente. Recortándose contra el cielo nublado y el espeso follaje, su fisonomía es un disparo obligado para todo aquél amante de la fotografía que pase por allí.

Una de las cosas más llamativas es que el castillo parece no tener fachada, o mejor dicho, todas sus caras parecen ser la fachada. De cualquiera de los cuatro lados por donde se lo mire bien podría tratarse del frente, mientras que ninguno de ellos podría ser considerado como “la puerta de atrás”. Se trata de una mansión impresionante, no sólo por la elaborada arquitectura que muestra (que de hecho tiene una mezcla importante de estilos convirtiéndola en ecléctica), sino también por su fascinante historia que comienza con su construcción por parte del arquitecto Eugenio Díaz Velez (nieto del Díaz Velez protagonista de la independencia argentina y de quién heredó estas tierras) en 1918. Los trabajos se remontarían hasta 1930, año en que se terminaron y finalmente se organizó la inauguración.

En ese mismo momento comienzan los misterios que rodean el lugar, pues según se cuenta una gran cantidad de invitados de la alta sociedad se acercaron hasta el lejano paraje para participar del impresionante banquete de inauguración. Pero ya con todo dispuesto lo que llegó fue la macabra noticia de que el dueño de casa no podría asistir: había fallecido en su casona de Barracas, Buenos Aires. Ante semejante drama los invitados se retiraron y la viuda ordenó dejar todo tal como estaba, con las mesas puestas incluso, y cerrar todo con llave. Y así quedó todo por 30 años: los manteles en las mesas, con los platos y copas encima, y cerrado hasta que el gobierno de la provincia de Buenos Aires expropió el lugar.

Bajo la administración del gobernador Oscar Alende el predio fue loteado y cedido a pequeños productores bajo la iniciativa de la reforma agraria, y lo que quedaba del mobiliario fue subastado. Pero con la construcción en sí no se supo qué hacer y quedó abandonada hasta que en 1965 fue cedida al Consejo Provincial del Menor para ser convertida en un hogar granja. Se hicieron algunos trabajos de adaptación, como el cambio de pisos caros y griferías originales, pero en vez del hogar lo que comenzó a funcionar en el lugar fue un reformatorio.

El fin de esta etapa está marcado por otro hecho que suma un grano más a los misterios del castillo. Hacia fines de los años ’70 uno de los internados emboscó al encargado del lugar y lo mató a tiros. Por supuesto, donde hay muertes violentas hay historias de fantasmas y el Castillo San Francisco no es la excepción, aunque nosotros no podamos decir que vimos ni escuchamos ninguno.

Así el hermoso edificio quedó abandonado una vez más y su destino más seguro parecía ser la demolición. Es por eso que desde hace unos años un grupo de vecinos de Rauch ha unido esfuerzos para recuperar el castillo. Son ellos quienes realizan el mantenimiento mínimo necesario para que la construcción pueda visitarse los domingos, te cuentan sobre su historia y hacen lo que pueden para reemplazar a un Estado totalmente ausente. Para las visitas se pide una colaboración de $50 por persona que sirve para cubrir algunos costos básicos.

De esta forma el visitante puede admirar la arquitectura del lugar, pero también puede aventurarse al interior de la construcción. Desde hace ya un tiempo a los pisos superiores no se puede acceder, porque sería peligroso, pero el recorrido por la planta baja bien vale la pena, aunque por momentos haya que hacer caso omiso del fuerte hedor del excremento de palomas que inunda algunas áreas de la casa.

Recorrer las distintas habitaciones de la casona es una experiencia que inevitablemente lleva al visitante al pasado. El amplio living con los ventanales hace pensar enseguida en un baile al calor del fuego encendido en el hogar, seguramente ese haya sido el ambiente donde se organizó el banquete de inauguración que finalmente se vio truncado. Paseando por la vieja cocina, en cambio, es fácil imaginar el ajetreo de los empleados del reformatorio en el horario de la comida.

Más allá del castillo en sí, que es por supuesto la atracción principal, el grupo de vecinos desarrolla también otras actividades extras en el predio, como es el paseo hasta la casa del encargado, a varios metros de la construcción principal, y que primero desemboca en un viejo tanque de agua que hace las veces de mirador si uno se anima a trepar hasta lo alto (con cuidado porque algunos escalones faltan y otros están flojos), y a La Matera.

Otro camino que se interna en el bosque nos llevará hasta el bañadero de ovejas, aunque como no está bien demarcado puede ser que se pierdan como nos pasó a nosotros. Tranquilos, muy lejos no van a ir, porque al llegar al alambrado no quedará otra que desandar el camino, y buscar otra alternativa, hasta dar con la canaleta por donde pasaban las ovejas de un corral a otro, y en ese paseo se aprovechaba para pegarles el tan merecido baño.

En los alrededores de la casa principal se han dispuesto bancos y juegos para niños. Combinado con el espíritu de aventura y amor por el misterio que tienen los chicos, se me hace que este es un paseo ideal para llevarlos a que exploren, se diviertan e incluso a que se interesen un poco por la historia. Eso sí, habrá que seguirles el tren para supervisarlos y evitar que se lastimen por meterse donde no deben.

Y para los adultos apasionados por la historia, los misterios y las casas abandonadas, es un lugar de paso casi obligatorio, así que a no perdérselo.

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