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Una tarde en el Parque Estatal Bahía Honda, en los Cayos, Florida.

Viajando hacia el sur de La Florida por la US1 uno se adentra en Los Cayos, una serie de islas que se internan en el Océano Atlántico unidas por una autopista de la que ya hablamos en un post anterior. Luego de conducir unos 130 millas desde Miami se llega al Bahía Honda State Park, cuyo símbolo es el puente cortado cuya foto me atrapó y me decidió a ir por él.

El lugar debe su nombre a las características de las aguas en esta bahía, que son especialmente profundas. Tanto es así que antiguamente la playa funcionaba como un puerto para las embarcaciones que iban de paso, estando incluso marcada en las cartas de navegación españolas.

Fue en 1905 que el magnate del petróleo Henry Flagler se propuso construir el East Coast Railway, una línea de ferrocarril que uniría los Cayos de Florida. La profundidad del agua en esta zona realmente complicó la consecución del ramal, y la construcción del viejo puente que hoy se ve abandonado fue particularmente difícil. Los pilares centrales sobre los que se levanta la estructura requirieron cantidades inusitadas de material que debieron transportarse en diferentes embarcaciones, y hubo días en los que la jornada de trabajo quedaba reducida a dos turnos de 45 minutos durante los cambios de marea.

Así y todo, en enero de 1912 se inauguró el puente para el servicio ferroviario de pasajeros. Sin embargo 23 años más tarde el terrible Labor Day Hurricane, un tremendo monstruo de categoría 5 (el máximo de la escala) que aún hoy en día es considerado como de los más devastadores del mundo, se encargó de echar el proyecto por tierra y dejar el puente en ruinas.

Cuando se lo reconstruyó, en 1938, ya se lo hizo pensando en una carretera y no más en un ramal ferroviario. De hecho, en contra de lo que muchos creen, el puente nunca se utilizó para los dos medios de transporte en simultáneo. El hecho de que la estructura para el ferrocarril haya quedado “techada” por el asfalto no se debe a que los autos y el tren cruzaran el puente al mismo tiempo, sino simplemente a que el ancho libre entre las vigas no era suficiente para que pasaran los autos, por eso la autopista se terminó construyendo en la cima de la estructura.

Hoy en día el Bahía Honda State Park se puede visitar y es ideal para pasar el día, con playas de aguas claras y muy tranquilas, ideales para ser disfrutadas incluso con niños. El parque cuenta con baños, duchas y hasta unos cambiadores de los que hice uso para vestirme luego de un relajante chapuzón en las cálidas aguas del mar caribe, antes de emprender el regreso a Miami.

Son variadas las actividades que se pueden hacer aquí, y se puede tanto pasar el día como quedarse a acampar, o incluso pernoctar abordo de tu propio bote, amarrado al muelle por cuyo servicio hay que abonar una tasa.

Y por supuesto que se puede subir al viejo puente, idealmente durante el atarceder para ver la puesta del sol, aunque muchos prefieren fotografiarla desde la playa, con la estructura metálica como parte fundamental del paisaje.

El hueco entre los pilares le da un aire especial y lo hace inconfundible. Podría pensarse en un principio que se trata de un vestigio del huracán, pero nada más alejado de la realidad ya que luego de la devastación el puente volvió a construirse. Su abrupto corte, que da la impresión de que en cualquier momento un auto va a precipitarse al mar, se debe a que una vez que se lo dejó de usar por haberse construído el actual puente, se hizo necesario abrir un espacio por el que las embarcaciones pudieran navegar.

Es importante decir que Calusa, la playa desde la cual se ve el viejo puente, no es la única del Bahía Honda Key. De hecho este cayo es famoso por sus hermosas playas, las cuales fueron catalogadas como las mejores de Estados Unidos, así que si se tiene tiempo suficiente, un viaje a este punto bien podría ameritar visitar otras playas, en especial Sandspur Beach.

El parque está abierto al público desde las 8 de la mañana hasta que cae el sol, los 365 días del año. Para averiguar el precio de la entrada, las actividades que se pueden realizar, e incluso para reservar un espacio en el muelle para dormir, lo más aconsejable es chequear la página web a la que accedés desde acá.

Y listo. El resto es relajarse, y disfrutar.

Visitamos el Centro de Cooperación Española en Antigua Guatemala

Antigua es una fabulosa ciudad guatemalteca de la que ya hablaremos en profundidad en un próximo post. Entre las ruinas dispersas por toda la localidad se encuentra el antiguo Colegio de la Compañía de Jesús que, fundado en 1582, hoy alberga las instalaciones del Centro de Formación de la Cooperación Española.

Dependiente de la Agencia Española de la Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), el Centro de Antigua Guatemala es uno de los cuatro que existen distribuidos en América Latina y se dedica a la organización de actividades relacionadas específicamente con la formación. Así es como la organización tiene una carga agenda de proyectos culturales, incluyendo talleres, muestras de cine y artes escénicas, y también exposiciones artísticas, entre otras.

Al momento de nuestra visita la que más llamaba la atención era una muestra fotográfica que mostraba crudas escenas de guerra contemporánea, y que realmente movía al expectador. El impacto de adolescentes armados, civiles mutilados y niños jugando entre las ruinas luego de la batalla es demoledor. Difícil articular palabra en esa sala…

Por suerte también hay otras muestras algo más coloridas!

Pero las muestras y actividades que allí se realizan no son el único motivo para darse una vuelta por la Cooperación Española. Con tantos años encima, el propio edificio donde se aloja bien merece una visita.

Desde su fundación en el Siglo XVI y hasta que los jesuitas fueran expulados de los territorios españoles, el Colegio mantuvo una dotación de aproximadamente doce clérigos que se dedicaban principalmente a la docencia. En aquella remota época, en la que  contaba incluso con biblioteca, el establecimiento se convirtió en un importante centro cultural de la ciudad.

Sin embargo a partir de 1767 el edificio quedó abandonado durante largo tiempo y fue parcialmente destruído por varios terremotos, a pesar de lo cual supo tener diversos usos, entre los que se cuentan haber sido la cede de una fábrica textil.

Fue en 1992 que los gobiernos de España y Guatemala firmaron un convenio que permitió restaurar el edificio, y finalmente cederlo a la AECID para montar lo que hoy en día puede visitarse. Igualmente, trabajos de restauración mediante, con buen tino los responsables del proyecto han dejado vestigios de lo que fuera la vieja estructura del edificio, como puede verse en los techos y las paredes.

Los patios son espacios verdes muy bien cuidados, que el visitante también puede disfrutar. Y sino pregúntenle a este muchachito.

Todas las actividades que organiza la Cooperación Española en su centro de Antigua son libres y gratuitas, así que para quienes estén interesados lo mejor será revisar la programación que publican en su página web, a la que acceden haciendo click aquí.

Una buena opción para cuando estés de visita por esta alucinante ciudad.

El Castillo de Coral de Homestead, Miami: Una obra hecha por amor.

Al sur de la ciudad de Miami, en la zona conocida como Homestead, uno puede visitar una construcción un tanto particular, difícil de encontrar en cualquier otro lado del mundo. Se trata de una importante y pintoresca construcción levantada en su totalidad con piedra de coral, lo que le da un aspecto poroso y áspero que resulta característico.

Para ingresar al predio hay que abonar un ticket que en el momento de la visita (noviembre 2018) era de USD 18 e incluye un guía. De esta forma uno se entera de la historia de este extraño lugar y, especialmente, cómo es que fue construido (o se supone que lo fue) por Edward Leedskalnin, un inmigrante letón protagonista de una triste historia de amor fallido.

Según se sabe, Edward estaba a punto de casarse con su prometida Agnes en Lituania, cuando la joven, mucho menor que él, lo dejó un día antes de la boda. Destrozado por el rechazo, dejó el país y emigró a Estados Unidos. Si bien se alejó del lugar donde sufrió tanto, en Miami nunca olvidó al amor de su vida, y de hecho este castillo lo construyó en su honor, y con la esperanza de que Agnes se enterara y quedara tan impresionada como para atravesar el océano e ir a su encuentro.

Y de hecho este conjunto de rocas están dispuestas de tal forma que bien podrían ser tomadas como una vivienda. Si uno se fija bien encuentra el living, con sus sillones de diferentes tamaños, diseñados para cada uno de los integrantes de la familia, y por supuesto el comedor, con la enorme mesa que hasta incluye un hueco con agua para lavarse las manos.

Una particularidad interesante es la de la que es considerada, según los guías del lugar, como la mesa más pesada del mundo. En ella, el siempre optimista Edward pensaba volver a proponerle casamiento a Agnes si se le cumplía el sueño de que esta se apareciera finalmente por el lugar.

Por supuesto que la muchacha nunca apareció. Quizá por eso Edward también haya dedicado tiempo y esfuerzo a construir un “telescopio”, que no es otra cosa que un lugar de observación astronómica que permite determinar el momento en el que se está, al alinear la vista por un pequeño agujero de la piedra con la cruz formada por dos alambres incrustados en el círculo tallado en lo alto de la columna.

Ahora la cuestión intrigante de todo esto es el cómo. Por que según dicen, el Castillo de Coral está construido con un total de 1100 toneladas de piedra, que Edward colocó tal como se las puede ver hoy en día, él solo. Con rocas que ellas solas pesan miles de kilos, es difícil pensar que un único hombre haya hecho semejante obra; y éste es el punto en el cual aparecen las más locas especulaciones.

Quizá la más extendida de las versiones al respecto sea la que afirma que Edward, estudioso incansable del magnetismo, dominaba el arte de la atracción entre las piedras, y que las colocó en su posición actual haciéndolas levitar. Pero atención, que esta no es la más extravagantes de las teorías, ya que hay quienes afirman que en realidad el castillo se levantó con ayuda extraterrestre.

La realidad no se conoce a ciencia cierta, o quizá no se saca a la luz porque mantener el halo de misterio resulta rentable, pero la verdad es que se sabe que el propio Edward, que trabajaba sólo y de noche, indicó que todo radicaba en conocer el funcionamiento de las palancas y poleas para manejar enormes pesos. De hecho, hasta alguna vez parece haberse jactado de conocer el secreto de las pirámides de Egipto. Porque claro, muchas veces el cómo es más importante que el qué.

Y bueno, a juzgar por lo que se ve, no creo que las herramientas que quedaron guardadas en el taller de la torre hayan servido demasiado para mover tremendas rocas.

En todo caso, quizá, habrán servido para tallar en la piedra el rostro de tono alien que, en palabras del guía, se cree que podría ser una “selfie” del propio Edward, una especie de rúbrica que el autor decidió imprimirle a su obra, así como los pintores firman sus cuadros, o como yo le chanto el “Ahicito Nomás” a las fotos que saco…

Sacando del medio el misterio un tanto artificial en el que se ve envuelto el Castillo de Coral, personalmente me quedo con la historia de amor, y la esperanza de recuperarlo que Edward nunca abandonó, y que lejos de paralizarlo lo motivó a construir algo excepcional.

Desafortunadamente la recorrida terminó abruptamente cuando una fuerte tormenta se desató sobre Miami y, a falta de techo entre las piedras, tuvimos que refugiarnos en la galería donde cambiamos la caminata en el lugar por un video documental que proyectaron en el televisor. ¡Espero que cuando vayan ustedes, el tiempo acompañe!

Visitamos el Palacio Nacional de Guatemala.

En pleno centro histórico de la ciudad, justo frente a la Plaza de la Constitución, se alza el imponente edificio del Palacio Nacional de la Cultura de Guatemala, antigua sede del gobierno del país centroamericano que funciona hoy como museo albergando en su interior distintas colecciones de artistas guatemaltecos que los visitantes pueden apreciar, además de ser utilizado para eventos protocolares por parte del Poder Ejecutivo, y ser el kilómetro 0 para todas las rutas que salen de la ciudad de Guatemala.

 

El ingreso al recinto cuesta Q40 (quetzales) para los extranjeros, mientras que para los nacionales guatemaltecos la entrada es libre y gratuita. El cronograma de la visita puede verse restringido en algunos días y horarios, de acuerdo a las actividades oficiales que se realicen en el Palacio. De hecho, durante nuestra visita se estaban desarrollando algunas reuniones, así que en principio no podríamos subir a la planta alta del edificio.

El edificio fue levantado por orden del general Jorge Ubico, en ese entonces presidente de Guatemala, e inaugurado el 10 de noviembre de 1943. Se trata de una construcción simétrica, con un cuerpo central y dos laterales exactamente iguales, tal como puede notarse fácilmente al contemplarlo desde la plaza. Además, fue el primer edificio de la ciudad en ser construido con técnicas antisísmicas. Un detalle interesante: para levantarlo se aplicó la ley de vagancia, que implicaba que quienes eran encontrados en los bares de la ciudad entre las 7 y las 16 hs. fueran detenidos y obligados a trabajar en la construcción. De hecho, así se desarrolló gran parte del urbanismo de la ciudad, y la sede gubernamental no fue una excepción.

Tal como nos indicó la guía que nos acompañó durante la visita, en su interior el palacio es ecléctico, ya que muestra una mezcla de estilos entre los que resalta el árabe ya que el general era un entusiasta de esta cultura. Esto se puede ver claramente en las fuentes del patio interior, las cuales, según se dice, debían funcionar constantemente mientras Ubico caminaba por aquellos pasillos a fin de que sus conversaciones no pudieran ser escuchadas por oídos indebidos.

Otro detalle que resalta casi permanentemente son los relojes. Hay una buena cantidad distribuidos por el edificio, todos ellos de marca Ericcson, y deben su presencia a que el general gustaba casi obsesivamente de la puntualidad.

En la planta baja del edificio puede apreciarse piezas de la arquitectura del edificio, como ser los contundentes faroles que, al estar apoyados sobre el suelo, se presentan en toda su dimensión, la cual es imposible de apreciar en los que están colgados del techo, por una cuestión de mera perspectiva. También hay una maqueta del edificio, y lo alto de las paredes se aprecian los coloridos vitrales, muchos de los cuales llevan aún las marcas de los daños producidos por el atentado de 1980, cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres hizo explotar un auto-bomba para evitar la concentración popular en apoyo al entonces presidente Lucas García.

Asimismo, traspasando el patio con sus fuentes, el visitante llega a un ámbito separado. La Galería Kilómetro Cero cuenta con una exposición de pinturas y obras de artistas nacionales que el tour permite apreciar con tranquilidad.

Y básicamente allí se terminaba todo. Haciendo gala de la hospitalidad que caracteriza a los guatemaltecos, la guía se había realmente esmerado en las explicaciones y contestando las dudas que surgían, pero no había mucho más que mostrar y el acceso al resto del edificio estaba vedado. Pero para mi sorpresa, siendo que yo era extranjero, que probablemente no tendría otra oportunidad de hacer la visita y, por último, que había pagado 40 quetzales, la guía consiguió (sin que nadie se lo pidiera) que un colega de ella me acompañara por las escaleras para ver los murales del primer piso. Porque, además, esos murales son una de las joyas artísticas del Palacio y ninguna visita puede entenderse por “hecha” si no los incluyó.

Así fue como subimos, y acompañados de este otro funcionario traspasamos algunos salones cerrados para el resto del público, hasta llegar al descanso de las escaleras donde se podían ver tamañas obras de arte. Algunas representando la mitología maya (cultura muy presente en la vida guatemalteca), o incluso retratando al Quijote de la Mancha. El mural más impactante en mi inexperta opinión es el que representa la unión de las dos razas y el nacimiento de los mestizos, con una mano blanca que se entrelaza a una morena, protegiendo el casamiento de un soldado español con una princesa indígena.

Ahora sí, podíamos decir que la visita estaba completa. El Palacio Nacional de Cultura es un excelente lugar para adentrarse un poco más en la cultura de Guatemala, conociendo un poco de su historia y los personajes que la protagonizaron, y admirando la obra de sus artistas. Definitivamente, uno de los imperdibles cuando se visite este país centroamericano.

Una rápida visita al Wings Over Miami Air Museum.

Estando de visita en Miami hace unos años atrás me acerqué hasta el Miami Executive Airport con un fin bien claro: visitar el único museo aeronautico que había encontrado en la ciudad. Sin embargo problemas climáticos me obligaron a cambiar el día programado para la excursión, y entonces al llegar descubrí que el objeto de mi viaje estaba cerrado. Como no hay mal que por post no venga, tal como pregona un famosísimo bloguero de viajes, de ese fallido surgieron los artículos sobre el monumento a la Bahía de Cochinos y sobre el otro museo que me fui a visitar, el Gold Cost Railroad Museum. Pero claro, me había quedado con las ganas y no estaba dispuesto a darme por vencido.

En noviembre pasado volví a pasar por Miami y, por supuesto, reincidí en el intento de conocer el museo, que esta vez fue exitoso.

Luego de pagar la entrada me indicaron la puerta que debía traspasar para comenzar la visita, y allí me metí en un ambiente más bien oscuro donde el museo homenajea a los militares y, en particular, a las mujeres que durante la Segunda Guerra Mundial conformaron las WASPs (Women Airforce Service Pilots), que no eran ni más ni menos que organizaciones civiles de mujeres piloto que durante la contienda se dedicaban a realizar vuelos de prueba, vuelos ferry de traslado de aeronaves vacías, o incluso a entrenar otro pilotos, con la misión de liberar a los varones de esas tareas para que pudieran ir a combatir al frente. Una  historia interesante para todo entusiasta de la aviación y del rol de las mujeres en nuestra sociedad, y que hasta ese momento para mi era totalmente desconocida.

 

Luego de ver algunas puestas en escena de guerra y motores y partes de avión diseminadas por aquí y allá, se llega al hangar propiamente dicho, que en sí es el plato fuerte del museo. Allí se concentra una buena cantidad de aviones, tanto militares como civiles, bajo el techo de chapa que resulta demasiado pequeño para la población que alberga. El resultado es un tanto decepcionante, en el sentido de que los aparatos están bastante amontonados, por lo que sacar una foto limpia de alguno es realmente difícil, y el rudimentario sendero armado con cuerdas no se interna entre los aviones sino que los rodea, con lo cual a algunos de ellos no se los puede apreciar de tan cerca como uno quisiera.

La estrella del museo es una muestra de los que les digo. Se trata del hermoso y enorme F-14D Tomcat que con orgullo el Wings over Miami mantiene bajo su techo. Por lejos el avión más moderno y grande que tendremos oportunidad de observar aca (y a este sí que lo tenemos bien cerquita), pero entre su tamaño y la falta de espacio en el hangar sacarle una foto exclusiva es un absoluto imposible. Es por eso que en la que elegí sale con la otra joyita del museo: una réplica del Demoiselle construido en París por Alberto Santos-Dumont.

El Demoiselle es considerado el primer avión del mundo en ser fabricado en serie y ya en 1909 se ofrecía con 3 motorizaciones diferentes (en algunos casos eso es más que las opciones que tenés hoy en día para comprar un modelo de auto). Mientras que el que se exhibe aquí es una réplica, el F-14 dista mucho de serlo. El Tomcat Bureau Number 164342 fue entregado a la Armada norteamericana en 1991, estuvo embarcado en el USS Theodore Roosvelt y combatió en la Guerra de Irak. Hoy descansa en Miami.

Un detalle interesante es que casi la totalidad de la coleccion del Wings Over Miami Museum está en condiciones de volar; y de hecho a algunos de sus ejemplares se los hace despegar de forma regular los fines de semana. Sin ir más lejos, el día que recorría el hangar cámara en mano un fuerte ruido de motor me sorprendió desde la plataforma, y al acercarme a la puerta pude ver a otro de los habitantes del museo que, luego de dar una vuelta, había regresado para aterrizar sano y salvo.

Además de crear el ámbito necesario para que los visitantes puedan apreciar los aviones, el hangar del museo funciona activamente como centro de mantenimiento, lo que puede notarse al recorrerlo ya que hay por todos lados herramientas y elementos que así lo sugieren. No será extraño entonces ver a alguien ir y venir, trabajando en los diferentes aparatos.

Apto para los fanáticos de la aeronautica, el Wings Over Miami Museum está algo alejado de la ciudad, y más aún si te estás alojando en Miami Beach, pero en auto se llega con no más de 20 minutos desde el centro. Se lo puede visitar de miércoles a domingos, entre las 10 y las 17 horas. Lunes y martes permanece cerrado.